Jacquet y la otra Gernika

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Por María Sanz

No sonaron las alarmas antiaéreas. El 25 de mayo de 1938, hace 80 años, nueve aviones descargaron más de 90 bombas sobre el centro de la ciudad de Alicante (sureste del Estado español). Al mando de la operación estaban dos aviadores fascistas de la Italia de Mussolini, que apoyaba al bando de Francisco Franco durante la Guerra Civil.

Gracias a sus maniobras, los pilotos lograron despistar las sirenas que avisaban de los bombardeos. La gente no tuvo tiempo de acudir a los refugios. Murieron más de 300 personas, y al menos 250 quedaron heridas – según los cálculos de los historiadores, porque no hay cifras oficiales. Muchas víctimas fueron enterradas en una fosa común en el Cementerio de Alicante, sin lápida y sin ninguna placa que recordara lo sucedido.

Fue un bombardeo más mortífero que el de Gernika, un año antes, en el País Vasco, que contó con la alianza de nazis alemanes y, de nuevo, fascistas italianos. Pero, en el caso de Alicante, no hubo ningún Picasso para retratar la tragedia y volverla universal. Aunque tal vez no hiciese falta. Porque todas las masacres se parecen unas a otras. Rápidas, como un bombardeo. O lentas, como en una dictadura, como en un plan de exterminio.

El mismo cóndor que invocaba la legión de los nazis en Gernika voló, décadas después, sobre el Cono Sur de Sudamérica. Los malos, siempre en alianza, desconociendo otra vez las fronteras cuando de matar se trata. Los aviones ya no transportaban bombas: ahora llevaban personas, para arrojarlas sobre el río o sobre el mar, y tratar así de hacerlas desaparecer. Al bajarse de los aviones, los mismos malos de siempre tratan también de borrar el rastro de sus crímenes de la memoria de los testigos.

Niegan, niegan, niegan. No hubo desapariciones forzadas: hubo muertos en combate. Lo dijo un 25 de mayo de 2018 Eugenio Jacquet, una de las cuatro patas del trono de Stroessner en Paraguay. No hubo dictadura, no hubo crímenes de lesa humanidad. Lo dijo en la proclamación como presidente de Mario Abdo Benítez, hijo de Mario Abdo Benítez: otra de las patas del trono. De tal palo. Eran otros tiempos, y hay que poner las cosas en contexto, dice Marito.

Otros tiempos: malos para disentir. Hoy son, además, malos para recordar.

Con la boca pequeña, Pucheta pide perdón a los familiares de personas desaparecidas, pero no dice nada de dónde están. Qué va a decir la que corrió a visitar en prisión a Sabino Augusto Montanaro -una pata más del trono- y, a su muerte, le regaló un sobreseimiento. Pucheta no dice nada de ir a buscar a los desaparecidos, a las desaparecidas. De ir a encontrarles, de desenterrarles, de conocer la verdad que revelan sus huesos, de identificarles, y devolverles a sus familiares la posibilidad de honrar su ausencia en una tumba con nombre y apellidos y espacio para las flores. De poner sus historias delante de todos los Jacquet, y de todos los Mario Abdo de este mundo. Para que, la próxima vez que hablen, y con sus manos teñidas de sangre ajena busquen emborronar el pasado, nadie se calle.

Para que esta vez sí suenen las alarmas antiaéreas, y podamos refugiarnos del bombardeo que se nos viene. Y, cuando cesen las bombas, podamos salir, herederos de toda la sangre que no han podido derramar, a escarbar en la tierra, para devolver a la luz los nombres que guarda.

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