Luna de cigarras: Un fresco país, con un telón de fondo narcosojero

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El macho se afirma en las armas, en el auto, en aquello que, de acuerdo con los valores del tiempo, lo vuelve, en su creencia, más seguro. En la afirmación del macho hay escenas caricaturescas todos los días.

La inseguridad es  la base de su propia neurosis en estos tiempos en que la vida escapa por los costados. En estos días en que es muy difícil decir: “estoy bien, nada me falta”.  El macho hoy es un ser muy ansioso por recuperar aquella seguridad perdida.

Luna de cigarras es un cuento fresco de hombres que se hacen hombres con las armas y el dinero rápido, en clave cowboy con sicario “paraguayo”.

Es narración abierta, sin buenos ni malos, aparentemente. Aunque, sin envolverlo de tragedia ni escenas grandilocuentes, el malo rápidamente resulta ser el malo; es decir, el que concentra poder, no tal vez el que más, pero que en el eslabón encarna esa idea del hombre con poder, con poder de traficar con tierras, armas, drogas. Y, por lo tanto, con poder de “hacerse” los pies, las manos, masajes y extras con bellas mujeres, representando esa idea tan claramente expuesta por el presidente Horacio Cartes ante los empresarios extranjeros: Vengan a invertir, “Paraguay es fácil como una linda chica”.

Y ese es, sin medias tintas, el “brasiguayo”. Resulta entonces que el sicario con “más estilo”, Gatillo, le muerde el negocio con una lógica sublevatoria elemental: por qué trabajar para él y no “para nosotros mismos”. La idea agrada porque recrea la sempiterna disputa del hombre en los escenarios de subordinación. La sublevación mueve la historia.

Entre hombres que trabajan abrazando la seguridad en las armas siempre está latente la idea de que el más poderoso tiene control sobre las cosas. Esta situación genera mórbido placer en unos y delirante miedo en otros. Sin dramatizar ni seguir un personaje icónico, la película crea íconos frescos poderosos. Si bien el sicario con más estilo lo encarna Gatillo (Javier Enciso), un sicario “bien paraguayo”, el que mejor administra su miedo y sus ambiciones, Rodrigo (Víctor Sosa Traverzzi) es un personaje que se sostiene súper bien en la encarnación del delirio bruto, “sin estilo”.

Todo ejercicio de poder conlleva íntima perversión, es constitutiva en su ser, al no existir ninguna justificación en la naturaleza. El poder siempre genera patologías inconfesables en la buena moral, la misma que lo sostiene y legitima. Esas patologías tienen expresiones caricaturescas, aparentemente inverosímiles, en sociedades donde la ley es una construcción aparentemente falsa del esquema de dominación. Luna de cigarras es un guión inteligente que descubre cierta naturaleza de la expresión del poder en este paisito y lo representa en código bilingüe. Esa representación genera diálogo con nuestra gente, provoca risas, algunas del alma, y otras vergonzosas, agrias. Reírnos de nosotros es una buena terapia. Si además hay escenas de historietas, un valor agregado.

Hay licencias de dirección que nos recuerdan frescuras sicodélicas. Algo de flower power postmo en el personaje gringo nos advierte, sin embargo, una posibilidad de futuro casi inmediata. En el mismo momento en que en Estados Unidos avance la legalización de la marihuana y su industrialización a gran escala, habrá interés de capital yanqui en las tierras para su plantación.

El gringo, joven, tiene espíritu aún de aventura y todavía cree en armonizar con campesinos e indígenas, cosa que en el léxico del brasiguayo ya no entra. El, para traficar las tierras mal habidas, limpia el territorio de esta gente molestosa. “El é asim”. Es “su estilo”, le recuerda Gatillo al joven gringo. No en vano aparece la trilladora de soja como herramienta de verdugo en los ajustes de cuenta. Ya se sabe que para la plantación de la soja transgénica se mata todo. La semillita crece con follaje bajo verde intenso, sin molestias alrededor. Ni una hormiguita.

Hay una mujer espía al servicio del poder cruzado. Aunque solo aparece como fondo sugerente, es una mujer “desalmada”, algo de Kil Bill amazónica (Violeta Acuña) sin desarrollo.

Hay un bar prostibulario: escenario fijo, cuadro recurrente en la representación del mundo sicario y de la antigua “madama” (Sandra Flecha).

Una Asunción solitaria de noche. Una Asunción de soledad y desamparo, sin colectivos, sin caminantes; una estudiante sola en la parada, un gringo que se acerca e invita. Tragos de bar y algo diálogo de cortesía en la escalinata Antequera. Un romance nonato. El gringo queda con la bragueta quebrantada, a su estilo, sin número ni dirección de la chica.

Y, finalmente, la reunión de los sicarios “paraguayos”. Gatillo quiere negociar cómo abrirse del brasiguayo y repartirse el botín, en casa de Rodrigo. Un chipero (Tito Jara Román) trae chipas, pero no tiene vuelto. Volverá seguramente con el vuelto. Una salida de realismo mágico en la no tragedia. Cosas que ocurren sin aviso de TV ni policías ni fiscalías ni nada. Ráfagas que se cruzan, muertos que bailan en camaralenta.

Con algunas licencias de dirección (Jorge Bedoya), y algunos cuadros estereotipados del “ser paraguayo”, Luna de cigarra es una apuesta fresca y fundacional en el cine Made in Paraguay.

 

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In : Baldío