La otra historia contada por Roa Bastos

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Roa se sumergió con su escafandra de fabulador en la historia oficial paraguaya y escribió la otra historia, la descolonizada. Con estética barroca y contenido trágico, el autor de Yo, el Supremo rescató  personajes, hechos y épocas de nuestra realidad pasada negados por el poder.   

Por Arístides Ortiz Duarte

Vi el libro en el desordenado estante de un amigo. “Augusto Roa Bastos. Valoraciones Múltiples” decía el título. Lo hojee: una veintena de críticos de diferentes nacionalidades desmenuzaban con finos picotazos las novelas, los cuentos y las obras de teatro de Roa. La biografía del autor me recordaba que el viejo había nacido un 13 de junio de 1917, un mes como este junio de 2017. Me invadió entonces una especie de remordimiento por la gran deuda que -creo yo- tenemos de aprender la literatura que nos legó. Con extraña naturalidad metí el libro en la mochila y abandoné, silenciosamente, aquella casa.

El libro aquel revela el festín que puede darse cualquier crítico literario analizando la literatura roabastiana, por su complejidad y su carácter monumental. Una obra que otorga al lector atento y apasionado un infinito coro de voces para interpretar y vivir las fábulas que escribió aquel niño que nació en el barrio Villa Mora de Asunción, y que luego, a los tres años, se mudó al pueblito de Iturbe, departamento de Guairá, de donde provienen muchos de los personajes y situaciones que pueblan y escenifican sus textos.

Recuerdo que en tiempos de la universidad, cuando caía Stroessner y Roa se levantaba con el Premio Cervantes, llegó a mis manos Yo, el Supremo. Tenía que leer algo de aquella figura que se erguía como una especie de héroe nacional. El intento fue más que frustrante: en la página diez desistí en forma rotunda. No habia entendido nada de ese libro monumental de más de 460 páginas. Luego me daría la correspondiente propaganda de haber leído con deleite toda la novela.

Varios años después, con cierto temor, volví a intentar con uno de sus libros de cuentos: El Baldío. “No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus siluetas vagamente humanas, los dos cuerpos reabsorbidos en sus sombras…”, dicen las primeras líneas del cuento. Leí aquel brevísimo texto de un tirón, como se bebe un vaso de cerveza después de un duro partido de fútbol. Luego otro vaso, y otro. El éxtasis que me produjo fue quizás el mismo que sintió Mario Benedetti, cuando al abordar los cuentos de Roa escribió: “Su estilo era lo suficientemente conciso, ágil y –en el mejor de los sentidos- efectista, como para que a través de su lectura no decayese el interés del lector”. El Baldío fue la puerta por la que entré al mundo literario dónde Roa cuenta, desde una perspectiva historiográfica, la otra historia paraguaya, la que escribe buceando en la historia oficial, la colonizada, con la escafandra del fabulador.

Peripecias de la vida

Roa con los escritores Leopoldo Marechal, argentino, y Gabriel García Márquez, en Buenos Aires, en 1969. Fuente: desconocida

Roa con los escritores Leopoldo Marechal, argentino, y Gabriel García Márquez (derecha), en Buenos Aires, en 1969. Fuente: desconocida

La fascinación por el conflicto humano más apasionante, la guerra, lleva a un adolescente Roa Bastos a huir de su casa con la intención de enrolarse como soldado en las fuerzas armadas paraguayas.  La confrontación bélica contra Bolivia, en 1932, se iniciaba, y nuestro escritor necesitaba de experiencias vitales. Roa intentó llegar hasta el frente de batalla, pero fue detenido por el camino.  Alcanzó un lugar llamado Fierro Punto, en el centro del Chaco, donde se incorporó  como ayudante de enfermería. En una entrevista ofrecida a una revista argentina, allá por 1970, Roa relata que en Fierro Punto, lugar de paso de las tropas que avanzaban hacia el frente, escuchó en un corro el canto de una polca y el rasgueo de una guitarra. Se acercó. Aquel hombre vestido de verde olivo, descalzo, de pequeña figura, expandía con su música una extraña potencia que insuflaba de furor a los soldados. Conmovido, preguntó quién era el cantor. “Era Emiliano…sus letras y melodías quedaron grabadas en mi memoria. Hasta hoy no dejan de sorprenderme la armonía con que el guaraní y el castellano conviven en sus músicas, y cómo sus ritmos y melodías fueron alimentados por el ánimo popular”, había expresado Roa.

Veintiocho años después, en 1960, aquella experiencia épica se transformaría en la novela Hijo de Hombre, y Roa cobraría forma en el personaje de Miguel Vera, el personaje que narra en el libro con deslumbrante estética y densidad trágica el acontecimiento bélico que vivieron ambos países.

En 1936 se inicia en el periodismo en el diario “El País” de Asunción. A sus 19 años, nuestro autor empieza a ser conocido en el mundillo cultural de aquella época. Años después, Roa viajaría a Londres, desde donde enviaba sus informes sobre la Segunda Guerra Mundial, publicados en “El País”. Aquí entrevista al general Charles De Gaulle, traba amistad con el poeta español Luis Cernuda y observa el desolador paisaje bélico europeo.

Un hito que marca la vida y obra de Roa Bastos es su largo exilio. La “Primavera Democrática” había fracasado y los “guiones rojos”, triunfantes en la Guerra Civil del 47 y liderados por J. Natalicio González, asolaban el país. El diario “El País” había sido clausurado por el dictador Higinio Morínigo. El autor de En frente del frente argentino  tenía diferencias políticas e intelectuales con Natalicio, así que optó prudentemente por asilarse en la Embajada del Brasil, de dónde partió a Buenos Aires. Durante sus 29  años en esta ciudad, Roa fue mozo en un coqueto reservado, vendedor de seguros, mercachifle, redactor epistolar de una disquería; guionista de cine, editorialista y luego corrector del diario “Clarín”, además de docente universitario. En los márgenes de esta vida, Roa era escritor. “Yo soy un escritor de sábados, domingos y feriados”, declaró una vez.

Marx, Emiliano y Barret

Estatua de Roa Bastos en la Plaza Uruguaya. Fuente: hoy.com.py

Estatua de Roa Bastos en la Plaza Uruguaya. Fuente: hoy.com.py

El niño que se mudó a Iturbe allá por 1920 recibió el impacto de la cultura rural, cargado de paisajes naturales, de explotación y miseria humanas y del idioma que nos legaron los guaraníes. Este mundo, lleno de injusticias pero también de personajes fantásticos, condicionarían en el futuro la literatura del autor de El fiscal. Sobre esta vivencia apoyaría, muchos años después, la lectura de los textos de Marx, un aspecto poco conocido de su formación que se lee en los Fragmentos de una autobiografía relatada,  publicado por el escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguier.  Y más adelante conocería en el grupo Vya’a raity al poeta Herib Campos Cervera, el militante del Partico Comunista que, según el propio Roa, influiría notablemente en él por su sólida formación y su cálida humanidad.

De las lecturas nacionales que marcaron al autor de Hijo de Hombre, dos tienen lugares oraculares: las del español-paraguayo Rafael Barret y de Emiliano R. Fernández. La pluma “vital y nerviosa” (según palabras de Roa) de Barret, con sus crónicas de El Dolor Paraguayo describiendo la esclavitud en los yerbales y los excesos de la oligarquía y el imperio, le hizo descubrir la historia que encubre el poder. La poética de Emiliano, a quien Roa considera “el mayor poeta popular del Paraguay”, le sugiere la sensibilidad del lenguaje que debe aprender para narrar las historias del pueblo. Persiguiendo este aprendizaje, estudió y cantó obsesivamente a Emiliano. Así, ambos autores, anclaron la obra roabastiana en lo profundo de la historia nacional.

Un simple compilador

La obra de Roa Bastos es polifónica: es como un árbol con incontables ramas que llevan a mundos diversos. Me tomo de una de estas ramas y destaco en este breve repaso que su literatura se desentendió de la colonialidad: ese fenómeno a través del cual el poder, en sus diversas manifestaciones, nos hace escribir, no nuestra literatura, sino su literatura, no nuestra historia, sino su historia. Libre del pensamiento oligárquico y colonial que sufren muchos intelectuales paraguayos, el autor de El trueno entre las hojas ubicó en el justo medio la figura de José Gaspar Rodríguez de Francia, sin caer en las condenas históricas del poder ni en el panegerismo nacionaliode; pintó la trágica explotación del hombre y la mujer en los yerbales, los ingenios azucareros y tanineros, un cuadro siempre obviado por los criollos colonizados; incorporó la cosmogonía y el idioma guaraní a su literatura a través de un complejo juego de escritura, negándose a los dictados del eurocentrismo de amputar nuestra cultura americana.  Y, sobre todo, tuvo la humildad de reconocer que fue un compilador del conocimiento del pueblo: “Toda escritura ha sido leída antes”, decía Roa, y la escritura es un simple registro de la acumulación de conocimiento humano a través de la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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