Las ilusiones electorales

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Por Julio Benegas Vidallet

A estas elecciones generales llegamos como al cierre de un ciclo que comenzó con el golpe de Estado de 2012. Un ciclo que avanzó sobremanera en la trasnacionalización de nuestra economía, con un endeudamiento récord de 4.000 millones de dólares, el control de la economía agraria por parte de Montsanto, Cargill, Dreifus, Noble y la liberación completa, a través de los puertos privados, del tráfico de drogas duras. Cada cual merece un extendido capítulo, pero como estamos en el día previo de las elecciones generales, es importante destacar que esta trasnacionalización afianzó la desigualdad social, arrinconó a nuestra gente en el destierro, en esta etapa con énfasis en los indígenas del Chaco y, al mantenerse la base tributaria con presión para abajo, es decir, entre los consumidores, se produjo una especie de recesión en el consumo por estancamiento de los salarios y los ingresos reales. Entonces, hubo una mayor concentración de la riqueza en los sectores en crecimiento: soja, ganado, banca y sus estructuras trasnacionales. Endeudamiento a 10 y 30 años, liberación de todas las variedades de semillas transgénicas, deforestación tremenda del Chaco e híper acumulación del capital en el sector financiero. Una población que tomó deudas tras deudas, ha utilizado gran parte de sus ingresos en pagarlas o en refinanciarlas, generando en los comercios de artículos secundarios una paralización o un bajo nivel de renta, una renta casi de resistencia.

El gobierno de Cartes, en sus inicios, tenía la excelente posibilidad de hacer circular una platita en la base social con el impuesto del tan solo 10 por ciento a la exportación en bruto de la soja, pero lo rechazó como prenda de pago del pacto narcosojero y trasnacional que asestó el golpe del 2012. Y en contrapartida avanzó en imponer sobre los créditos en las cooperativas lo que, a su vez, generó extracción de uno de los sectores que mayor mueve plata en la base social.

Y cuando la movilización para bajar el costo del pasaje y cambiar los ómnibus chatarra, no se le ocurrió mejor salida que meternos los buses diferenciales que, nuevamente, significó mayor egreso del escuálido presupuesto de los trabajadores. Subió más del 50 por ciento el pasaje.

En síntesis, este gobierno no atinó a dar una sola respuesta a las demandas populares. Ni una sola, transversalmente, ni en pasajes, ni en pensiones ni en subsidios. En nada. Y además recortó asignaciones de trabajadores del Estado que, aunque para muchos era una medida justa (muy auspiciada por algunos medios), deprimió más aún el consumo interno.

Es así que este gobierno se fue constituyendo en el más impopular de los últimos tiempos y su candidato oficial, Santiago Peña, perdió en unas internas en diciembre del 2017 contra un hombre opaco, de poca cintura, atado a los contratos con el Estado e hijo de Mario A. Benítez, ex secretario de Alfredo Stroessner (1954-1989). El stronismo en su faceta neoliberal nos entregaría, como ya nos acostumbra, la otra cara de la moneda: la reivindicación directa de la dictadura “paz y progreso”. Las “fuerzas contrarias”, ubico las comillas porque ora un sector se alía con éste, mañana con aquél y, en general, han configurado mayorías más que suficientes para imponer las medidas más importantes: las APP, la ley de militarización, el endeudamiento externo y la habilitación de las semillas transgénicas. Esta realidad volátil de fuerzas que se confabulan y se distancian, se contradicen y se reniegan y luego se abrazan, generó en los últimos tiempos un tremendo escepticismo en la población y una desesperanza que, con el fatalismo paralizante insuflado, constituyeron estadios subjetivos de aparente poco interés en las elecciones. Sin embargo, y aparentemente contrario a este estado subjetivo, se multiplicaron las listas de candidatos para todos los cargos, en todo lugar. Algo pasa, algo queda ahí que seguir y analizar. En ese escenario, la candidatura de Mario A. Benítez comenzó, luego de las internas, con una intención muy alta de voto. La sensación en diciembre era que solo existían las internas del Partido Colorado, al punto tal que, como les comenté en un anterior artículo, mi hija, Zenit, me preguntó: “papá, cuándo asumirá la presidencia Mario Abdo Benítez” .

Así comenzaba una aburrida campaña electoral donde era predecible que, sin un proyecto que abrigue esperanza popular en frente, el candidato remasterizado del Partido Colorado ganara estas elecciones saludando al balcón con besos, sin despeinarse, y con la cara de Alfredo Stroessner en el corazón.

La primera encuesta, de Francisco Capli, le daba un 20 por ciento de diferencia. Una encuesta que se tomó, según la explicación técnica, de enero a primera semana de febrero. El candidato de la llamada oposición no lograría sino hasta fines de febrero comenzar a despegar cuando más o menos o mal que mal se instaló –o empezó a instalarse- en la cabeza de la gente que él, además de ser candidato del PLRA, era candidato de una alianza amplia cuyo punto de apoyo principal era el Frente Guasu y más que el Frente, Fernando Lugo. Al principio de este juego era impresionante la cantidad de gente que en los propios sectores de la centro izquierda y de “voto independiente” decía estar opuesta a esta alianza con uno de los “golpistas” (Efrain Alegre apoyó la destitución de Fernando Lugo luego de la masacre de Curuguaty), pero, de a poco, más por las intervenciones públicas de Mario Abdo Benítez que por fortalezas de Efraín y la Alianza, se fueron convenciendo hasta el punto de que hoy en la Alianza se tiene la sensación de que se puede ganar la elección. Pero así como la Alianza está conformada por varias listas que acarrearían votos y que sumarían a los votos duros del PLRA, así también el Partido Colorado tiene una serie de listas que acarrearán votos para Mario A. Benítez.

Es en este escenario que el voto “independiente” o “inorgánico” podrían volcar estas elecciones, en este caso en favor del candidato de la Alianza.

Una alta participación

Muchísima gente en estas últimas semanas decidió ir a votar. Esta decisión también estuvo más movida por las intervenciones de Mario Abdo Benítez y por las resignificaciones de sus dichos. Un primer elemento, tal vez central, es que finalmente terminó su candidatura, de ser supuestamente opositora al gobierno de Horacio Cartes, pegada a éste, asociada a uno de los gobiernos más impopulares de los últimos tiempos.

Una segunda razón es no haber formulado una sola propuesta material para una sociedad con más del 20 por ciento de pobreza absoluta. Casi toda su campaña fue simbólica, disciplinaria, como la del servicio militar y esa extraña y oscurantista idea de “proteger a la familia”.  Si bien lo del servicio militar le servía en un primer momento para cerrar el voto duro stronista y abrigar o perfilar una honda preocupación de las familias por los jóvenes que “andan por sus cabezas” la idea de que con esto “las madres solteras” tendrían una especie de alivio material y referencial fue tomado por muchas personas, principalmente por madres, como una falta de respeto.

En un momento determinado llegó a polarizarse, escenario que Efraín y la Alianza necesitaban. Que exista esa pisca de duda sobre quién ganará las elecciones. Esta polarización llegó tarde, una semana antes tal vez de las elecciones. Pero llegó con un “debate” presidencial que ubicó a Abdo Benitez incómodo, parco, sin posibilidad alguna de deshacerse del paquete del gobierno de Cartes y con un Efraín más seguro, más desenvuelto. Una última exposición pública, cargada de memes, que hizo que mucha gente que seguía en duda su participación en estas elecciones decida hacerlo. En síntesis, de una aburrida campaña, donde por lejos ganaba el candidato del Partido Colorado, se llegó a un escenario de duda y de alto interés en la participación de los sectores que  podrían volcar estas elecciones, los denominados “independientes” o los “inorgánicos”.

En cualquiera de los dos escenarios, los pobres deberemos imaginarnos mejores articulaciones para disputar la matriz saqueadora, recesiva y trasnacional que se consolidó en este período, para recuperar algo de fuerza y aire un poco más puro y eso tan caro al discurso popular: la esperanza.

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