Los tallarines de Ña Tere

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Estamos preparando las Memorias de Francisco «Fran» Estigarribia. Pensamos publicar el libro en su cumpleaños, el 4 de octubre. Les dejo con la intro.

Por Julio Benegas Vidallet

Es domingo. El sol saca la lengua por entre nubes bajas y alumbra con luz dorada el patio de tierra de Ña Tere. Pinta de un verde agua la casa y saca lustre al techo de cinc. La antigua calleja de una colina que se abre paso desde el arroyo Ñemby, y que une los barrios emergentes, se ha empedrado recientemente. En frente de la casa de Ña Tere sobrevive un pequeño terreno baldío cuyo horizonte, a la izquierda, termina en una pared pintada de brazos obreros y el rostro multicolor de Francisco. La casa de Ña Tere está a dos cuadras de la calle principal, la que recorre el vientre del poblado de Salinas desde el centro de Ñemby. En su andar describe las calles empedradas, algunos tapepo’i, cartelerìas, baches y lomos de burro. Bruno, encima de la moto, los esquiva mecánicamente, como lo hace todos los días, de ida y vuelta a su trabajo, en Tubos Tigre, Lambaré, donde hace un mes fue escogido el mejor trabajador. Bruno se ha puesto unas gafas negras por la conjuntivitis. Las mismas le ayudan a mantener cierta seguridad de hermano mayor durante el encuentro, aunque en el patio, ya en rondas de terere, no para de sobarse el muslo. Ña Tere, en tanto, apura el tallarín, el menú dominical.
 Nunca pude darles de comer otra cosa, por más que lo haya intentado. No sé por qué, yo quería prepararles milanesa u otra cosa, pero ellos reclamaban el tallarín. Seguramente era porque el tallarín les llenaba la panza-, suelta, entre risas.
Ese día, Ña Tere tiene un regalo más para sus hijos: chipa guasu. Ah, y la mandioca blanda y ensalada mixta. En los últimos tiempos, por sus múltiples actividades, Francisco llegaba a casa de Ña Tere fugazmente, con alegría, con optimismo, y se despedía. Seguramente por eso, en los sueños de Edgar, el otro hermano, aparece Francisco así, de visita fugaz, despidiéndose, y diciéndole que está bien, que nada le falta, y que no se preocupen por él.
Pero Bruno no tiene ese registro ni puede asirse a la idea de la trascendencia. El siente que por primera vez ha quedado sin respuestas ante una situación grave de la familia y eso, sumado a la repentina ausencia, agrava su duelo. “Él no está más y ya no va a estar más con nosotros. Esa es la realidad”.
 Nosotros lo apoyábamos en todo. Y yo siempre le daba ánimos en sus emprendimientos. Sabíamos que él estaba con sus cosas, muy comprometido, y que por eso ya venía menos a la casa grande. Pero él sabía que acá tenía apoyo y refugio, siempre fue así.
Mamá Tere ha metido el laurel en el tallarín y avanza en la cocción de las verduras. El olor acerca ajo y salsa de tomates y el penetrante laurel. Las gotas de lluvia se quedan durmiendo en las hojas del mango. Jorge, el hermano menor, calla. Es de poco hablar, aparentemente, pero se le nota un silencio tenso de quien ha vivido algo que aún no puede entender y tiene miedo de que al entenderlo o asumirlo se desmorone. Es el más joven de todos, el rostro de Francisco se abre de repente en su pukavy y el cuerpo de Francisco se muestra en su torso ancho, el pecho y las nalgas saltones de su hermano menor. Francisco tenía cinco hermanos y tres hermanas. Una hermana había fallecido de chiquitita por soplos en el corazón que los médicos no pudieron curar.
A los diez años, Bruno se fue detrás de su madre a la Terminal de Òmnibus. Allí Ña Tere tenía su casillita de comidas rápidas. A la mañana muy temprano pasaban por el Mercado de Abasto para hacer las compras. Para ayudar a la familia empezó a vender diarios y luego se puso a lustrar zapatos. Pronto se llevaron todos los hermanos. El último, recuerda Bruno, fue Francisco.
En el primer día de trabajo en la calle, Bruno compró dos cartones de leche y una bolsa de galletas para el cocido de la familia. Estaba feliz. Terminaron las guerras por más cocido con leche y más galletas entre los hermanos.
Estábamos con nuestra madre, los menores estaban conmigo. Nos sentíamos muy seguros y muy protegidos, teníamos nuestro chaleco de trabajadores y también nuestra organización-, suelta Bruno.
Cuando Francisco empezó a trabajar de lustrabotas en La Terminal de Ómnibus de Asunción era el hermano de Bruno, nos cuenta Norma Duarte, de Calle Escuela. Ese chico macetón que pronto se convertiría en el claro y lúcido líder de niños trabajadores de calle –en ese tiempo todos los lustrabotas eran niños- se mostraba tímido, callado, muy dulce. Venía con la carga de los Estigarribia. El mismo se presentaba: “soy Francisco, hermano de Bruno y René”.

Los cuatro hermanos andaban en grupo en el trabajo, en el arroyo, en las canchas. Con uno o dos más ya tenían equipo de fútbol para buscar contrarios. En esos tiempos el barrio Salinas, con el torso en Ñemby y una colita en el distrito de San Antonio, era un poblado de baldíos y callejas de tierra. Se trepaban a los árboles, se bañaban en los senderos del arroyo Ñemby y los domingos sí o sí comían los tallarines más ricos, el tallarín de la madre.Los tallarines ya están listos. La mesa está sitiada por las ensaladas, la mandioca, los platos y los cubiertos. Luego de extendidas lluvias que amenazaban aumentar los campamentos de refugiados de las familias que vivían en los recodos de ríos y arroyos, las lenguas de sol juegan con nubes bajas una partida sin cuartel. Comer en el patio de tierra iba a ser glorioso, pero las gotas eran cada vez más gordas. El corredor de ladrillo de la casa de Ña Tere era un buen refugio para el almuerzo. El gusto de la carne de pollo, con la salsa súper cocida y los fideos penetrados por el sabor de las verduras y el laurel explicaban sin necesidad de curaduría porqué, de criaturas, Francisco y sus hermanos solo querían comer tallarines. Los tallarines de Ña Tere.

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