Inundaciones, desigualdad y salud mental comunitaria: Algunas reflexiones

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Por Agustín Barúa Caffarena1

Yo no niego, yo me asusté demasiado: Me llama mi marido “¡Vamos yaa!”, esa calle que es [Paolo] Alberzoni, fuimos el último vehículo que pasó… ¡Era el Río!

Vecina de Pilar

Mi hijo de 7 años me dice “¿Siempre va a pasar esto?”

Vecina de Pilar

Las inundaciones en el contexto nacional, en general, se relacionan con los costos que tienen un camión para sacar las cosas, las colectas caritativas de alimentos, las disputas por el derecho al uso del espacio público para alojar a la gente desplazada o las predaciones ambientales capitalistas que desequilibran el ambiente.

La salud mental (¿Cuándo no?) no suele ser prioridad.

“La gente se pasa mirando el río y el cielo”, me precisaba una vecina en Pilar. Si, como en la revolución francesa cuando los nombres del calendario fueron cambiados, aquí el tiempo parece no guiarse ya por los relojes sino por muros y nubes negras.

“Si sale el sol, parece que todo vuelve a ser normal”, decían. Pero no sale.

Entre impotencias, confusiones, llantos, humillaciones, desconfianzas, miedos, rabias e insomnios, aquí van algunas reflexiones generadas en dos días recorriendo e intercambiando en la Pilar actual, en la relación entre inundaciones, desigualdad y salud mental comunitaria.

Se pelean las familias en el refugio”: Vidas en catástrofe a las que se les niega su historia

Un estudiante de enfermería se quejaba de estos enfrentamientos de prácticamente un barrio entero refugiado ahora en uno de los varios espacios habilitados para ello en la ciudad.

“Es la segunda vez que me inundó: Es mi casa pero yo ya no quiero volver a ella”: El estado de shock en que se encuentran estas personas suele no ser considerado, decía la psiquiatra argentina Silvia Bentolila “un pasado borrado que, al mismo tiempo, es más presente que nunca”.
No sólo actúa el monto de la pérdida actual sino a ella se suma sus historias: una recipiente ocupación de tierra, viniendo de generaciones de empleos de explotación y campesinado expulsado, que de nuevo no pueden pagar alquileres y les queda ocupar un terreno en zona precaria.

Tengo vergüenza de ir a la olla popular”: Pensando lo aporofóbico

Las ollas populares son un viejo remedio contra el hambre colectivo, de la gente pobre. Una pilarense de las capas medias decía que en su casa el hambre comenzó a asomar pero que no podía ir a la olla, se avergüenza.

En el régimen de filoesclavitud en que vivimos en la sociedad paraguaya, a veces el principal elemento diferenciador restante entre los estratos medios y bajos, es la certeza de tener comida diaria.

La situación que se vive en Pilar tiende a desdibujar esa frontera; frontera que muchas veces construye seguridad pero también superioridad que se ve confrontada con el inocultable hacer fila para el plato de la comida en la olla armada entre vecinxs.

En una sociedad tan segregante como la nuestra, esta experiencia interpela nuestras supuestas distancias y superioridades que pudieran estar en el pudor de no querer ir pese al hambre a hacer esa cola pública.

Más allá de Pilar ¿Podremos como sociedad aprender la empatía ante ese otro que vemos habitualmente como haragán y ahora es compañero de la fila de esta olla?

La gente nunca salió así a la calle”: ¿Salud mental para la adaptación o para la liberación?

Los malestares –rabia, ira, impotencia- cuentan que tuvieron un pico contra las autoridades (particularmente intendencia, gobernación) con cientos de personas en la calle marchando, amenazando quemar las casas de los gobernantes y los locales institucionales.

La mirada hegemónica de salud mental tiene muchas dificultades para acompañar el malestar; se entiende que su rol es siempre el de “tranquilizar”, sin embargo consideramos que el compromiso liberador de la salud mental (Edgar Barrero) implica varias cuestiones.

Una, que la expresión emocional es un primer paso para toda reparación. Censurar, incluso con un manto técnico, puede tener un efecto dañino (iatrogénico) pues enlentece los procesos.

Dos, el rol de la salud mental comunitaria en momentos de malestar masivo es tratar de facilitar la organización, la horizontalidad, el protagonismo de los sectores postergados, velar por que no existan abusos represivos contra quienes se manifiestan. La salud mental comunitaria no puede ser una especie de clonazepam colectivo.

Tres, quien acompaña estos procesos también puede sentir la indignación (más todavía cuando es un afectado directo como cuando los derechos ciudadanos son infringidos) por lo que puede tomar postura desde esta indignación, cediendo el rol de acompañante y habilitándose como manifestante.

Alarmistas”: Comunicación, ética y salud mental en contexto de catástrofes

En una entrevista entre un funcionario y una periodista acerca de la responsabilidad de los medios de comunicación en contexto de inundación, este último cuestionó lo que entiende como “alarmismo”. ¿Cuáles son las tensiones y posibles respuestas de los medios de comunicación ante presiones institucionales?

Un punto es que los medios tienen un compromiso no con las instituciones; estas últimas deben generar su propia voz a través de la comunicación institucional desde sus recursos. El compromiso de los medios es con la población y con la construcción de derechos en una sociedad tan afectada por la desigualdad extendida.

El otro punto es que toca a los medios desarmar argumentos culpabilizantes contra la población que reivindica derechos en situaciones extremas como el rotulo de “violentos”. La historia de injusticias sociales sobre ciertos sectores de la población es muy larga, los malestares no son sólo los presentes sino también los pendientes históricos no resueltos: no basta con comentarios halagadores que romantizan la ‘lucha de los pilarenses’” al mismo tiempo que niegan la deuda histórica que toca saldar con esa otra Pilar.

Estamos orando”: Creencias religiosas y salud mental comunitaria

Desde una perspectiva profesional tradicional muchas veces se cuestionan las prácticas de fe religiosas en las que, ante la inundación, se coloca en la oración y el pedido a lo sobrenatural la resolución de la situación.

Esos cuestionamientos, aparte de colocarse en un lugar de pretendida superioridad, pierden de vista que hay muchísima presencia de lo comunitario – colectivo en esas redes, en esas sensibilidades, en esas perspectivas; en momentos de crisis, esto comunitario puede sostener muchísimo ante la fuerza arrasadora de lo catastrófico.

Tampoco pareciera que debemos dejar de ver que lo comunitario – projimal, esa sensibilidad de que la otra persona importa, de tanta importancia ante un requerimiento agudo de cuidados, es de poner en valor.

Quizás sería bueno, sí, problematizar la ausencia de la perspectiva de derecho que a veces suele ceder ante perspectivas resignacionistas.

Las autoridades está impotentes como nosotros”: Una ciudad en shock

Un vecino vinculado a las coordinaciones institucionales para la urgencia pilarense, mencionaba el sufrimiento en que se encuentran las autoridades.

Plantear algún tipo de estrategia de contención en salud mental para esta instancia resultaba absurdo. Los argumentos (“cerrados… omnipotentes…”) cerraban toda posibilidad a plantearlo.
¿Nuestras autoridades podrán entender el desafío que, para la fortaleza que hace falta toca fragilizarse y aceptar ayuda? ¿Cómo cuidamos si no permitimos que nos cuiden?

Ni terremotos ni volcanes, las inundaciones son nuestras catástrofes. Y suelen ser de eminentemente de la gente humilde, quizás por eso cuesta verlas en su tamaño: decía una bañadense “esta es la tercera inundación de seguido que vivimos. Ahora perdí todo lo material, en la primera también, pero en la segunda no fue tanto pero fue la más me dolió: perdí mis fotos”.

Cuando pensemos en “damnificados”, pensemos en este grosor sobre perder la morada, ella como

(…) el intento más o menos consciente, más o menos programado, de retener el paso tumultuoso del tiempo “allá afuera”, la fuga heracliteana de las cosas que envejecen, que se desvencijan, que se marchitan, que se apolillan, que se van… En fin, refugio contra la contingencia y la temporalidad2.

1 Psiquiatra de Atención Primaria de Salud. Antropólogo social. Integrante de ALAMES Paraguay, del Colectivo Noimbai y de la Sociedad Paraguaya de Psiquiatría. Investigador y docente de la Universidad Nacional de Pilar

2 Humberto Giannini. Prólogo de Cassigoli, R. (2012). Morada y memoria: antropología y poética del habitar humano. Editorial Gedisa.

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