Lo amargo de la dulcísima blanca azúcar

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El pasado miércoles 7 de junio, el escritor Sebastian Ocampos presentó la película El portón de los sueños, dirigido por Hugo Gamarra, en la inauguración del Cineforo Roa Bastos. Ocampos se centró en los momentos de la niñez de Augusto Roa Bastos que terminaron definiendo su literatura.

Por Sebastian Ocampos

En el colegio, no recuerdo en qué año, tuvimos la tarea de ver El portón de los sueños. No estaba preparado para el lenguaje literario de Roa ni el lenguaje cinematográfico de Hugo, por tanto me aburrí. De joven, cofundé la empresa cultural Statio y compré el DVD entonces recién estrenado de manos del propio cineasta. Lo volví a ver, por fin como lector y cinéfilo, y terminé conmovido con Augusto Roa Bastos. Al respeto, la admiración y por supuesto la envidia que ya sentía por su talento elogiado y estudiado en el mundo, este documental le sumó el cariño de reconocerlo como un compatriota cervantino de tierra paraguaya.

En la vida de muchos escritores hubo un momento que definió la literatura que escribirían. En el caso de Roa, fue cuando vio a algunos compañeritos desmayarse de hambre, niños de familias cañeras. Entonces, dice, «se me impuso el sabor amargo de esa azúcar dulcísima, blanca». Comprendió que la fábrica azucarera progresaba a costa de los campesinos proveedores de la materia prima, que ese trabajo de inmenso esfuerzo humano y animal solo servía para mantenerlos sumidos en la miseria que heredaron. Esa imagen infernal (la miseria es el infierno) provocó que, años después,Roa tomara partido por los oprimidos, como todo artista que se precie de tal.

Juan Goytisolo, fallecido días atrás, en el discurso de recepción del Premio Cervantes 2014, dijo: «Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de ésta en el ámbito de la escritura.»De acuerdo a Roa, su forma de introducir ese fermento contestatario, ese acto de denuncia, «porque al escritor solo le queda la opción de denunciar», no fue contando el hecho en sí, para no caer en el panfleto, sino narrando los efectos de la opresión. Es decir, convirtiendo a los paraguayos olvidados por la historia oficial en protagonistas de El trueno entre las hojas Hijo de hombre.

Luego, en Yo el Supremo y El fiscal, novelas también escenificadas en la película, Roa trataría el reverso del poder, recreando a los personajes históricos que lo ejercieron contra sus primeros protagonistas. En esa recreación, vemos la cita entre Roa y su alter ego Félix Moral en el vagón del tren en movimiento. Escuchamos la voz del escritor: «Vamos, Félix, deja de soñar con tu propia muerte. Lo único que redime es la sola idea de hacerlo, una creencia absoluta en esa idea, un acto en el que pueda uno ofrendarse en sacrificio». Es la definición de la literatura roabastiana. Entre la acción política suicida de Félix contra el tirano (saurio), que como toda cabeza de Hydra solo terminaría por provocar más cabezas, Roa escogió el acto de servicio dela creación literaria como recreación histórica para, en sus palabras, juntar los fragmentos rotos del gran espejo luminoso que alguna vez fue el Paraguay, fragmentos reunidos en una obra que nos refleja, interpela y trasciende.

Entre tanto festejo y tanta gente que se llena la boca con ¡el centenario del supremo de las letras paraguayas!, es urgente recordar en voz alta que a un escritor se lo homenajea leyendo y releyendo sus libros y, si hay registros, escuchando su voz poética y viendo su actuar de interés genuino por los otros, en especial por los trabajadores humildes. El portón de los sueños, como ninguna otra pieza audiovisual, nos ayuda a comprender al escritor. Nos ayuda a comprender lo que muchos de los realizadores contemporáneos ignoran o evaden: que el narrador siempre toma partido al contar una historia. Roa dignificó a los oprimidos y nos contaminó con el legado de Cervantes para que nunca nos resignemos ante la injusticia. Los actuales mercaderes del cine local, sin embargo, desde sus vidas privilegiadas, incapaces de percibir lo amargo de la dulcísima blanca azúcar, no saben hacer otra cosa más que películas banales, torpes, falsas, de vil pornomiseria, para beneficio propio.

El Paraguay tuvo dos genios que, gracias a sus obras, trascendieron todas las fronteras temporales y geográficas, enorgulleciéndonos en cualquier lugar del mundo que visitemos. Hugo Gamarra tuvo la fortuna de conocer a uno de ellos y, lo que es más importante, tuvo el compromiso artístico y el coraje financiero de jugarse por filmar esta película que, en su experimentación cinematográfica, nos retrata al Augusto Roa Bastos que todos queremos.

Nota: el cineforo Roa Bastos en la pantalla, organizado por Fundación Cinemateca del Paraguay, se realiza los miércoles de junio, a las 19 horas, en el Centro Cultural de España Juan de Salazar. Inició con El portón de los sueños, continuará con La sangre y la semilla (miércoles 14) y Alias Gardelito (miércoles 21), y culminará con Castigo al traidor y La partida de la escritura (miércoles 28).

Ver escenas extras de la película:

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