El Lince, un personaje de videojuegos

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Por Julio Benegas Vidallet

El hombre armado, con metralla mejor, es el prototipo que las grandes corporaciones instalan en millones de subjetividades, comenzando con las de los niños. En los videojuegos, en las películas, en las series. El hombre armado es el hombre seguro y proyecta “seguridad”.

Si el hombre armado tiene dinero, su poder se constituye. Entonces, él es. Si no, el hombre armado cumple la función de proteger los bienes de gentes con dinero. Por otra parte, la gente sin poder cree que en su propia indefensión le puede dar seguridad contra otros hombres armados.

Si además al hombre armado lo encapuchás y lo vestís de Robocop, como pasa con el grupo Lince, cumple la función perfecta del prototipo de hombre armado. Y como en los videojuegos, te entretiene, desde tu terror frente a la televisión, que ese hombre armado entre en la plaza con su moto y su metralla y su pasamontañas y su casco y arremeta con esos extraños seres que habitan el afuera, ese no lugar de la seguridad. Así, el hombre armado es llevado a fiestas infantiles con publicidad de televisión, como les llevamos a nuestros hijos hombres armados de juguete.

El prototipo armado está cada vez más armado. Si antes los niños nos deleitábamos con los vaqueros yanquis y sus pistolas Colt, abriendo las puertas siempre entreabiertas de una taberna, ahora nuestro hombre armado tiene un arsenal de guerra a disposición, como el que se usara en la muerte de Rafaat, en Pedro Juan Caballero.

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Las armas son constitutivas de la propiedad privada en Estados Unidos. Cuando el imperio inglés colonizó esta parte del mundo, despejó a pólvora y dinamita el territorio de los molestosos indígenas, les dio armas y luego esclavos negros a las familias anglosajonas. Así nació y se construyó el estado nación norteamericano. Y es, en ese contexto, muy lógico el dominio de nuestras subjetividades a través de las grandes corporaciones norteamericanas que fabrican y emiten contenidos audiovisuales.

Más el hombre armado como protohombre genera una tremenda disfunción en sociedades antiguamente agrícolas, como las nuestras, que hoy despiertan a una caótica metropolización. En la base de esta nueva oleada de grandes migraciones de campo a ciudad el elemento subjetivo más significativo es la incertidumbre. La antigua seguridad, sostenida en la tenencia del pequeño feudo y en el trabajo diario de sostener el hogar, la chacra y el ganado familiar, función por la que los hombres pasábamos a ser Don, en las ciudades se pulveriza en estallido de inseguridades.

Muchísima gente no tiene trabajo estable, no tiene salario fijo acorde con sus necesidades, no tiene seguridad social, tarda tres a cuatro horas en colectivos. Los jóvenes pobres trabajan, estudian, si pueden, duermen temprano y se hacen mierda los viernes y sábados. Sin derechos al arte popular, concibe su mundo de representación a través de los enlatados de Miami, México y Estados Unidos, de repeticiones tan violentas como los videojuegos de hombres armados.

Lo único cierto del futuro es la incertidumbre. Y por lo tanto lo que fundamentalmente buscamos es seguridad. Algo de seguridad en nuestras vidas. Y el poder, concentradísimo, con sus pool de empresas, con sus corporaciones mediáticas, nos ofrece un personaje de video juego: El Lince.

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