Roa Bastos y yo

No hay comentarios

Por Ever Roman

Hace muchos años, apenas terminado el secundario, pasé el invierno en un país frío. Me agenciaron un carnet de la biblioteca pública, donde había libros en castellano en un único estante. Enseguida vi un ejemplar de “Hijo de hombre”, pero empecé a leer los pocos libros que había en orden alfabético, apurando las letras hasta que pude, un par de semanas después, al fin, llegar a la R de Roa Bastos. Leí la novela como un poseso y la volví a sacar otro par de veces, para repasar algunas páginas, especialmente las que hablaban de Salu’i -la enfermerita del amor. Iba a algún café y con las manos heladas abría las páginas de ese verano barroco, sangriento y poblado de personajes entrañables, héroes y heroínas sin otro testigo que la literatura.

Un país, descubrí entonces, solo se muestra entero en los libros, puesto que al experimentarlo en carne propia resulta demasiado variado e incierto como para ser abarcado. Esta novela, leída así en la experiencia de un viaje extranjero, me hizo reconocer mi pequeño país, abrazarlo. Estoy, por tanto, en deuda con él. Los otros libros de Roa Bastos ya no pudieron producirme el mismo encantamiento.

Pero la figura de Roa estuvo muy presente en mi vida de joven escritor, por la relación que mantuvo con los lectores y escritores que me cruzaba. Recuerdo por ejemplo ver llegar al poeta Eulo García a la redacción del semanario El Yacaré, que entonces compartíamos: tenía los ojos como velados detrás de los lentes, parecía más alto, saludaba con ademanes mínimos y maliciosos, la boca se le contraía en un rictus de desprecio. Me dijo que estaba con un ataque de soberbia que no podía controlar, me pidió que comprendiera. Entonces me enseñó un ejemplar de “Yo, el supremo”: era la causa de su conducta, la personalidad del dictador lo había tomado, hacía uso de él, estaba alienado en el poltergeist de la literatura. Con otros, la imagen de Roa se transformaba en otra cosa.

A esto se sumaba una situación particular: Roa Bastos estaba suscrito a nuestra revista. A veces me tocaba a mí llevarle los ejemplares en bicicleta o moto, en su departamento del barrio Manorá, pero nunca subí a verlo, pues la que recibía era su factótum, una Salu’i postiza y protagonista del drama policial que se desató después: Cesarina Cabañas, acusada de ladrona y asesina del Premio Cervantes.

Conseguimos finalmente una entrevista con él. Fuimos casi todos los de la redacción, colaboradores incluidos. A nuestra comitiva se sumó el escritor argentino Mempo Giardinelli, que regentaba por entonces una escuela de escritores en la ciudad de Resistencia. Roa Bastos estaba muy viejo, apenas podía moverse. Era muy pequeño y tenía algo de duende. Nos saludó a los jovencitos con un apretón jovial; besó a las chicas con dedicación, y a Mempo lo saludó inclinando apenas la cabeza. Recuerdo haberle preguntado por uno de sus personajes, Macario, no me acuerdo a cuenta de qué, y él me respondió que lo había conocido personalmente. También recuerdo que Mempo    Giardinelli hablaba de él como de un muerto, en voz alta siempre, lo celebraba en largas frases y luego le exhalaba sus preguntas a la cara: si no me equivoco, Roa Bastos no le respondió ni una vez, más bien se mostraba incómodo y malhumorado. Le dimos libros para que firme y, como ya era tarde y estaba cansado, nos pidió que los pasáramos a buscar otro día; él los firmaría cuando se sintiera mejor. Eulo García perdió así su ejemplar de “Yo, el supremo”, aunque intentó recuperarlo muchas veces con llamadas y timbrazos.

En ese tiempo el escritor viajó a Cuba y salió en los periódicos dándole la mano a un sonriente Fidel Castro. Después murió.

Pero Roa Bastos seguía apareciendo por ahí. Por ejemplo, la escritora Mónica Bustos me dio a leer su aún inédita novela “Chico bizarro y las moscas”, y en ella Roa era llevado a Cuba atado a una silla de ruedas y además lo paseaban por otras partes, por ejemplo a fiestas, como un souvenir. Era una figura decorativa, como una escarapela. Después leí el cuento “Los chongos de Roa Bastos”, de Cristino Bogado, donde hacían un concurso literario en que el premio era ser el chongo de Roa. Ya no solo aparecían los libros, sino la personalidad, parodiada, como excusa para criticar la necrofilia a la que era sometido el escritor constantemente. En todo caso, Roa Bastos se había vuelto un pretexto para hacer literatura.

Ahora, por ejemplo, es la coartada a la que apelo para justificar estos párrafos. ¿Cuándo es que importa un escritor? ¿Cuándo deja de ser un simple contador de historias bonitas, un malabarista de palabras y palabras?

Quizá lo es cuando acompaña nuestra vida con su particular presencia, y cuando nos hace escribir.

Comentarios

In : Baldío