La historia de un testigo ocular de la visita de un amigo cercano de Mangoré

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El inglés Richard Durrant visitó el Paraguay por cuarta vez a fin de participar de un concierto en celebración de los 35 años de carrera del arpista Ismael Ledesma y para promocionar el disco conjunto “Durrant y Ledesma”, lanzado en este 2017 y que reúne obras de ambos compositores en dúo de arpa y guitarra.

Por Edward Hyde

I’m in trouble again, pensé mientras empujaba el blindex y atravesaba el lobby del hotel presagiando mi primer gran fiasco en calidad de intérprete. El guitarrista inglés Richard Durrant, que apenas habla unas pocas palabras en castellano, me había contactado días atrás solicitándome intermediar para arreglar un encuentro durante su estadía en Asunción con sus colegas y amigos, los compositores de guitarra clásica Juan Adolfo Duarte y Felipe Sosa. Yo solo asistía en carácter de autor de una serie de artículos sobre Durrant y Duarte. Y ocurrió lo que sospechaba. De pronto fui designado intérprete ad hoc.

Entre los saludos y las conversaciones preliminares, no pude evitar preguntarle por qué se empeñaba en complicarlo todo. Solo respondió con una carcajada y prometió que sería claro como una campana. Si el sentido común nos indica que el registro oral es más accesible que el escrito, en el caso de Durrant es más fácil leerlo que mantener una conversación con él. Sus expresiones discurren al mismo ritmo frenético que sus interpretaciones.

La cuarta visita de Durrant tuvo como acto principal su participación en el concierto de celebración de los 35 años de carrera del arpista paraguayo residente en Francia, Ismael Ledesma, que se realizó en el Centro Paraguayo Japonés (CPJ)  el pasado 7 de abril. En el marco de esta amistad musical, ambos compositores lanzaron en este 2017 un disco conjunto bajo el título de “Durrant y Ledesma”, que ofrece diez piezas de ambos compositores en dúo de arpa y guitarra, además de un solo para arpa de Ledesma. Las obras de Ledesma que forman parte del álbum son “La balada para el indio”, “Paso indio”, “A mi pueblo”, “Aromas del mundo”, “El vagabundo” y “Amazonas”. En tanto, Durrant presenta Wilbury Summer, Preludio after Barrios “Un día en Villa Florida”, Greyfriars Strathspey y Guarania para Shoreham, en coautoría con Ledesma.

“The Girl at the Airport” –su último “disco paraguayo” y que fue grabado con la Orquesta Filarmónica de la ciudad de Praga– está dedicado a las víctimas del desastre de Shoreham, ocurrido en 2015 durante una exhibición aérea donde un cazabombardero se estrelló en una zona urbana. Su tetralogía sobre la música paraguaya se inició con “The Number 26 Bus to Paraguay”, que está dedicado íntegramente a obras de Agustín Barrios; el segundo, “Hijo de Hombre”, incluye obras de Barrios, Quirino Báez Allende, Felipe Sosa y Kike Pedersen, además de una obra de su autoría, “Apretón de manos”.

Sobre esta última cuenta que fue escrita durante su primera visita al Paraguay en 2011 cuando brindó una conferencia y audición en el Hotel del Lago de San Bernardino, donde Barrios había ofrecido varios conciertos en los años veinte. Durrant cuenta en su libro lanzado en octubre de 2016, “The Number 26 Bus to Paraguay”, que en aquella ocasión sintió una presencia viva en el lugar.

Relata que entonces despertó cerca de la medianoche, se levantó y bajó las escaleras hacia el bar convencido de que se encontraría con Nitsuga, a quien tenía tantas preguntas que hacer. Pero el bar estaba vacío y cayó en la cuenta de que llegó ochenta años tarde. A la mañana siguiente el frustrado encuentro le hizo escribir una breve pieza musical, “Apretón de manos”, cuyo manuscrito original dejó en una vitrina del hotel en caso de que Barrios volviera a pasar por el lugar.

Cuando le comenté que lo que más me gustó de su libro era la manera en que ficcionalizaba algunos episodios, rechazó el calificativo en unas palabras apuradas que no llegué a comprender del todo, pero que me dieron a entender que los hechos recogidos en esas páginas ocurrieron tal cual están narrados. Le bastaba hablar normalmente como un British para cortar cualquier discusión.

La extraña ausencia

El mundo de la academia musical, en particular el de la guitarra, permaneció indiferente ante este acontecimiento. Richard y quienes lo acompañamos la noche de su segundo concierto, realizado el martes 11 de abril en la Alianza Francesa bajo la organización de Fausto Cultural, sentados a la mesa en lo alto de la terraza de un hotel capitalino, ensayábamos varias posibles explicaciones: el momento político, el precio de las entradas y, por supuesto, un cierto sentido de mezquindad en el fondo.

Richard Durrant, Juan Duarte e Ismael Ledesma.

Richard Durrant, Juan Duarte e Ismael Ledesma.

Ismael no podía contener la rabia por el escaso público que estuvo presente en el concierto. “Mba’e lo oikóva ko’ápe? Aikuua mba’e la oikóva, pero ndaikatúi aentendé. Che pochy hína”, exclamó bajo la atenta mirada y la sonrisa de su compañera, Hélène. El trato ceremonioso de maestro fue cambiando a un simple “Nde, Ismael” o “Mba’e nde ere, prosor?”. El desasosiego era un sentimiento compartido. Los locales Juan Duarte y el arpista Cristóbal Pedersen respondían con un gesto de “Mba’e pio japapóta” ante una situación normalizada que ya ni valía la pena ser discutida: la división en pequeñas sectas del ya de por sí pequeño escenario artístico local.

De súbito, con entusiasmo Richard nos invita a ver la grabación en que interpreta “La última canción” de Barrios en la Plaza Uruguaya, recreando aquella última presentación de Mangoré en Paraguay, en enero de 1925, antes de partir para nunca más volver. El video, grabado el pasado 8 de abril, se inicia con una escena en que Richard entra caminando a la plaza con su guitarra para detenerse de pronto al borde del cordón de la senda principal. Desenfundó su guitarra y tocó “La última canción”, acompañado de una presentación espontánea de la bailarina paraguaya Gaby Cabrera.

Stand up

El stand up, el tocar parado de Richard, es un estilo que llamó la atención de Duarte y Rolando Chaparro, quien se sumaría a la mesa ya bien avanzada la noche. Richard instó a Juan a abandonar la boring performance y la institucionalidad de los guitarristas clásicos de tocar sentados encorsetados en sus trajes y las poses prefabricadas apoyados en los posapiés y los brazos constreñidos. Richard es un rock star de la guitarra clásica que rompe con la ceremoniosa misa de la “música culta”, fue la conclusión.

Durrant contó que su costumbre de tocar parado, descalzo y con ropas ligeras surgió mientras estaba ensayando para un concierto por sus 50 años. Practicando una obra de Johann Sebastian Bach, de pronto se paró, sintió sus brazos y dedos más ligeros, una visión panorámica más amplia así como una conexión con el instrumento al punto de que él y la guitarra se hicieron un solo cuerpo. Sin embargo, hizo la confidencia de que su estilo stand up no estuvo exento de dificultades al principio, en especial al interpretar “El gran trémolo” de Barrios.

Ese pequeño público que asistió a verlo con calidez y una íntima complicidad generó con sus sentidos aplausos un estruendo que llegaba a las vibras más profundas como no hubieran podido hacerlo un millar de personas presenciando impersonalmente un concierto más. Pero este no fue un concierto más.

Tras tocar unos arreglos de Bach, Durrant comentó que, bajo la influencia del músico alemán, Barrios compuso una de las mejores piezas de todos los tiempos, La Catedral, de la cual tocó una speed version del tercer movimiento, el Allegro Solemne. Entre otras obras, se sucedieron Mazurca Appasionata y las Abejas, esta última precedida por el Abejorro del español Emilio Pujol a manera de contraste.

Durrant hace una pausa y presenta a su guitarra. Explicó que su instrumento fue fabricado  de manera de roble de un árbol de más de 5.000 años. Posteriormente señaló que Barrios era no solo uno de los guitarristas y compositores más importantes de todos los tiempos, sino que además era uno de sus mejores amigos. De su repertorio de compositor, Durrant ofreció The walrus tree, Apretón de Manos y otras piezas inglesas como Cavatina de Stanley Myers.

Entre las obras de los autores contemporáneos paraguayos, interpretó Villa Alondra de Felipe Sosa y dos piezas de Duarte, Romanza di un sole y Panambi raity. Richard señala que Panambi tiene una magia que lo posee y que al ejecutar la pieza no puede contener ese arrebato de velocidad que siempre se apodera de él cuando hace de intérprete. “Panambi siempre me pide más y más velocidad. No puede ser tocada de manera lenta”, afirma mientras se agarra la cabeza como un poseso que desea conjurar las fuerzas de la velocidad que lo atormentan.

Por su parte, Juan lo tranquiliza y le dice que el mejor Panambi es el que sale de sus manos y que como intérprete ha superado la versión del autor. Confiesa que incluso ha intentado, sin éxito, emular la versión de su máximo intérprete, en parte porque su oficio de docente lo ha mantenido lejos de los escenarios por más de un año, asegura.

Dos minutos para la medianoche. Ya  habíamos perdido el último bus a Finisterre y Richard partía al día siguiente de regreso a UK. Nos adelantó que volverá en noviembre ante una invitación del director de la Orquesta Sinfónica de Asunción (OSCA), Luis Szarán, para tocar como solista el Concierto de Aranjuez y una obra de su autoría, que no reveló aún cuál sería.

El ritmo de la ronda empezaba a amainar, pero la euforia de la noche iba en ascenso. Era la hora de la despedida y, entre abrazos y un cántico eufórico, cerramos la noche coreando chants de barras bravas inglesas: “Richard, Richard, Richard, Richard, we’ll support you evermore”.

A la tarde siguiente Richard despegó cerrando su cuarta visita oficial. Pero ya mucho antes él había estado aquí. Desde los ocho años, cuando sus padres le regalaron un disco de Alirio Díaz, a bordo de aquel bus número 26 en que iba a sus clases de música se hizo amigo cercano del cacique Mangoré por intermedio del guitarrista venezolano, intérprete de sus versiones preferidas de las obras de “el Paganini de la guitarra de las selvas del Paraguay”.

 

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In : Baldío