“La humanidad ha vivido en zozobra desde siempre”

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En esta entrevista, el periodista Paulo César López nos habla de su libro “La narrativa tomárãho como estrategia de adaptación”, lanzado a fines del pasado octubre, un análisis de relatos chamacoco compilados por el antropólogo Guillermo Sequera. El autor señala que su intención es presentar un enfoque materialista de la oratura de esta etnia chaqueña destacando su dimensión adaptativa.

Por Cecilia Fernández

Paulo César López, autor del libro “La narrativa tomárãho como estrategia de adaptación”.

Paulo César López, autor del libro “La narrativa tomárãho como estrategia de adaptación”.

En  contraste a las posiciones revivalistas y románticas, López apela al valor testimonial e histórico de las narraciones así como a la función adaptante de la oratura como un sistema de racionalización de los recursos necesarios para la vida, sobre todo regulando la cacería y fomentando las migraciones. Esto sin omitir la belleza poética de los cuentos haciendo la acotación de que este acervo no se limita a la representación de un drama protagonizado por autómatas predeterminados a la sola procura del alimento.

Profundamente arraigada en la cultura alimentaria y su relación con el ecosistema, los episodios de brujería, magia, enfrentamientos bélicos, migraciones, adulterio y luchas de poder, entre otros, tienen como factor común el afán de la especie de contribuir a la reproducción de los ciclos de la naturaleza y evitar el agotamiento de los recursos. Así también, el autor asegura que su propósito es evitar presentar una imagen idealizada y, por ello, no elude hablar de las luchas de poder, la mezquindad y hasta el engaño al que recurren algunos de los personajes para lograr sus objetivos.

–¿Cuál es el punto de partida de tu ensayo?

–La motivación inicial fue mostrar que existe un relato de la historia más allá del mito o la superstición. Es decir, bajo el manto de las creencias míticas subyace un sistema racional y coherente que los ha ayudado a adaptarse para sobrevivir. El nomadismo fue considerado tradicionalmente como un tipo de economía predatoria e improductiva que solo se basa en el consumo, pero existen episodios que reflejan que las migraciones han sido una estrategia adaptante, pues tenían el objetivo de evitar agotar los recursos y permitir su regeneración. Los cuentos advierten también sobre las consecuencias de sobreexplotar los recursos, por ejemplo si se cazan animales más de lo necesario para la alimentación.

Si por un lado existe una subvaloración de las culturas indígenas, por el otro se registra una idealización acrítica y victimizante. Por ello, pretendo examinar cómo la religiosidad, en este caso registrada en las narraciones, tiene una utilidad material concreta. Cuando se habla del legado de estas culturas, por lo general se las reduce a la categoría de “patrimonio intangible” y, por lo tanto, se ignora su dimensión material.

Aunque hable como alguien que viene de los estudios literarios, me atrevo a superar mis limitaciones y ofrecer un texto con cierto contenido antropológico. Si los fundadores esta disciplina, provenientes de los centros de administración colonial, se propusieron estudiar qué los diferenciaba de esos “otros”, a mí me impulsó el deseo de indagar cuán parecidos son a nosotros.

–El libro se enfoca especialmente en la lucha por el alimento, algo que contradice esa idea de que los pueblos indígenas vivían en el pasado precolonial en un estado de plena abundancia.

–La debacle de muchas culturas precolombinas es anterior al periodo colonial. Las ciudades mayas, apreciadas por su sofisticada arquitectura y pirámides monumentales, fueron abandonadas antes de la llegada de los europeos. Considero que las hipótesis más plausibles son aquellas que plantean que la decadencia de esta gran civilización mesoamericana se debió a la sobrepoblación y sobreexplotación de los recursos. Esto nos previene de los preconceptos románticos que asumen que las culturas precolombinas vivían en un estado de plena armonía con la naturaleza hasta la llegada de los conquistadores.

–En tu libro se insiste mucho en lo escatológico, las guerras, los conflictos.

–Difícilmente podamos negar el origen antropogénico de los ciclos climáticos extremos que estamos viviendo en la actualidad. Incluso admitiendo que nunca antes la humanidad ha enfrentado una crisis ambiental de estas dimensiones, si miramos las tradiciones de otros pueblos, como los guaraníes, hay referencias antiquísimas de catástrofes ambientales como la gran quemazón o el gran aguacero.

Las pestes, hambrunas y guerras son una constante en nuestra historia. La humanidad ha vivido en zozobra desde siempre. No solo el sistema capitalista actual de producción y consumo nos está llevando a la debacle. Como especie hemos estado bajo amenaza desde siempre. Yo intento apartarme de esa idea del buen salvaje que vivía en armonía con la naturaleza. Intento apartarme de cualquier solemnización.

Los protagonistas de algunas de las historias que tomo son muchas veces tramposos, avaros, abusivos, adúlteros, mentirosos y cobardes. Por supuesto, también tienen un profundo sentido del humor. Se ríen de sus propias debilidades y contradicciones, tienen sueños, son a la vez inocentes y culpables como cualquier ser humano. Mi principal objetivo es mostrarlos con sus grandezas y miserias. Me propongo brindar el retrato más sincero del que es capaz un sujeto externo para analizar una sociedad en toda su complejidad, con sus esperanzas y angustias, sus hazañas y atrocidades.

–En algún momento no te planteaste ser muy invasivo  al ventilar los conflictos internos de la comunidad.

–De hecho, al principio el libro tenía tres capítulos y el primero, que narra mi estadía en la comunidad, fue suprimido. Además de que no me convenció estilísticamente, creo que la principal razón fue que sentí que traspasé la línea, que no tenía el derecho de revelar tanta intimidad. El trato fue difícil desde un principio. Están cansados de ser muestras de laboratorio de investigaciones que no les sirven de nada. No les gusta ser objetos de libros de antropólogos que llegan, ven y se van. Por supuesto, mi trabajo es invasivo de alguna u otra manera, pero a pesar de esto no pude abstenerme de la tentación de colaborar para que estas extraordinarias narraciones lleguen al público.

–¿Cuál es el principal aporte que destacás de tu trabajo?

–Lo que más destaco es el esfuerzo de mostrarlos tal cual son, humanos como cualquiera de nosotros, con sus grandezas, limitaciones y contradicciones.  Una de las cosas que más me cautivaron es que los protagonistas no son, o no lo son siempre, héroes o profetas de conducta intachable. En los pasajes podemos ver a verdaderos pillos que aprovechan sus cualidades especiales para fines personales y para engañar. Por ejemplo, el “Prometeo” tomárãho que enseñó a los hombres el manejo del fuego se pasaba engañando a sus compañeros para generar intriga entre sus esposas o asechar a jovencitas. Por eso los llamamos salvajes, porque creen en algo distinto a un mártir que murió por nuestros pecados y que fue concebido sin que su madre haya mantenido encuentro carnal alguno con un hombre. Bueno, eso al menos es lo que dice la Iglesia.

–También insistís en las rebeliones y la lucha del individuo contra los mandatos colectivos.

–Sí, intento mostrar lo equivocadas de nuestras creencias sobre estas culturas, en especial la tendencia de percibirlas como más homogéneas de lo que realmente son y como condenados a la obediencia absoluta. Como cualquier otra sociedad, está integrada por personas que no aceptan siempre el mandato colectivo, que luchan por su libertad y también son en cierto modo individualistas. Es decir, el colectivismo tribal es permanentemente desafiado. Otro aspecto que me interpeló es la lucha constante entre el individuo y la sociedad, la rebelión, la desobediencia. Es cierto que es muy constante la punición ejemplificadora contra los transgresores de la ética comunitaria, pero también muchas veces los malhechores o pillos se salen con la suya.

–Por último, ¿cuál es el mensaje que darías a tus posibles lectores?

–Bueno, en primer lugar retomar lo que decía Jean Paul Sartre, que no es verdad que uno escriba para sí mismo. Siempre se escribe para alguien y obviamente espero la complicidad del lector o la mayor cantidad posible de lectores, aunque se trata de un libro que no quiere ni podría aspirar a la masividad. Sin buscar una excusa anticipada sobre la poca difusión que pueda tener el libro, al escribir siempre tengo presente lo que dice Pierre Bourdieu en “Sobre la televisión”, que el éxito de ventas, o sea el criterio externo, va casi siempre en contraposición a la jerarquía del criterio interno, es decir, en contra de la “seriedad” y la “calidad”, tanto en la literatura como en el periodismo.

Mi formación estrictamente literaria me hace conciente de que quizá haya hecho una apuesta muy arriesgada al incursionar en campos en los que no soy experto en lo académico. Sin embargo, creo que el libro tiene un mensaje y su construcción textual es producto de la mayor seriedad de la que soy capaz, a veces mejorando y otras quizá empeorando el texto con las numerosas relecturas, tachaduras y reescribiendo pasajes completos por mi ansiedad de no poder dejar de corregir. Parafraseando a Jorge Luis Borges, este libro se publicó solo porque me cansé de corregir, no porque lo haya terminado.

Foto destacada: Guillermo Sequera

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