La gran estafa copera

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Nacional pudo sobreponerse a las bendiciones del Papa Francisco, a la parafernalia de Marcelo Tinelli, al estadio repleto de San Lorenzo de Almagro, pero no pudo contra el árbitro Sandro Ricci.

El partido estaba en su cumbre, en ese momento en que todas las cartas estaban jugadas cuando un defensor de San Lorenzo de Almagro empujó prolongadamente a Freddy Bareiro hasta tumbarlo en el pasto.

Solo gentes como Tranquilo Favero, Calé Galaverna o George Bush se atreven a un acto con tanta alevosía al saber que sus crímenes quedarán impunes.

En otro momento álgido del partido, el árbitro suspendió el juego por fuegos de bengala que desde el estadio inundaban el horizonte inmediato detrás del arco de San Lorenzo. Enfrió el partido cuando Nacional apostaba a un tiro de esquina y hervían en los muchachos las venas sedientas la gloria.

El penal le hubiera dado el sabor preciso de un partido final de Copa, de una intensidad poco vista en el fútbol paraguayo. Es que Nacional jugó entero. Con Marcos Riveros y Derlis Orué recuperados, pudo reconstituir ese medio campo de cuatro volantes que tanta falta le hiciera en el partido en Asunción.

Así como en Asunción fue arrinconado con presión, profundidad y precisión de los medio campistas de San Lorenzo, anoche Nacional le jugó una carta muy parecida. En el primer tiempo presionó arriba y  en el medio, recuperó la mayoría de las pelotas y arrinconó a San Lorenzo en la desorientación.

Hasta Néstor Ortigoza tuvo que sacar una pelota afuera por no saber qué hacer con ella.

Así estaba el partido. Nacional ya había tenido una oportunidad clarísima de gol en los pies de Orué. San Lorenzo no había tenido una sola jugada de gol cuando una mano levantada de Ramón Coronel intercepta un balón en el área. Penal inobjetable. Lo dice hasta el manual de Benicio.

Néstor Ortigoza, que de chico se ganaba sus pesos con penales en el barrio, no podía fallar. Amagó dos veces antes de llegar a la pelota. A los 37 minutos del primer tiempo, el silencio infame sobrecogió a los partidarios de Nacional, con un extraño sabor: se puede.

Terminaba el primer  tiempo con esa agradable sensación de que el territorio estaba en disputa. La noche deparaba no solo ese viento frío del sur filtrado por las rendijas del bar sino que también la posibilidad de una alegría. Efímera tal vez, alegría al fin. Tanta falta que nos hace en este mundo hollín, explotación, destierro y miseria escandalosa.

En el segundo tiempo, ya más necesitado, Nacional buscó con mayor displicencia el empate, dejando a San Lorenzo recomponer en algo sus líneas. Partido trabado, disputado, pocas jugadas anilladas. De esas arremetidas Freddy Bareiro intenta pivotear, pero un empujón alevoso de un defensor cuyo nombre no anoté lo dejó tumbado. El árbitro, que no dudó en pitar el penal contra Nacional, oñembatavyete.

“¿Ha upei? ¿Mbaeiko pea leka?”, se quejó en la mesa Fabricio Arnella.

Sandro Ricci le privó al partido de una final memorable. Definió cerrar la tienda de la incertidumbre. Definió privarnos de esos partidos que se retienen en la memoria como el que jugaran Uruguay y Ghana en Sudáfrica. ¿Se acuerdan?

En fin, fútbol: pasión y negocios. Todito al mismo tiempo y en la misma bolsa.

 

El memorable y agónico gol de Asunción. Foto: Rufo Diana.

El festejo de aquel memorable y agónico gol en Asunción. Foto: Rufo Diana.

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