Un hermoso regalo

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Este cuento resultó ganador del tradicional concurso “Jorge Ritter” de la Cooperativa de Profesionales de la Salud, Coomecipar Ltda. en la categoría adultos y fue generosamente cedido por la autora para el Suplemento Cultural El Baldío.

Por Mirna Robles Armoa

Aquella noche estaba yo con Pedro el cantor. Fue un verano cargado de placeres y aventuras. Nos veíamos todos los días, de tarde, de noche… Me gustaba coger con él, así que en el tiempo que se podría decir que fui su amante mi pasión fue entera para su cuerpo.

Siempre fui bastante cursilera en cuanto a la relación entre el sexo y el amor se refiere, entre el placer del orgasmo (o la búsqueda de…) y el placer de la compañía del otro como complemento. Sé que hay quien dice por ahí, a los cuates esos que le orbitan alrededor como moscas al pan envuelto, que soy una ninfómana, pero hasta ahora no entiendo en base a qué cuento o verdad lo supone. Precisamente Él. Me causa risa. Un tipo puede tener más de veinte mujeres y en el peor o el más inofensivo de los casos es un chistoso mujeriego, un picaflor, en tanto su integridad sexual, de ser humano que merece coger y que lo hace con placer nunca queda enturbiada por el reproche moral. No existe la culpa sexual para el varón. Pero nosotras, no, no tenemos derecho a buscar placer sexual como cualquier otro animal sobre esta tierra. Es como si naciésemos destinadas para una sola pija, con el identificador tatuado en la frente, como un código de barra, un código de seguridad. Si una coge con más de un tipo, no es más que una putita. Y los persons, ¿qué? Bajo los mismos parámetros son más prostitutos que cualquiera…

Este es el caso. Jamás estuve con dos tipos a la vez, porque todas las veces que cogí lo hice por el doble placer, el del cuerpo que busca el orgasmo y del espíritu que busca el bienestar. Eso sí, no existe razón por la cual no se pueda disfrutar de los dos placeres con más de un tipo a la vez, y no me parece malo, pero simplemente no se da conmigo. Seré muy conservadora, no lo sé. Penosamente, para mí, no soy capaz de sostener una relación convencional. Es probable que tenga alguna falla en mi desarrollo emocional, como me lo señalara alguien en algún momento, la inexistencia de una figura masculina en mi niñez y ese tipo de patrañas, en un país donde hay millones de madres solteras con hijas que no tienen el menor problema en sostener una relación de pareja. Sencillamente no le encuentro gracia a los rituales gastados de la compañía. En suma, no tuve relaciones que duraran más de dos semanas, si es que en ese tiempo se puede dar una relación. Como no asimilé nunca los rituales clásicos, y tampoco fui capaz de reinventar formas de demostrar eso que yo llamo deseo de compartir y que por lo común llaman amor, todo acababa en el más atroz de los silencios. Sin explicaciones, sin preguntas. Sin confesiones, ni llantos, ni reproches. Así dicho, hasta parece fácil.

Estuve con más de quince tipos en dos años y medio y a cada uno lo amé como sólo el amor sincero puede, de un modo sin igual a cada cual. Cada amor, lo que es decir cada uno de mis varones, tuvo su propio sabor, un olor característico, palabras que lo describen. Y cada separación me dolió también de manera única, igualándose sólo en lo rotundo del sentimiento, la aspereza de reconocerse incapaz de enamorar.

Sin embargo, ese verano con el cantor rompió mis propias barreras. Estábamos a gusto. Nos extrañábamos, nos buscábamos. A mí me divertían con frecuencia sus ocurrencias. Se notaba que a él le gustaba descubrirme, ir desgranándome como a una espiga hasta que sobrara no más que la desnudez de mi centro, y la desnudez de su cuerpo y el mío, como la máxima confesión de nuestro afán desmesurado en querernos, sin importar lo que dijera el resto.

Fue una de esas noches cuando Él reapareció. Yo estaba con Pedro el cantor, ya lo dije. Habíamos salido de una fiesta que nos resultó corta y llevábamos andadas unas cuantas calles, parando de tanto en tanto en alguna esquina sombría para morrearnos un poquito. Así, de vuelta y vuelta por la Sajonia nocturna, caímos frente a aquel dispensario de bebidas, de esos que por pura tradición llaman copetín y que abundan en la ciudad. Ellos estaban allí, sentados en plena calle, obstruyendo el paso con sus asientos. Él, con ellos. Traíamos unas cuantas cervezas encima, de modo que nos unimos al grupo. El soldado y Él se turnaban con la guitarra, intercalando repertorios. El flaco y yo sólo observábamos calladamente y le dábamos con todo al trago. Mi cantor también le hizo a una o dos canciones.

Fue así, nomás, no tuve tiempo de buscar ni un punto de control sobre la inminencia de su presencia. El hecho se me vino encima. Caí, enterita y nuevamente, en su irremediable seducción.

Llevaba meses sin verlo, sin pensarlo, sin soñarlo. Se había disipado en algo más informe que el recuerdo, porque no lo recordaba, y lo que yo creía olvido y que resultó ser evasión, mantenía mi corazón en paz, mis nervios sosegados.

No pude evitarlo. Mi cantor me hablaba y de rato en rato profería sus payasadas de rutina. Yo fingía escucharlo, y reía sin más, pero mi atención estaba entera sobre Él.

Todas las veces que reaparece es igual. Me colapso en un shock funcional. Se me interrumpe toda actitud racional, las palabras huyen de mí, el cuerpo se me rebela y no domino el movimiento o la quietud de mis partes. Me transformo en una completa idiota.

Con todo, esta vez la fascinación rebasó las anteriores y variadas formas de verme desprevenida y de caer acorralada en su energía, como un pececito manso chocando sin remedio contra los hilos de una red. Sentados allí, bajo el cielo negro y el fresco de la madrugada, con ese aroma a antiguo entremezclado con lo nuevo, tan presente en Sajonia siempre, quedé saturada sin aviso de la fuerza de su encanto.

Su voz penetraba en mí, se abría paso entre la cerveza que caía a borbotones en medio de mis tráqueas, me retumbaba adentro como en una caja acústica. Su voz bailaba en el aire con el viento, se elevaba a la altura de la noche. Su voz.

Veía sus manos delgadas, sus dedos tañendo las cuerdas, sus labios finos modulando canciones, extendiéndose sonoras en una risa, frunciéndose en un gesto, sus rulos colgándole sobre el cuello.

Cada gramo de su cuerpo destilaba seducción.

El cantor a mi lado no me molestaba. Era mi compañero, lo quería, estábamos juntos. Pero fue esa noche, más que en cualquier otra aparición, que sentí (más que comprendí) que nunca tuve la menor posibilidad de controlar o de evitar aquello que Él encendía en mí con tan sólo verlo. Existe, creo, una extraña fuerza universal, presente en todos, pero inadvertido ante nuestro intento de gobernar el mundo por la razón. Él es mi centro de gravitación en esa energía universal. Hay un punto de conexión que nos une, y que está más allá de nuestro dominio. No hay forma de explicarlo claramente ni de entenderlo cabalmente. Es algo que se sabe que es porque se siente. Y no existe verdad más verdadera que la avalada por el sentimiento. La razón puede mentir, pero el sentimiento, no.

Lo sentí simple y frágil, como se figura uno aquello que es hermoso, como presiente uno aquello que ama.

Y tuvo que cantar, el hijo de puta.

Toda su magia, todo su encanto, revueltos ante mí, retando a mi consciencia. Estaba hechizada.

Y cantó esa canción, tuvo que cantar esa canción.

altura que se eleva hacia lo humano

donde la estrella sabe que es el signo…

Yo, sabiéndome toda la letra, y más muda que una piedra.

Él no lo sabía, pero me estaba tocando el alma. Me daba el regalo más hermoso que recuerde hasta que pudiera tal vez soñarlo de vuelta, o besarlo y meter mis dedos entre sus rulos.

Luego nos fuimos, el cantor y yo por un lado, ellos tres por el otro. Antes de partir aún Él se dio tiempo de hablarme. Gritándome de lejos mientras nos separábamos me dijo: ‘tendrías que venir con nosotros, pero entiendo, tal vez un día aprendas lo que significa vivir de verdad’. Yo no hice más que levantarle el dedo del medio. No se esperaba eso, el fanfarrón.

Seguimos con el cantor, morreándonos otro tanto en esquinas umbrías y ante puertas desoladas que negaban el paso a los transeúntes nostálgicos de la noche. En una de las esquinas le confesé al oído mi pasión, mi desazón, mi desvarío, por el otro, el que se iba. Me miró y, sonriente de sorpresa, me dijo ‘la niña está enamorada’. Se aferró a mí y avanzamos el paso. Esa noche no cogimos. Fue un hermoso regalo.

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