El momento crítico de la toma de la UCA contado en primera persona

No hay comentarios

El claroscuro del encierro y de la esperanza

Publicamos el texto íntegro del relato de “una estudiante de la FFCH en resistencia”. Describe la altísima tensión que vivieron los ocupantes de la Facultad de Filosofía de la UCA el día en que alumnos de Derecho se propusieron romper la medida.

“El grito de un compañero de lucha me sacude el sueño a las 5 de la mañana. “¡Rompieron los candados! ¡Nos están desalojando!”, vociferaba. Me levanto de un colchón maltratado, entre la incertidumbre y la desesperación, me pongo los zapatos y salgo corriendo.

Los portones están rotos, y nosotros, desprotegidos. La Facultad, vulnerable, la lucha vulnerable, los proyectos, vulnerables… ante el autoritarismo en su forma más transparente. Los portones eran nuestro único resguardo. Estamos desnudos.

Me empiezan a temblar las rodillas y las manos. No puedo llamar a nadie porque se me descontrolan los dedos. Sudo frío. Se me seca la boca. El pecho me galopa.

Hay 15 hombres de negro y con chalecos. No son policías, pero portan armas. No tienen identificación. No son del Ministerio. No hay orden fiscal. ¿Quiénes son? ¿Por qué no me responden? ¡Háblenme! ¿Quién los manda?

Entonces, reconozco a alguien, semblante serio, enmascarando un disfrute violento. Es César Rufinelli, encargado de despacho de la Facultad de Derecho y asesor del Consejo de Gobierno. Detrás de él, el secretario privado del rector, Miguel Ortiz, subiendo las escaleras de la entrada. Hay dos personas cuya insignia dice “Ministerio Público”. Se quedan lejos, afuera, como no queriendo ser parte del atropello. Y más allá, en la explanada de la Catedral, la comisión directiva del Centro de Estudiantes de Derecho, trajeados y prestos, aguardando instrucciones.

Van entrando uno a uno, aplanando la sede con su mirada intrusiva y un silencio cómplice que golpea. Sin mediar palabras, se encierran en el Decanato de Derecho. Entonces llega la prensa, y con ellos, una leve sensación de seguridad. Si nos violentan, al menos quedará registrado.

Compañeros y compañeras nos sujetamos con fuerza de los brazos y hacemos un cordón humano para resguardar los portones. Siento el forcejeo en los brazos, la espalda y las piernas cuando los guardias empiezan a empujarnos. Una mamá compañera descubre un arma debajo del chaleco de uno de ellos. Tengo miedo. Hay gritos, llantos y compañeros en shock. Algo parecido está ocurriendo en el portón de Comuneros. Temo por mis compañeros y compañeras.

Los minutos parecen horas hasta que, mediante una fuerza sobrehumana, logramos cerrar los portones de nuevo. Retomamos.

La puerta del Decanato sigue cerrada bajo llave. Me llega de todos lados un mensaje de los que están adentro; denuncian que no les dejamos salir, que los hemos tomado de rehenes. No es verdad. Siento tanta impotencia. Son ellos los que se mantienen encerrados, los que no nos explican qué pasa, los que irrumpieron en plena madrugada para aprovechar que estábamos dormidos.

En la calle se empieza a formar una turba de personas formalmente vestidas mientras ingresa la Fiscalía a la sede. Por suerte, también están llegando profesores y profesoras, están cantando a modo de protesta. Se acoplan nuestros padres y nuestras madres. Se mantienen firmes protegiendo las entradas.

Tras cuatro horas de encierro, buscamos una negociación, pero no se llega a consenso. Ruffinelli no se muestra dispuesto a negociar, pues busca tajantemente un “castigo ejemplar”. Rechaza rotundamente la propuesta de acuerdo. Se levanta la mesa y convocamos al Consejo de Gobierno a una reunión a las 14:30, sabiendo en los huesos que, tal como sucedió las últimas cuatro veces, no se presentarían. El ambiente empieza a caldearse. Hay demasiada tensión en los pasillos, las entradas, los cordones…

“¡Entraron por la Chaca!”, es la frase que corta el aire. Siento un escalofrío desde la nuca y salgo corriendo de nuevo.

Cerca de una veintena de alumnos de Derecho saltan del techo de una casa de la Chacarita y aterrizan dentro del estacionamiento de la Universidad. No sé cuáles son sus intenciones. Tengo miedo.

Empiezan a trepar el portón de Comuneros. Al parecer quieren tomar todos los portones. Tengo miedo.

Salgo. Veo que abren la ventana del Decanato de Derecho. La presidenta de ese centro de estudiantes invita a sus compañeros a trepar las rejas para entrar por ahí. Sólo en esa entrada hay como 50, y siguen llegando. Tengo miedo.

Se dirigen a la puerta de emergencia. Descubren que no hay cámaras y se ríen. Ahora sí que tiemblo. Levantan sus brazos y empiezan a empujarnos mientras dicen: “no te estoy tocando” y se siguen riendo. Trepan por la barricada de sillas que habíamos montado a modo de protección. No entiendo bien qué pasa. Todo se mueve, me duele el cuerpo y hay mucho ruido. Varias madres están acá… las están lastimando. ¡Las están lastimando!

Subo a ver cómo están arriba y descubro que dividieron el hall central. No nos dejan pasar hacia Comuneros. Reclaman esa parte de la sede como suya. La vejiga duele pero no nos dejan entrar a los baños. Los destrozan. Llueven amenazas como: “vení que te garcho y te arreglo”, “te vamos a violar entre todos”, “pudrite en la cárcel, zurdito”, “ojalá Stroessner estuviera vivo para que te quedes bajo tierra”.

Afuera hay compañeras y compañeros de distintas organizaciones sociales que vienen a apoyarnos. Y también están los cascos azules. Una chica rubia, vestida de camisa y saco, mira hacia los policías y se alegra. “Les amo”, dice. Se alegra porque tal vez vienen a pegarnos.

Me llegan rumores de que Narciso Velázquez está dispuesto a firmar el acuerdo y convoca a la Fiscalía General de la Nación a aquellos compañeros y compañeras que ya están imputados. Siento una oleada de alivio, pero sólo me dura unos segundos. Recuerdo que no es la primera vez que Narciso dice esto e inmediatamente me asalta una ansiedad galopante. Recuerdo que cada vez que se nos asoma tímidamente un rayo de esperanza, él se encarga de apagarlo. Y temo.

Comuneros arde. Tres filas de cordón humano no bastaron para detener la avalancha de furia de Derecho que se abre paso hasta los portones. Me sacuden, me empujan, me tiran al suelo. Cae una tenaza sobre mi pecho y grito de dolor. Me duelen las costillas. Hay manos sobre mí, muchísimas manos. Mientras intento levantarme veo puños dirigidos a la cara de un compañero. Un montón de gente se abalanza contra nosotros hasta apretarnos contra la pared de ladrillos. El espacio se reduce al mínimo y se vuelve cada vez más difícil respirar.

Alumnos de Derecho taponan el portón de Comuneros, no dejan entrar a nadie más. Celebran nuestras heridas con hurras: “¡Expulsión, expulsión!”, “¡Que se vayan todos presos!”. Llegan a montones. Uno de ellos confiesa que quiere irse a su casa pero está aguardando instrucciones de Ruffinelli, su decano.

Logramos resistir e intentamos a apaciguar ánimos cantando a la libertad. Las almas no aguantan y rompemos en llanto, conmovidos. Pero de repente, escuchamos un grito. Corremos al auxilio. A tan sólo unos metros de mí, un compañero de la UNA se retuerce. Acaban de patearle en la nuca mientras se agachaba para cargar su celular. Se enfrentan dos cordones humanos.

La tensión hierve. El sudor corre. Se alzan los cánticos y los gritos. De aquí nadie nos saca. Estoy, estamos dispuestos a poner cuerpo, todo el cuerpo que sea necesario para defender nuestros derechos, el de nuestros compas imputados, el de todos los estamentos. Sí, estos cuerpos están cansados, pero nuestras almas siguen fuertes.

Nos informan que dieron inicio a la negociación con Narciso. En la mesa se encuentran el Fiscal General de la Nación, el subcomandante de la Policía Nacional y Cristian Kriskovich, el docente acosador y miembro del Consejo de la Magistratura, quien ocupó el rol de asesor jurídico del rector. A nuestro abogado le niegan la participación.

Más tarde me enteraré de que los compañeros que se encuentran en la mesa de negociación habían sido obligados a observar en televisión cómo nos golpeaban e insultaban. Sabré que se encontraban en la dura tarea de pactar un acuerdo al mismo tiempo que veían a nuestros cuerpos ser maltratados. Sabré que temían, que se sentían impotentes. Que les pesaba en los hombros el deber de evitar mayor derramamiento de sangre. Sabré que mis compañeros fueron presionados a firmar. Que cada vez que las autoridades se quedaban sin argumentos, mis compas recibieron amenazas de quedarse sin interlocutores para negociar, amenazas de proporcionar un “castigo ejemplar”. Sabré que se retorcieron entre la espada y la pared, entre firmar un acuerdo burdo o esperar a que se desatara una batalla final en los portones de la sede. Sabré que estaban dando una batalla paralela a la batalla física, y que era para salvar nuestros cuerpos.

Ya firmaron el acuerdo.

Exploto y saltan lágrimas de mis ojos y de todos los ojos que veo. Saltamos, gritamos y cantamos hasta fundirnos entre todos los estamentos. El furor se adueña de nuestro espíritu. Después de tanto resistir y sostener nuestra batalla, llegó la hora de salir por la puerta grande. Estamos orgullosos de lo que somos y hacemos.

Abrazo a cada uno de mis compañeros y compañeras con el cuerpo y con el alma. Celebro la unión que nos permite dejar hoy al descubierto la podredumbre de una estructura mafiosa y autoritaria que sigue calando hondo, con la promesa de no desaparecer, pues nosotros seguimos y seguiremos dándole lucha. Este es sólo un capítulo. No tenemos miedo y no lo tendremos nunca más. No nos cansaremos. No descansaremos hasta lograr la democracia verdadera dentro y fuera de la universidad. Nada está perdido. Esto recién empieza”.

Comentarios

In : Destacados