Ya no son tiempos de poesía galante

Por Carlos Bazzano

La poetisa Lourdes Benítez.

La poetisa Lourdes Benítez.

“Quiero creer que eso es lo que creo”, me dijo ella mientras el último cigarrillo se apagaba en el cenicero marcando el fin de nuestra conversación. Unas horas antes llegó de manera tan inesperada como tempestiva al bar que siempre frecuento. Un par de años atrás, de la misma forma esperadamente inesperada llegó Lourdes a mi vida. Así llegó a mi vida esta escritora, de manera oscura y luminosa.

Ahora, años después, llega en el mismo bar de la vida, para colmo en el mismo instante en que analizo su libro Sub. Solo esquivo mi atenta mirada a sus ojos para pedir otra cerveza al cantinero. Ahora, ya con la cerveza y dos vasos, de manera ceremoniosa pongo en modo grabador el celular y le pregunto: ¿cuánto tiempo te llevó el libro? Ella sonríe y dice que pagará la siguiente botella. Mientras Lourdes busca sus cigarrillos me cuenta que el libro fue naciendo de a poco, entre tire y afloje. Luego de encontrar los cigarrillos, y encender el primero de muchos, me habla de ese viaje intenso de dos años, donde ella se sentía en el vórtice de un tornado sin viento.

Pienso en la imagen, y me acuerdo cuando ella llegó al bar. La llegada de Lourdes no pasó inadvertida. Lourdes es bella, se entrevé un tatuaje grande y artísticamente trabajado acariciando la piel y el vestido. Cuando ríe es un oxímoron hermoso pues ríe, y mientras ríe se puede observar un toque de melancolía y picardía. Su voz es sensual, en especial cuando lee sus poemas esa voz se conjuga con una mirada intensa. De hecho conocí a Lourdes en una tertulia, en un bar el cual creo ya se ha cerrado hace tiempo. Cuando lee sus poemas se transforma, entra en otra frecuencia, entra en frecuencia poesía, entra en frecuencia Sub.

¿Qué onda Sub?, le pregunto. Ella me explica que en este instante no quiere opinar, “no puedo opinar, la soledad no me permite opinar sobre estas cosas sin su presencia”, me dice, “ahora no me siento sola”. Yo titubeo, ella ríe. Ahora pregunto sobre el erotismo, siempre, por supuesto escudado en los conceptos de Sub. Ella me dice que “el erotismo es parte de nuestro cuerpo, es la fuerza que nos lleva a hacer lo que nos gusta, lo que nos apasiona. Se diluye bastante al erotismo al pensarlo desde lo sexual”.

Yo la miro atentamente, pienso en lo erótico y en sus ojos, pienso que posiblemente en esta mesa hablar del amor quedará en cuarto intermedio por carecer de realidad constante. Me digo eso, pero en el mismo instante Lourdes me aclara “coincido con Pessoa que decía que hemos errado en pensar el amor, amemos sin pensar”. Ahora entiendo.

Pero aún no hablamos de Sub. Sub es la combinación de varios textos que Lourdes fue reuniendo hasta unirlo en un libro. Por eso lo presenta como antología. La antología consta de cuatro partes, con no más cinco poemas cada uno. Cada parte representa el sentir de ciertas situaciones que ella ha vivido, sin embargo son como escritos agazapados, ya que deviene como potencias de otros sentimientos, ¿más tiernos? ¿Más violentos? De manera constante las distintas voces internas de la autora se despliegan, se entrelazan o chocan. Son distintas voces, siento erotismo, el amor se deconstruye, el desamor es una violenta constante, ahora una búsqueda de conexión con la naturaleza, ahora una posición política a la hora de defender un género avasallado históricamente por el hombre y por la propia mujer, según me contaría en el bar cada vez más oscuro.

O sea, le digo, en el libro encuentro ahora una posición erótica, ahora una posición política, ¿eróticamente política o políticamente erótica? El prefijo sub significa situarse o estar por debajo. Entonces, Lourdes, ¿qué significado le das como autora? “Por debajo de su piel, de sus tejidos, de sus órganos, de su sangre, situarse en su ser mujer, y en sus tantas Lourdes desplegadas en su existencia y cuando no quiere existir tanto, de ahí el título del libro”, me explica y toma un trago.

Carmela Caballero, Ana Brisa Caballero, Jazmín Troche y Rebeca Benítez son mujeres muy cercanas en cuanto a la visión literaria y artística. Lourdes piensa que eligió a estas compañeras para la ilustración y diseño del libro más que nada por la proximidad entre ellas.

En el bar todavía hay algunos parroquianos, pero afortunadamente nadie se fija en nosotros. Los parroquianos se fijan en quien llega, pero nadie en quien permanece. Creo que últimamente nadie se fija en nadie. Todos están mirando a un aleph celularizado o la nada mientras llega la muerte. La ciudad está agitada, estridente, pero igual. Volviendo al encuentro entre Lourdes y yo, ya que nos encontramos por azar, asumimos al azar como destino y hablamos bajando la voz, como si fuera que conspiramos, como si fuera que conspirar es respirar juntos.

Fue así que, en voz muy baja, en el bar ya oscuro, ya solitario, hablábamos de Fernando Pessoa y sus heterónimos, de Julio Cortázar y sus poemas. Los libros de Cortázar y Pessoa suelen acompañar a Lourdes en el colectivo para el cotidiano viaje desde la ciudad de San Lorenzo hasta Lambaré, ciudad donde trabaja en un medio periodístico como correctora.

Pero mejor no hablar del trabajo, o el viaje en bondi, mejor hablar del desamor y la escritura, y también de su curiosidad por publicar. Lourdes en ese sentido es bastante crítica. Me dice que está interesada en descubrir dónde está situado su ego poeta, me habla de la intención de cerrar un ciclo literario. Desde la mesa, en voz muy baja, me habla de intenciones, de los periplos de recolección de los poemas, y del deseo de crear nuevos escritos.

Nos callamos.

Hay un silencio.

¿Y Asunción? “Es lo que nos toca, pero si queremos podemos cambiar de chip y revertir nuestras vidas. Sería un caos pero la conciencia nos lleva al caos y el caos es equilibrio”.

¿Cómo influye en tu creación el otro mundo?

“Es que ese es mi estado, el otro mundo. El otro mundo es el que me mantiene viva, el que me invita y crea esa necesidad de escribir, hasta suena incoherente que diga que el escritor tiene que hablar de la inestabilidad del mundo pero que a la vez acepte que también vive un mundo paralelo, de ahí la intolerancia a los pensantes, estamos pensando y creando las frases que queremos expresar”.

Miro atentamente a Lourdes, ella también me mira. Ella sabe que he leído su libro, ella sabe que me gusta cómo escribe, ella sabe que en algún momento las preguntas serán más intensas, y que la noche está cayendo en la ciudad. Las primeras luces de neón se encienden, entonces el silencio se corta y me encuentro con esa Lourdes que me gusta tanto. Ella me dice “Bazz: Ya no son tiempos de poesía galante. Quien quiera llamarse poeta debe hacer frente a la muerte, hundirse en ella y contar cómo se sobrevive, hacer frente y sentar postura a través de la palabra, sin ignorar que es patética diariamente”.

“Quiero creer que eso es lo que creo”, me dijo ella mientras el último cigarrillo se apagaba en el cenicero marcando el fin de nuestra conversación. Pedí una cerveza más, ya que pronto, muy pronto, me encontraría con otra amiga de El Guajhu para también hablar de poesía.

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