Siempre habrá otro viernes

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El escritor argentino Juan Forn anunció que ya no escribirá sus tradicionales contratapas publicadas los viernes en el diario Página 12.

Por Paulo César López

Hace varios viernes vivo la desazón de no encontrarme con las contratapas de Forn. Tras varias semanas de su ausencia, intenté comunicarme con él, pues lo primero que pensé es en su salud.

Unas noches atrás, poseído nuevamente por el fantasma del insomnio, me puse a buscar sus artículos viejos y me encontré con uno titulado precisamente “Remedio contra el insomnio”. Man Ray, luego de probar todo tipo de somníferos, logró conciliar el sueño siguiendo el consejo del periodista y explorador norteamericano William Seabrook, quien  había escrito sobre rituales caníbales que había presenciado en sus expediciones al África. Para demostrar la veracidad de sus dichos había ofrecido a sus comensales surrealistas carne humana cocinada por él mismo. Su recomendación fue que duerma con una pistola cargada debajo de la almohada. El artificio surtió efecto y a modo de agradecimiento Man Ray ofreció retratarlo. En ese apartamento de París de los años treinta sucedieron muchas otras cosas extrañas.

Si en sus contratapas Forn se dedica a contarnos la historia de otros, sus novelas son esencialmente autobiográficas. En “María Domecq” relata sus dos fulminantes comas y la cercanía con que contempló el rostro de la muerte luego de años viviendo el vértigo de la Buenos Aires de los noventa. Esta breve pero maratónica novela transita desde una extraña fabulación sobre la ópera Madame Butterfly de Giacomo Puccini, la semana trágica de 1919, la bomba atómica de Nagasaky, la Guerra del Paraguay y una comunidad utopista del Brasil.

Finalmente disuadido por el último de sus “cracks”, abandonó la capital argentina. Su  proceso de recuperación consistió en adoptar una vida sosegada cerca del mar en Villa Gesell, al Este de la provincia de Buenos Aires. Su médico, tras ocho minutos de detenerse a examinarlo antes de proseguir su recorrido, diagnosticó que, a diferencia del 95% de los demás casos, su pancreatitis no había sido causada ni por piedras en la vesícula, ni por el alcohol ni por la cocaína, sino por el estrés. El alejamiento de la vida de excesos también lo condujo a alejarse de la ficción y se decidió por contar vidas reales de otros.

Una vez escribí un relato en su homenaje, que cinco años después puedo decir que es un cuento muy malo (hablo del mío, por supuesto). Considero que Forn lo valoró porque cayó en la cuenta de que yo había entendido el trasfondo de la historia y que, más aún, la había vivido. “Gracias loquito”, fue su respuesta. Ese cuento era un tributo homónimo a “El karma de ciertas chicas”, incluido en su libro “Nadar de noche”. El cuento que da título y cierra el volumen narra un encuentro con su padre, al borde de una piscina de una casa prestada, cuatro años después de su muerte.

Siguiendo con mi búsqueda, encontré una nota de Infobae firmada por Hinde Pomeraniec. En la entrevista Forn afirma que ya son suficientes los ocho años de contar la vida de otros semanalmente, con sus intervalos, y que iniciaría una nueva etapa con el proyecto editorial Rara Avis. En este apuesta a una iniciativa independiente en que el editor lo hace todo sin delegar nada a los procesos tecnificados, cuyo producto final es casi siempre esa cosa extraña, ese trabajo que no es nuestro y que una mañana, tras despertar de un sueño inquieto, puede sorprendernos convertidos en insectos. (¿Acaso es necesario nombrar de quién es la metáfora?).

Su última contratapa es del 30 de junio de 2017 y lleva el título de “Vas a soñar conmigo”. En ella cuenta la suerte dispar de los escritores norteamericanos Saul Bellow y Delmore Schwartz, hijos de la Depresión y descendientes de judíos pobres que desde la literatura se propusieron que, al hablar, todo el mundo se detenga a escucharlos. Pero Delmore ocupó demasiado tiempo en pensar en el destino de grandeza que le aguardaba que no pudo escribir los libros necesarios para lograrlo. Bellow, en cambio, no era más que un “rusito de Chicago” y tuvo que desvelarse escribiendo sin esperar concesión alguna del parnaso.

 

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Entre sus protagonistas se destacan los artistas y científicos locos, excéntricos, purgados políticos y parias. Para Forn vida y obra son indisociables y como hombre del siglo XX este es el periodo al que dedica su escritura. Uno de sus escenarios preferidos es la Segunda Guerra. En él desfilan, entre otros, personajes polacos, judíos y comunistas –algunos de ellos encarnando esta triple condición al mismo tiempo– durante la ocupación alemana o la Unión Soviética de Stalin. Uno de sus tantos poetas suicidas, Ossip Mandelstam, escribió un Epigrama contra Stalin: “Tus bigotes de cucaracha, tus dedos como gordos gusanos”. Cuentan que en su exilio siberiano aceptó su suerte como si nada y que incluso a menudo decía: “No hay que quejarse; vivimos en el único país que respeta la poesía; matan por ella”.

Forn maneja la destreza de encontrar y poner en el centro hechos poéticos que para el lector común e incluso para el propio escritor pueden resultar accesorios. Según mi lectura de “La casa de las bellas durmientes” de Yasunari Kawabata, hay una escena que siguiendo el hilo de la novela parece tangencial, pero con Forn adquiere una potente fuerza lírica.

“Una vez, cuando él apartó la cara, advirtió que el pecho de la mujer estaba ligeramente manchado de sangre. Se asustó, pero, como si nada hubiera sucedido, volvió a acercar la cara y lamió la sangre con suavidad”, reza el fragmento de Kawabata.

Forn, en cambio, escribe: “En medio del acto sexual, un hombre repara en que le ha sacado unas gotas de sangre al pecho de su amada, no entiende cómo. Ella tampoco, cuando él se lo hace ver después del orgasmo: ni siquiera puede localizar el punto de donde salieron esas gotas de sangre. En la vida de ese hombre, esa joven terminará siendo únicamente ese momento: aquel en el que aprendió que los labios pueden, si son lo suficientemente suaves, sacar sangre del cuerpo amado sin que duela, más bien al contrario”.

Tal vez se trate de un procedimiento adrede del escritor japonés: el efecto asombro que apela al recurso narrativo del contraste contando con la naturalidad con que se toma un vaso de agua, al decir del escritor y crítico cubano Eduardo Heras León. (A propósito del Nobel a Kazuo Ishiguro, los invito a fijarse en el instante que le da el título a “Pálida luz en las colinas”, su primera novela).

Hecha la digresión, Forn es un eminente olfato literario, un avezado cazador de historias. En un momento no se la aguanta alardear de ello y hace referencia a un pasaje del libro de Bioy Casares sobre su amistad con Jorge Luis Borges, que según sostiene nadie como él pudo pescar o animarse a citar. Borges, durante un sueño, tuvo una revelación. “La más clara prueba de que Dios no existe es el acto de cagar. La persona que descubra un modo de sustituir el papel higiénico se hará rica. Entonces verán nuestra época como increíble y bárbara. Dirán: se pasaban papel por el culo y se ensuciaban la mano, qué gente sin Dios”.

Citando al escritor serbio Danilo Kis, Forn define sus crónicas bajo el principio de que lo lindo –o lo maravilloso– de la poesía es que parece que habla de quien lee. “El que lee siente que habla de él. Si uno consigue eso en la prosa ya recorrió el camino, ya cruzó la parte más difícil. Y yo lo que trato de hacer con esas historias, a mí me parece que la razón por la que funcionan es por eso. Algo pasa ahí que el lector siente una especie de comunión”, dice en la entrevista. Y efectivamente lo logró.

De hecho, asegura que su retiro se debe al deseo de no “automatizar el recurso”, de no abusar y caer en lugares comunes. Ya sea a través de la narración de sucesos tan similares a los que hemos vivido o  reseñando autores que nos han tocado especialmente, Forn hace poesía en prosa abarcando varios géneros, desde el periodismo, la historia y la semblanza biográfica.

Si tengo que hacer un podio de sus “contras”, me juego por las crónicas sobre los novelistas japoneses Kenzaburo Oé, Yasunari Kawabata y el músico norteamericano de origen mexicano Sixto Rodríguez, cuya inspiradora historia es contada en el documental “Searching for Sugar Man”. El director, el sueco Malik Bendjelloul, meses después de ganar el Oscar terminó arrojándose a las vías de un tren.

Pero a fin de cuentas sus fanáticos tampoco nos hemos puesto el luto. Además de los motores de búsqueda que nos permiten revivir sus crónicas escritas desde el año 2008, existe una compilación en tres volúmenes titulada “Los Viernes”. Debo reconocer, por otro lado, que no soy muy aficionado a sus novelas y quizá desde ahora deba releerlas con otra mirada o expectativa. Aunque tampoco creo del todo en su retiro. Como él mismo lo menciona, al recibir el Nobel en 1994 Oé dijo que ya no escribiría novelas, pero desde entonces ha publicado otras tres. Tal vez en su baúl, a manera de testamento, nos deje una o varias contratapas. Siempre habrá otro viernes.

Foto de portada: Revista Sudestada

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