Un viaje en bus desde Brighton hasta los maestros de la guitarra paraguaya

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Luego de su trilogía dedicada casi íntegramente a la música paraguaya, el guitarrista inglés Richard Durrant presenta un libro con fragmentos biográficos, fotografías y partituras de Agustín Barrios, Quirino Báez Allende, Felipe Sosa, Juan Adolfo Duarte y Kike Pedersen.

Por Paulo César López

The Number 26 Bus to Paraguay se titula el periplo musical de Richard Durrant, lanzado en octubre de 2016, que reúne pasajes biográficos, fotografías y partituras de cinco músicos paraguayos. El compilador también presenta obras de su autoría en las que los cultores de la guitarra clásica nacional han dejado impresa su huella. En nuestro medio solo circulan unos pocos ejemplares de gentileza en inglés y aún no ha sido editado en castellano.

El nombre del opúsculo homenajea a la línea en la que desde niño hacía el trayecto de su apartamento en las afueras de Brighton, al sur de Inglaterra y a una hora de Londres, rumbo a sus clases de guitarra en Waterloo Street, Hove. En esos viajes durante varios años contempló el paso de las estaciones poseído por el hechizo de Agustín Barrios y el lejano y mítico Paraguay  que construía en su imaginación.

Sus sueños de músico a tiempo completo se forjaron bajo el influjo mangoreano, entre ensayos y su grabación preferida flotando en el aire del piso donde vivía, Barrios interpretado por el venezolano Alirio Díaz, fallecido en julio de 2016 pocos meses antes de cumplir 93 años.  A inicios de 2011, mientras trabajaba en unas grabaciones y resistía la tentación de ir a pescar, sonó el teléfono. Al otro lado del tubo un hombre con marcado acento sudamericano le preguntó si quería viajar al Paraguay. No pudo decir más que “OK”.

Las crónicas del viajero nos ofrecen unas páginas llenas de colores y la revelación de que entre los músicos que conoció en nuestro país lo sorprendió especialmente Juan Adolfo Duarte, nacido en Asunción en 1984. Durrant asegura que la obra de Duarte le cambió la vida. Se conocieron en 2012 en la casa de otro devoto mangoreano, el compositor y maestro caazapeño Felipe Sosa.

“En un oscuro rincón del cuarto de Felipe, divisé una misteriosa figura sosteniendo la guitarra. Era Juan Duarte. Todavía en las sombras Juan empezó a tocar su nueva pieza: Panambi raity y supe que mi vida había cambiado. Él era tan original, efusivo y colorido que, hasta entonces, solo había escuchado algo semejante en el trabajo de Agustín Barrios. Juan Duarte, humilde y de hablar bajo, estaba tejiendo la misma magia que con Felipe me indicaron, a través de su música, que volvería al Paraguay muchas veces”, escribe Durrant en un estilo coloquial que invita al lector a un diálogo íntimo.

La mayor parte de su vida se figuró una tierra mitológica en la que, por fin, puso los pies en abril de 2011, dominado por el afán de encontrarse con Barrios. Del aeropuerto se dirigió a la casa de Felipe, quien tras recibirlo se puso a tocar Villa Alondra. Mientras lo escuchaba, el arribeño quedó convencido de que su estadía no sería solo por Barrios. El amor al oficio construyó entre ambos un mutuo entendimiento a pesar del inmenso mar y las palabras no dichas.

En su cuaderno de viajero titulado The Number 26 Bus to Paraguay, Durrant nos cuenta las peripecias de su travesía a las tierras de Mangoré.

En su cuaderno de viajero titulado The Number 26 Bus to Paraguay, Durrant nos cuenta las peripecias de su travesía rumbo a las tierras de Mangoré.

 

La trilogía

En el curso de este trayecto Durrant ha dedicado casi íntegramente una trilogía a la música paraguaya. El primero y más importante para el autor, The Number 26 Bus to Paraguay, rinde tributo a sus piezas favoritas de Mangoré: Cueca, Mazurka Apasionata, Danza Paraguaya, Aire de Zamba, Maxixe, Un sueño en la Floresta, Minuet, Gavota al estilo antiguo, Aconquija, Villancico de Navidad y un reprise de la Danza.

La serie continúa con “Hijo de Hombre”, que entre el acervo de Barrios incluye el Vals Opus ocho, No. 4, los tres movimientos de la Catedral (Saudade, Andante Religioso y Allegro Solemne) y Una limosna por el amor de Dios. La selección se completa con Gato Polkeado, Tarentelle y Florinda de Quirino Báez Allende; Villa Alondra de Felipe Sosa; Newcastle to Peterborough/Neike Javy’a y Cacique Jeroky de Kike Pedersen, además de una obra propia, Apretón de Manos.

Sobre esta última narra un episodio en que se entremezclan la ficción y lo onírico. En aquella primera visita Durrant dictó una conferencia y ofreció una audición en el Hotel del Lago de San Bernardino, hospedaje y escenario de memorables conciertos de Barrios en los años veinte. Allí conoció a dos estudiosos del guitarrista misionero, el biógrafo e intérprete norteamericano Richard Stover y el historiador norteamericano de origen paraguayo Carlos Salcedo.

Pero había alguien más en el lugar. Podía sentir la presencia de Nitsuga. En medio de la noche Durrant despierta, se levanta y baja las escaleras hacia el bar convencido de que se encontraría con ese great man, según sus propias palabras, y a quien tenía tantas preguntas que hacer. Pero el bar estaba vacío y cayó en la cuenta de que llegó ochenta años tarde. A la mañana siguiente el frustrado encuentro le hizo escribir una breve pieza musical, Apretón de Manos, cuyo manuscrito original dejó en una vitrina del hotel en caso de que Barrios volviera a pasar por allí.

La propagación de las cuerdas

Resulta especialmente destacable el valor divulgativo de la publicación puesto que, además de difundir las obras de los jóvenes Duarte y Pedersen, rescata al olvidado Quirino, hijo del intelectual y expresidente liberal Cecilio Báez. Hacia los años treinta, Báez Allende se consolidó como uno de los mejores guitarristas de la región haciendo escala en varios países. En 1950 emprendió su retorno y se dedicó fundamentalmente a la enseñanza del instrumento. A su muerte, acaecida en 1963, siguió un largo silencio hasta que en 2012 una sobrina nieta, Leticia Báez, publicó un libro con su biografía y obras, “Quirino Báez Allende. Sonidos y Alma entre cuerdas”.

Durrant añade unas notas y un pasaje extra en la primera parte del final de Tarantelle. La afición por la velocidad deja su impronta en todas sus ejecuciones. Duarte reconoce que nunca disfrutó tanto de sus obras como al escucharlas versionadas por el intérprete británico, que en los conciertos acostumbra a subir pynandi al escenario como si también tocara con los dedos de los pies.

Tres solos de guitarra de Duarte integran The Girl at the Airport: Panambi raity, Soliloquio y Romanza di un sole. Durrant afirma que este último fue un pedido especial al compositor compatriota a fin de hacer un espacio entre los destellos de virtuosismo y jazziness. El disco está dedicado a las víctimas del desastre de Shoreham airshow, ocurrido el 22 de agosto de 2015 cuando durante una exhibición aérea un cazabombardero se estrelló en una zona urbana.

El álbum incluye además Jha che Valle de Barrios, Our man in Asuncion –variaciones de Madrigal Gavota con arreglos de Beto Barsotti–, Recuerdos de Ypacaraí de Demetrio Ortiz; Vuelo de Luciérnagas, Melodía para Rosemary y Margaret de Kike Pedersen; El Cóndor Pasa de Daniel Alomía Robles y de su autoría nos ofrece The Girl at the Airport 1 y 2, Night Flight to Lima y La Isla del Paraguay.

Respecto a esta última composición explica que fue concebida durante un encuentro en el que, un tanto perdido en la conversación sentado a la mesa de un tradicional bar de la calle Palma, su mente se puso a flotar entre notas musicales. Extraviado entre palabras que le resultaban apenas comprensibles se dejó llevar por el exotismo y el lirismo del guaraní y el español para convertir en música esos sonidos cuyos conceptos se le escurrían.

Un encuentro prolongado por los raudales

De su paso por Arpa Róga resalta la amistad entablada con Crystóbal y Kike Pedersen. De este ofrece dos interpretaciones en guitarra de las composiciones para arpa Melodía para Rosemary y Margaret, y Newcastle to Peterborough. Una tormenta prolongó su estancia en los salones de la academia ante los raudales que disuadían cualquier tentativa de aventurarse por las calles.  A manera de un presente versiona estas obras para arpa con varias guitarras, ukeleles, doble bajo, percusión y sintetizadores.

“Como la mayoría de las grandes obras, hay varias maneras de tocar una pieza si la abordamos con amor y respeto”, acota. En cada interpretación Durrant se entrega a sus propias vivencias y en las presentaciones en vivo no lee las partituras. Al menos así fue en la ocasión en que me tocó verlo a fines de 2013, su última visita al Paraguay.

Voy por las últimas páginas del libro mientras espero el bus en plena hora pico sobre Mariscal López. Una Línea 26 se detiene en el semáforo. En el cartel se lee Acceso Sur. Ante el despliegue de tantos asientos desocupados no pude evitar la tentación de subir urgido por la necesidad de esbozar las primeras líneas de esta reseña. Ni siquiera atino a preguntar qué parte de Acceso Sur. Entre vueltas y vueltas, muy lejos de mi destino, deambulé tantos kilómetros que por un momento se me hizo que estaba llegando a Brighton.

 

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