Paraguay 1998 – Brasil 2018. Democracia capitalista y fascismo capitalista

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Por Blas Brítez

La historia de Lula —a pesar de las aparentes diferencias y vaivenes ideológicos entre sus actores— ya la vivimos hace veinte años en Paraguay. Es la historia de la democracia capitalista con sus particularidades periféricas.

Lino Oviedo —detestado por el Brasil de Itamarati, que lo entregó a la justicia paraguaya— desafió varias veces con métodos golpistas y en las urnas la supremacía de una exigua oligarquía financiera demasiado voraz en su acaparamiento de su brazo “productivo” en la facturación al Estado y en los relacionados con los agronegocios y la mafia pura. Oviedo representaba otra ala, la más virulenta, de esa oligarquía: la de la casta militar que heredó los “asuntos” legales e ilegales del stronismo.

Sin ser un dirigente de bases (originalmente) proletarias como lo fue Lula (digo bien: lo fue), sino un caudillo militar de orígenes campesinos surgido el día después del golpe de Estado de 1989 —uno con ínfulas nacionalistas y fascistas, líder del sector “argentinista” del coloradismo, por la vía de Carlos Saúl Menem—, Oviedo venció en las primarias presidenciales y parlamentarias del Partido Colorado en 1997. Sus derrotados no eran molinos de viento: los candidatos del oficialismo empresarial de Wasmosy y los del tradicional stronismo argañista, enfurecido y con la sangre borbotándole en las venas por el robo de 1993. ¿No era que estábamos en democracia?, se preguntaron las familias stronistas durante cuatro años. La pregunta resume la broma macabra que es el Estado liberal “moderno” paraguayo. Su respuesta conceptual debería ser una descripción de lo que ha sucedido en el Paraguay entre 1989 y nuestros días. No estoy, por supuesto, en condiciones de hacerlo.

Aquella vez Oviedo cometió un error —que el militar que había en Hugo Chávez enmendó para entrar en el “juego democrático”” por la punta izquierda y “construir” el “socialismo del siglo XXI” en Venezuela—: no aceptó su “crimen” ni se sometió al “castigo” de la Justicia ni fue necesario para sus enemigos reclamarle la ofensa más que tibiamente. Hasta dos años después, cuando demostró su hegemonía ganando una elección en el partido cuyo liderazgo granítico dejó huérfano Stroessner —de quien se dice recibió Oviedo rendición con una granada en la mano—menos de una década antes. Con una rapidez que a los mastodónticos tribunales de justicia (militares y civiles) actuales asombraría, Oviedo fue enviado a prisión y privado de ser candidato a presidente y (posiblemente) presidente del Paraguay. Exactamente como Lula, aunque los tiempos modernos exijan penar por “corrupción” antes que por “intentos de golpe de Estado”. Al neoliberalismo fascista le da igual. Con su victoria, Oviedo demostraría lo que ya se demostró en el periodo 1923-1933 en Europa: que también el fascismo (o el “reformismo”: como Lula o Chávez, como los “frentes” en aquellas décadas) puede llegar al aparato estatal por medio de las urnas. Europa se sorprende ahora de ese poder electoral del neofascismo cuando por décadas reprimió a su enemigo natural: el comunismo ligado a las organizaciones trabajadoras, de la mano de socialistas y socialdemócratas que han tolerado “democráticamente” el crecimiento de las organizaciones y corrientes fascistas más o menos encubiertas, sobre todo después de la caída del Muro de Berlín. No conozco libro que historie y analice la dinámica de esas organizaciones en América Latina, seguro los hay; pero el libro del periodista y fantástico novelista sueco Stieg Larsson, La voz y la furia (2011), historia en varios textos ese movimiento creciente en Europa ya a fines de la década del 90 y principios de la pasada. En 2015 intenté una reseña sobre ese libro.

Lo que en todos lados se ha demostrado es que al fascismo no se lo puede derrotar en las urnas. Ni siquiera en Paraguay, ahíto de microfascismos, acostumbrado a “la dialéctica de los puños y las pistolas” que predicó José Antonio Primo de Rivera en la España que hizo un golpe a la república española, cuando los trabajadores y trabajadoras defendieron con la violencia la violencia fascista, en franco ascenso en los años previos hasta provocar una guerra civil en 1936. Es esa la única lección vigente del “Marzo paraguayo” de 1999. Sobre el tema recomiendo la lectura del texto de Iñaki Gil de San Vicente, Treinta y tres tesis sobre el fascismo (2018).

Desde 1945, el fascismo está latente en todos lados y en diferentes manifestaciones contemporáneas, atento para asaltar lo que con sus aliados más o menos democráticos han transigido en llamar “Estado de derecho”. Lo hacen con “guarimbas”, al estilo de los matones futuristas de Benito Mussolini; o con “juicios políticos”, en alianza con sectores liberales siempre pendulares o abiertamente colaboracionistas, al estilo de una larga lista de ejemplos en Paraguay y América Latina. A menudo, como ya sucedió en Brasil y en Venezuela hace poco, esos sectores “marchan” sobre la capital y las ciudades con consignas democráticas. A veces (de mano de sectores nostálgicos de la dictadura militar) exigiendo el Gobierno como lo hizo el Duce en Roma en 1922.

Lula está sintiendo el desgaste jurídico, mediático y político ejercido por la alianza de esos sectores variopintos (nacionalistas e imperialistas al mismo tiempo, como manda el manual fascista), mientras en las calles el Estado mata como si fuera una enterrada República de Weimar. Aquella vez en Alemania los trabajadores y trabajadoras perdieron la batalla en las urnas y no estaban preparados para ganarla en las calles contra lo que Robert Paris llamó, en Los orígenes del fascismo (1968), “el sueño de las clases medias”: ver su resentimiento, sus fobias y sus detracciones convertidos en políticas de Estado y en impunidad en las calles y las instituciones públicas y privadas. No pocas veces, como en la España teocrática de la Contrareforma, esas clases medias que pulular en las redes sociales se solazan en el espectáculo de los castigos que esperan en el Infierno a sus enemigos, lo que les proporciona mayor consuelo que el consuelo mismo de la vida ultraterrena, de su inexistente construcción ideológica de clase sin autonomía. Wilhelm Reich tiene mucho que decirnos todavía sobre estos comportamientos, precisamente porque su libro sobre la “psicología de masas del fascismo” fue escrito en 1933…

Lula no es, ni mucho menos, la expresión radical del momento de la clase trabajadora en su relación antagónica con la clase propietaria en Brasil. Es más: maquilla ese momento en el contexto de un país que ha hecho del expansionismo comercial regional un evangelio geopolítico de sus industrias extractivistas y manufactureras. (Ese evangelio estuvo precedido desde mediados de los años 80 por la actividad de las herramientas políticas multilaterales pertinentes: Mercosur, bilaterales con Argentina y otros, todos surgidos mediante su iniciativa y según el proyecto histórico de la poderosa clase dominante brasileña. Pero este —que es un tema que atañe desde 1954 directamente a la oligarquía paraguaya e influye en las elecciones de las próximas semanas— debería ser tema de otro texto…). Lula, de hecho, continuó sin demasiados cambios significativos el paradigma hegemónico y agresivo en las influencias comerciales por parte del Brasil en Paraguay, a pesar de las compensaciones de Itaipú… Lula es, eso sí, otra muestra de lo que las burguesías más cínicas del continente son capaces de articular cuando de acaparar todo el espectro del negocio se trata. Por eso apuran, a la par de la anulación política de Lula, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea.

En general, hay un consenso académico historiográfico (Diego Abente Brun y otros) en que, según términos que invocan a Norberto Bobbio, la “transición a la democracia” en Paraguay termina en 1998, cuando por primera vez (tras dos elecciones generales y una nueva Constitución), fue posible “competir” en igualdad de condiciones en las urnas. El criterio aplicado por los teóricos políticos liberales para hacer un corte en la historia reciente del Paraguay resulta particularmente llamativo, teniendo en cuenta que, desde la cárcel, aquella vez Lino O. propuso como slogan de la inesperada dupla oviedo-stronista la exacta liquidación (o la confirmación de ser la expresión ideológica de una facción de la clase dominante) del sentido jurídico de la democracia: “Tu voto vale doble”. Argaña y Wasmosy toleraron ese discurso por la “unidad del Partido Colorado”. Dos días después de asumir el gobierno, Raúl Cubas liberó a Oviedo. Ya tenemos así a las oposiciones dentro de una misma clase forzando la “teoría política” liberal y llevando al país al borde de una guerra civil…

En Brasil no hablamos ahora de facciones partidarias en pugna como en el Paraguay de 1999, pero sí de facciones de clase con tonalidades disímiles: a la idea de cierta redistribución propia del reformismo aliado a sectores liberales tradicionales, se opone la idea de “todo el poder a las corporaciones” y la profundización acelerada de un proyecto económico, político y diplomático cuyo desarrollo tiene más o menos la misma edad que el que, dependientes del capitalismo brasileño, la burguesía paraguaya replica hoy de rodillas en el suelo, a bolsillos llenos.

Veremos qué tipo de confrontación provoca el capital en los próximos ¿meses, semanas, días? en Brasil.

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