Una noche de Lovecraft en Villa Elisa

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Por Sergio Alvarenga

Ilustraciión de Jorge Macchi

Hoy, en “Cosas que pasan en Villa Elisa y mejor hacerse el boludo”:

Me bajé del bondi a las 22.00 sobre Acceso Sur y empecé a caminar el kilómetro habitual entre la avenida y mi casa. Al llegar a la mitad, y a punto de cruzar una calle que de día suele ser muy utilizada pero que a esta hora es un escenario de HP Lovecraft, escucho que una moto se me acerca, a mis espaldas. Me detengo en la esquina mismo, ya con mis pies sobre el asfaltado, para darle paso, puesto que me dio todas las señales de que doblaría.

– Rasta, ejeporta porã que, Rasta- me dice un rostro desconocido, casi cubierto en su totalidad por la sombra de la capucha roja que llevaba. La dentadura amarillenta, la piel salpicada por manchas rojas y grandes ojos redondos que miraban a través de uno, y que parecían sonreír con más malicia e intensidad que la boca.

En el asiento de atrás, pegado a él, un man que definitivamente no puedo más que definirlo como anónimo: ropa gris, verde musgo, negra, no sé; capucha, manos en los bolsillos y el asomo de un par de brillos que supuse eran sus ojos, el resto de sus facciones eran imperceptibles. Nada de nada.

Supuse, sin un atisbo de paranoia, que me iban a asaltar. Pero siguieron de largo a paso de tortuga.

– Ha upei, kp- les dije mecánicamente mientras cruzaba la calle a sus espaldas, y me fijaba, como corona de una escena dantesca, que en el espacio que quedaba sobre el tanque de combustible, iba lo que hasta ahora quiero creer era un maniquí, acostado totalmente de bruces, con el casco (era el único que lo llevaba en la moto) presionando el manubrio, los brazos cruzados debajo del pecho, el chaleco reflectivo correctamente puesto y las piernas colgando a los lados.

Los vi bajar por el asfaltado lentamente y pensé ya con un poquito de paranoia: “Nderakóre, me falta todavía la mitad del camino”.

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