Fragmentos de la novela Yo el Supremo

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A nueve años de la desaparición del laureado escritor paraguayo Augusto Roas Bastos -un 26 de abril del 2005-, reproducimos  fragmentos de la novela que se considera su obra cumbre. 

Roa Bastos. Fuente: lamarquesina.com.py

Roa Bastos. Fuente: lamarquesina.com.py

Roa Bastos nació en Asunción el 13 de junio de 1917. Un hito en su carrera literaria es la publicación de la novela «Hijo de hombre», en 1960, luego de haber sido premiada como Ganadora del Premio Internacional de Novela de la Editorial Losada, en 1959 en Argentina.  Aunque no hay acuerdo, muchos críticos literarios consideran a esta novela como el origen del denominado «Boom Latinoamericano». Roa lleva en sus escritos claras influencias de la «tensa y nerviosa» pluma del periodista y escritor español Rafael Barret  -según declaró él mismo- y del novelista norteamericano William Faulkner. Pero en realidad su pluma es hija  del potente movimiento literario latinoamericano que arrancó mas o menos allá por 1940.

En 1974, luego de 7 años de arduo trabajo que llegó incluso a enfermarlo -según dijo-, termina y publica la novela Yo el Supremo, su obra más renombrada. Un libro que se enmarca en la tradición de la literatura de las dictaduras latinoamericanas escritas por varios escritores de la región. Yo el Supremo es una novela histórica, pero sobre todo un gran estudio sobre el Poder, simbolizado en la figura del Dictador Perpetuo del Paraguay José Gaspar Rodríguez de Francia.

Roa es, quizás, después del guitarrista Agustín Barrios, el otro paraguayo más universal.

Por el aniversario de su fallecimiento, recordado hoy, transcribimos los primeros cinco párrafos de la novela Yo el Supremo:

«Yo el Supremo Dictador de la República Ordeno que al

acaecer mi muerte, mi cadaver sea decapitado; la cabeza

puesta en una pica por tres días en la Plaza de la República

donde se convocará al pueblo al son de las campanas

echadas al vuelo

Todos mis servidores civiles y militares sufrirán pena de

horca. Sus cadáveres serán enterrados en potreros de

extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres.

Al término del dicho plazo, mando que mis restos sean

quemados y las cenizas arrojadas al río….

 

¿Dónde encontraron eso? Clavado en la puerta de la catedral, Excelencia. Una partida de granaderos lo descubrió esta madrugada y lo retiró llevándolo a la comandancia. Felizmente nadie alcanzó a leerlo. No te he preguntado eso ni es cosa que importe. Tiene razón Usía, la tinta de los pasquines se vuelve agria más pronto que la leche. Tampoco es hoja de Gaceta porteña ni arrancada de libros, señor. ¡Qué libros va a haber aquí fuera de los míos!

Hace mucho tiempo que los aristócratas de las veinte familias han convertido los suyos en naipes. Allanar las casas de los antipatriotas. Los calabozos, ahí en los calabozos, vichea en los calabozos. Entre esas ratas uñudas greñudas puede hallarse el culpable. Apriétales los refalsos a esos falsarios. Sobre todo a Peña y a Molas. Tráeme las cartas en las que Molas me rinde pleitesía durante el Primer Consulado, luego durante la Primera Dictadura. Quiero releer el discurso que pronunció en la Asamblea del año 14 reclamando mi elección de Dictador. Muy distinta es su letra en la minuta del discurso, en las instrucciones a los diputados, en la denuncia en que años más tarde acusará a un hermano por robarle ganado de su estancia de Altos. Puedo repetir lo que dicen esos papeles, Excelencia. No te he pedido que me vengas a recitar los millares de expedientes, autos, providencias del archivo. Te he ordenado simplemente que me traigas el legajo de Mariano Antonio Molas. Tráeme también los panfletos de Manuel Pedro de Peña. ¡Sicofantes rencillosos! Se jactan de haber sido el verbo de la Independencia. ¡Ratas! Nunca la entendieron. Se creen dueños de sus palabras en los calabozos. No saben más que chillar. No han enmudecido todavía. Siempre encuentran nuevas formas de secretar su maldito veneno. Sacan panfletos, pasquines, libelos, caricaturas. Soy una figura indispensable para la maledicencia. Por mí, pueden fabricar su papel con trapos consagrados. Escribirlo, imprimirlo con letras consagradas sobre una prensa consagrada. ¡Impriman sus pasquines en el Monte Sinaí, si se les frunce la realísima gana, folicularios letrinarios!

Hum. Ah. Oraciones fúnebres, panfletos condenándome a la hoguera. Bah. Ahora se atreven a parodiar mis Decretos Supremos. Remedan mi lenguaje, mi letra, buscando infiltrarse a través de él; llegar hasta mí desde sus madrigueras. Taparme la boca con la voz que los fulminó. Recubrirme en palabra, en figura. Viejo truco de los hechiceros de las tribus. Refuerza la vigilancia de los que se alucinan con poder suplantarme después de muerto. ¿Dónde está el legajo de los anónimos? Ahí lo tiene, Excelencia, bajo su mano.

No es del todo improbable que los dos tunantes escrivanos Molas y De la Peña hayan podido dictar esta mofa. La burla muestra el estilo de los dos infames faccionarios porteñistas. Si son ellos, inmolo a Molas, despeño a Peña. Pudo uno de sus infames secuaces aprenderla de memoria. Escribirla un segundo. Un tercero va y pega el escarnio con cuatro chinches en la puerta de la catedral. Los propios guardianes, los peores infieles. Razón que le sobra a Usía. Frente a lo que Vuecencia dice, hasta la verdad parece mentira. No te pido que me adules, Patiño. Te ordeno que busques y descubras al autor del pasquín. Debes ser capaz, la ley es un agujero sin fondo, de encontrar un pelo en ese agujero. Escúlcales el alma a Peña y a Molas. Señor, no pueden. Están encerrados en la más total obscuridad desde hace años. ¿Y eso qué? Después del último Clamor que se le interceptó a Molas, Excelencia,

…»

Fuente: http://vivelatinoamerica.files.wordpress.com

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