Ver un exterminio. Pablo Piovano muestra “El costo humano de los agrotóxicos” en El Cabildo

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Por Guillermo Saccomanno*

Hace días que intento escribir sobre estas fotos. Vuelvo a mirarlas una y otra vez. Las miro y pienso en Hiroshima. Las miro y pienso en Vietnam, allí donde los hombres estrenaron el napalm desfoliador. Tal vez pueda ya no importar quienes ahí nomás, en un escenario de dolor, se jugaron al captar esas imágenes a sus contemporáneos y a las generaciones venideras. Pareciera estar probado: la humanidad no aprendió demasiado de las escenas de horror. Las fotos de Pablo E. Piovano nos enfrentan ahora a otro horror, uno más cercano. Y también nos enfrentan a nosotros mismos. No hay inocencia que valga después de verlas. Doy vueltas en torno a sus fotos. No, no encuentro las palabras justas para expresar los sentimientos que me provocan sus fotos del exterminio causado por los agrotóxicos. Durante tres años Piovano exploró el centro, litoral y norte de Argentina. En total, más de 15.000 kilómetros. El resultado es espeluznante. Causa rabia y desolación, un vacío depredador, el de la absoluta desesperanza.

El costo humano001No obstante, me resisto al desaliento. Estas fotos me exigen sentir distinto. Entonces pienso que ésta es una de las tensiones que genera una auténtica obra de arte y me pregunto si las fotos de Pablo E. Piovano son arte o son denuncia. Como arte, de hecho se exponen en museos, galerías, integran catálogos, y desde el ámbito de las exposiciones trascienden la frivolidad. Porque, como denuncia, sus imágenes inspiran su recomendación de boca en boca. Por qué no pensar entonces que pertenecen a una misma clase de expresión creadora, la de un arte poco frecuente en estos tiempos de banalidad y espectáculo, un arte que nace de una necesidad de justicia, un arte que cumple esa función crítica que no ejercen los medios y, mucho menos, los políticos. Los estragos que produce el uso de agrotóxicos refieren, en efecto, un exterminio. El exterminio pormenorizado, en su intimidad se despliega, confidencial, en los retratos de los dañados que enfoca la cámara de Piovano con un respeto absoluto a la vez que una sinceridad conmovedora. Es que el tono elegido por Piovano, solidario con los seres afectados por la matanza, es un tono bajo, de sigilo, de entrar con la cámara como pidiendo permiso para no invadir el dolor de las víctimas. Intimidad, digo, porque la labor de Piovano no va por el lado del escándalo ni del golpe bajo.

El costo humano006Mientras observaba una y otra vez las fotos de Piovano me acordé de Don Mc Cullin, el fotógrafo británico de guerra. Mc Cullin contaba que en las situaciones de espanto más terribles hombres y mujeres, desesperados, como los personajes de Goya, miran el cielo invocando un socorro. En las fotos de Piovano nadie mira el cielo. Es que el cielo no les promete salvación. Del cielo proviene la muerte en los aviones fumigadores. Las fotos de Piovano tienen un aire goyesco. La deformidad de los seres reales remite a los sueños de la razón que, según Goya, engendran monstruos. La razón capitalista que persigue lucrar con la naturaleza, en efecto, ha creado esa chica deforme que gatea, o esos chicos con hidrocefalia y retraso mental.

Hay además otra consternación que disparan estas fotos. Lo que nos ponen frente a los ojos no es el resultado de un error, una consecuencia no prevista. No, este genocidio responde —como el uso de los desfoliadores en Vietnam— a una planificación. Lo que debe sorprendernos es que no fueron monstruos quienes urdieron el exterminio. Fueron hombres, de carne y hueso, padres de familia. Y los datos reunidos por universitarios y profesionales de la ciencia digna, son incontestables. Más de 13.000.000 de víctimas confirman la validez de la denuncia. Esta cifra corresponde a los habitantes del 60% del territorio cultivable del país donde se utilizan OGM (organismos genéticamente modificados). Solamente la soja ocupa casi dos tercios de la superficie cultivable extensiva. Pero los agrotóxicos se emplean también para maíz, algodón y papa entre otras semillas genéticamente modificadas, que precisan estos venenos para su desarrollo. SeEl costo humano003gún Greenpeace se habla del empleo de 300.000.000 de litros anuales. Se trata de un negocio que creció casi un 1000% en 20 años y mueve hoy más de 3.000.000.000 de dólares anuales. Están comprometidas entre 25 y 30 corporaciones nacionales e internacionales. Y acá una conclusión: lo menos que debería empujar la visión de estas fotos es hacia una política de estado que se haga cargo de las consecuencias del uso de agrotóxicos y castigue a los responsables de tamaño genocidio. Una pregunta que no es chicana: ¿qué le importan estas víctimas a quienes cotizan la soja en Wall Street? Sin embargo, las víctimas contribuyen desde su calvario a la cotización. Y aquí la desesperanza a la que aludía al comienzo de estas reflexiones. ¿Acaso el capitalismo se puede punir a sí mismo? ¿Acaso el capitalismo puede ser humano?

No debe sorprender —aunque era, es previsible— que la mayoría de los medios suelan bloquear la difusión de estas imágenes. No debe asombrar tampoco que los políticos, comprometidos en enjuagues con las empresas responsables de este crimen masivo, miren hacia otro lado. Demasiados intereses en juego. Y, como siempre, los enfermos de cáncer, los embarazos contaminados, las malformaciones, las familias sitiadas y aquellas que pugnan por huir sin lograrlo porque ya han sido alcanzadas por el mal, todos y cada uno de los seres vulnerados, digo, no integran registros oficiales. No los hay. Y tampoco es casual.

Pero, a pesar del silencio que impone el poder, el grito de alarma ha comenzado a expandirse a través de las redes sociales. La mecha y también el explosivo es el excelente trabajo de Piovano, un trabajo, cabe consignarlo, hechEl costo humano002o en soledad y a pulmón. Sin duda, hay un riguroso cuidado estético en sus fotos. La elaboración de cada imagen, aunque capturada in situ, apuntando a la espontaneidad, ese instante en que la revelación puede fugarse, tiene la fuerza del arte cuando se pone del lado de las víctimas, que suelen ser siempre los marginados, los que nos hacen sentir vergüenza y culpa a quienes cuando los vemos retratados en sus dramas pensamos en cuestiones como la función del arte. Sin embargo, hay una resistencia que puede formularse. Si nos ponemos del lado de las víctimas, empecemos a sumarnos a los miles que ya están difundiendo esta obra, reafirmándola en lo que es: un secreto a voces. El grito de alarma se propaga. No es un gran gesto, pueden decirme. Pero es bastante más de lo que pueden imaginarse.

*Nacido en 1948, en Buenos Aires, es un escritor y guionista de historieta argentino. Colaborador habitual del diario Página/12.

Pequeña Bio de Pablo Piovano

Pablo E. Piovano nació el 7 de Septiembre de 1981 en Buenos Aires, Argentina.

‏Desde de los 18 años se desempeña como fotografo documental especializado en temas de derechos humanos y medio ambiente.

‏Ha sido distinguido con números premios como el Henri Nanen Preis/ Alemania, Philip Jones Griffiths Foundation/Londres, Manuel Rivera Ortiz foundation/ New York, Sustainability Award for young photojournalism at the Lumix Festival in Hannover, Days Japan International photoEl costo humano007journalism, Festival Internacional de la imagen Mexico entre otros y nominado al Tim Hetherington Visionary Award, Infinity Award ICP, Prix Pictet Award and Magnum The Emergency Fund.

‏Recientemente fue nombrado como uno de los 6 talentos de America del Sur por World Press Photo en su programa 6×6 talent.

‏Su trabajo fue expuesto en Rencontres d’Arles, France, Festival de la fotografia ética. Lodi, Italy, Museo Centro-Centro de Cibeles, Madrid, Finnish Museum of Photography, Helsinki, Finland, Willy-Brandt-Haus. Berlin, Germany, Gallery 46. London, UK, Palais de Glace. Buenos Aires, Argentina, etc.

‏Es autor del libro “El costo humano de los agrotoxicos” publicado por Kherer Verlag/ Alemania 2017.

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