Nicolás Leóz y el olivo navarro

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Por Blas Brítez

Antes de que el padre de Nicolás Leoz abandonara Liédena para emigrar a Buenos Aires con diecinueve años, sembró un olivo en las espléndidas tierras de su Navarra natal, como una manera de agasajarla y, a la vez, decirle adiós para siempre. Eso fue en 1910, apenas le fue dada la venia parental para «hacer las Américas» y terminar sus días en Asunción del Paraguay.
Cuarenta y nueve años después, el hijo pisó por primera vez la tierra de Gregorio Leoz Latorre. En su libro de memorias «Pido la palabra» (2001) —escrito por Mario Halley Mora (1926-2003), según una fuente fidedigna— hay una foto que lo muestra bajo el olivo añoso, hincado entonces en un territorio donde se multiplican centenares de otros más enanos, como muñones en una plantación que tardará años en fructificar. Nicolás Leoz Almirón usaba todavía un bigote que le daba un aire de actor de películas mexicanas. Muy propio de aquellos años, por lo demás. Algo del escritor, también mexicano, Carlos Fuentes, tenía. En la imagen mira el cielo, el brazo izquierdo extendido un poco por encima de la cabeza, la mano apoyada en una rama del árbol. Parece invierno y la tierra se ve seca. La segunda mitad del siglo XIX fue una época difícil para la producción olivar en Navarra, averiguo. Así la habrá encontrado Nicolás ese día de 1959: casi yerma.
Hacía poco que el hijo pródigo se había diplomado en Derecho. Ahora, conectado con sus raíces, estaba fotografiándose como quien mira hacia un futuro más prominente. Cuando vuelva al municipio del valle —que está a 41 kilómetros de Pamplona, la capital provincial, y hoy no sobrepasa los 300 habitantes—, ya habrá fundado con creces la base de su imperio continental del fútbol. Eso ocurrirá en diciembre del 2000. Allí será declarado Hijo Dilecto de la pequeña Liédena.
Unos meses antes, en un seminario del Banco Interamericano de Desarrollo, denominado “El futuro del Negocio del Fútbol en Latinoamérica y el Caribe”, realizado en el Auditorio Andrés Bello de Washington, había resumido su pensamiento para el nuevo milenio: “Invertir en el fútbol es ganar y hacer ganar”. Nada de perder. Lo mejor, en realidad, está por venir. Es lo que quería decir aquel día en la capital de los Estados Unidos. Así fue, en efecto, la siguiente década. De lo mejor, aunque hubo que superar crisis como en todo.
Un siglo después de que su padre dejara en España un olivo aferrado a su pueblo como símbolo, el hijo pródigo se encontraba enfrentando cargos un tanto embarazosos: lavado de dinero del crimen organizado y conspiración para estafar a través de medios de comunicación, por citar solo dos. Las investigaciones calculan que bajo su administración en la Confederación Sudamericana de Fútbol (1986-2013) se han desviado 130 millones de dólares, lo que suena algo poco, finalmente, para la voracidad —y la de la gavilla sudamericana del Comité Ejecutivo de la Conmebol— de quien fue llamado por el periodista inglés Andrew Jennings, en «Omertà: La FIFA de Sepp Blatter, familia del crimen organizado» (2014), “la aspiradora paraguaya”.
Hasta su muerte, reclamaba su extradición el país que lo había celebrado y en el que había enunciado hace dos décadas, con orgullo y ante reputados economistas de todas las Américas, su sueño de un fútbol para las marcas y los servicios, lucrativo. Salpicado aquí y allá de “rostro humano”, como es menester, pero con dinero fluyendo a borbotones. Mientras tanto el BID “sugería” que los países “podrían adoptar legislaciones que permitirían a los clubes y equipos convertirse en corporaciones que transen sus acciones públicamente”. Transar, en el sentido coloquial americano, ¡es un verbo tan oportuno!
La modernidad neoliberal aplicada al fútbol que Joao Havelange, su mentor y aliado en la FIFA, había prefigurado en los tempranos años setenta —y entronizado, precisamente, en los Estados Unidos un cuarto de centuria después—; todas esas empresas multinacionales, esos dirigentes políticos de los cinco continentes que había conocido y lo habían tratado con deferencia; todas esas universidades y alcaldías que lo habían acogido con sus togas y sus medallas; todos esos amigos de fuera del Paraguay, isla rodeada de tierra minada ahora, no estuvieron allí cuando los yanquis vinieron por él. Todos. Ni siquiera Pelé. Lo habían dejado caer, encerrarse como un paria en su casa de Asunción, aguardando la muerte.
Excepto por la cobertura de la justicia de su país y de sus familiares más cercanos, se habrá sentido un tanto solo y mermado don Nicolás. Al menos para el poder transnacional que se había acostumbrado a manejar. Solo y mermado, como ese olivo y ese paisaje árido de hace sesenta años en las tierras de su padre español. Pero preso jamás. Primero muerto.

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