La pesada carga del poder patriarcal

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Por Arístides Ortiz Duarte

La noticia sobre violencia de género en el 2018 fue sin dudas que 59 mujeres fueron asesinadas en el país por sus parejas o exparejas varones. Detrás de esta información hubo otro dato: 8 de esos varones feminicidas (el 13% de los casos) se suicidaron, de los cuales algunos, en el mismo acto de matar a las mujeres, también mataron a sus hijos.

La información tiene como fuente las estadísticas oficiales del Ministerio de la Mujer. En el 2017 los suicidios de feminicidas fueron menos que el año pasado. La proyección es que este 2019 aumentarán. Son datos poco difundidos.

¿Por qué los hombres que asesinan a sus parejas o exparejas, luego se matan?

Hay poca interrogación sobre las causas del feminicida que se auto-elimina porque, sencillamente, las que padecen el drama del poder patriarcal son las mujeres, y el foco de atención, con justicia, se proyecta sobre ellas. Pero en la misma medida en que cada año va creciendo la cantidad de feminicidios en los países latinoamericanos, también aumentan los casos de  autodestrucción de sus responsables.

No tengo dudas de que una de las causas que concluyen las pocas investigaciones en sicología y siquiatría sobre el tema sea cierta: en ese acto de destrucción de su objeto de poder (la mujer) el varón también se auto-destruye, porque liquida su identidad, su rol y su sentido de vida.

Los hechos humanos, sin embargo -desde una mirada e interpretación complejas de la vida- muy pocas veces tienen una sola causa. Tienen varias y ocurren en estructuras sociales y personales muy específicas. Detrás del cruel ejercicio de poder que los feminicidas consuman al asesinar a «sus» mujeres hay una trama cultural patriarcal de la que los hombres debemos hablar, porque, contradictoriamente, también padecemos esa trama, también sufrimos ese milenario despotismo. La triste carga de nuestro poder. Con lo cual digo que la mayoría de los feminicidas no son sicópatas, sin empatía alguna con sus parejas o exparejas, sino cautivos de su propia narrativa de poder.

Señalaré aquí solo tres de esas otras causas, porque me parecen los móviles centrales de los actos feminicidas.

El concepto de que la mujer es «propiedad» del hombre -construido a lo largo de miles de años por la cultura patriarcal- es uno de ellos. La mujer no solo es ese «objeto» a ser explotado (económica, sexual, afectiva, intelectualmente) por sus «legítimos» explotadores; es también querida la mujer, desde hace unos cuantos siglos atrás, por su «dueño» gracias al amor romántico, un sentimiento sutilmente construido por los poetas, los juglares, los religiosos y los filósofos de Occidente. Un sentimiento que terminó siendo una trampa también para los hombres.  Una ilusión, el amor romántico,  que significa para el varón «posesión» de la sexualidad y el afecto de la mujer. Una sucia ficción construida por nosotros los hombres para ejercer poder. Desmontar el Proyecto Romántico es el gran desafío de hombres y mujeres, que es distinto al proyecto amoroso.

Imaginar juntos y practicar con la paz-ciencia de los maestros zen que nuestras amadas mujeres pueden disfrutar de la piel de otro hombre o mujer, es una tarea urgente y necesaria. Hablarlo e imaginarlo en grupos y colectivos de varones, sin temer de aquel legado milenario. Recordando que el ser humano, como la vida, está en permanente cambio. De que hoy, y en este momento, se puede cambiar.

Siento que el núcleo de las aventuras feminicidas está aquí, y que debemos abordarlo con valentía, aun con el hondo dolor que nos provoca la ilusión de la propiedad de la Otra amada. Y se puede, porque la mayoría de las veces, las ideas construidas son más dolorosas en la mente que al contradecirlas en la misma práctica. No en vano muchos de los feminicidios perpetrados ocurren en el momento de descubrirse la «infidelidad» de la mujer o cuando deciden separarse de sus «amos». Imaginar que nuestras amadas pueden disfrutar intensamente de otro hombre, afectiva y sexualmente, es imperioso. Hecho que –sigamos imaginando- no implicará menoscabo al amor que nos tengan.

La segunda piedra angular de nuestro auto-padecimiento es, para mí, el miedo atroz a la soledad,  a una vida sin pareja y sin familia. Una posibilidad que a muchos nos causa terror. Muchos hombres nos imposibilitamos de imaginar una vida por fuera de una pareja «eterna», «única» y «fiel» y de una familia nuclear estable. Sabemos que los prejuicios sociales hacia un «soltero» son duros. Algunos sabemos de las puniciones de la hetero-normatividad. Pero imaginar viviendo solos, sin tener en un mismo espacio a nuestras parejas, incluso sin tener hijos, es fundamental. Y esto también exige mucha valentía: pocos aún son los hombres que deciden hablar y amigarse con sus demonios y personajes internos, con sus fantasmas. Es el miedo a estos fantasmas el que, en parte, nos impulsa al feminicidio, a matar a la persona que, muchas veces, auténticamente sentimos amar. Es imperioso imaginar juntos, grupal y colectivamente, esta posibilidad de vida. Porque en la imaginación surgen las nuevas formas de vida.

Debemos contradecir la creencia de que los hombres  somos todopoderosos, y que no podemos sentir ni sufrir. Una creencia construida por nosotros mismos que, muchas veces, impide que se cometan crímenes contra las mujeres. ¿Cuántos feminicidios podrían haberse evitado si el hombre se hubiera animado a llorar con su amigo, su hijo o su madre  porque su pareja decidió salir de la relación por cansancio, por tener sexo con otro o por amar a otro? ¿Cuántas matanzas se hubieran evitado si el hombre aceptaba el dolor y hasta la depresión que provoca toda separación, toda pérdida? No convertirse en feminicida cuestan muchas veces solo lágrimas y tristeza el tiempo que se necesite.

No estoy queriendo decir en este texto  que los hombres no somos responsables de nuestros actos crueles contra las mujeres. No. Creo que el poder mal ejercido debe tener sus consecuencias firmes contra los que lo ejercen. Y mientras no apaguemos ésta idea de poder -vana por cierto, ilusoria por cierto-, en situación relacional con la mujer, no desaparecerán ni los piropos ni los acosos ni las muertes. Sí quiero decir, con énfasis, que seguir sosteniendo el poder patriarcal sobre nuestros penes, nuestros sentimientos y, muchas veces, sobre nuestra economía de proveedor, es un negocio caro, una carga social trágica y un sufrimiento inmenso.

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