Vigencia de Rafael Barrett

La obra de Barrett se encuentra en la raíz de algunos de nuestros mayores escritores, y constituye también un acto de razón y fe incontestable.

Rafael Barrett. Fotografía de septiembre de 1910.

En 1917, un adolescente argentino le escribía desde Ginebra una carta a su amigo Roberto Godel, de Buenos Aires, hablándole de un escritor de “espíritu libre i audaz” a quien hay que leer “con lágrimas en los ojos i de rodillas”. A Godel la posteridad no le ha sido propicia. Al joven de Suiza, en cambio, le estaba deparada la gloria literaria: era Jorge Luis Borges.

¿Pero qué es lo que llevaba al futuro autor de El Aleph a decir esas palabras aparentemente desmesuradas acerca de un autor prácticamente desconocido, a quien, por lo visto, creía argentino? Las Cartas a Roberto Godel, ya en parte publicadas, no aportan mucho más[1].

Por el momento, es un dato que puede interesar a millares de investigadores y críticos borgianos y a unos pocos empecinados admiradores de Rafael Barrett. Pues de él, del autor de El dolor paraguayo y Moralidades actuales, hablaba Borges.

Importa poco que el joven Borges creyera argentino a Barrett. Los uruguayos, razonablemente, lo han incorporado a su “Biblioteca de clásicos uruguayos”. Los paraguayos, poco a poco, nos vamos dando cuenta de que no sólo es uno de los nuestros, sino que es, legítimamente, un “héroe” fundamental en nuestro pensamiento, nuestra literatura y nuestra moral[2].

Retengamos, no obstante, el hecho de que en la década del 10 al 20 aquel escritor-periodista de nacionalidad incierta era ya leído por millares de personas, especialmente obreros, como un “héroe moral” ―y no sólo un escritor extraordinario. A partir de las primeras ediciones que O. Bertani hizo de sus obras en Montevideo, Barrett se convirtió en una figura capital para la conciencia revolucionaria americana, el pensamiento social y la literatura de los países hispanoamericanos. Sin embargo, la crítica y la historiografía literarias no han hecho todavía justicia plena a sus escritos, a nuestro juicio el hecho más importante que ha registrado el género periodístico-literario, en la lengua castellana, desde Mariano José de Larra (1809-1837).

Rafael Barrett vivió un poco más que el gran articulista madrileño: murió a los 34 años. Pero tuvo menos tiempo para escribir su obra que Fígaro, que ya tuvo su primer periódico, El Duende Satírico del Día, en 1828, cuando tenía 19 años. Barrett, que también era de origen español, se hizo periodista después de llegar en 1903 a Buenos Aires, donde en el transcurso de un año, más o menos, publicó unos cuantos artículos. Pero con motivo de la “revolución” de 1904, fue enviado a nuestro país por el diario El tiempo, de la capital argentina, como “corresponsal”, a fin de cubrir los acontecimientos de la guerra civil. Y aquí, en este “jardín desolado”, como llegaría a llamar al Paraguay, vendría a realizar casi la totalidad de su obra, a través de las hojas periodísticas en las que colaboró.

En el Paraguay vino Barrett a encontrar su lugar en el mundo: se unió en matrimonio a una joven paraguaya, Francisca López Maíz ―con quien tuvo su único hijo, Alex―, se puso al frente de la lucha por la justicia social que las incipientes organizaciones sindicales mantenían desde fines del siglo XIX y quemó su vida viviendo pobremente de su pluma solidaria con el pueblo del país “más desdichado de la tierra”.

En 1908, el Coronel Albino Jara deportó al Brasil a Barrett ―que ya había denunciado la explotación esclavista en los yerbales[3] y también el terror[4] instaurado en esos días tras el cruento golpe de Estado―, pero éste poco después se trasladó a Montevideo, donde vivió apenas unos tres meses, comenzando a colaborar, desde entonces hasta su muerte, en el diario La Razón y en otras publicaciones uruguayas. De regreso al Paraguay en febrero de 1909, desde Yabebyry, en el extremo sur del país, donde vivía confinado, siguió enviando sus artículos a los diarios de Asunción y Montevideo.

Cuando se le permitió venir a vivir cerca de la capital, en San Bernardino, volvió a denunciar las miserables condiciones de vida del campesino paraguayo[5] y escribió su ensayo capital sobre “La cuestión social”[6].

Enfermo gravemente de tuberculosis, Barrett se dirigió a Francia en setiembre de 1910, en busca de cura para el terrible mal, pero falleció el 17 de diciembre del mismo año, poco antes de cumplir 34 años de edad. En el Paraguay habían quedado su joven esposa y su pequeño hijo de tres años. Y aquí había escrito una obra de extraordinaria calidad estética y entrañable aliento humano.

El escritor

En el Paraguay, ciertamente, los artículos de Barrett no habían pasado desapercibidos. Era admirado, se reconocía su talento, era notorio su arrojo personal. Pero molestaba, molestaba profundamente, sobre todo cuando asumía una postura crítica radical contra la injusticia del “orden establecido” y denunciaba la explotación de los trabajadores en los yerbales, así como la extrema miseria de obreros y campesinos.

La prensa fue el medio de expresión de sus inquietudes artísticas y humanas. A través de ella publicó artículos, ensayos, narraciones, diálogos… Y en esos diversos géneros alcanzó la altura estética —estilística— que hace de él una de las grandes figuras de la literatura hispanoamericana de principios del siglo XX. Es cada vez mayor el número de críticos y estudiosos de su obra que coinciden en ello.

Ideología y pensamiento crítico

Barrett vino a coincidir con una brillante generación de intelectuales paraguayos: la del 900. Fue amigo de algunos de ellos (en el campamento liberal de Villeta, en 1904, había conocido a Manuel Gondra, Modesto Guggiari, Manuel Domínguez y otros), pero pronto sus caminos divergirían en la apreciación de la “realidad paraguaya”. Mientras los paraguayos se dedicaban a la historia (una historia lastrada de ideología nacionalista o liberal) y la política, ocupando muchas veces altos cargos gubernamentales, el español —el hispanoparaguayo, para nosotros— miraba el mundo desde un punto de vista independiente y encontraba que la sociedad padecía de una enfermedad terrible, la injusticia. Para un hombre que había conquistado la libertad interior y la conciencia crítica, la explotación y la opresión del prójimo eran intolerables.

Barrett, de joven aristócrata español a anarquista en el Paraguay: la historia, contada después de su muerte a algunos de sus coetáneos españoles, resultaba incomprensible; en cualquier caso, no más que una excentricidad. A los intelectuales paraguayos de su época, que vivían la misma historia —la misma realidad—, en cambio, Barrett les parecía un exaltado, incluso un hombre de visión distorsionada por la enfermedad. Así lo vieron Manuel Domínguez y Juan E. O’Leary en dos momentos diferentes. Los dos serían —eran ya— los representantes máximos de un nacionalismo que, en última instancia, no sería sino una mistificación más.

En esas circunstancias, el pensamiento y la expresión de Barrett resultaban incongruentes. Para la intelectualidad paraguaya del 900 lo prioritario fue —para decirlo en jerga contemporánea— recuperar la “autoestima” nacional. De muchas maneras: entre otras, funcionando dentro del “orden establecido” y postergando sine die la recuperación de algo más importante: el sentido de la dignidad humana en cada hombre concreto, es decir, el sentido de la justicia y la libertad solidarias.

La elección, por parte de Barrett, del punto de mira anarquista para la consideración de los problemas sociales fue, a nuestro entender, menos una opción ideológica que una toma de posición ética: Barrett veía en el anarcosindicalismo “la extrema izquierda del alud emancipador”, la vía directa y rápida para cambiar la sociedad humana. En términos históricos, el movimiento anarquista no alcanzó sus objetivos y se fue debilitando en su práctica político-social. Equívocos de la historia que, a pesar de Fukuyama, no ha llegado a su fin. En un mundo desquiciado por las “ideologías de la muerte”, por la práctica demencial de la injusticia, los valores libertarios —la afirmación de la libertad y la solidaridad— constituyen todavía, seguramente, una respuesta válida. Barrett no se había equivocado en lo esencial.

Pero reducir el pensamiento del autor de El dolor paraguayo a una determinada ideología sería un error. La constitución y la dinámica de su pensamiento, en todos los órdenes, niegan, precisamente, la ideología entendida como expresión mistificadora y esclerosada de intereses sectoriales. El pensamiento barrettiano es, esencialmente, un pensamiento crítico y creador que va mucho más allá del pensamiento ideológico. En la raíz de su práctica discursiva hay una dinámica generativa que abre su pensamiento hacia vastos horizontes al mismo tiempo que propone implícitamente una epistemología liberadora radical. De allí, sin duda, la notable actualidad de su escritura y la vitalidad de su lenguaje y pensamiento.

Una ética de la escritura

En una época de abdicaciones y complicidades intelectuales con el orden político, social y económico establecido, la figura del escritor comprometido corre el riesgo de parecer anacrónica. He aquí, sin embargo, otra razón más de su vitalidad: la obra de Barrett, que, por lo demás, se encuentra en la raíz de algunos de nuestros mayores escritores, constituye también un acto de razón y fe incontestable.

Dondequiera que la injusticia y la opresión aflijan la vida humana, la palabra de Barrett resonará en la plenitud de su sentido, en la plenitud de su valor literario. Y hay que entender aquí “valor literario” más allá de cualquier narcisismo esteticista. La escritura barrettiana, como la de todo gran creador, mantiene en vilo los valores incandescentes —éticos y estéticos— del hombre entero, del escritor auténtico.

Y Barrett, finalmente, fue eso: un hombre entero y un escritor auténtico.

Notas:

[1] V. Vaccaro, Alejandro: Georgie 1899-1930. Una vida de Borges. Buenos Aires: Proa, 1996.

[2] En ocasión del centenario de la muerte de Barrett, en 2010, por primera vez se le rindió en Paraguay un homenaje oficial desde la Secretaría Nacional de Cultura, mediante publicaciones y un simposio internacional organizado en colaboración con la Universidad del Norte.

[3] Lo que son los yerbales (folleto), Montevideo: Bertani, 1910.

[4] “Bajo el terror”, en El dolor paraguayo, Montevideo: Bertani, 1911. V. mi edición anotada de esta obra, con prólogo de Augusto Roa Bastos, Caracas: Ayacucho, 1978.

[5] “Lo que he visto”, en obra cit.

[6] Incluido en Obras completas, Buenos Aires: Americalee, 1943 y en ediciones posteriores.

Miguel Ángel Fernández (1938)

Es autor de libros de poesía y crítica de arte y literatura. Profesor de Literatura Hispanoamericana y de Cultura Paraguaya en la Universidad Nacional de Asunción y director de la Cátedra Rafael Barrett-Augusto Roa Bastos de la Universidad del Norte. Ha editado las Obras completas de Rafael Barrett (en colaboración con Francisco Corral), las Poesías reunidas de Augusto Roa Bastos, los Cuentos completos de Josefina Plá, la Poesías completas de Hérib Campos Cervera y otras obras de autores paraguayos. La Editorial El Lector y el diario ABC han publicado en la colección Protagonistas de la Historia su opúsculo Rafael Barrett, escritor y pensador revolucionario.

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