El “lorito óga” o la respuesta violenta al acecho igualitario

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Un aporte para el debate en torno al paro del 8M

Por Gustavo Torres Grossling

El relato cultural del “lorito óga”, construido por el macho como respuesta a la pérdida progresiva de privilegios ante “su” hembra, es quizás la reacción menos violenta de entre todas las formas violentas a las que han recurrido los hombres para intentar detener la implacable rueda de la historia que, mediante la fuerza cada vez más ascendente acumulada por las mujeres, va desdibujando lentamente a una sociedad construida con los cimientos del patriarcado.

El hombre paraguayo, que ve limitada la libertad en la cual fue educado desde niño y que ahora se ve cada vez más replegado o “recluido” al ámbito doméstico, otrora territorio asignado exclusivamente para la mujer, fue construyendo para sí y para la sociedad, pero principalmente para los demás hombres, un relato lo suficientemente audaz como para justificar de manera folclórica y hasta humorística la pérdida cada vez más acentuada de sus privilegios patriarcales.

El relato del “lorito óga” está basado en esa cada vez más popular ave que por tiempos inmemoriales volaba libre a lo largo y ancho de las junglas del Paraguay y que hoy, por los latigazos implacables de la “civilización”, vive en cautiverio a cargo de sus cuidadores que le proveen techo, comida, agua y un espacio confortable para vivir a cambio de que éste le retribuya con cantos matinales y eventuales emisiones de entretenidas frases pajareras. El “lorito óga”, por tanto, es el hombre que en el ámbito familiar limpia, cocina, lava, plancha, se compromete con las tareas propias de la crianza de los hijos, comparte las responsabilidades y renuncia a una parte de la libertad que la sociedad patriarcal le otorgó por el simple hecho de ser hombre. El “lorito óga” es el “varón” que, pese a sus denodados esfuerzos por seguir siendo un “ave de la jungla”, tiene que sucumbir ante una realidad cada vez más “hostil” para sus intereses y que todos los días le recuerda que ya no es el “macho” proveedor de la familia sino que es un simple complemento, por ejemplo, en la cadena productiva en la que la mujer ha venido ocupando cada vez más espacios, cumpliendo papeles que la sociedad le asignaba exclusivamente a los hombres.

Sin embargo, más allá de ser un relato del cual se vale el hombre para justificar los cambios significativos que va teniendo nuestra sociedad, no deja de ser una expresión de la violencia basada en género. Penosa pero fríamente, la realidad nos demuestra que la ola de violencia basada en género es cada vez más acentuada, y que, lastimosamente, esta realidad trasciende el relato grotesco, irónico y aparentemente inofensivo del “Lorito óga”.

El contraste que nos presenta el crudo relato de los hechos reales nos interpela todos los días como parte de una cultura retrógrada que se encargó de aplastar a la mujer al punto de reducirla a objeto, y ciertamente nos demuestra en qué tipo de sociedad estamos viviendo, pero innegablemente también devela la podredumbre de un patriarcado en picada que, por más fuerte que todavía parezca, está dando (aunque no sus últimos) tormentosos pataleos de ahogado.

Esta cruda realidad nos muestra, por ejemplo, que a enero del 2017 sumaban nueve los casos de feminicidios, mientras que durante el año 2016 fueron publicados 43 casos ocurridos en el territorio nacional y 3 casos de mujeres paraguayas en situación de migración asesinadas por sus ex parejas. Además, entre 2010 y mediados de 2015, un total de 359 mujeres fueron asesinadas en diferentes circunstancias y, sólo el año pasado, el Ministerio de la Mujer atendió 1.877 casos de violencia.

Quizás los datos más consolidados, fruto de años de prevalencia de ciertos tipos de violencia basados en género, nos puedan mostrar un panorama más aproximado a la realidad. Por ejemplo, según el Observatorio Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana , entre los años 2011 y 2015 se produjeron 7866 casos a los que erróneamente se consideran como “violencia doméstica”, siendo esta tipificación absurda una de las formas de invisibilizar la violencia basada en género y una camisa de fuerza que impide evaluar en su justa medida el impacto real de dicho tipo de violencia, ya que al remitir al plano “doméstico” (concepto reducido exclusivamente a los efectos jurídicos/fiscales/policiales), la violencia basada en género queda rezagada al ámbito meramente policial-judicial, lo cual ya es un intento premeditado de limitar el estudio a profundidad y de mostrar a la sociedad de qué se está hablando cuando se habla de la violencia basada en género.

De igual modo, si bien estos datos no reflejan a cabalidad el impacto de la violencia basada en género, al menos nos aproximan a una triste realidad con la cual debemos lidiar como sociedad, dado que pese a sus limitaciones, estos números hablan por sí solos. Así, de los 7866 casos de “violencia doméstica” 6697 tuvieron como víctimas a mujeres, es decir el 85 %. Pero los datos son más absurdos aún, pues de los 7866 casos de “violencia doméstica”, 6377 corresponden a casos denominados en los reportes policiales como “violencia familiar”, en los cuales 5707 fueron víctimas mujeres, es decir, el 89 %. Pero hagamos un ejercicio más. Si del total de 7866 casos denominados como “violencia doméstica” 5707 corresponden a casos de “violencia familiar” en los que fueron víctimas las mujeres, es decir el 73 %, es más que obvio que las instituciones garantes de derechos están errando el camino para encontrar las estrategias más adecuadas para combatir la violencia basada en género, y uno de los síntomas es justamente la absurda y obsoleta tipificación de “violencia doméstica” y “violencia familiar”.

La radiografía de la violencia basada en género nos remite a datos aún más aterradores cuando hablamos de la niñez y la adolescencia de nuestro país, dado que, por ejemplo, de un total de 1183 casos de “violencia doméstica” en la que fueron víctimas niños y niñas menores de entre 0 a 17 años, 856 casos (72 %) tuvieron como víctimas a las niñas. Pero esta penosa realidad por la que atraviesan nuestras niñas lastimosamente no termina ahí. Del total de 1183 casos de “violencia doméstica” en los que fueron víctimas niños y niñas menores de entre 0 a 17 años, 20 casos (de un total de 30 casos, es decir, el 67 %) tuvieron como víctimas de homicidio a las niñas, 314 casos (de un total de 354 casos, es decir, el 89 %) tuvieron como víctimas de coacción sexual a las niñas; 84 casos (de un total de 87 casos, es decir, el 97 %) tuvieron como víctimas de tentativa de coacción sexual a las niñas, y 385 casos (de un total de 596 casos, es decir, el 65%) de “violencia familiar” en los que las víctimas también fueron niñas. Con ello, tenemos que, entre los delitos de homicidio, coacción sexual, tentativa de coacción y “violencia familiar” que tienen como víctimas a niñas menores de 0 a 17 años suman 803 casos, es decir el 68 % de todos los casos de “violencia doméstica” cuyas víctimas pertenecen a esta franja de edad.

Está claro que la violencia puede ser ejercida por ambos sexos, y aunque también los actos de violencia puedan darse en parejas del mismo sexo, la violencia de la que estamos hablando es soportada en una abrumadora proporción por las mujeres y es, categóricamente, cometida por los hombres. En ese sentido, en el periodo 2011-2015, de un total de 93 víctimas femeninas de homicidio doloso, 72 fueron asesinadas por concubinos, esposos o ex parejas, es decir, un 77,4%, teniendo a la franja etaria de “18 a 29 años” como la más afectada con 25 víctimas .

Dicen por ahí que la realidad es objetiva. Pues esa realidad, en nuestro caso, envía un mensaje claro escrito con sangre y muerte: “La sociedad patriarcal está hecha para y por los hombres. No existe ninguna posibilidad de que en este modelo de sociedad las mujeres puedan tener cabida. El territorio está delimitado por los hombres y cualquier mujer que ose sobrepasar esos límites sabe las consecuencias”.

Con estos datos tan absurdos como aberrantes, está claro que el hombre está reaccionando de manera cada vez más violenta ante lo que él considera una amenaza. La igualdad de género está acechando de manera cada vez más peligrosa. Por eso, herido de muerte, y negándose a perder sus privilegios, el hombre lanza zarpazos letales dejando a su paso un tendal de víctimas. De ahí que no le quede otra alternativa que intentar apagar el escarnio público lanzando, desesperado, una historieta que a la vez de burlarse de sí mismo, le permita amortiguar la pesada carga que significa para él la pérdida cada vez más acelerada de los privilegios que le otorgó la sociedad patriarcal.

Lastimosamente el camino hacia la igualdad de género estuvo y seguirá estando sembrado por el sufrimiento y regado por la sangre de las mujeres. Pero ellas saben que no hay otro camino que construir otra sociedad en la que hombres y mujeres puedan verse como iguales en todos los aspectos de la vida económica, política, social y cultural. Porque esta sociedad no fue construida con ellas y, por tanto, no les pertenece. Porque esta sociedad las hostiga, las golpea y las mata. Porque esta sociedad, fundada en una podredumbre cultural, las niega, las enmudece y las considera un objeto más entre todos los fetiches del mercado.

Con todo y, por esta y otras razones, igual una buena parte de la sociedad se sigue preguntando: “¿Por qué paran las mujeres?”

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