Las tensiones y grietas de la estructura de poder en Paraguay

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Dos cuestiones principales están en disputa y explicarían la crisis intraoligárquica: las obras de infraestructura y el vencimiento del Tratado de Itaipú en el año 2023, que brinda una perspectiva de astronómicas ganancias, quizá inéditas, para quien hacia esa fecha controle el Estado.

Por Carlos Verón De Astrada*

La singularidad de la accidentada coyuntura que estamos viviendo es la pugna entre dos expresiones de la oligarquía y, en torno a las cuales, convergen expresiones de diverso tono.

En realidad, detrás de esa confusa polarización que responde a intereses encontrados reales, hay una contradicción esencial: el conflicto entre dos modelos de sociedad. Uno es el orden establecido para una oligarquía hoy en crisis y, el otro, de ruptura con ese orden como es el proyecto iniciado en el año 2008, que fuera abruptamente interrumpido en junio del 2012 con un golpe parlamentario.

Algunos analistas que ensayaron lecturas de la coyuntura afirmaron que lo que caracteriza a esta es la transversalidad y lo presentaba como un hecho inédito. De esta manera, no se registró la coyuntura del 93 del siglo pasado. Durante la misma también hubo transversalidad entre dos proyectos claramente diferenciados: 1) De un lado, el proyecto neoliberal de Juan Carlos Wasmosy, cuyo discurso se basaba en la apertura al capital transnacional; y 2) el otro, de corte más nacionalista, representado por Luis María Argaña. En torno a estos dos proyectos se aglutinaron colorados y liberales.

Triunfó, fraude mediante, el polo Wasmosy, que era la condición que le diera la Embajada norteamericana al Gral. Andrés Rodríguez para el blanqueo de su turbio pasado involucrado en el tráfico de drogas. Pero ese triunfo fue una victoria pírrica del proyecto neoliberal, ya que se encontró con un muro muy sólido, como fue el factor que logró consolidar el Partido Colorado: el clientelismo prebendario. Esa tensión entre dos proyectos antagónicos sigue vigente.

Pero la transversalidad tiene como punto de origen el nacimiento de los dos partidos tradicionales: el Colorado y el Liberal, después de finalizada la Guerra de la Triple Alianza. A simple vista, sin mucho rebusque, se sabe que los dos partidos son de ideología liberal, y desde esa ideología hay una disputa por el control del patrimonio nacional. Como alguna vez dijo Adriano Irala Burgos: “En nuestro país no existen partidos como asociaciones políticas, sino como comunidades. Ambas comunidades o feudos se vienen disputando a sangre y fuego el patrimonio nacional”.

Michel Foucault, a quien los estudiosos presentan como el punto de inflexión entre el modernismo y el posmodernismo, es considerado como uno de los exponentes más importante del posmodernismo. (Tengo, más allá de mis reparos al posmodernismo, mucho respeto a esta corriente de pensamiento. Sin embargo, creo que el posmodernismo fue utilizado por el neoliberalismo como el nazismo utilizó a Friedrich Nietzsche).

Foucault es el que nos habla de la “transversalidad del poder”. Y esa transversalidad que dispersa todo, que relativiza todo, la hace funcional al neoliberalismo. Es cuando los partidos pierden identidad y se produce esa dualidad que separa a neoliberales y no neoliberales. Es lo que pasó después del golpe del 89 que despojó a Alfredo Stroessner del poder.

Pero para el caso de Paraguay, como decimos más arriba, los partidos que se forman después de la Guerra Grande no tenían desde luego diferencia ideológica clara. Ambos son liberales. Por eso la transversalidad es absolutamente posible. La que se vive hoy es el conflicto de dos facciones de la oligarquía, con la singularidad de que en el ruedo político aparece un signo político claramente diferenciado de los partidos tradicionales, con posturas y propuestas alternativas al orden establecido de expoliación, explotación, exclusión y despojo.

También aparecieron otros extensos escritos, pero que arrojaron poca luz o respuesta sobre la crisis intraoligárquica. Con aparentes intenciones de jerarquizar el discurso, se usaron conceptos macro grandilocuentes como “crisis civilizatoria”, “financiarización” y otros, pero sin que al menos este autor haya encontrado conexión con el tema que se aborda y se propone develar.

Las tensiones de la era Cartes

Cartes llega al poder con el mismo papel de Rodríguez y su testaferro político Wasmosy. Y –oh, curiosidad– el papel “neomodernizador” tanto de Rodríguez como el de Cartes tiene como precio el blanqueo de su turbio pasado. En un principio vimos que el oligopolio mediático de los Aldo Zuccolillo y Antonio J. Vierci se mostraba entusiasmado con el proyecto Cartes. Pero el idilio no duró mucho.

¿Qué marcó la ruptura del idilio? Uno de los factores que probablemente más marcó la ruptura fue –una vez más– el conflicto de intereses de un proyecto de inserción y control de la economía por parte de empresas transnacionales (Cartes) sobre todo en los proyectos de infraestructura, que además de beneficiar a Cartes, beneficia a su entorno inmediato. Este proyecto contra el otro polo del conflicto, como es el empresariado local que quiere participar de esas obras. La figura más visible de este polo es a todas luces Zucolillo quien, junto con Vierci, controlan el poder fáctico político más fuerte en el país como en toda Latinoamérica: el poder mediático.

Así, en los dos polos aparecen facciones de la oligarquía y también los signos políticos tradicionales en esto que se da en llamar “transversalidad”.

Disyuntiva aparentemente confusa

El poder mediático tiene como enemigo principal a Fernando Lugo, a quien se propusieron impedir a cualquier costo impedir avanzar hacia el control del Estado. A esta altura no creo que nadie ya ponga en duda la popularidad de Lugo. El problema es que Lugo es claramente incompatible a los intereses capitalistas asentados en los dos polos del conflicto. Más atrás del polo neoconservador del poder mediático está la Embajada norteamericana, que ya se pronunció sin ambages. (Aclaro que cuando hablo de intereses capitalistas no hablo del modo de producción que no desaparecerá, sino del modelo de acumulación).

Las cuestiones en disputa

Pero ¿qué es lo que está en disputa? A mi modo de ver hay, entre un conjunto de factores, dos cuestiones principales que están en disputa y que explicarían la crisis intraoligárquica: las obras de infraestructura y el vencimiento del Tratado de Itaipú en el año 2023. Hay que considerar seriamente que las negociaciones del finiquito del Tratado se realizarán en el período que se inicia en el 2018. Y esas negociaciones brindan una perspectiva de astronómicas ganancias, quizá inéditas, para quien hacia esa fecha controle el Estado.

Una perspectiva ilusoria

Se está difundiendo la idea de que apartando a Cartes y a Lugo de la contienda electoral impidiendo la enmienda, se sacará y evitará la continuidad de Cartes en el gobierno. Y eso puede ser, pero el problema no es tanto Cartes como el cartismo. Cartes, si queda inhabilitado, sencillamente hará jugar la carrera electoral a un testaferro político. No se puede negar que muy poca gente conocía al que hoy funge de presidente del Partido Colorado, Pedro Alliana. Pero ahí está, con la plata de Cartes.

Disparen contra Lugo

Si bien la crisis intraoligárquica es una característica de la coyuntura, no cabe la menor duda de que la contradicción principal, la que contrapone dos modelos de sociedad, es la que está dada entre esa oligarquía en crisis y el único político en condiciones de hacer frente al cartismo.

La crisis intraoligárquica da cuenta de un conflicto real de intereses, pero al mismo tiempo está velando una coincidencia política importante en toda la oligarquía. Esa coincidencia tiene que ver con que, al ser Lugo un político con grandes chances de ganar en las elecciones generales del 2018, es también un político con un proyecto claramente antioligárquico. Al ser así, se desata la conjura de toda la estructura de poder, principalmente el poder fáctico más fuerte como es el poder mediático, para impedir como sea su habilitación a la candidatura presidencial, con los auspicios de la Embajada norteamericana.

Tan fuerte es la campaña mediática que incluso partidos menores que se presentan como de izquierda se suman al coro anti-Lugo. En esa posición están el Partido del Movimiento al Socialismo (P-MAS), que ya tiene larga data en la conjura, y el Partido de los Trabajadores (PT, trotskista). De Efraín Alegre, quien fuera unos de los principales lobbystas de la transnacional Rio Tinto Alcán y del proceso de privatización del aeropuerto, no creo que valga agregar a las evidencias.

La conjura supera toda diferencia y parece que la consigna es no permitir competir a una figura política que tuvo una gestión con posibles errores, pero que a pesar de las dificultades logró avances sociales que la población pudo conocer recién después de un siglo y medio de historia infortunada, perturbando así el orden dominante impuesto en nuestro país.

 

*Economista, abogado y miembro de la Secretaría de Relaciones Internacionales del Frente Guasu

Foto: hernandarias.gov.py

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