Zucolillo, el último patriarca

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Por  Julio Benegas Vidallet

Foto de Andrés Cristaldo/Abc Color

Silvana fue la primera en comentarme. Luego, en la mesa de El Rubio, Oscar y Edgar comentaban la info en la televisión. Aldo Zucolillo estaba internado, con ACV. La conversación se estableció en la mesa, con Aristides, Marco, Jorge y Regina. En mí estallaron ráfagas de recuerdos del último empresario patriarca. “No le des por muerto, él es Acero”, dijo alguien. No me acuerdo quién.

Fue entonces que mis recuerdos se atropellaron. Lo vi caminando la redacción de ABC Color erguido, hablando con los jefes y los trabajadores, ordenando cosas acá, allá. Lo vi en su oficina amplia ordenando editoriales, artículos periodísticos y arreglando negocios. Lo vi en sus cenas de aniversario con empresarios, militares y altos funcionarios del Estado y de las corporaciones. Me acordé que el primer día de gobierno de Luis Castiglioni, entonces vicepresidente, fue ir a su oficina y que la primera visita de Fernando Lugo el día en que ganó la Presidencia, fue a la redacción de ABC Color. Se tomó una foto con él y los periodistas.

Zucolillo era el patrón presente. El que estaba rompiendo las bolas todos los días, asentía, aprobaba, rechazaba, desde propuestas periodísticas hasta demandas laborales. En eso era muy parecido a Morga, de La Riojana. Como patrón presente establecía sentimientos muy cerrados entre “sus trabajadores”, sentimientos muy contradictorios. La leyenda de que él era un tipo bueno y que los malos eran los capataces, los jefes, la hija, la hermana, el administrador, corría entre trabajadores de talleres, cocina, computadoras.

El se ubicó en el diario y lo gobernó defendiendo básicamente su interés más profundo: el latifundio. A la par que Inmobiliaria del Este cuadriculaba las zonas sub urbanas y endeudaba a diez años a los pobres con lotes 12 por 30, su diario, con un plantel que explotó con el golpe de Estado a Alfredro Stroessner, construyó la idea de lo bueno, lo malo, lo constitucional, lo inconstitucional, en tanto que ubicaba fichas en otros negocios.

Sacó Atlas construcciones. Hizo algunos edificios pero le alcanzó la gran recesión de fines de los 90. Intentó con el oviedismo cerrar negocios de construcciones con el Estado paraguayo. Puso mucha ficha en este juego hasta ubicar a Lino Oviedo simplemente como un perseguido político. Pero este intento de avanzar en el negocio más rentable con el Estado, las construcciones, se frustró con la dimisión de Raúl Cubas Grau.

Atlas, pronto, también fue una financiera y ahora es banco. Unos 15 años atrás, el Grupo Zucolillo se establecía como un pool de empresas con surtidores de combustibles, construcciones, medios de comunición, agronegocios y bancos.El patrón presente siguió manejando, desde el periódico papel, por un tiempo más la agenda periodística, construyendo el libreto más importante para los grupos de poder de este país: agronegocios, bancos, inmobiliarias.

Subordinó a gran parte de la dirigencia social y política a sus campañas periodísticas al punto de que mucha gente, buena gente tal vez, tomaba decisiones o dejaba de hacerlo pensando cómo caerían al diario de Zucolillo. Hoy, al diario se han sumado Radio Cardinal y ABC Tv. El periódico papel, al igual que miles de periódicos papel en mundo, está franca decadencia. En la disputa de multiplataformas ha hecho inversiones en recursos técnicos y humanos que lo ubican como un conglomerado real, con marca.

El grupo fue uno de los grandes propulsores del golpe de Estado a Fernando Lugo. No tenían miedo de él. Tenían miedo de que las fuerzas sociales, entre ellas campesinas, que disputaban la tierra, crecieran en musculatura política y decidieran, en algún momento, disputar el latifundio con mayores recursos. De las campañas periodísticas más conocidas se distingue aquella sañosa campaña en favor de la Secta Moon cuando el pueblo casadeño reclamaba que el pueblo y unas 47 mil hectáreas quedaran en manos de la gente. Se destaca aquella campaña que intentó meternos en un estado de sicosis porque supuestamente Bolivia, luego de asumir la presidencia Evo Morales, se armaba para invadir territorio paraguayo. Su línea clara y coherente en contra de los subsidios y del reparto de tierras a campesinos y aun de los sectores suburbanos contribuyó esencialmente para consolidar la idea de que estos seres, además de “haraganes”, eran sospechosos de atentar contra el poder establecido, sus leyes y su supuesta moral.
Trabajé 18 años en ABC Color. En todo ese tiempo fui dirigente sindical. Nuestra relación, entonces, con el patrón era tensa, pero este señor entendía que el bienestar de los trabajadores cumpliendo con las leyes laborales y el contrato colectivo de trabajo en ABC Color, sobre todo de los periodistas, era también la posibilidad de erigirse como gran juez. Nos vimos muchas veces las caras en esa relación de toma y daca de derechos y obligaciones obrero patronales, pero extrañamente mi experiencia más tensa con él no vino por el lado de los derechos laborales, sino por el lado de la política editorial. Y fue cuando intentó, en rueda de editores, convencer que era importante impulsar una campaña de envío de fuerzas militares a Irak.

El gobierno de Nicanor Duarte Frutos había enviado un mensaje al Congreso.
Ordenó, con esa severidad de “acero”, que se les preguntara a los parlamentarios qué ganaba Paraguay no enviando tropas a Irak. Yo, que estaba ahí porque era responsable del área militar, lo miré y le dije: “director, la pregunta es al revés. Qué gana Paraguay enviando tropas a Irak, acompañando la invasión norteamericana. Usted quiere mañana una bomba en Ciudad del Este o en Asunción?”.
Se levantó del asiento y me dijo: “por qué usted me odia tanto”
Yo quise reírme, no esperaba esa respuesta. Entonces, entre media risa, le dije: “yo no lo odio, usted tiene sus intereses y yo los míos. Y mi relación con usted es obrero patronal, no de afectos”.
Ahí terminamos la conversión. El diario no hizo la campaña en favor del envío de las tropas, salvo en sus editoriales.
Yo salí de la sala cagándome de la risa y recordando los sentimientos contradictorios, en algunos casos casi de amor y odio, de muchos compañeros con el último patriarca.

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