La rebelión de los otros

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Por Julio Benegas Vidallet

A Efraín lo conocí cuando era titular de la juventud liberal y yo periodista de ABC Color. Me fui a cubrir un campamento juvenil en Centu Cue, Villa Florida. El me hospedó aquella vez en su casa, una casa en San Juan. Andaba entonces en un escarabajo, creo que blanco. En ese escarabajo, un lunes madrugada, volvimos a Asunción. En ese camino de inabarcable llanura, latifundio ganadero, y horizonte de albas, escuchamos, en casette, Mensajes del Alma, uno de los trabajos más hermosos de León Gieco. Acababa entonces de publicarlo. No me acuerdo muy bien de qué hablamos. Han pasado más de veinte años. Efraín era del Movimiento Cambio Para la Liberación, cuyo líder, Domingo Laíno, ganaba las internas liberales de forma aplastante, pero no logró, en sus tres presentaciones, conseguir los números necesarios para ser presidente del Paraguay, aunque contra Wasmosy -según algunas especulaciones de la época (1993)- es probable que haya ganado y que haya perdido como ocurrió con Argaña. En ese tiempo la sensación de que el Partido Colorado era imbatible era tan fuerte como la seguridad que todos teníamos de que Chilavert iba a meter aquel gol, en Buenos Aires, a Burgos, en el partido de las eliminatorias con Argentina.
Cuando dejé de cubrir cuestiones partidarias, Efraín desapareció de mi mundo más inmediato de cronista. Ya lo volví a ver en escena pública cuando asumió el ministerio de Obras Públicas durante el gobierno de Fernando Lugo, el candidato con el que se quebró la absoluta certeza de que en este país siempre iba a ganar un candidato del Partido Colorado, cuando eso, gobierno del país desde 1947. De ese tiempo han pasado muchas cosas, han cambiado, sin cambiar, muchas cosas. No sé qué habrá sido de aquel joven que gustaba de Gieco, de ese joven de clase media de San Juan Bautista que en su tiempo tenía cierta utopía de igualdad, esa cosa tan extraña en un país que se ha convertido en el país más desigual de Sudamérica. No sé. Luego de ser ministro del gobierno de Lugo ya lo vi como parte de aquel pacto azulgrana que asestó el golpe, que promovió el endeudamiento con los bancos de Nueva York, propició la liberación de veinte semillas transgénicas y las inconstitucionales Ley de Alianza Público Privada y la Ley de Seguridad (militarización).
En las elecciones de abril, Efraín Alegre encabezará una alianza con el Frente Guasu, Avancemos, el PRF, PDP, Encuentro Nacional. Es la alianza más grande que encabezará un dirigente liberal (la últma, se acordarán, Laíno-Filizzola-, perdió por 10 puntos contra la dupla Cubas Grau-Argaña) luego de la caída del régimen de Alfredo Stroessner. En frente lo tendrá a Mario Abdo Benítez, hijo de Mario Abdo Benítez, secretario privado de Stroessner, y sobrino nieto de Popol Perrier, el encargado de secuestrar niñas adolescentes para Stroessner y su corte militar.
Mario Abdo Benítez se apuesta a cerrar el voto duro stronista, con propuestas como el retorno de la obligatoriedad del servicio militar y ese guiño con el ala más conservadora de la Iglesia Católica que inventa cuestiones como la ideología de género para cerrar la discusión en torno de temas tan sensibles como embarazo, aborto, abusos, muertes, con el cuento de la “protección de la familia”.
Ante la inexistencia de un proyecto verdaderamente popular, de un lado y de otro, tendremos unas elecciones donde, por un lado, el Partido Colorado ya no aparece con su gigantográfica certeza de que ganaría con “cualquier candidato” (aunque sea Pato Donald, como alguna vez lo dijo Argaña) y, por el otro, una alianza que, con un candidato sin carisma, podría cosechar el apoyo, no por convencimiento de una muy escéptica población si no por una cuestión extrañamente honda, casi una confesión de invierno: la rebelión de los otros.
Aquellos otros que usan pelo largo, aquellos otros que entienden que la sexualidad no termina en la reproducción de la familia, aquellos otros que, aunque no sepan muy bien qué quieren hacer, no aguantan la uniformidad, que creen que las cosas se pueden hacer de una u otra manera. Esos otros cansados de tanta gendarmería militar, de tanta ausencia de sentido en la constitución de la familia porque sí, esos “zurditos de mierda”, esos “haraganes que se manifiestan”, esa multiplicidad de modos y formas, contaminada también por el mercado y finalmente aquellos otros, familias dignas que sobreviveron la dictadura, reprimidas y marginadas por no afiliarse al Partido Colorado, por no lamer las botas a nadie para decir su canción, labrar su chacra, dar comidas y vestimenta a su familia. En Paraguay, de una hegemonía miserable de la oligarquía stronista, narcosojera, financiera, reexportadora y agroexportadora, se sobrevive con mucho malabarismo para mantener cierta dignidad.
Extrañamente, en un proceso electoral donde las demandas más profundas de nuestra patria no forman parte de la agenda, un candidato liberal podría, por primera vez, al frente de una amplia alianza, llegar a la presidencia por la rebelión, silenciosa, casi vergonzante, de los “otros”. Casi como acto desesperado para no volver a un puerto del que nunca hemos salido por completo.

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