Una mirada revisionista de “Yo el Supremo”

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Por Osvaldo Vergara Bertiche*

Foto de Jesús Ruiz Nestosa

“Tienen los libros un destino, pero el destino no tiene ningún libro”. Augusto Roa Bastos

El destino – cuestión inexorable – afecta en lo esencial la condición humana. En la literatura es relevante toda vez que el personaje del que se trata se enfrenta con sectores de la sociedad o con algunos dioses y la pasión lo domina. He ahí la tragedia. Destino y tragedia se ensamblan para definir el sufrimiento del pueblo paraguayo.

Augusto Roa Bastos, en su novela Yo el Supremo, – considerada “obra cumbre” tanto de la novelística hispana del Siglo XX, como del autor – incursiona en la vida del Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, quién gobernara a nuestro hermano pueblo desde 1816 hasta 1840, luego de la Independencia del gobierno de España.

De Francia, Doctor en Jurisprudencia y en Cánones (carrera realizada en Córdoba, Argentina), mantenía relación con quienes, luego de la Revolución de Mayo decidieron el rechazo a la Junta de Buenos Aires.

En la reunión de Asunción, con carácter de Cabildo Abierto, sostiene la idea de proclamar inmediatamente la independencia del Paraguay, tanto de España como del Río de la Plata. Su moción no es apoyada y así participa de la insubordinación del 14 y 15 de Mayo de 1811, que llevaría de hecho a lo que había pregonado.

Designado Miembro de la Junta de Gobierno, negocia con Manuel Belgrano el “Tratado Confederal” entre Asunción y Buenos Aires; dicho tratado si bien llevó a la paz entre ambos gobiernos, no lograría la integración de los dos territorios en un solo estado.

Después de diversos avatares, el 30 de Mayo de 1816, de Francia es proclamado Dictador Perpetuo de la República.

Mientras tanto en las provincias argentinas nuestro caudillo federal José Gervasio de Artigas se enfrentaba al gobierno central porteño. Derrotados los argentinos orientales el Doctor Francia le concede asilo en la villa de Curuguaty, proveyéndolo de lo necesario para la actividad de productor agrícola, pero exigiéndole que se mantuviera alejado de toda actividad política.

La narrativa historicista de Roa Bastos se sumerge en el análisis profundo del poder. De cómo utilizar el poder y de cómo poder.

Mostrado el Doctor de Francia como un personaje autoritario y enigmático, de absoluta seriedad en algunos momentos y en otros, ciertamente sarcástico, no escapa al lector su patriotismo, la defensa de la soberanía nacional, la austeridad en el manejo de la cosa pública, el respeto por los campesinos e indios, la preocupación por el desarrollo de la música autóctona y las ideas renovadoras en cuanto al sistema educativo y en la creación del Catecismo Patrio Reformado. Intelectual y con signos de estadista avanzado, su mayor anhelo (al igual que San Martín y Bolívar) radicaba en la conformación de la Confederación de Estados Americanos.

Las circunstancias, le obligaron a cerrar las fronteras del país; porteños e imperialistas lusobrasileños pretendían anexar al Paraguay a sus designios.

Si bien Roa Bastos trata de comprender, según su perspectiva, su mirada, lo que considera motivaciones y arbitrariedades dictatoriales del Supremo, – redacta excelentemente y expone los hechos acontecidos con maestría – introduce el concepto de “conflicto de personalidad” y “delirio de persecución” como detonantes del accionar del gobernante.

Al decir el personaje, “No me he elegido yo. Me ha elegido la mayoría de nuestros conciudadanos. Yo mismo no podría elegirme. ¿Podría alguien reemplazarme en la muerte? Del mismo modo que nadie podría reemplazarme en la vida. Aunque tuviera un hijo no podría reemplazarme, heredarme. Mi dinastía comienza y acaba en mí en YO-Él. La soberanía, el poder, de que nos hallamos investidos volverán al pueblo al cual pertenecen de manera imperecedera…”, es el reconocimiento tácito a que los liderazgos “no se heredan, se construyen”.

Manifestar que “El norte de la Revolución Paraguaya es labrar la felicidad del suelo natal, o sepultarnos entre sus escombros” fue premonitorio, ya que, la derrota en la Guerra de la Triple Alianza, en 1870, no sólo dejó ruinas sino también el desastre demográfico por la muerte de casi la totalidad de la población masculina.

Ahora bien, teniendo en cuenta el ensayo de Richard Parra Ortíz – Pontificia Universidad Católica del Perú – al observar que uno de los aspectos renovadores de la esta novela “es la profunda reflexión que sobre la escritura pone de manifiesto, rechaza la escritura, por considerarla un sistema ineficiente, pero, al mismo tiempo, asume esa limitación y produce una crítica del sistema literario de su época”, agregando que el “propósito es doble: por un lado, el rechazo de la escritura constituye la base de su poder absoluto, puesto que ayuda a afirmar la idea de que El Supremo es el único sujeto capaz de hablar y ejercer el habla y la escritura; por otro lado, este discurso es visto como necesario en la perspectiva de luchar contra el criollismo por la soberanía del Paraguay y por el rescate de las culturas guaraníes ”, siendo El Supremo “profundamente escéptico de la eficiencia de la escritura; por ello, subraya frecuentemente la diferencia irreconciliable entre el lenguaje escrito y el oral, afirmando que estas son dos lenguas diferentes”.

Desde nuestra óptica esta cuestión es de suma importancia ya que como lo señala Ángel Rama en “La Ciudad Letrada”, en el marco colonizador, la escritura sirvió como instrumento de dominación cultural. La primacía dada por El Supremo a las tradiciones orales tiene que ver con su posición política y social concreta. Pero ese rechazo de la escritura no es profundo: “en el fondo cree que tras la oralidad yace un orden escritural”.

Augusto Roa Bastos ha dejado en esta obra un inmenso material para el análisis y por qué no para el debate. Preguntémonos si el gran escritor paraguayo no sólo confronta con De Francia, o también con Alfredo Stroessner, que le obligara al exilio en 1947

*  Fué vicepresidente del ex Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”

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