Yo seguro no soy Allende, aunque quisiera parecerme a Rosa Luxemburgo

Pensar que “las faldas, llamadas sotanas” han hecho algo por la cuestión de género es una falacia histórica.

Fuente: nfolatam.com

Es difícil interpelar el artículo publicado en E’a («Yo no soy Allende». Masculinidades en disputa y la masacre de Curuguaty -publicado el sábado pasado) no sólo porque plantea un tema complejo, sino porque la gente está cansada de ver “personas de izquierda discutir con personas de izquierda” y “feministas que miden a ver quién es más feminista entre otrxs feministas”. Sin embargo, considero necesario hacer algunas reflexiones sobre aseveraciones dadas y que creo esconden falacias de origen.

A pesar de estas críticas, subrayo que repudio insistentemente el Golpe Parlamentario, repudio además la persecución ideológica y política, la judicialización de la protesta, el encarcelamiento de inocentes, el asesinato mafioso de personas, el perverso modelo sojero, la derechización marcada del gobierno golpista de Franco y sus aliados de todos los partidos.

El artículo aborda varios temas, pero me limitaré a realizar una crítica desde la perspectiva del género, dejando de lado las críticas a Lugo, su gobierno, las apreciaciones sobre este y temáticas anexas.

Comprendemos que el artículo no apelaba a la “exaltación” de la imagen anti-patriarcal de Lugo, ni a considerar que él fuera el representante de “la diferencia en abordajes de género”, porque si ese hubiera sido el fin, tendríamos que, primero, creer que Lugo es anti-patriarcal (sólo se exalta aquello que ya se tiene y se quiere hacer notar) y segundo, olvidar su paternidad irresponsable (que no pasó a ser responsable sólo por reconocer a uno de sus hijos tras el escándalo mediático), olvidar también sus declaraciones nefastas en torno a las mujeres con las que se relacionó, entre otras acciones incluso más relevantes.

Habiendo aclarado esto,  quiero sostener que:

1. El Partido Colorado y sus formas de gobierno -y el stronismo como parte de esto-, son los “padres” de procesos funestos y terribles dentro de la historia paraguaya, fueron creadores de doctrinas y normativas excluyentes, sembraron sentidos comunes perversos en contra de diferentes sectores sociales. Pero, para ser justos con la historia, no sólo el partido colorado es “el padre” de dichos procesos, medidas y acciones, creyendo esto quitaríamos la responsabilidad de otros grupos y partidos. Además, no podemos atribuirle al partido colorado (ni a su facción más dictatorial y conservadora, el stronismo) el monopolio sobre la conducta machista y las formas patriarcales de ejercer la política, con esto olvidaríamos que el patriarcado como forma de organización social-laboral-política es pre-capitalista y previo a la formación (incluso y en muchos casos) de los Estados Nación (ni que hablar de los partidos políticos). No podemos considerar al coloradismo como único actor patriarcal de la política paraguaya, ni que “los vicios” de replicar el patriarcado por parte de otros sectores (como el de “la izquierda”) se deban a copiar parámetros de masculinidad colorados. Es un reduccionismo cómodo y peligroso.

2. Unx espera que un político de izquierda, en fluida relación con las bases sociales y los movimientos que reivindican lo “popular” se comporte de una forma tal que responda a las expectativas de dichos sectores sociales con los que “transita” su era política. Sea ese líder un hombre, o sea esa lideresa una mujer. Se esperaba de Lugo un análisis más acabado de la situación que atravesaba, un concienzudo análisis de los actores internacionales y nacionales que lo apoyaban, un repudio más explícito a las estrategias neo-golpistas y una respuesta a la altura de las circunstancias.

Lo hubiéramos esperado también del Che y de Rosa Luxemburgo y de otrxs no tan “izquierdistas”. Se espera que el líder o la lideresa encarne las acciones que sus “seguidores” desean. Esto, evidentemente, nos pone ante las falencias de la imagen de política que tenemos, personalista, caudillista y muy limitada en torno a personas, pero ese es otro tema sobre el que tendremos que trabajar posteriormente, generando organizaciones de base sólidas con respuestas colectivas y propuestas superadoras del vicio del “que uno mande y los demás obedezcan”.

3. Creer que responder desde la resistencia y la estrategia de lucha es “ser Allende” es acallar en la historia a todas las mujeres que resistieron y lucharon. Es esconderlas, negarlas e invisibilizarlas. Esa frase sólo da cuenta del espectro de “sujetos revolucionarios” reconocidos por quien escribe o por quien la afirma. Da cuenta de una negación histórica respecto al rol de lucha de las mujeres. Él no era Allende, mas podría haber sido Tránsito Amaguaña o Juana Azurduy. Sin embargo, para definir que “no resistiría usando su cuerpo como barrera” él refirió que no sería Allende.

Por otra parte, podría haber dicho “yo no soy el Mariscal López” (porque no olvidemos que la creación de héroes fue necesaria en todas las regiones donde se dio a conocer un relato del surgimiento del Estado con familias patrias liberadoras, antes de Allende, antes del Che) sin embargo eligió Allende, para reforzar la imagen de él como un “Líder de Izquierda”, lo cual era claramente una estrategia de “acercarse” a cierto lugar en donde gran parte de la sociedad lo había ubicado (incluso en contra de sus acciones statuquistas en muchos aspectos).

4. Considerar que la declaración de Lugo renunció a la imposición de un mandato machista de “resistencia heroica, aguerrida, innegociable, intransigente, con liderazgos claros y combativos” es dar por sentado, nuevamente, que toda resistencia aguerrida y entregada responde a “machos” y no así a mujeres. Dar por hecho que “si se renuncia a esa trayectoria se pelea contra el patriarcado” es asociar irrenunciablemente la imagen del “luchador incansable” con la de los hombres.

El artículo conecta “resistencia dedicada”, con “liderazgo masculino machista” y con «violencia y uso de armas». Un desplazamiento semántico que nos da una idea de  cómo se construye la masculinidad, cómo se edifica «aquello que responde a lo masculino»: a los hombres (machistas) les tocará el rol de la resistencia, pero lo harán desde la verticalidad y el armamento.  ¿Y las mujeres? esas no resistirán, o en caso de hacerlo, si promueven una entrega heroica, entonces alimentarán lo «patriarcal y machista» de la derecha.

Entregarle a la derecha o al patriarcado de derecha el monopolio de la lucha entregada, aguerrida y sólida es una invitación a dejar de resistir de manera clara y combativa, a claudicar.

5. Si creemos, refiriéndonos a los ministerios y secretarias, que en el gobierno de Lugo “las mujeres fueron excepcionalmente cuidadas” estamos equivocándonos de manera notoria en dos aspectos: primero, acotando el concepto de “mujeres” a sus ministras o al sector que estas representan y segundo,  conllevando la idea de que las mujeres deben ser cuidadas, protegidas, no deben ser “echadas” ni cambiadas de sus roles. Ellas no fueron sostenidas en sus cargos por idoneidad o solvencia profesional, por buen desempeño de sus cargos, sino por “ser excepcionalmente cuidadas”, cuidadas de “la maldad que existe en el mundo”, cuidadas del sistema político, cuidadas por un hombre que seguro encarna “la solvencia suficiente, el coraje y el buen tino” para “cuidarlas”.

6. Pensar que “las faldas, llamadas sotanas” han hecho algo por la cuestión de género es una falacia histórica. No podemos lanzar esas apreciaciones por el hecho de una simbólica frase (en la que además ni siquiera encuentro relación alguna con la “igualdad de género”). La iglesia como institución (y sus faldas) es uno de los bastiones de sostenimiento del patriarcado y ha negado insistentemente la igualdad de géneros, la libertad sobre el cuerpo de las mujeres, la liberación de la sexualidad, entre otros elementos que demuestran un extemporáneo rechazo de parte de dicha institución a las reivindicaciones adeudadas a las mujeres (mujeres a quiénes jamás asociaremos con las faldas, ni siquiera para hacer una metáfora poética).
El pensamiento mágico es necesario, pero para poner en disputa las masculinidades patriarcales, es necesario MUCHO MÁS que una simple frase de un ex presidente y mucho más que el optimismo analítico en torno a dicha frase.

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