Las culturas condenadas

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Por Paulo César López

El pasado 12 de octubre se cumplieron 525 años del primer viaje de Cristóbal Colón a nuestro continente. Asimismo, a propósito del Centenario del nacimiento de Augusto Roa Bastos deseo utilizar la efeméride como pretexto para recomendar la lectura de una compilación de relatos indígenas que estuvo bajo su preparación y que fue editado en México en 1978. Con motivo del Bicentenario se realizó en nuestro país una reedición en 2011.

Sin ánimos revanchistas, que por lo demás resultarían incoherentes, pues mi ámbito de trabajo es la gramática castellana. Bajo el interpelador título de “Las culturas condenadas”, Roa Bastos pretendía llamar la atención sobre el etnocidio no solo como expresión del supremacismo racial, sino como una más de las diversas formas de genocidio que se gestan en el marco de los paradigmas de desarrollo de nuestras sociedades.

La compilación reúne relatos orales de los mbyá y aché, de la Región Oriental, y los nivaclé y maká de la Región Occidental. (Es preciso hacer la salvedad de que estos últimos han migrado en gran número hacia la margen izquierda del río Paraguay). También se incluyen estudios de León Cadogan, Miguel Chase-Sardi, Bartomeu Melià, Christine Münzel, Miguel Alberto Bartolomé, Juan Belaieff, Georg Grüberg, Friedl Grünberg, Pierre Clastres, Mark Münzel.

Siendo considerado como un referente que ha reflejado en su literatura la oralidad guaraní, el mismo desmiente esta afirmación observando que si bien existe una hibridación, la literatura paraguaya en castellano se ha mantenido ajena a su proclamada herencia guaraní y no ha logrado crear un registro propio ni “estructurarse con un sentido coherente”.

“Orgullosa de una tradición cultural en la que continúan actuando o predominando los vestigios de la dominación y la dependencia o, en todo caso, los signos de una hibridación que no ha alcanzado todavía a plasmar su propio sistema y pertinencia, los textos de esta literatura mestiza escrita en castellano, segregada de sus fuentes originarias, se apagan, carecen de consistencia y de verdad poética ante los destellos sombríos de los cantos indígenas tocados por el sentimiento cosmogónico de su fin último en el corazón de sus culturas heridas de muerte”, escribe Roa Bastos en la introducción del volumen.

Como bien sabemos y lo cultivamos, la relación entre el castellano y el guaraní es eminentemente asimétrica, lo que en lingüística se denomina diglosia. Tradicionalmente en la sociedad paraguaya ha existido una lengua mayoritaria, pero minorizada, y una lengua minoritaria, pero mayorizada. (Esto sin tomar en cuenta las restantes 19 lenguas de grupos indígenas que habitan el Paraguay).

En cambio, los datos de los últimos censos dan cuenta de que la lengua guaraní ha acusado, como producto de esta subordinación, un efecto también cuantitativo. Además de gozar de menor estatus y de que su reconocimiento como lengua oficial sea apenas formal, su cantidad de hablantes se encuentra en declive. Los datos del (cuestionado) censo de 2012 dan cuenta de que la población monolingüe guaraní es de apenas el 7%. Esta cifra es criticada por académicos, que sostienen que al menos el 40% de la población sigue utilizando como único medio de comunicación la lengua vernácula.

De cualquier modo, la reversión de la lengua guaraní es un hecho indiscutible, lo cual va aparejado con los cambios demográficos. Por primera vez en nuestra historia la población urbana supera a la rural. Nuestro proclamado bilingüismo es incipiente y apenas un puñado de académicos manejan las cuatro competencias del lenguaje: escuchar, hablar, leer y escribir. La mayoría ni leemos ni escribimos en guaraní.

Detrás de las falacias de la “garra guaraní” o el “dulce idioma guaraní” subyace una profunda discriminación hacia los indígenas al punto de que entre la población paraguaya es motivo de mofa la manera en que los indígenas guaraníes hablan su propio idioma. A la manera del castellano porteño, somos “cheístas” en guaraní y la connotación del término “cachique” resume nuestra creencia de que los guaraníes hablan mal el guaraní, lo cual equivale a decir que son tontos y son ciudadanos de segunda categoría.

En su famoso prólogo a “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon, Jean Paul Sartre ilustra el mecanismo del poder colonial de reforzar los particularismos para afianzar su hegemonía. “El colonizado es un envidioso (…). No hay un colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono (…). La praxis violenta es totalizadora, puesto que cada uno se convierte en un eslabón violento de la gran cadena, del gran organismo violento surgido como reacción a la violencia primaria del colonialista”, señala Fanon.

Nota editada el 18 de octubre de 2017

 

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