Wikileaks: la herramienta anticorrupción más poderosa está en internet

(Por Marco Sifuentes. Publicado en www.eldiplo.pe) El autor de este artículo narra cómo los editores de wikileaks editan y publican en la web una información confidencial, protegiendo el anonimato de la fuente. 

Si Matilde Pinchi Pinchi se hubiera peleado con Montesinos no en el año 2000, sino en el 2009, podría haberse ahorrado la intermediación de Patriotas y Popis. Le hubiera bastado con ir a la cabina más cercana y subir el vladivideo de su preferencia a… olvídense de YouTube, que es censurable. Matilde hubiera tenido que entrar a Wikileaks.org. Como es público, los 86 audios (el prefijo “petro” no les hace justicia) entregados a la justicia en días pasados también están disponibles en Internet; para más señas, en un portal llamado Wikileaks del que pocos en Perú habían escuchado hablar. Hasta ahora.

Las pruebas del chuponeo del gobierno de Hugo Chávez, los correos electrónicos de Sarah Palin, audios de CEOs norteamericanos, documentos secretos de la Cienciología (la religión de moda en Hollywood), corrupción en Kenia, censura en China… la web llamada “Wikileaks” aloja un millón 200 mil archivos que hubiera sido imposible publicar en otros lados.

El nombre de la web viene de “leaks”, filtraciones y “wiki”, que es la tecnología que permite alojar textos y ser modificados por cualquiera. Esa es la tecnología que usa la superfamosa Wikipedia, la cual, por cierto, no tiene ninguna relación con la web que nos ocupa.

Wikileaks fue lanzada en diciembre de 2006 por disidentes chinos, periodistas, matemáticos y pequeñas compañías tecnológicas de los Estados Unidos, Taiwan y Sudáfrica. Sus servidores (las computadores que físicamente los soportan) están ubicados en Suecia, en la misma compañía que aloja a The Pirate Bay (TPB), un buscador de todo tipo de contenido prohibido en la red por razones de copyright (razones que TPB no respeta). De todas formas, para casos de emergencia, Wikileaks tiene copia de todos sus archivos en decenas de servidores alrededor del mundo.

De acuerdo a su declaración de principios, su principal interés es “exponer regímenes opresores en Asia, la antigua Unión Soviética, el África Subsahariana y el Medio Este, pero asistimos a gente de todas las naciones que desean revelar comportamiento antiético en sus gobiernos y corporaciones. Apuntamos a conseguir el máximo impacto político.”

Wikileaks se llama a sí misma “una versión no censurable de la Wikipedia”, pero eso no es exacto. Sí, es cierto que en su corta historia ha triunfado sobre intentos de censura de enemigos diversos como el Pentágono, la Oficina de Seguridad Pública China y la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. También es cierto que ninguna de sus fuentes ha podido ser identificada, gracias a diversos softwares que borran todo rastro humano de los documentos que publican. Pero no es como Wikipedia, una enciclopedia digital que cualquiera puede manipular a su antojo. No, no funciona así y para entendernos mejor retrocedamos al lunes 26 de enero, 24 horas antes de la publicación de los audios.

Como en cualquier medio periodístico, para publicar un material primero hay que convencer a los editores. En Wikileaks, las decisiones editoriales se toman en un chat. Esa noche del lunes, el chat de Wikileaks era atendido por “office” y “s”. Ninguno parecía tener más rango que el otro. Al parecer, ambos estaban en distintos lugares del mundo. Uno de ellos, en Suecia (o eso dijo). Mi alias era “pennyworth”.

Primero hablamos del procedimiento y la seguridad. Preguntaron qué tipo de documentación era (audios y transcripciones), si habían sido publicados antes (no), por qué no publicarlo en otro lado (algunos periodistas habían sido despedidos por publicar material similar), quiénes estaban involucrados (políticos y autoridades), cuál era el interés público (corrupción) y cuál era la audiencia (un país de Sudamérica). Preguntaron hasta tres veces si el material procedía de inteligencia norteamericana o involucraba a oficiales de inteligencia gringos. No, ¿por qué? Porque, dijeron, la mayoría de comunicaciones electrónicas entre Suecia y Sudamérica pasan por los Estados Unidos y podían ser interceptadas. Si hubiese sido ese el caso, me hubieran enviado, con un link, a un sitio especial para subir ese tipo de de documentación sin riesgo. Habrá que creerles.

Finalmente les expliqué de qué trataba el tema. Pidieron alguna forma de corroborar la historia, de preferencia con enlaces a artículos en inglés. Gracias, corresponsales extranjeros. A “office” le empezó a gustar el caso.De todas formas, dijo “s”, iban a tener que consultar la pertinencia de los audios y transcripciones con los miembros hispanohablantes del staff de Wikileaks. Aguanta allí. ¿Y si alguno es un peruano que se apropia de la información? No, uno es venezolano y el otro, guatemalteco y son de extrema confianza. Nuevamente, habrá que creerles.

Con una hora de chat, ambos lados estábamos convencidos. Hora de empezar a subir el material a la red. De todas formas -advirtió “s”- borrar todos los rastros, ordenar la información, clasificarla y, sobre todo, aprobarla podía demorar un día completo. En realidad, dijo “office”, nos parecemos más a un comité editorial que a una Wikipedia, así que habrá que esperar. No problem, les dije. A veces la principal virtud del Internet no es la inmediatez.

Al día siguiente, aparecieron los audios en la portada de la web. Estaban ordenados, clasificados y, previniendo algún ataque de hackers, con múltiples copias en Suecia, Estados Unidos, Latvia, Eslovaquia, Finlandia, Holanda y otros países. Si hubiese querido permanecer anónimo, no habría tenido ningún problema. Todos los “metadatos” fueron borrados. De hecho, nunca se ha descubierto la identidad de un colaborador de Wikileaks.

Por supuesto, un arma tan poderosa plantea dilemas éticos formidables. Los controles de calidad son falibles. De hecho, ya tuvieron lo que en jerga periodística se conoce como una patinada. Y grave. Publicaron el archivo médico de Steve Jobs, el dueño de Apple. Como si eso no fuera suficiente, resultó que era un falso archivo médico, uno que insinuaba que Jobs era VIH positivo. El archivo médico era evidentemente falso, la supuesta firma de Jobs que consignaba no era la verdadera. Wikileaks pronto corrigió el error y consignó la serie de incongruencias del propio documento que ellos habían publicado, pero la imagen sigue allí, una prueba de que no todo es color de rosas en Internet.

Pese a este error y a los múltiples ataques, intentos de censura y el bloqueo de gobiernos autoritarios como el chino, Wikileaks sigue en pie, tres años después de su fundación, ayudando al ciudadano común y corriente a revelar aquello que algún poderoso quiere ocultar.

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