Voces del Ykua Bolaños

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Por Arístides Ortiz Duarte

A las 11:18 del  domingo 1 de agosto del 2004, una camioneta familiar gris ingresó al estacionamiento del Supermercado Ykua Bolaños. Bajaron del vehículo las hermanas María Estefanía (12), María del Carmen (9) y María Estela Palacios (4). Tomadas de la mano y haciendo piruetas, fueron corriendo hacia la escalera que las llevaría hasta el salón de ventas del súper.

A las 11:20 de aquella fría y soleada mañana, llena de flores rosadas de lapacho, una marea de fuego y humo cayó del techo del supermercado de Asunción. La gigantesca llamarada mató en menos de tres minutos a 395 personas. La mayoría murió por asfixia al inhalar un coctel de monóxido de carbono, cianuro y ácido clorhídrico. El resto falleció calcinado o intoxicado o quemado. Luis Cardozo, Norma Benítez y Felipe Palacios sobrevivieron al incendio. Estas tres personas recuerdan cómo, cada pensamiento, cada acto que realizaron antes, durante y después del incendio abrieron caprichosos senderos hacia la vida o la muerte.

 

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Cuatro horas y cincuenta minutos antes del incendio, a las 6:30 de la mañana, Felipe Palacios (55), su esposa María Estela (45) y sus hijas María Estefanía (12), María del Carmen (9) y María Estela (4) desayunaban en familia. Era una fría mañana de agosto. Había una explosión de flores rosadas en los árboles de lapacho en toda Asunción debajo de un cielo azul metálico. Era un día liberado de la pesada obligación del trabajo.  Un día para ser feliz.

Felipe es veterinario. Su cuerpo tiene las huellas de aquel aciago día: las cicatrices surcan su rostro, sus manos, brazos y su torso. Su semblante, quizá de tanto dolor, es severo. Habla con un vozarrón casi intimidante.

Para Felipe Palacios domingo era sinónimo de misa, de comulgar, de confesarse, de reflexionar sobre Dios y sus actos,  de vivir en familia. Metódico y organizado, cronometró cada una de las actividades que realizaría con su familia aquel domingo. Felipe no era de los que dejaban al azar las horas.

Los cinco miembros de la familia Palacios vivían en el barrio Trinidad, a cinco cuadras del supermercado. Asistieron a la misa de las 7:00 en la Iglesia Trinidad. Padre y madre escucharon concentrados la homilía, mientras las niñas, inquietas, intentaban emularlos. A las 8:00, terminada la ceremonia, la pareja y la pequeña de 4 años volvieron a la casa, mientras que las otras niñas quedaron en la iglesia para recibir el catecismo cristiano.

A las 10:00 volvieron a salir en la camioneta familiar color gris oscuro, marca Toyota, a recoger a sus hijas de la iglesia. Luego cruzaron toda la ciudad dirigiéndose al municipio de Lambaré para una consulta odontológica.

Alrededor de las 11:00 de aquel domingo la camioneta familiar transitaba sin detenimientos sobre la larga avenida Félix Bogado, ya de vuelta a Asunción. En el volante, Felipe Palacios imaginaba el trayecto que seguiría para llegar al colegio Técnico Javier, el centro educativo de las niñas. Tenían varias adhesiones de la pollada que organizaba el colegio. Hasta allí iría a recoger un par de pollos horneados para el almuerzo. Terminada la avenida Félix Bogado, continuaría sobre su empalme, Brasil, hasta España. Sobre esta estrecha  avenida giraría a su derecha hasta la calle Sacramento, la que recorrería hasta  Itapúa, la calle del colegio, ya en el barrio Santísima Trinidad. El itinerario estaba hecho. Las calles de Asunción se veían casi limpias de vehículos como todos los domingos. Palacios se sentía bien. Las niñas María Estefanía y María del Carmen parloteaban y reían en el asiento trasero. La pequeña María Estela se enredaba en arrumacos con su madre en el asiento de al lado.

Sentada al lado de su esposo, María Estela pensó que no estaría mal  desviarse  unas cuantas cuadras del trayecto marcado para visitar a su hermana, en Colón casi Sexta, una dirección ubicada al borde del centro de Asunción. Serían 10 minutos, se dijo. Cuando ya tenía en la punta de la lengua decirle a su marido lo del cambio de trayecto, miró su reloj. Pensó que no les daría el tiempo para retirar los pollos. Desistió.

Palacios cruzó la avenida España sin darse cuenta.  Llegó a la avenida Artigas -paralela a Sacramento-  y se deslizó con velocidad. Luego de haberla recorrido un buen tramo, recordó, incómodo consigo mismo, que debía haber tomado la calle España, un olvido que luego definiría como “un llamado divino”. Decidió entonces que, al alcanzar la calle Domingo Lombardo, giraría sobre ésta, cruzaría la calle Sacramento y llegaría al colegio de sus hijas.

Pero del jolgorio de atrás de la camioneta se escuchó el deseo de María del Carmen: quería comer chipa. María Estefanía le recordó que en la iglesia Trinidad se vendían ricas chipas. La otra respondió que a esas horas la señora que las vendía ya no estaba. El padre terció y decidió que entrarían al supermercado Ycua Bolaños, que está al paso, a comprarlas. No giraría entonces sobre Lombardo, lo haría sobre la calle Santísima Trinidad.

La Toyota gris familiar ingresó al estacionamiento del súper desde la avenida Artigas alrededor de las 11:18.  Les causó extrañeza encontrar el lugar en la penumbra. Palacios presumió que se había cortado la energía eléctrica. Detuvo el automóvil frente a los portones corredizos que llevaban al primer piso del súper a través de la rampa y la escalera. Cuando María Estefanía y María del Carmen estaban por bajar, María Estela, la menor, quiso ir con ellas. La madre la detuvo. El padre le dijo que la dejara ir, que la mayor, María Estefanía, la cuidaría. Que solamente comprarían unas chipas y volverían en unos minutos. Y ordenó a la mayor que la compren y vuelvan rápido. María Estela sonrió al ver a sus tres hijas correr. Mientras corrían, contentas, tomadas de las manos, hacían piruetas. Las vio desaparecer en la escalera que las llevaría al salón de ventas del Ykua Bolaños.

Quizás un minuto después, mientras estacionaban el vehículo, escucharon una explosión ensordecedora. “¡Las niñas…!”, gritaron ambos y salieron corriendo, desesperados, hacia la escalera. Un enorme soplo de humo ardiente y negro carbón los bañó de cuerpo entero. Felipe Palacios, completamente quemado, cayó al suelo inconsciente. María Estela, también quemada hasta los huesos, cayó pero volvió a levantarse, para deambular completamente extraviada.

Los dos planos

Un mes antes de que terminara la construcción del Ykua Bolaños -el 30 de noviembre del 2001-, Silvio Palacios  y sus empleados  se disponían a  instalar el ducto de la chimenea de la parrilla ubicada en el patio de comidas,  en el primer piso. Palacios sabía, como especialista en construcción de metales, que el tiro de una chimenea debe ser recto, sin desviaciones, para facilitar el paso de los gases calientes, pero observó que una viga de metal obstruía su trayecto. Consultó entonces con el arquitecto de obras. Éste le mostró el plano de la construcción, que preveía la obstrucción, y le dijo que procediera a desviar el ducto.

Este desvío, sin aparente relevancia, es tal vez  el eslabón más decisivo en la larga secuencia de errores, azares y negligencias de la historia que se narra.

El 26 de junio del 2001, cinco meses antes de la culminación de las obras, la Municipalidad de Asunción aprobó el plano arquitectónico original  del supermercado. Un plano que satisfizo a los funcionarios municipales Jorge Gamarra y Jesús Giménez porque  –según dijeron mucho tiempo después en el juicio-, estaba acorde con las normas de construcción.

Carlos Halke, ingeniero especializado en sistemas de prevención de incendios, recordó que ambos funcionarios se habían guiado por un marco normativo para prevención de incendios establecido en una ordenanza municipal de 1988. Un marco -según Halke- desactualizado que no contemplaba muchos conocimientos y mecanismos de prevención actuales. Dicho en otras palabras: la misma norma municipal había contribuido a que se cometieran los posteriores errores.

El otro plano, el que finalmente  se ejecutó, no solo omitió el diseño recto del ducto de la chimenea de la parrilla. Pasó lo mismo con los extractores de aire, las salidas de emergencia y  la compartimentación en paredes del espacio construido con materiales adecuados que impidieran la propagación de un eventual incendio.

El plano real contempló además dos chimeneas falsas: la de la panadería y la confitería, cuyos ductos no tenían salida al exterior. A esto se suma que, aunque obligados, los dos funcionarios nunca fiscalizaron el plano real ejecutado. Entonces, no se percataron de los grandes cambios que sufrió el plano original aprobado por la comuna.    

Felipe Palacios, en una foto tomada por el diario impreso La Nación en julio del 2016

Felipe Palacios, en una foto tomada por el diario impreso La Nación en julio del 2016.

Los ductos de las chimeneas

Luego de haber mirado el plano de la construcción, Silvio Palacios instaló con sus ayudantes el ducto de la chimenea de la parrilla del patio de comidas. Siguió las  indicaciones. Diseñó un conducto cuadrangular de metal galvanizado de 45 centímetros cuadrados. Un tiro que hacia arriba terminaba atravesando el techo de metal del edificio. Hacia abajo terminaba en una campana de 2,10 metros de largo y 75 centímetros de ancho. Debajo instaló dos parrillas metálicas, una encima de otra, de 1,7 metros de largo para asar la carne.

Para resolver aquel inconveniente diseñó un codo en forma de S acostada. Lo insertó, mediante soldadura, en el preciso tramo del ducto en que la viga metálica obstruía su trayecto, a escasos 50 centímetros del techo, muy por encima del cielorraso. La desviación en S quedaba inclinada horizontalmente en un ángulo de 90 grados, una posición que con el correr de los años atraería gruesas capas de cebo.

Y otro error inaudito: Palacios no instaló un mecanismo para limpiar las paredes del tiro de la chimenea de los restos cristalizados que dejarían los gases y fluidos calientes. La posición en la que quedó  todo el ducto hacía imposible cualquier intento de limpieza para evitar taponamientos. No lo instaló porque no estaba en el plano.

El constructor también cumplió las indicaciones  respecto de los ductos metálicos de los hornos de la panadería y la confitería, a través de los cuales correrían los gases con alta temperatura producidos por la cocción. Instaló los dos tubos de metal galvanizado que  atravesaron el cielorraso y llegaron, en altura, sólo hasta el espacio cerrado constituido entre aquél  y el techo. En este confinamiento vacío, con una superficie de 8.000 metros cuadrados, se expedirían los gases calientes producidos por los hornos, y no fuera del supermercado. Parecía una broma. Pero el constructor, el arquitecto Bernardo Ismachowiez, por indicación de los propietarios, tenía un objetivo: que el rico aroma de los panificados y confites horneados impregnara el aire del súper para estimular el olfato de los clientes. Esta estrategia de venta aportaría su parte para lo que ocurrió.

El 7 de diciembre del 2001 abrió al público el supermercado Ykua Bolaños.

En el acto de inauguración sus propietarios destacaron que era el complejo comercial más moderno y seguro del país: una edificación de 12.637 metros cuadrados de construcción, con  un perímetro cuadrado pero irregular y un sofisticado sistema eléctrico de alarma para prevenir incendios. El estacionamiento ocupaba toda la planta baja. En el primer piso y en el entrepiso estaban el patio de comidas y el salón de ventas con sus diversas secciones de productos. Podían albergar 1.000 personas. El techo, en caída a dos aguas,  era de chapa de zinc. El interior del techo metálico estaba cubierto con espuma de poliuretano inyectado, una sustancia química que sirve de aislante térmico ante  los rayos del sol. Si se lo coloca inclinado (tal como estaba el techo) es altamente inflamable. Debajo se extendía un cielorraso conformado de placas rectangulares unidas. Colgaban de un sinnúmero de tirantes de alambre que impedían ver el entretecho.

El edificio tenía cuatro accesos: los del estacionamiento para autos desde las calles Santísima Trinidad y Artigas, la entrada  para camiones proveedores por Santísima Trinidad y el principal para los clientes, ubicado en el punto de convergencia de las dos calles. Todo el edificio se sostenía sobre una estructura de hormigón armado. Una estructura que parecía más una gigantesca caja fuerte que un espacio público: no tenía salidas de emergencia ni extractor de aire y había una sola puerta de entrada y salida para las numerosas personas que acudían todos los días al supermercado.

La obsesión de Néstor

Aquel domingo de agosto, Norma Benítez (33)  y Néstor Velázquez  (36) se levantaron a las 6:00, cinco horas y veinte minutos antes del incendio.

Norma hoy trabaja en el Hospital Central de IPS. Su cabello negro, casi azulado, y su entereza física, parecen no haber hecho caso a los 14 años transcurridos desde el incendio. Al recordar su historia, habla con una reverencia que envuelve el dolor y el miedo sentidos en aquel hecho que marcó profundamente su vida.

Norma y Néstor vivieron juntos desde 1991. Tuvieron 4 hijos: Brenda de 1 año, Martín de 6, y los adolescentes Matías y Juan José.

Ese día, Néstor se levantó pensando en la actividad más atractiva que tenía por delante: el asado a la parrilla al medio día en la casa de los padres de Norma.

Hacía siete años que cocinaba con pasión el asado en la comilona anual de Teletón por la Asociación de Taxistas del Paraguay. Más que comer carne asada, le gustaba cocinarla para sus seres queridos, la forma más sencilla y efectiva de expresar afecto que había aprendido. Por eso recordó que la carne de cerdo deleitaba a don Epifanio Benítez, su suegro. Así que se le atravesó en la cabeza comprarla y cocinarle como un obsequio.

Néstor Velázquez salió a las 6:30 de su casa a dar unas vueltas en el vehículo-taxi. Iba a ganar algún dinero y comprar carne de cerdo de buena calidad. A las 9:30 volvió a su casa en el barrio Campo Grande.  Recogió a Norma y a sus hijos Martín y Brenda y se dirigieron a la casa de sus suegros, en el barrio Zeballos Cue. Por el camino -pensó- encontraría una carnicería. Antes de ir a Zeballos, Néstor se desvió hacia la parada de taxi ubicada sobre la calle Federación Rusa, al costado de la sede del Banco Central del Paraguay. Fue a devolver a un colega una herramienta de trabajo prestada.

Cerca de las 10:40, con Norma y su hija Brenda en el asiento de al lado y Martín en el de atrás, Néstor condujo sobre la corta calle Augusto Roa Bastos.  Informó a su pareja que buscaría una carnicería para comprar el cerdo. Norma le dijo que, según le avisó su padre, ya no hacía falta llevar más carne porque había abundante esperando, listo para ponerla  en la parrilla, que le esperaban sólo a él para que se encargue de la parrilla. Le propuso ir directo a Zeballos Cue.  Néstor meneó negativamente la cabeza y giró sobre la calle Manuel Peña, una vía que pasa al costado del IPS, en el barrio Trinidad. Desembocó en la avenida Sacramento, dio vuelta sobre la calle Domingo Lombardo. Detuvo el vehículo frente a una carnicería y entró en busca de lo que quería. Mala suerte: el carnicero le dijo que se acabó. El taxista salió frustrado. Su mujer le reiteró que olvide el cerdo y vayan a la casa de sus padres, que ya se hacía tarde. Pero Néstor, tercamente, pensó en el supermercado La Bomba, ubicado a unas cuantas cuadras más adelante, siempre sobre Lombardo. Cuando llegaron frente al súper, vieron el gentío que entraba y salía y la larga cola de personas frente a las cajas. El mismo Néstor quedó desanimado y pareció resignado a no dar el gusto a don Epifanio.

Cuando eran poco más de las 11:00, el vehículo amarillo transitaba por la avenida Artigas, con el conductor aparentemente resuelto a llegar sin más retrasos a la casa de sus suegros. Pero al alcanzar la calle Santísima Trinidad giró inesperadamente sobre ésta y entró al estacionamiento del supermercado Ykua Bolaños.  Norma, sorprendida, le dijo que le extrañaba que entre en ese súper, un lugar que –le había dicho varias veces- no le gustaba. “Tenemos que comprar el chancho…”, le respondió el taxista. Rendida, su esposa le pidió que estacionara el vehículo cerca de la entrada del estacionamiento, a unos metros de la calle, para facilitar una salida rápida. Accedió (luego Norma daría “gracias a Dios” por este hecho). El taxista trató de calmar la ansiedad de su esposa diciéndole que volvería enseguida. Eran aproximadamente las 11:10.

Norma Benítez Una foto reciente.

Norma Benítez, en una foto reciente.

Cinco o siete minutos después, Norma Benítez dejó a su hijo Martin en el auto con la advertencia de que no abra la puerta a nadie. Con Brenda en brazos, se dirigió por la escalera al salón de ventas del  súper en busca de su marido. Norma nunca entendió por qué ni para qué  había subido a buscarlo. Sólo sintió una ansiedad que la impulsó. Faltaban tal vez dos minutos para las 11:20.

La antorcha de grasa

Exactamente a las 9:00 del domingo 1 de agosto, dos horas y veinte minutos antes del incendio, los dos parrilleros, con sus uniformes blancos, ya sofocados por el fragor del fuego,  extendían sobre las dos parrillas tiras de costilla y carne vacía de cerdo y vaca, chorizos, butifarras y morcillas. Debajo ardían y crepitaban intensamente las brazas de carbón. El asado del súper era el atractivo principal de los domingos: cientos de comensales, la mayoría con sus familias, tomaban asiento en las sillas y mesas de metal del patio de comidas y devoraban carne.

El  patio estaba  ubicado en el lado norte del edificio, hacia la avenida Santísima Trinidad; ocupaba parte del primer piso y el entrepiso. Tenía capacidad para albergar a 400 personas.

Como la carne y sus subproductos debían estar listos para el consumo a las 11:00, uno de los parrilleros alimentó el fuego con más carbón y atizó las brazas para apresurar el proceso de cocción. Daniel Paiva, uno de los administradores del súper e hijo del propietario Juan Pio Paiva, insistía, en sus recorridas, a los parrilleros que la carne debía estar a las once en punto.

Esta cocción, la del 1 de agosto del 2004, era la última de las miles de cocciones que los parrilleros realizaron a lo largo de los días, semanas y meses que vinieron desde aquel 7 de diciembre del 2001, día de la inauguración del supermercado. Días, semanas y meses en los que el calor de las brazas de carbón y los efluvios de grasa de los productos cárnicos corrieron por las paredes cuadrangulares del ducto de la chimenea. Miles y miles de horas en las que lenta pero terca e insidiosamente el hollín, la carbonilla y la grasa iban acumulándose en las paredes del tiro.

Los residuos cristalizados de los gases calientes se empecinaron endiabladamente  en un tramo del ducto: en el codo en forma de S acostada en posición horizontal de 90 grados. Durante los dos años y nueves meses transcurridos desde la apertura del supermercado y la habilitación de las parrillas, la grasa, el hollín y la carbonilla cristalizados fueron formando imperceptiblemente capas en  el codo diseñado e instalado por Silvio Palacios. Hasta que el calor, que se intensificaba en aquella S, encendió las gruesas capas de grasa en forma de cebo.

Emilio González, ingeniero y perito calificado en incendios, bombero voluntario durante 20 años, calculó que la grasa se habría encendido aproximadamente a las 10:30. Poco antes de las 11:00 la llama derritió la soldadura con la que se pegó el codo al ducto y se convirtió en una antorcha. Al estar a solo 50 centímetros del techo, esta antorcha  fue alimentando de calor la espuma de poliuretano inyectado, con el que estaban cubiertos los 8.000 metros cuadrados de superficie del techo de metal en forma de dos caídas inclinadas.

Dos hechos últimos ocurridos antes de aquel domingo contribuyeron aún más a lo que luego se desataría.

Varios de los empleados sobrevivientes del súper -entre ellos Luis Cardozo- testificaron en el juicio que el sábado 31 de julio, en horas de la noche, Daniel Paiva mandó desactivar la alarma del sistema electrónico de detección de fuego. “Harto de que con demasiada frecuencia sonara en falso”, recordó Cardozo. El hecho que colmó la paciencia de Paiva fue la falsa alarma de ese mismo sábado.

El otro hecho pasó alrededor de un mes antes del domingo 1 de agosto: un apagón en el sistema de energía eléctrica del supermercado desencadenó un ruido infernal de alarma y provocó una estampida de clientes que, con sus mercaderías en mano, abandonaron el súper sin pagar. Para evitar que se repitiera este perjuicio económico, los propietarios del Ykua Bolaños -Juan Pio y Daniel Paiva- ordenaron a los guardias de seguridad que las veces que ocurriera aquel tipo de situación, cerraran inmediatamente todos los portones, las puertas y las rejas de entradas y salidas del supermercado.

La resaca de los carniceros

Eran las 4:00 de la madrugada del domingo 1 de agosto, siete horas y veinte minutos antes del incendio, y Luis Cardozo (34), uno de los 14 carniceros del supermercado Ykua Bolaños, ondeaba en cámara lenta, parado, con un vaso en la mano sobre la acera de la avenida Artigas. Festejaba con sus demás compañeros de trabajo el día de la amistad, recordado el día anterior.

Cardozo es hoy un hombre afable de 48 años. El único hecho revelador de su condición de sobreviviente de aquel incendio es la tos que, a ratos, suelta. Nadie diría que sus ojos negros y vivaces fueron alguna vez acribillados por esquirlas de vidrios. Recuerda aquel accidente con claridad, pero como un hecho ya demasiado lejano, aceptado.

Luis Cardozo y los otros 13 carniceros terminaron sus labores y salieron del súper  alrededor de las 21:30 del sábado 31 de julio. Cruzaron caminando la avenida y se apostaron enfrente del carrito de venta de panchos y hamburguesas. Allí comenzó una celebración que se prolongó hasta las 4:00 del domingo. Cargaron el estómago con las populares comidas rápidas  aderezadas con kétchup y mostaza, y luego se entregaron sin límites al trago. A pesar del frío de esa noche (7 grados), corrió de boca en boca abundante cerveza. Cardozo, sin embargo, se empecinó con el wisky con ruda durante toda la noche y la madrugada. Empezaba agosto y había que espantar las enfermedades que trae. Las bromas y risas corrían  a raudales. Del improvisado bafle del panchero salía música tropical hasta el aturdimiento.

El domingo era el día de trabajo más pesado de la semana en el súper: se colmaba de gente y los cuchillos y las cierras en la carnicería no daban abasto ante tanta demanda en un país enfermo por el consumo de carne. Los 14 carniceros decidieron olvidar lo que les esperaba el día siguiente.

Luis Cardozo fue uno de los últimos en retirarse del lugar, mareado de tanto wisky con ruda. Vivía con su pareja e hija tan solo a una cuadra del súper. Su sentido de responsabilidad con el trabajo era alto. Así que se soltó en la fiesta, consciente de que el día siguiente no pondría excusas para estar a las 7:00 en punto en la puerta del complejo comercial, listo para soportar la pesada carga laboral.

Llegó a su casa, puso el despertador al lado de su almohada para las 6:45.  A eso de las 4:20, con un tufo a alcohol que inundó la pieza y que luego le reclamaría su pareja, estaba muerto en su cama.

Fue como un abrir y cerrar de ojos, cuando el timbre lo despertó. Se levantó de un golpe. Se metió bajo la ducha. Y se fue al trabajo. Cuando llegó a la sección de carnicería, se sorprendió al ver sólo a cinco de sus 13 compañeros. Aún aturdidos por el alcohol, y en silencio,  se ponían trabajosamente el pantalón, la blusa y el delantal blancos y la gruesa bota. Los ausentes -pensó Cardozo- tal vez ni siquiera pudieron levantarse y estarían roncando en sus camas. Veía venir un día duro.

Ya a las 9:00 –dos horas después del horario de entrada- llegó el carnicero Daniel Ruiz. Pudo entrar sólo porque aprovechó la ausencia del guardia de seguridad que vigilaba la entrada del personal, quien justo en ese momento fue al baño. Estaba prohibido que el personal entre a trabajar después de las 7:00. Le había contado a Cardozo que fue “un golpe de suerte” que estuviera adentro. Ruiz vistió el uniforme blanco y, aún atontado por la cerveza, empezó a cortar y embolsar carne a izquierda y derecha para los clientes a montones que esperaban frente al mostrador.

Cardozo había ido poco después de las 11:00 al refrigerador a buscar carne y vio que, en una esquina, dos de los siete carniceros que vinieron a trabajar con la somnífera resaca dormían a cuerpo tendido. Estos dos nunca más despertarían.

Esa mañana, Cardozo cortó y despachó tanta carne, que cerca de las 11:00 le dolían las manos y los brazos y tenía las piernas muy cansadas. Atendió, como nunca antes, a tanta gente conocida –ex compañeros de colegio, parientes, vecinos de la zona y amigos-, que luego tomó el hecho como “una señal de que todo estaba determinado”.

A las 11:10 aproximadamente sintió, extrañamente, mucho calor. Pensó en la necesidad de que prendieran el aire acondicionado del súper. Días después del incendio lo recordó y entendió porqué.

La caída de la marea de fuego

La antorcha de cebo alimenta de calor a las 50 toneladas de espuma de poliuretano inyectado de 2 centímetros de espesor. Una espuma rociada en la cara interna de todo el techo de metal de 8.000 metros cuadrados de superficie. La espuma de poliuretano se va convirtiendo en llama desde el lado norte del techo (avenida Santísima Trinidad) hacia el  lado sur (el centro de Asunción). Corre lentamente hasta que enciende toda la superficie del techo. El fuego va devorando, como un ser vivo hambriento, el escaso oxigeno que hay en aquella bóveda vacía, cerrada y sin ventilación formada por el cielorraso y el techo.

Quizás 25 o 30 minutos después, aquel animal hambriento fagocita hasta el último átomo de oxigeno del recinto cerrado. El gas, insuflado por el calor y el combustible (la espuma y el techo de metal), crece en forma de humo y se vuelve cada vez más violento. Su combustión tiene un estímulo adicional: las partículas de harina, levadura y polvo que expiden los ductos de las chimeneas de la panadería y la confitería. El gas es una furia encerrada que necesita más oxígeno para convertirse en fuego vivo y no morir.

Cuando el calor alcanza cerca de 600 grados de temperatura, se sueltan los primeros tirantes de alambre que sostienen el cielorraso sobre el patio de comidas, y el gas súper caliente recibe una bocanada de oxigeno, suficiente para convertirse en una marea de fuego que comienza a caer sobre las más de 960 personas esparcidas en un perímetro de 8.000 metros cuadrados del supermercado.

La marea de fuego, que dura poco menos de tres minutos,  se expande de arriba hacia abajo a medida que la caída en dominó de norte a sur del cielorraso la alimenta de oxigeno.

Primero se expande hacia el patio de comidas. Luego se expande aún más y se transforma en una nube de fuego que quema todo el salón de ventas con las góndolas cargadas de productos y artículos inflamables de todo tipo, provocando una multitud de estallidos e incendios por doquier.

Como disparadas por un lanzallamas, las crestas de la ola de fuego van en dirección norte-sur dentro del supermercado. Dos ondas de la llamarada sobresalen por su violencia. La que va desde el patio de comidas hacia el lado este del salón de ventas, al interior mismo del súper. Esta ola envuelve en llamas a su paso el horno de la panadería, que explota, y segundos después el de la confitería, que también explota. Explosiones que irradian fuego intenso en su entorno inmediato y aumentan la cantidad de incendios. Sigue la onda arrasando la carnicería, la verdulería y la pollería.

La otra onda de la llamarada se  extiende por la zona central del salón de ventas hacia las dos hojas de blindex de la escalera y la rampa, atraída por el oxigeno que hay en la abertura entre ellas. A su paso hace añicos una de las hojas y baja con furia por las dos vías hasta salir al estacionamiento, donde se revitaliza con un mar de aire. Aquí quema decenas de vehículos, provocando otra serie de estallidos e incendios.

Si el fuego se mueve sólo en donde hay oxigeno y no llega a los espacios donde encuentra resistencias (las paredes, el piso), el humo negro se mueve por todos los resquicios del supermercado, como si dentro de su forma incorpórea habitara un alma con malas intenciones.

Entre las llamas y el humo

Luis Cardozo sale del mostrador de la carnicería, se para casi en el medio del salón de ventas y presencia un panorama aterrador. Ve cómo la llama y el humo negro inundan el patio de comidas, separado del salón por un grueso vidrio templado. Tiene los ojos espantados puestos en la llama que calcina a casi a todas las personas que están en el entrepiso y en parte del primer piso del patio. Muchas de ellas quedan petrificadas, algunas sentadas llevándose un bocado a la boca, otras paradas, otras mientras caminan. Las menos se salvan del baño de fuego y tratan de huir, con sus cuerpos completamente ennegrecidos por el humo, hacia la puerta de entrada que a su vez lleva a la puerta de acceso principal del súper, situada en la esquina de las avenidas Santísima Trinidad y Artigas. Todo esto ve Cardozo.

Luis Cardozo es rescatado por los bomberos el día del incendio, alrededor de las 16:30.

Luis Cardozo es rescatado por los bomberos el día del incendio, alrededor de las 16:30. Foto de ultimahora.com.

Segundos antes de que se encendiera el patio de comidas, Norma Benítez  ve, sorprendida, cómo una partida de gorriones que había entrado al interior del súper no sabe cómo explota en un vuelo nervioso en múltiples direcciones, mientras Néstor Velázquez le grita desde la última de las cajas hacia el lado sur del salón de ventas: “Mirá, esto es lo que compré…”, mostrándole una bolsa con carne. Norma, con su hija Brenda en brazos, vuelve la mirada hacia el patio de comidas al escuchar un estruendo, seguido del ruido de los vidrios rotos. Y queda paralizada.

El carnicero también escucha el crujido del vidrio que luego se rompe en mil pedazos y ve cómo la ola de fuego avanza hacia el salón de ventas. Observa, incrédulo, como si viviera una pesadilla, que las placas rectangulares de cielorraso hechas de yeso son consumidas por un remolino de fuego anaranjado. En este momento Luis Cardozo grita a sus compañeros de la carnicería que todo el súper se está quemando y corre hacia la escalera ubicada en el lado sur, la que lleva al estacionamiento, una vía exclusiva para empleados.

En su loca carrera, Cardozo se lleva por delante, a empujones, a los dos vendedores de la verdulería que, impactados por el incendio, quedan inmovilizados. Muy cerca de él ve que un metal cae sobre la cabeza de Liliana Patiño y la derrumba; es la mujer embarazada que también trabaja en la verdulería. La alza, la toma del torso y la lleva hacia la escalera. Abren la puerta de metal y bajan sus escalones. Alguien cierra y tranca la puerta. Si la dejaban abierta, el aire de la escalera hubiera atraído la llamarada. El pánico se apodera de los siete u ocho trabajadores del súper en este lugar donde, por ahora, no entran las llamas. Cardozo escucha los gritos, llantos y rezos de sus compañeros y decide no entrar en pánico.

El taxista sale de su parálisis gracias al grito desesperado de su esposa que lo alienta a correr del fuego. Corre detrás de ella hacia la puerta de blindex de doble hoja que desemboca en la escalera y la rampa.

De pronto, la oscuridad cae sobre el supermercado. Ya nadie puede ver la cara de nadie. Mucho menos la del humo negro, que mata silenciosamente. Las cientos de personas son cuerpos desconocidos que corren, entrechocan y caen, en una huida desesperada del fuego que brama detrás de ellos. Una carrera en la que una de las ondas de la llamarada y las personas van a un mismo lugar: el estacionamiento, a través de la escalera y la rampa. Las personas, por sus vidas; el fuego, por más oxígeno.

Con la oscuridad, el caos y la desesperación llegan a su punto máximo: el inmenso fuego se mueve en remolino y ruge sobre esos cuerpos que corren y gritan en medio de una multitud de estallidos, incendios y densa humareda.

Esa oscuridad y esa desesperación caen sobre las hermanas María Estefanía, María del Carmen y María Estela cuando llegan a las góndolas de panificados, muy cerca del horno de la panadería, en busca de chipa. El hongo de fuego que expide la explosión del horno arrasa sus pequeños cuerpos.

Mientras corre a ciegas, Norma mira hacia arriba y ve sobre su cabeza la gigantesca nube de fuego. Es como una criatura monstruosa que amenaza devorarla. La luz anaranjada del resplandor de la llama le deja ver a Néstor, que corre detrás de ella. Cuando a Norma le faltan solo tres o cuatro pasos para llegar a la puerta de blindex, ante sus ojos el fuego convierte en antorchas a las decenas y decenas de  personas que llegan frente a la puerta y a las que corren por la rampa y la escalera en dirección al estacionamiento. Poco les hubiera servido no ser alcanzadas por la lengua de fuego. Las dos puertas de metal corredizas que dan paso al estacionamiento habían sido cerradas y trancadas. Norma se detiene, parada aún, aterrorizada, apretando a su hija contra su pecho. El tropel de gente que corre despavorida hacia la rampa la tumba, y pierde de vista a su esposo.

Allí, a escasos cinco a siete metros del taxista y su esposa, yace en el piso Víctor Galeano, atrapado debajo de incontables cuerpos, muchos de ellos mudos, ya calcinados, algunos gimiendo moribundos. Está tendido de cuerpo entero, abrazado a su hijo Santiago, de 3 años, chapoteando en un líquido aceitoso que derraman los cuerpos quemados. “¡Ya vamos a salir, hijo…!”,  le repite con una voz sofocada por el humo una y otra vez al pequeño. Y grita con voz ronca el nombre de su esposa:“¡María Antonia!”. Galeano ve cómo a dos o tres metros de él,  las llamas, en su enfurecido paso hacia el estacionamiento, envuelven a un montón de cuerpos que se mueven como títeres y luego caen apilonados frente a la gruesa puerta de vidrio de dos hojas.

Norma, Víctor y Luis, los que encarnizadamente sobreviven a este infierno de Dante, ven cuerpos enteros, sin quemaduras, esparcidos por todo el piso como si estuvieran durmiendo  de puro cansados. Son las víctimas del fiel escudero de las llamas: el humo, que mata más que el fuego. Cientos de personas inhalan su mortífero cóctel de cianuro, monóxido de carbono y ácido clorhídrico. Aunque priva de dolor y agonía, su efecto es letal e inmediato: en menos de dos minutos asfixia el sistema respiratorio de sus víctimas.

Néstor Velázquez vuelve a encontrar a su esposa. Está por rendirse, pero Norma lo toma del brazo, lo sacude y le grita que deben salir de allí por sus cuatro hijos. El taxista vuelve a tener fuerza y esperanza. Tendido en el piso hirviente, trata de ponerse de pie, pero se da cuenta de que está sepultado debajo de varios cuerpos, al igual que su esposa, quien sigue apretando a su hija contra su pecho. En ese momento, Norma piensa que muere, que todo termina allí. Cierra los ojos y una extraña paz interior la invade, un estado que la aísla de todo el caos alrededor. Siente como si flotara. Y siente que un rayo de luz la ilumina desde arriba. Son diez o 15 segundos. Y al abrir de nuevo sus ojos, se dice que ella no puede morir, que debe salir. Y vuelve a alentar a gritos a su marido que, desmayado, ya no la escucha. Alguien se aferra a su brazo. Un rostro ennegrecido le pide ayuda para salir. Norma le responde que saldrán, y le dice que recen. Juntos rezan, con la voz ronca y entrecortada, el Padre Nuestro.

En el estacionamiento, Felipe y María Estela Palacios corren desesperados hacia la escalera en un intento por entrar al súper a buscar a sus hijas. Un violento soplo de llama y humo que baja como tromba marina por la rampa los impacta. Felipe cae inconsciente. María Estela también cae, pero no pierde la conciencia. Se levanta. Grita, desesperada, el nombre de su marido. Mientras camina como una ciega con el cuerpo ennegrecido por el hollín, le reclama a Felipe que la abandonó. En esa desorientación ve una luz y oye una voz que la guían.

El pequeño Martín Velázquez de 6 años -el hijo de Néstor y Norma que quedó solo en el taxi mientras sus padres subieron al salón de ventas- siente un golpe de miedo cuando se apagan las luces del estacionamiento. Y al escuchar el eco de los estruendos, casi en estado de pánico, abre la puerta del auto y sale disparando hacia la calle Santísima Trinidad. Tiembla, se para en la estación de servicio de combustible de la esquina y ve que, tres o cuatro segundos después de que él salió, cierran la puerta corrediza de la entrada al estacionamiento.

Luis Cardozo está en el escalón de descanso de la otra escalera que conduce al estacionamiento. Para no caer en pánico, contiene su respiración, detiene sus atropellados pensamientos y se tranquiliza, en medio del llanto y los gritos de los demás. Ve cómo el humo golpea y hace temblar el vidrio que separa la escalera del estacionamiento. Un segundo golpe de humo también hace temblar el vidrio. El tercer choque frontal, éste ya de humo y llama, hace crujir el vidrio. Cardozo piensa que morirá. Tiene tiempo para encomendarse a Dios. Estalla el vidrio. Algunas de sus esquirlas se incrustan en su ojo izquierdo.  El carnicero cae boca abajo. Encima de él caen los demás.

Norma Benítez y Víctor Galeano, tendidos aún en el piso, debajo de cuerpos calcinados y aferrados a sus hijos, ven con cierta esperanza un haz de luz que entra por el techo y sienten que caen sobre ellos gruesas gotas de agua. Segundos después ven a un par de bomberos.

Después del incendio

Cinco horas y diez minutos después de que se desatara la marea de fuego que devoró el supermercado Ykua Bolaños, alrededor de las 16:30 de aquel domingo 1 de agosto, los bomberos trabajaban arduamente para rescatar los últimos cuerpos. Había humareda, pero todo el fuego se había extinguido. Uno de ellos encontró un montón al pie de la escalera para empleados que llevaba del salón de ventas al estacionamiento. De los jirones de ropas salía aún humo. Eran siete u ocho cuerpos húmedos y embadurnados de hollín. Todos estaban semidesnudos. Los bomberos los sacaron hasta la avenida Santísima Trinidad.

El último cuerpo evacuado de ese montón era el del carnicero Luis Cardozo. Como los demás, no daba signos de vida. Lo dieron por muerto. Era imposible que la mezcla de cianuro, ácido clorhídrico y monóxido de carbono no hicieran bien su trabajo en cinco horas: el tiempo que Cardozo estuvo en el vientre mismo del súper incendiado.

Su negro cuerpo envuelto en una manta fue depositado en la carrocería de una camioneta policial, junto con otros cuatro. Fueron trasladados al Hospital de Clínicas, ubicado entonces en el barrio Sajonia. Los cinco cuerpos fueron depositados, ya totalmente desnudos, sobre las camillas metálicas en la morgue. Un hombre de guardapolvo blanco limpió con parsimonía los cuerpos con espuma mojada en agua oxigenada. De los dedos gordos de sus pies colgaron unas pequeñas tarjetas con un número. Un sacerdote, asistido por una monja, bendijo a los muertos. El comisario que los llevó en la camioneta presenció el acto. De pronto, uno de los cuerpos soltó una honda expiración. Era el de Cardozo. Ocurrió alrededor de las 21:00 de aquel domingo. El comisario cargó con el cuerpo y lo subió, a las corridas, un piso más arriba. Cardozo quedó en manos de los médicos.

El ya ex empleado del supermercado fue dado de alta 15 días después de su internación, un 16 de agosto, completamente recuperado. Durante aquellas cinco horas los mortíferos gases afectaron su sistema respiratorio, sobre todo sus pulmones. Pero un golpe de azar hizo que cayera boca abajo y que sobre él cayeran otros cuerpos; esta posición evitó que el cianuro y el monóxido de carbono lo asfixiaran. Él, sin embargo, cree que fue obra de Dios a través de la Virgen Rosa Mística. Cardozo contó que una enfermera de pelo rubio y ojos azules, con quien habló, lo cuidó en el momento más crítico de su internación hospitalaria. El momento en que vomitó una masa gelatinosa y negra, el humo negro que se había alojado en sus pulmones y sus cuerdas vocales. Ella lo asistió con golpecitos en la espalda para que devolviera aquello y salvara su vida. Ella era, para él, la Virgen, pese a que los médicos le dijeron que sólo fue un desvarío, un efecto de los gases tóxicos que inhaló en el incendio.

Luis Cardozo con su esposa cuando aún estaba internado en el Hospital de Clínicas. Foto del diario impreso El Popular

Luis Cardozo con su esposa Edith Martínez cuando aún estaba internado en el Hospital de Clínicas. Foto del diario impreso El Popular

De los siete carniceros que aquel domingo fueron a trabajar con la resaca de alcohol de la noche anterior, cuatro murieron en el incendio. El carnicero Daniel Ruiz, el que había aprovechado la ausencia del guardia para entrar después de hora a trabajar, corrió de las llamas y entró en uno de los baños del salón de ventas. De allí nunca más salió.

Salvo algunos cuidados especiales que debe conceder a sus dos pulmones en días de invierno, Luis Cardozo vive hoy sin problemas de salud con su esposa y sus dos hijas en la ciudad de Limpio. Y, aunque al principio tuvo que vencer el miedo para volver a tomar la sierra y el cuchillo, trabaja como carnicero en un supermercado de Mariano Roque Alonso. “Es lo que sé hacer”, asume.

 

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Felipe Palacios fue rescatado por los bomberos cerca de las 11:50 de aquel día, aproximadamente 30 minutos después de que comenzara el incendio. Agonizaba. Había sufrido quemaduras de tercer grado profundas. Su carne y su piel eran blandas como gelatina. De su cuerpo brotaba grasa líquida. Lo sacaron con extremo cuidado. Una ambulancia lo trasladó al Hospital Central de IPS.

Palacios estuvo en coma profundo 15 días. Despertó el 16 de agosto del 2004 en una de las salas del IPS. Miró a su alrededor. No sabía dónde estaba. Posó su mirada en una imagen del Niño Jesús de Praga. El Niño Jesús estaba en un nicho colgado en la pared. Como en ese momento no recordaba qué le había pasado, se dijo que cualquiera haya sido el hecho ocurrido, esa imagen sería, a partir de ahí, su protectora. Y volvió a entrar en coma, esta vez inducido por los médicos. En ese lapso, los cirujanos le practicaron varias cirugías reconstructivas en todo el cuerpo,  especialmente en las manos y el rostro. También le practicaron varios injertos.

Doce días después, el 28 de agosto, volvió a despertar. En un descuido de las enfermeras, su esposa María Estela -quien también convalecía internada en una sala contigua a la de su marido en IPS- entró a la sala junto a él y le dio la noticia de que las tres hijas de ambos habían muerto en el incendio del supermercado.  Felipe Palacios no podía creer. Flotó en un vacío. Luego lo invadió una tristeza profunda. En ese momento pensó en quitarse la vida, “para acompañar a mis tres hijas…”. Pero rápidamente -según las palabras de Palacios-, Dios apaciguó ese pensamiento, que luego lo abandonó.

Palacios y su esposa María Estela fueron dados de alta médica el 21 de setiembre del 2004, 51 días después del incendio. Ese día volvieron a su casa del barrio Trinidad. Volvieron entre dos. El 1 de agosto habían salido de la casa entre cinco.

Sin que estuvieran sus padres,  el cuerpo de María Estefanía, la mayor, fue enterrada en el cementerio de La Recoleta el 4 de agosto, tres días después del incendio. El 6 y el 23 de octubre de aquel 2004 recibieron, en sendas urnas marrones, los restos de María del Carmen y María Estela. También los depositaron en Recoleta. Los Palacios visitan cada mes los restos de sus hijas en Recoleta.

Tras más de dos años de tratamiento y recuperación física y sicológica marcados por la penuria, Palacios y su esposa adoptaron como hijos a Iris Nathalia, en el 2006, y Matías de Jesús, en el 2008. Hoy tienen 13 y 10 años. Luego del incendió, él había pedido a Dios que, así como concedió al personaje bíblico llamado Job, le diera más hijos que las que perdió. Pero como no pudieron volver a engendrar, adoptaron.

Felipe y María Estela Palacios siguen viviendo en la misma casa donde vivieron con sus tres hijas fallecidas. Palacios dice que sus dos hijos adoptivos llenan el vacío, aunque no el lugar, que aquellas dejaron, y se siente satisfecho. Agradece a Dios, en quien -afirma- nunca dejó de creer.

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Norma Benítez, su esposo Néstor Velázquez y su hija Brenda fueron rescatados por los bomberos poco después de las 12:00 del domingo, más de 40 minutos después del inicio del incendio.

Ella y su hija sufrieron quemaduras e intoxicación leves de primer grado que no pusieron en riesgo sus vidas. Néstor, en cambio, sufrió profundas quemaduras internas provocadas por los gases calientes y tóxicos inhalados. Había tragado demasiado humo en los 40 minutos que estuvo en el incendio. Estaba muy grave.

Los tres fueron trasladados en distintas ambulancias al Hospital del Trauma. Norma siguió desesperada ante la incertidumbre. No sabía si su hijo Martín estaba vivo o muerto. Convaleciente en una de las camas del hospital, y dominada por la culpa de haber dejado solo a Martín en el estacionamiento, resolvió acabar  con su vida tirándose por la ventana del edificio si le informaban que su hijo estaba muerto.

Pero ya en la siesta de ese domingo, cerca de las 13:00, Martín había llegado a la casa de sus abuelos en el barrio Zeballos Cue. Lo ayudó una joven que lo encontró en la estación de servicios. En horas de la tarde, Norma recibió la noticia de que su hijo estaba vivo y sano.

Norma y Brenda fueron derivadas al Hospital Central del IPS el lunes 2 de agosto del 2004. La niña de un año salió de alta médica el 5 de agosto, sin secuela alguna. Norma salió el 7 de agosto. El día 9 del mismo mes falleció Néstor. No resistió las quemaduras y el envenenamiento de sus pulmones.

Norma Benítez volvió a casarse en el 2008. Todavía recuerda con dolor la muerte de Néstor. Da gracias a Dios porque éste estacionó su auto cerca de la salida del estacionamiento, permitiendo a Martín salir con vida del supermercado. Martín, hoy, es un joven alto y corpulento como su padre.  Brenda cumplió 15 este año.

A 14 años de aquel suceso, Norma cree que el rayo de luz que la alumbró, en medio del fuego y el humo, fue una intervención divina. No tiene duda de que así fue.

 

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Víctor Galeano y su hijo Santiago salieron del supermercado con la ayuda de los bomberos poco después de las 12:00, 40 minutos después del incendio. Su esposa María Antonia falleció calcinada. Víctor, tras una búsqueda desesperada, encontró su cuerpo en la madrugada del lunes 2 de agosto en el local del salón de baile Tropi Club, ubicado frente al supermercado. Él y su hijo solo sufrieron intoxicación y quemaduras leves. Víctor volvió a casarse. Santiago hoy tiene 17 años.

 

Fuentes: 

-Entrevistas a los siguientes sobrevivientes del incendio: Norma Benítez, Víctor Galeano, Mirtha Balmaceda, Alcides Giménez, María Estela Palacios, Felipe Palacios, Luis Cardozo, Miriam Flores y Gloria Morales.

-Entrevistas a los siguientes familiares de fallecidos: Aldo Gini, Porfiria Duarte, Carmen Rivarola y Roberto Almirón.

-Entrevistas a los bomberos Jorge Barreto, Ernesto Vera, y Enrique Ayala.

-Entrevista al abogado Ramón Sánchez, defensor de grupos de familiares de fallecidos y sobrevivientes del incendio.

-Entrevistas a los ingenieros Carlos Halke y Emilio González y al siquiátra y sicólogo Martín Moreno, quien asistió a los sobrevivientes.     

-Informe pericial sobre los incumplimientos de ordenanzas en la construcción de las obras del supermercado Ykua Bolaños elaborado por el ingeniero Jorge Galarza.

-Documento de la sentencia definitiva en la causa penal a Juan Pio Paiva y otros.

-Documento de la sentencia definitiva en la causa penal al arquitecto Bernado Ismachowiez.

-Documento de la causa penal a los funcionarios municipales Jorge Gamara y Jesús Giménez.  

-Trabajo de archivo sobre las publicaciones impresas de los diarios Abc Color y Ultima Hora de agosto del 2004. 

 

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