Las heridas abiertas de aquel 1 de marzo de 1870

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“Levanta Patria mía tu lívida cabeza/ y mira los escombros de tu poder de ayer,/ Levántate y contempla la huella de grandeza/ que tus sublimes héroes dejaron al caer”.

(Canto al Paraguay, de Venancio Víctor López)

Por Alberto Alderete

El 1 de marzo de 1870, en Cerro Corá amaneció “tibio y húmedo, prometiendo un día caluroso”, dice Juan E. O’Leary. Cuenta el Cnel. Juan Crisóstomo Centurión, quien estaba en el campamento, que, como a las siete de la mañana, el Mariscal López recibió al cacique Caainguá, jefe de los nativos de las sierras del Amambay, quien venía a avisarle que el ejército enemigo estaba cerca, a rendirle homenaje y a ponerse a sus órdenes.

Dicho cacique ofreció a López internarse en sus seguros dominios de la selva impenetrable donde nadie le encontraría, pidiéndole solamente que licenciara a su poco ejército y llevara solamente una escolta de nueve a diez hombres, siendo rechazado por López. Mientras este conversaba con el cacique, recibió la noticia de que varios destacamentos brasileros avanzaban hacia el río Aquidabán, donde estaba acampado.

Inmediatamente López convocó a un Consejo de Jefes y Oficiales generales para resolver la cuestión. El Coronel Silvestre Aveiro, presente en la reunión, relata: “Allí dijo (el Mariscal) que le dijéramos si convenía refugiarnos en las cordilleras inmediatas o que esperáramos peleando hasta morir”. Sigue relatando el Cnel. Aveiro que después de un breve silencio de los presentes en la reunión, expresó (Aveiro) que “nuestro deber de soldados nos impone… el resultado apetecido de morir por la patria”.

Luego de reprochar severamente el silencio de los demás, dijo el Mariscal: “Esperemos aquí y muramos todos; he prometido no abandonar el suelo de mi patria y debo cumplirlo, y vosotros que habéis jurado sacrificar la vida por la patria, debéis ocupar vuestro puesto en este momento solemne: preparaos, pues”.

Dice el historiador Efraim Cardozo que el ejército paraguayo en ese momento “era un fantasma de ejército, menos de 400 hombres, de los cuales solo la mitad estaba en condiciones de combatir, el resto estaba enfermo, hambriento y no podía mantenerse de pie. Una legión de espectros, desnudos, famélicos, sin armas apropiadas, frente a un enemigo inmensamente superior en número, en recursos y en vigor físico”. Y expresa Juan E. O’Leary que “un poco más de 200 hombres, armados en su mayor parte a sable y lanza, era todo lo que se había podido reunir, formando en las filas, como soldados, desde el anciano vicepresidente Francisco Sánchez, hasta el último Capellán”. El General José Antonio Correa da Cámara tenía un ejército de 15 mil hombres.

El último parte diario pasado al Jefe de Estado Mayor por el Coronel Juan Francisco López (Panchito), de 15 años de edad, hijo del Mariscal, en cuya cartera fue encontrado después de su muerte, se puede leer: “Batallón 18: 22 hombres; Batallón 19: 22 hombres; Batallón 24: 27; Batallón 25: 11; Batallón 39: 19; Batallón 40: 39; Batallón 42: 24; Batallón 46: 22; Maestranza: 53; Suelto: 29; Regimiento 1: 31 hombres; Regimiento 6: 14; Regimiento 25: 28; Regimiento 30: 15; Regimiento 32: 20 y Regimiento 46: 37 hombres. Diez batallones totalizaban solo 268 hombres, incluyendo a jefes y oficiales, y seis regimientos sumaban 145 hombres. El batallón 25 solo tenía 3 soldados.

El hambre ya era total en Cerro Corá, muriendo muchas personas de inanición. Dice O’Leary que “en Cerro Corá se comió de todo, desde el correaje de los cañones y los morriones de cuero, hasta raíces, langostas y frutas venenosas. El Mariscal sacrificó y comió el pequeño montado de sus hijos, y luego tortas de harina de cogollo de palma”. En la mañana del 28 de febrero, el Padre Fidel Maíz fue a comunicarle al Mariscal que su secretario, el Diácono Donato Gamarra, había amanecido muerto de inanición. El Mariscal le respondió: “El Padre Gamarra nos ha llevado un poco la delantera”.

A las primeras horas de la mañana del 1 de marzo, llegaron las fuerzas enemigas desatándose una lucha desigual, aunque heroica de los paraguayos. A la tarde, sucumben combatiendo, cada uno de los soldados, los sacerdotes Francisco Solano Espinoza, Manuel Antonio Adorno, José Ramón González y José del Rosario Medina. El anciano vicepresidente Sánchez, enfermo y sin poder ponerse de pie, estaba acostado al lado de su carreta, cuando el capitán Asambuja, armado de una larga lanza, encontró al vicepresidente, a quien intimó rendición en términos ásperos y groseros, pero el vicepresidente levantando alta la espada como dirigiendo a su interlocutor, le contestó, “con esta espada, jamás”, y Asambuja le atravesó el cuerpo de parte a parte.

El coronel José María Aguiar, inválido a consecuencia de las heridas recibidas en Tuyutí, fue intimado a rendirse, resistiéndose a ello, siendo degollado y después lanceado.

El coronel Juan Francisco López, hijo mayor del Mariscal, de 15 años, fue rodeado por un grupo de enemigos que intentaban tomarle prisionero, y al intimársele rendición respondió: “¿Un Coronel Paraguayo no se rinde!, lanzándose contra sus enemigos con la espada, siendo atacado y muerto de un balazo. Otro hijo del Mariscal, José Félix López, de 8 años de edad, también fue bárbaramente sacrificado.

El Mariscal, rodeado de seis jinetes de caballería enemiga, fue herido con una lanza en el vientre por el cabo de órdenes Francisco Lacerda, apodado “Chico diabo”, recibiendo de parte de otro oficial un sablazo en la sien derecha, hiriendo también a su atacante en la frente, luego del cual el Mariscal cae del caballo internándose en la picada que conduce al arroyo Aquidabán, donde quedó con la mitad del cuerpo en el agua y con la mano en el barranco, cuando llega el General Cámara y le intima rendición. El Mariscal rechaza la misma exclamando: ¡Muero con mi Patria!, dirigiendo una estocada con su espada a los oficiales que se le acercaron como para desarmarlo. Fue cuando Cámara da la orden y de un disparo en la espina dorsal pone fin a la existencia del héroe paraguayo.

Muerto ya el Mariscal, entregó el general Cámara su cadáver a la  soldadesca, la cual lo saqueó, despojándolo hasta de sus ropas interiores. Durante varias horas bailaron sobre el despojo del vencido, pisoteándolo alegremente, en medio de salvaje griterío. Varios uniformados se disputaron para mutilar el cuerpo del Mariscal; el Teniente Genesio Goncalvez Fraga le cortó la oreja; un soldado le arrancó el dedo y un tercero le hizo volar los dientes con la culata del fusil. Desnudo, desdentado y mutilado, lo tiraron sobre una camilla de troncos improvisada con ramas y fusiles para llevar el cadáver al campamento.

El Mariscal y el hijo, el coronel Panchito López, fueron enterrados en una misma fosa que fue preparada para el efecto. Un soldado brasileño subió a bailar, haciendo piruetas sobre la barriga del cadáver que no estaba del todo cubierto por la tierra. La compañera del Mariscal, Elisa Lynch, ante este espectáculo, se lanzó sobre el soldado desalojándolo, gritando al Coronel Paranhos: “¿Y es esta, caballeros, la civilización que nos han traído?”.

La madre, y las hermanas del Mariscal, quienes estaban en un carretón, y la compañera del Mariscal fueron tomadas prisioneras. Concluida la masacre, el campo fue incendiado, pereciendo horriblemente los heridos que habían quedado, como siempre abandonados, y muchas mujeres que atendían a los heridos. “El número de prisioneros hechos sube a 244”, escribe el General Cámara en su parte de guerra, compuestos principalmente por enfermos que no podían ponerse de pie y algunos soldados.

La ruina “civilizadora”

Después del exterminio del 75 % de la población, vendría la destrucción de las bases productivas y el saqueo físico y financiero, civilizador e inacabable. Al término de la guerra, fueron hipotecados y rematados a precios irrisorios las casas y edificios públicos; la fábrica de hierro de Ybycuí arrasada y quemada. Se rematan a precios viles a capitalistas extranjeros 29 millones de hectáreas de tierras fiscales, entre ellas miles de hectáreas de los mejores yerbales naturales.

Paraguay contrae su primera deuda externa desde su nacimiento como república en 1871, con la banca británica Baring Brothers, por 1 millón de libras esterlinas. De dicha suma se descuentan 200.000 libras por amortizaciones e intereses de dos años, pero como los bonos se deprecian y bajan al 12 %, Paraguay no recibe casi nada. Entonces debe contratar otro empréstito de 2 millones de libras esterlinas. Parafraseando a Vivian Trías, se puede decir que el Paraguay ya está “civilizado”: debe 3 millones de libras.

Siendo fieles a su consigna de que la guerra no era contra el Paraguay, sino contra el “tirano López”, al término de la guerra, Brasil y Argentina le despojaron al Paraguay de parte importante de su territorio. El Brasil sacó al Paraguay 62.325 km2, entre ellos el territorio comprendido entre el río Blanco y el río Apa, por el Tratado firmado con el Brasil (Tratado Loizaga-Cotegipe) el 9 de enero de 1872 y ratificado por el Congreso Nacional por ley de 1872.

El presidente de entonces era Salvador Jovellanos, miembro fundador de la “Legión Paraguaya”; y Ministro de Relaciones exteriores era Carlos Loizaga, también miembro fundador de la “Legión Paraguaya”, quienes combatieron en las filas del ejército enemigo, bajo las órdenes de este. Por lo tanto, el Imperio del Brasil estaba firmando un Tratado con sus propios soldados. Se dice que pocas horas antes de la firma del Tratado con Brasil,  la legación brasilera ofreció una “recepción” a Carlos Loizaga, acudiendo borracho a la reunión de discusión y firma del Tratado.

Argentina despojó al Paraguay 94.090 Km2, que comprende los actuales territorios de Formosa y Misiones, en virtud del Tratado firmado el 9 de febrero de 1876. Uruguay, por su lado, no sacaba ningún territorio al Paraguay, pero sí le obligaba a reconocer deudas de guerra, en virtud del Tratado firmado con ese país el 20 de abril de 1883.

Deuda de guerra

En virtud del Tratado Loizaga-Cotegipe firmado con Brasil el 9 de enero de 1872, este impone al Paraguay las siguientes cláusulas:

“A) El gobierno de la República del Paraguay reconoce como deuda de la misma República, el monto de los gastos de guerra que hizo el Brasil y el de los perjuicios recibidos por las propiedades públicas de este Estado;

  1. B) Una convención especial que será celebrada, a más tardar dentro de dos años (9 de enero de 1873), fijará la cantidad a que ascienden estas indemnizaciones, regulará las formas de pago en cuotas, intereses y amortizaciones.
  2. C) También pagará el Paraguay los daños y perjuicios causados a las personas de los brasileños. Una comisión mixta paraguayo-brasileña se encargará de recibir y reconocer los reclamos, entregando a los interesados las pólizas correspondientes”.

El monto de las pólizas entregadas a los perjudicados brasileros, en virtud de lo prescripto en la Cláusula C), ascendió a $ 8.960.183  oro sellado.

En virtud del Tratado firmado con Argentina, el Paraguay se obligaba a pagar: 1º) El importe de los pagos que la Argentina hizo durante la guerra en que se encontró comprometida, por las “agresiones” del gobierno del Paraguay en 1865; 2º) El de los daños y perjuicios causados a las personas y propiedades particulares, cuyo examen y liquidación corrió a cargo de una Comisión mixta paraguaya-argentina. Las pólizas entregadas fueron por valor de 10.133.637 pesos oro sellado.

En virtud del Tratado firmado con Uruguay, el Paraguay se obligaba a pagar una deuda de 3.690.000 pesos oro sellado, como reembolso de los gastos del ejército oriental en la campaña contra el Paraguay. También obligaba al Paraguay a pagar los daños causados a las personas y propiedades de uruguayos.

Resultado de los Tratados de la deuda de guerra

En relación con el Tratado de la deuda firmado con Brasil, la Convención a que se refiere la Cláusula B) nunca se realizó. Sobre los montos de los créditos del Brasil y Argentina, nunca han sido fijados por dichos gobiernos. Desde la celebración de los Tratados, en ningún documento oficial, ya sea proveniente del Paraguay como deudor o de cualquiera de los estados acreedores de la deuda de guerra, jamás se ha mencionado en lo sucesivo, ni de la cantidad inicial ni del monto en una fecha posterior de la liquidación de las deudas.

En cuanto a las gestiones de cobros de las deudas de guerra, nunca el gobierno brasilero ni el argentino han reclamado el cobro de esas deudas. Por el lado del Uruguay, en el mismo Tratado celebrado en el que se establecieron los montos de la deuda, el Uruguay, “en homenaje a la confraternidad americana, y como una prueba de amistosa simpatía hacia el Paraguay, declara que, desde ya, renuncia formalmente al cobro de los gastos de guerra, cuyo monto se expresa en el Artículo 1º.

Tampoco ningún particular argentino se ha presentado a reclamar alguna vez el pago de sus pólizas paraguayas. Los particulares brasileros, comerciantes y estancieros del estado de Mato Grosso y Río Grande del Sur, a través de personajes influyentes de la política de ese país, fueron los únicos acreedores de la deuda de la guerra que en más de una ocasión se presentaron a averiguar si qué pensaba hacer el gobierno paraguayo con esas pólizas, sin que ninguno de esos trámites haya tenido un resultado práctico. O sea, nunca ninguno de esos gobiernos han reclamado ni cobrado las deudas de guerra.

¿Vergüenza por el crimen cometido, o imposibilidad cierta de cobrar esas deudas? ¿Deuda de guerra? ¿Qué más tenía que pagar el Paraguay, que ya pagó con su propia vida su deseo de ser próspero y soberano?

Esa retrógrada guerra puso fin al primer y último intento que tuvo América Latina de evolución independiente hacia el capitalismo industrial, en el contexto de la formación y consolidación de los Estados-naciones del siglo XIX, reconociendo la naturaleza despótica y unipersonal de su gobierno, y la rudimentaria estructura republicana de su sistema político.

A 148 años de aquella cálida mañana de 1870, muchos aspectos del atraso de nuestro país tienen explicación en aquella guerra y sus consecuencias. El Paraguay nunca ha podido recuperarse de la ruina en la que quedó.  Es de esperar que nuestro pueblo y sus dirigentes encuentren alguna vez el camino que pueda conducirnos hacia la prosperidad, la abundancia y el desarrollo que hasta ahora no pudieron hallar.

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In : Baldío