Terapia Intensiva

No hay comentarios
Por Eulo García
Ilustración de Charles Da Ponte
 Terapia:Da Ponte
¡Mario! ¡Mario! ¡Venga pues, le estoy llamando! ¡Mario! Dónde se habrá metido ese desgraciado, siempre desaparece cuando más lo necesito, y después aparece cuando termino por resolverlo todo yo otra vez. Desgraciado. Conste que sin mí, él estaría vendiendo diarios afuera del Palacio de Justicia; o estaría tirado, borracho, sobre el barro de un rancho de mala muerte. Sin mí, él no hubiese sido nada, y ahora que lo necesito ha de estar durmiendo en algún prostíbulo chuchi con dos putas de la high, a las que pagará con la plata que no tendría si yo no le hubiese dado la oportunidad que le di. Él y todos esos badulaques que juraron defenderme hasta las últimas consecuencias. Manga de desagradecidos. Inútiles. Pensaron que me iban a sacar del gobierno así nomás. A mí. Yo que peleé en el Chaco. Esos miserables no saben lo que es la guerra. Cobardes. No saben lo que es tener que luchar contra todos y contra todo. Comunistas son. Comunistas de mierda. No saben nada. Pero tuvieron su merecido. Todos. Desde aquel sargento de mi batallón hasta el último de los comunistas, apátridas ciegos de las ideologías del mal, renegados de Dios y de nuestra Santa Iglesia. De no haber sido por mí, esos monstruos se habrían apoderado de este país y nos habrían aislado de toda posibilidad de paz y progreso, habrían matado de hambre a nuestro pueblo y nuestro glorioso Partido habría perecido.

Esa hubiese sido la peor de todas las dictaduras posibles de las que tanto hablan esos intelectuales molestosos, esos que se pasan repitiendo todo lo que leyeron en libros de autores generalmente extranjeros. Parásitos. Se creen los únicos inteligentes y los más grandes demócratas, pero en realidad no saben nada. Ya los quiero ver hablando de derechos humanos en una comisaría de Alto Paraná, cuando quisieron entrar esos guerrilleros del 14 de Mayo, allá por fines de los 50. Habrase visto, ponerle como nombre a su grupo terrorista la fecha de nuestra soberana independencia. ¡Nuestros héroes también los habrían fusilado por traición a la patria, como debe ser! Por suerte me adelanté a esos guerrilleros y mandé a mi mejor general para que les diera su merecido. Tuvo suerte este país de que me haya dado cuenta a tiempo de lo que pretendían hacer esos degenerados blasfemos. Menos mal que los yanquis reconocieron mi predisposición para que triunfe la democracia en est

Terapia 1a parte del continente. Democracia sin comunismo, por supuesto, porque el comunismo es cualquier cosa menos democracia; y yo les di democracia, paz, progreso y seguridad a todos quienes querían trabajar tranquilamente, como corresponde, en el campo o en la ciudad, sin que algún barbudo venga a querer hablarnos de revolución. Esos no son paraguayos. Paraguayos son solo los buenos correligionarios que saben valorar y reconocer mi legado dentro del Partido y mi gestión como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, líder indiscutido de nuestra asociación partidaria y presidente de la República. A ellos dediqué siempre mi esfuerzo. ¿Dónde están en este momento? ¿Por qué será que no los veo a mi lado ahora que por primera vez necesito de alguien? Alguno deberá venir a reconocer mi trabajo incansable por la prosperidad de sus familias. Si yo les puse todo. Les di las mejores tierras, construí caminos, hospitales, hidroeléctricas, permití que hicieran los negocios que quisieron para asegurarme su lealtad, incluso los casé con mujeres hermosas. Y a pesar de todo, cada cierto tiempo aparecían nuevas aves de carroña vociferando su trasnochado discurso de odio de clase, de supuesta libertad, de revolución. Detesto esa palabra tanto como a cada uno de los que se regodean en ella. Ya lo dije, son todos unos comunistas de mierda que solo ansían la destrucción de nuestra patria. ¿Para qué se meten en donde no se les llama? ¿Olvidaron acaso que yo asumí la obligación de velar por la paz en este país? Me pregunto qué habría hecho cada uno de mis compatriotas de haber estado en mi lugar. Estoy seguro de que me comprenderían. No tengo dudas de que intentarían actuar con la misma rapidez, firmeza y patriotismo con que actué cada vez que tuve que hacerlo. Estoy absolutamente seguro, habrían hecho lo mismo que yo. Lo sé. Porque yo fui el único de mi generación que supo entender la necesidad de nuestra gente y la fatalidad de nuestra historia. Esa es la única fórmula para permanecer durante tanto tiempo en el poder. Que aprendan quienes quieran, y los que no, que se atengan a las consecuencias. Siempre fue así y lo seguirá siendo. Hay que tener visión, practicidad y firmeza. Pero también hay que ser despierto e inteligente para oler la traición hasta en el sueño. Yo los descubrí hasta en la sopa. Una sola vez dejé pasar esa advertencia y no me lo perdonaré ni en mi muerte, como menos perdonaré a los que se atrevieron a morder la mano que los alimentaba. Pero sobreviví a ellos. Me habrán sacado del lugar que me pertenecía, pero permanecí en el credo, en los modos y en los miedos de nuestra gente. Eso es algo que no podrán lograr ni cientos de esos nuevos mercenarios de la política y de los negocios. No conocen la palabra agradecimiento, ni lo que significa. Al menos mi familia y mis amigos inquebrantables saben de lo que estoy hablando. Nunca pensé que esto del hospital sería lo más cercano a lo que se dice “tristeza”. Nunca la había sentido; a decir verdad, nunca he tenido motivos para sentirla. Nunca. Siempre obtuve lo que quise, y cuando se tiene lo que se quiere es imposible que uno sienta tristeza. Aunque tampoco sabría decirles qué es la felicidad. Mis adeptos dicen que durante mi gobierno fueron felices pero no lo sabían. Hoy dicen darse cuenta de mi esfuerzo, pero muy pocos saben lo que era este país antes de que yo asumiera la responsabilidad de llevar adelante las riendas de la patria y entregara mi vida para reconstruirla nuevamente, con el espíritu guía del Centauro de Ybycuí, quien nos enseñó a hacer las cosas como se tienen que hacer, cuando se tienen que hacer y con quienes se tienen que hacer. Gran sabio el inigualable general. Pero este es un país de desagradecidos, de interesados traicioneros que cuando les mostrás dinero te adoran como a un dios, pero si caés en desgracia te niegan hasta el saludo y se pasan diciendo a los cuatro vientos que no te conocen, que nunca estuvieron de acuerdo con lo que hacías y, lo que es peor, se hacen pasar por comunistas que se enfrentaron al poder. Mierdas. Todos mierdas que no sirven ni para comunistas, porque los comunistas al menos eran testarudos y sostenían su palabra, ellos sí, hasta las últimas consecuencias. Por eso había que matarlos, porque no solo no se callaban sino que se emperraban hasta lo último en su posición beligerante. Lástima por ellos, pero yo no les tengo ni la más mínima compasión. De haber triunfado en alguno de sus atentados, o en alguna de sus muchas conspiraciones en mi contra, de seguro hubiesen hecho conmigo lo mismo que yo hice con ellos, así es que no tengo de qué arrepentirme.

Pero ahora no sé cuánto tiempo hace que estoy aquí, postrado en esta cama de hospital. Desde que me dijeron que tenían que operarme volví a recordar todo lo que hice por la patria. Todo. Varias veces ya vinieron a buscarme todos esos contra quienes tuve que actuar. No dicen nada, aparecen de repente pero no dicen nada. Se paran en la punta de la cama y me observan con una inexpresividad que no conozco. Yo les digo que no les temo, que se atengan a las consecuencias, que conmigo no se juega, que ya saben lo que les espera una vez que me levante de aquí y los persiga hasta sus casas. Les grito: ¡fuera de aquí, apátridas miserables!, pero se quedan como si no les importara que el que les esté g

Terapia 2

ritando sea yo. Pareciera que se olvidan que he vencido siempre ante su odio malsano y corroído por sus libros. Han venido cientos ya, y tal vez hasta hayan sido miles. Vienen mujeres con niños en sus brazos, jóvenes imberbes con camisas desgarradas, adultos despeinados con el rostro hinchado, y hasta ancianos misteriosos con el rostro curtido de arrugas y moretones que se agrandan como el silencio. Hay mucho silencio aquí, y más aún cuan

do empiezan a venir. Yo no les temo porque sé que están muertos, pero cada vez que vienen me mantengo inmóvil para despistarlos. Me quedo quieto porque sus rostros parecen querer algo que no conozco o que no quiero. Y este imbécil de Mario que no viene. Dónde carajos se mete cuando lo necesito. Ahí empieza nuevamente. Vienen como si fuese en caravana. ¿Por qué son tantos en esta ocasión? ¿Dónde están mis defensores cuando los necesito? ¿Por qué ríen si saben que no les temo y que me los cargaré implacablemente una vez que me levante? ¿Qué hacen? No, esperen, no me pueden agarrar, soy yo quien los agarrará a ustedes. ¡Déjenme en paz en este sueño! ¡No pueden llevarme, los haré arrestar! ¿Quieren que se les torture? ¿Quieren morir de nuevo? Ahora vienen todos al mismo tiempo y cambian la inexpresividad de sus rostros por una carcajada aterradora. ¡Callen, terroristas! ¿Qué no ven que estoy enfermo? ¡Déjenme aquí con mi silencio! ¡No pueden tocarme, está prohibido! ¡Ustedes están muertos, no pueden llevarme! ¡Mario! ¡No pueden llevarme! ¡Están muertos! ¡Mario! ¡Dónde estás cuando te necesito! ¡Dónde están todos! ¡Mario! ¡Mario…!

Comentarios