Vivir en la pantalla

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Una aproximación al pensamiento de Byun Chul Han.

Por Tessa Rivarola

 

El filósofo coreano, cuyos textos concisos, ricos en metáforas y muy actuales están siendo muy leídos, acerca una crítica radical a cómo estamos viviendo en la red los más de 4.000 millones de personas que hoy estamos conectadas a ella.

De los temas recurrentes de Han en su más de 15 textos, los cuales dialogan entre libro y libro, he tomado dos que me conmueve particularmente;

  • La ausencia de negatividad en la sociedad actual.
  • Las implicancias del vivir “en la pantalla”

Ambos están intrincados en la cuestión del poder y el nuevo “panóptico digital” erigido como dispositivo de control, del cual difícilmente podemos quedar fuera, una vez que entramos a navegar en la web, espacio lleno de posibilidades como también, de ilusiones de libertad[1].

Punto 1. La ausencia de negatividad

Cuando el autor habla de negatividad nos remite a la dialéctica hegeliana –toda posición de un concepto (tesis) hace surgir de por sí, su contrario (antítesis)-. Y, además, al terreno de la poesía, donde muchas veces, como en el caso de un oxímoron –una palabra se complementa con otra que un significado contradictorio u opuesto-.

Al remarcar la ausencia de negatividad, Han nos invita a pensar en un sistema de valores y un orden del mundo que parecen llevarnos hacia el fin de toda referencia original.

Me gustaría tomar como punto de partida la frase de Han; “el infierno de lo igual”, porque nos coloca en un lugar contradictorio, nos deja parados en un infierno que no quema, un infierno templado, carente de toda negatividad. Al que probablemente lo vivimos como un ambiente climatizado donde usualmente estamos cómodos y cómodas.

En medio del infierno de lo igual, comanda, a la vez y contradictoriamente, un imperativo de autenticidad. Todos quieren ser “los auténticos lo que sea”, pero la mayoría expresa su autenticidad mediante el consumo. Hay remeras de Frida, tatuajes de Che Guevara, zapatillas deportivas que definen a qué tribu urbana pertenece quien las lleva puestas.

En esa búsqueda de autenticidad, que conlleva probablemente, un anhelo de aceptación, nos topamos con el fenómeno de los “selfies”. Hay perfiles en Instagram que solo están hechos de selfies, los cuales tienen la característica de no contar, ya que usualmente son superficies lisas y satinadas que no muestran al Yo con su historia o su carga de afectividades.

Los selfies, se podría decir, son retratos con filtro, retratos sin heridas, carentes de la negatividad de la arruga, por ejemplo. “Los selfies son el yo en formas vacías” dirá Han.[2]

Ligada a esta supuesta autenticidad hecha de meras apariencias, Han nota que la “diversidad” tan abanderada en nuestros tiempos es también, en muchas ocasiones, un truco del sistema. “La diversidad solo permite diferencias que estén en conformidad con el sistema. Representa una alteridad que se ha hecho consumible. Al mismo tiempo, hace que prosiga lo igual con más eficacia que la uniformidad, pues, a causa de una pluralidad aparente y superficial, no se advierte la violencia sistemática de lo igual. La pluralidad y la elección fingen una alteridad que en realidad no existe”[3].

Así, la diversidad tiene lugar, en tanto y cuanto quepa dentro de los límites de tolerancia del mercado. Hoy día, la autenticidad y la diversidad se amalgaman con la sociedad de consumo, donde impera lo igual.

Al detener su lupa sobre un cotidiano naturalizado, el del positivismo extremo, en el que -todo está bien-, -todos somos iguales-, Han nos invita a la aventura del pensamiento cuya capacidad intrínseca es precisamente interrumpir lo acostumbrado.

Lo igual carece de tensión dialéctica porque desemboca en una suerte de megustismo agudo que impide descubrir la belleza de la otredad, la riqueza de lo diferente, el asombro ante el no-yo.

El hecho de que el Otro desaparezca es un proceso dramático, pero se trata de un proceso que progresa, sin que, por desgracia, muchos lo adviertan, expresa Han en “La agonía del Eros”[4].

En la sociedad del “me gusta” todo se vuelve complaciente, incluso el arte. Hoy nos hemos olvidado de asombrarnos, señala el autor.

El arte históricamente se ha propuesto como el lenguaje de lo distinto, salvaguarda de lo siniestro y desapacible. Para Adorno (citado en Han) no habría ningún arte que haga sentirse a gusto. Por otra parte, el arte necesita un “tú “, una mirada, una interlocución. En el reino de la complacencia el arte se halla en crisis.

Sin la negatividad de lo distinto, quedamos cada vez más carentes de experiencias, porque la experiencia es con dos o más otredades. Ahora la norma es tener  “vivencias”, como los turistas: viajamos por todas partes sin tener una experiencia, miramos fríamente en soledad.

En este punto, Han cita a Heidegger: “Tener una experiencia con algo significa que eso nos concierne, nos arrastra, nos oprime o nos anima”[5].

La gente vive en la burbuja digital con sus iguales. Una burbuja que filtra las diferencias y permite que llegue únicamente la información coincidente con el usuario o la usuaria.

“Hoy, la red se transforma en una caja de resonancia especial, en una cámara de eco de la que se ha eliminado toda alteridad, todo lo extraño”.[6]

Punto 2. Implicancias del vivir en la red.

Vivir en la red tiene sus implicancias prácticas y conlleva sus propios códigos.

La sociedad del rendimiento

El rendimiento individual es un mandato del ser humano de la red, cada uno de nosotros debe mostrar y demostrar “la mejor versión de sí mismo”.   Dicha exigencia nos coloca en una dicotomía patologizante: funcionar o fracasar solos. Tal como las máquinas que funcionan o se estropean. “Hoy somos libres emprendedores y publicistas de nosotros mismos; un enjambre de narcisos que pueblan la red persiguiendo la máxima optimización para nuestro provecho”, señala Han.

En muchas ocasiones, esta persecución obsesiva del máximo rendimiento lleva al ser humano de la red a un punto de agotamiento: a la depresión o a un permanente estado de ansiedad y estrés. No se dan cuenta, los emprendedores de sí mismos, que el beneficio es mucho más para el nuevo poder[7] que para ellos.

La hiper-aceleración y la economía de la atención

Una percepción ligada al vivir en la red es la hiper-aceleración del tiempo. Casi no podemos darnos tiempos lentos y largos que caracterizan la temporalidad del aprendizaje y la maduración. “La maduración es una temporalidad que hoy perdemos cada vez más”, afirma Han.

Al vivir en la red, vivenciamos una fragmentación de nuestra atención, una interrupción continua de nuestros haceres que impide el tiempo que requieren las cosas, la vida y el pensamiento. Nuestra atención está ligada a la autonomía, a la crítica, a lo que se ha dado en llamar “libre pensamiento”, al estar amenazada, están amenazados todas esas vertientes de nuestra subjetividad.

Vivimos en un mundo donde el sonido de notificación del móvil tiene el poder de sacarnos de cualquier otro foco de atención. Y lo agravante es que nuestra atención se ha vuelto un “aspecto comercial”.

La hiper-aceleración del tiempo y el mandato del rendimiento máximo se combinan para emitir lo que Han concibe como los signos patológicos de nuestra época; la depresión o el cansancio extremo. La presión destructiva proviene del interior del sujeto, de sus exigencias superlativas, que se agota en post del rendimiento siguiendo los dictados de un dispositivo  que se ha instalado en su propia libertad, que se configura ante él como un falso “acto libre”.

Comunicación digital incorpórea

Por su parte, la comunicación digital es muy pobre en mirada y voz. “Los enlaces y las interconexiones se entablan sin mirada ni voz. En eso se diferencia de las relaciones y los encuentros, que requieren de la voz y la mirada. Es más, son experiencias especiales de la voz y la mirada. Son experiencias corporales”[8]

Todo es editable o eliminable, y, las relaciones se construyen en función a “emoticones”, como si la contienda fuese contra la complejidad.

A causa de esta pobreza comunicacional perdemos el contacto con todo lo que está a nuestro lado; sin embargo, la comunicación digital incorpórea aparece como ilimitada, eliminando distancia, y, destruyendo de este modo la cercanía.

Llegados a este punto, me gustaría dejar algunas preguntas para pensar-nos en clave de sensibilidades.

Los cuerpos, intermediados por una pantalla virtual, ¿se conectan?, o ¿tienen la falsa sensación de estar comunicándose intensamente?, o bien, ¿cómo se conectan?

Al no haber una comunicación corporal, ¿cómo se vivencia la empatía (ponerse en el lugar del otro), cómo se experimenta la otredad?

Siendo que cercanía y lejanía están entretejidas, una tensión dialéctica las mantiene en cohesión. Al eliminarse digitalmente la lejanía, ¿qué significa hoy la cercanía?

Y también, si pensamos en que la voz es siempre parte de un cuerpo, del cuerpo que escucha, entonces, ¿acaso importa de dónde venga la voz? Importa acaso si viene de los sueños, de una radio, si es la voz de Wilson en la isla del náufrago, la voz de Galatea, una estatua de mármol, la voz de una serpiente emplumada, o, la voz de un sistema operativo, como en la película “Her”.

Será que vamos perdiendo lo más humano de nuestra humanidad: la relación. ¿O será que -lo gregario- se encuentra en reconfiguración?

 

*Fragmento de la exposición realizada en la conversación sobre Han en el ciclo “Filosofía en el bar” organizado por la Sociedad Paraguaya de Filosofía, en noviembre pasado. 

 

[1] La cuestión del poder desde la óptica de Han fue abordada por Arístides Ortíz en artículo anterior. Veáse…

[2] Pág. 45. “La expulsión de lo distinto”.

[3] Pág. 49. “La expulsión de lo distinto”.

[4] Pág. 10. La agonía del eros

[5] Pág. 12. La expulsión de lo distinto

[6] Pág. 16 La expulsión de lo distinto.

[7] El panóptico digital.

[8] Pág. 92 La expulsión de lo distinto.

 

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In : Baldío