La épica de la vida humana

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El actual “malestar en la cultura” y sus efectos de desbordes en la psiquis

Por Osmar Sostoa*

A escasos años de su centenario, la obra de Sigmund Freud, El malestar en la cultura (1930)1, nos convoca a repensarla en función del malestar actual de la humanidad. Hoy vemos y sentimos el sufrimiento humano dentro y fuera del consultorio, consecuencia de las grandes contradicciones de la sociedad que generan contrastes y conflictos de todo tipo.

Con la primera guerra mundial y el ascenso del nazismo, Freud estuvo entre los intelectuales que expresaron su preocupación acerca del destino de la humanidad. En el citado texto freudiano, su autor procura encontrar una explicación a tanto impulso destructivo de la especie humana. Dos años después de la publicación de dicha obra, por iniciativa de la Liga de las Naciones, Albert Einstein le propone a Freud un intercambio epistolar público, conocido luego bajo el título “¿Por qué la guerra?”.

En su carta del 30 de julio de 1932, Einstein le expresa a Freud: “El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso”2.

Por su parte, Freud responde a Einstein en setiembre de 1932, explicándole: “en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder desigual, varones y mujeres, padres e hijos, y pronto, a consecuencia de la guerra y el sometimiento, vencedores y vencidos, que se trasforman en amos y esclavos. Entonces el derecho de la comunidad se convierte en la expresión de las desiguales relaciones de poder que imperan en su seno; las leyes son hechas por los dominadores y para ellos, y son escasos los derechos concedidos a los sometidos”3.

Y Freud le propone: “Desde nuestra doctrina mitológica de las pulsiones hallamos fácilmente una fórmula sobre las vías indirectas para combatir la guerra. Si la aquiescencia a la guerra es un desborde de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraria, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra. Tales ligazones pueden ser de dos clases. En primer lugar, vínculos como los que se tienen con un objeto de amor, aunque sin metas sexuales. El psicoanálisis no tiene motivo para avergonzarse por hablar aquí de amor, pues la religión dice lo propio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ahora bien, es fácil demandarlo, pero difícil cumplirlo. La otra clase de ligazón de sentimiento es la que se produce por identificación. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana4.

Por otro lado, en El malestar en la cultura, Freud aborda la religión como el gran relato destinado al hombre común que le explica sobre el origen del mundo y le da al mismo tiempo protección y reparación en sus sufrimientos y el gran sentido de la vida para alcanzar la felicidad. Por lo tanto, Freud ratifica en una de sus conferencias de 1933 (1932) que “de los tres poderes que pueden disputar a la ciencia su territorio, el único enemigo serio es la religión”5.

Sin embargo, los pensadores de la posmodernidad sostienen que se terminaron los grandes relatos en las condiciones posmodernas de la vida actual (Jean Françoise Lyotard), o que se ha consumado el “fin de la historia” (Francis Fukuyama). Lyotard6 declara que “simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos”7, vale decir, la crisis de los grandes relatos. Francis Fukuyama8 afirma que los adictos al trabajo (workaholics) remplazaron el deseo por la “thymós9. Dice al respecto: “La razón de que trabajen tan duro como lo hacen está solo parcialmente relacionada con su compensación monetaria, pues es evidente que sienten satisfacción por el trabajo o por la posición y reconocimiento que les proporciona. Su sentido de autoestima está relacionado con lo duro y hábilmente que trabajan, con lo rápidamente que ascienden en los cargos de la empresa y con el respeto que les muestran otras personas. Incluso disfrutan más de sus bienes materiales por la reputación que les da que por el empleo real de los mismos, puesto que disponen de tan poco tiempo para disfrutarlos. El trabajo, en otras palabras, se realiza para satisfacer su thymós más bien que su deseo”10.

Sin embargo, el devaneo posmoderno en que está inmerso una amplia capa social, atrapada en el consumismo hedonista, está inclusive terminando como el despertar de un sueño a consecuencia de los cambios neoliberales de políticas económicas en los países del primer mundo y su impacto en el resto del planeta; tales como las fuertes restricciones y prácticamente el desmantelamiento del “estado del bienestar” en Europa.

A esos menoscabos del bienestar social, el cual estaba vigente por décadas en el período de la posguerra mundial, se le suma ahora el incremento del belicismo mediante conflagraciones focalizadas en puntos estratégicos del planeta, como parte de la disputa por la hegemonía mundial de las grandes potencias. El hombre posmoderno está perdiendo su paraíso de mercado. Como muestra valga un botón: en España 7.000 desempleados se presentaron para 100 puestos de trabajo. Por su lado, el Fondo Monetario Internacional (FMI) recomienda recortar los beneficios sociales, sobre todo de la jubilación, ante “el impacto financiero del riesgo de longevidad”11.

El actual “malestar en la cultura”, en un escenario regresivo así, complica las condiciones de subjetividad humana, por cuanto que a la pérdida de horizonte (de los grandes relatos religiosos, ideológicos o filosóficos) que lleva a los extremos de las patologías del vacío, se le suma ahora un contingente de “homo sacer”12, o individuos desechables según Agamben, marginados por el mercado de trabajo y las guerras de hegemonía.

Tampoco podemos dejar de plantear otra dimensión de semejante malestar de la civilización contemporánea, consistente en la pérdida de la individualidad. Históricamente, el gran relato del liberalismo, producto de la Ilustración, comprendía la libertad individual, y en consecuencia el respeto a la privacidad y la intimidad, el pensamiento propio y crítico, el acceso a la educación, la cultura y el conocimiento en general; propuestas que enmarcan todo tratamiento psicoanalítico. Al respecto, en El malestar en la cultura, Freud entiende que el conflicto individuo-sociedad y grupo-sociedad sería fuente de crisis y confrontaciones sociales. Se plantea entonces que “uno de los problemas que atañen a su destino es saber si mediante determinada configuración ese equilibrio puede alcanzarse o si el conflicto es insalvable”13.

Sin embargo, en la actualidad, se está instalando otra realidad, la anunciada en la novela de George Orwell, “1984”, consistente en la vigilancia del “Gran hermano”. Este totalitarismo actual encuentra en las tecnologías de la informática y las telecomunicaciones una capacidad inconmensurable de control social y mental, bajo la apariencia de una sociedad democrática.

El psicoanalista español Joan Coderch afirma que las configuraciones posmodernas del sujeto “promueven el uso defensivo de la negación y del antipensamiento”14. Contextualiza dicho perfil al indicar que los estudiosos “opinan que vivimos en un mundo amenazador en el que la tecnología despersonaliza al individuo, el marketing vacía los objetos de significado y los sujetos se encuentran frente al constante dilema de discriminación entre lo que es real o irreal, dentro y fuera, la autenticidad y la inautenticidad. Dado que las formas sociales y culturales ofrecen muy poca contención emocional y estabilidad personal, la ansiedad y la desesperación se incrementan forzosamente –podemos ver con facilidad cómo los síntomas de ansiedad son cada vez más y más frecuentes en las consultas médicas y psiquiátricas–, y nuestros recursos internos para hacernos cargo del sufrimiento psíquico disminuyen.”15

Freud argumentaba en los inicios del psicoanálisis que al paciente hay que ayudarle a “mudar su miseria histérica en infortunio ordinario”16. Con esto, procuraba ubicarse en un escenario de la época, de carácter dramático, que planteaba un ideal del yo épico destinado a sobrevivir y triunfar en el mismo, en un contexto de los ideales y valores éticos vigentes entonces.

En consecuencia ¿seguimos todavía en una sociedad restrictiva y represora del principio de placer, generadora principalmente de las neurosis? Samuel Arbiser17 señala que se da “la íntima relación entre las características de la cultura en cada momento y lugar, y las expresiones de la psicopatología”, y que, actualmente, “en el caso particular de la cultura posmoderna y su psicopatología tributaria, convendría desbrozar sus valores subyacentes para confrontarlos con los valores implícitos del método psicoanalítico, en línea … con los valores humanos más permanentes”.

Evidentemente que ya no se trata del sujeto dominado inconcientemente por un ideal del yo épico. Estamos hablando de un nuevo ethos, el hedonista (narcisista), que genera un ideal del yo hedónico. Para explicar mejor el cambio de época, Arbiser cita a Joyce McDougall (1982), con respecto a los pacientes ‘posmodernos’: “Hace algunos años encontrábamos sobre el diván del analista un buen número de pacientes que sufrían diversas formas de impotencia sexual o frigidez, en un contexto en que el objeto sexual habitualmente era amado o sobrestimado: ‘La amo y sin embargo no puedo hacer el amor con ella’. Hoy hay más analizados que dicen: ‘hago el amor con ella pero no la amo’ ”18.

Arbiser afirma que “el ‘infortunio ordinario’, al que Freud aludía en sus tempranos trabajos, es la porción del inevitable ‘malestar en la cultura’ que nos toca a cada persona enfrentada a la tarea de vivir. El superyó de la cultura impone ideales y define la ética de la comunidad como normativa de convivencia entre los individuos19. Recomienda por lo tanto el autor contar con esa mirada para comprender los cambios en la salud mental, vale decir, de la anterior preponderancia de las neurosis a la actual de las patologías narcisistas, considerando que, como dice Arbiser, “los cambios culturales producidos a lo largo de la historia de la humanidad han redundado en marcados cambios en la subjetividad y por consiguiente en la psicopatología”20.

Concluye en este aspecto el mencionado analista cuanto sigue: “se ha insistido, con razón y cierto tono nostálgico, en que el psicoanálisis marcha a contrapelo de la cultura posmoderna. Esa evidencia, lejos de abatirnos, debiera estimular la creatividad de los psicoanalistas para abordar con renovados bríos el desafío que lo nuevo nos plantea e intentar así actualizar la eficacia y la frescura del método y la teoría”21.

En esa misma dirección, el psicoanálisis nos demuestra que uno de los fundamentos de la felicidad está en haber sido amado, libidinizado por la madre, con lo que se logra esa capacidad de amar a los demás, de tener empatía; y amarse a sí mismo, tener autoestima; desarrollando así la condición de sujeto con la capacidad de sobrellevar adversidades y sufrimientos, lo que lleva a impulsar la dinámica autopoiética de la vida, vale decir, la épica de la vida humana. Este es el fundamento de la propuesta de Freud a Einstein, contra la violencia entre los seres humanos, el amor, junto a la identificación. En esa línea de reflexión, son innegables los aportes de Winnicott (madre suficientemente buena), Bion (reverie), Bowlby (apego) y Kohut (el sí mismo o self), para una mayor comprensión de la importancia de esa libidinización inicial y luego la reparación necesaria para afianzar la autoestima en el análisis.

Por todo lo dicho con antelación, podemos afirmar que la metáfora integradora del sujeto con sus ideales épicos, producto de los grandes relatos, en la posmodernidad fue sustituida por la metonimia fragmentaria de un sujeto disperso en pequeños, parciales y diversos relatos con los que aparenta encontrarse a sí mismo. De ese modo, el individuo posmoderno ya no está inserto en un gran sentido de su vida proveniente de un gran relato, sea religioso, ideológico, científico, o filosófico. Se trata de un sujeto que vive el día, carpe diem, que produce con eficiencia y consume con deleite.

En consecuencia, las patologías actuales están marcadas por lo sensorial; instancia denominada “lo originario” por la psicoanalista francesa Piera Aulagnier22. Este lugar de “lo originario”23 sigue siendo funcional por cuanto se trata del contacto directo de los sentidos con el mundo exterior, ahí en donde al nacer surgieron las primeras huellas, todavía sin representación ni fantasías inconcientes; puras sensaciones sin poder de simbolización; desde donde, en los casos psicopatológicos, afloran las adicciones, tendencias suicidas, bulimia-anorexia, defensas centradas en descargas pulsionales, conflictos de identidad, etc.; así como “lo no representado” (lo traumático), la compulsión a la repetición y sus vinculaciones con el masoquismo, la reacción terapéutica negativa y la pulsión de muerte.

Por su parte, André Green (2003), cuando expone el fenómeno de los desbordes y su vinculación originaria con las pulsiones, plantea que el psiquismo se desmadra en lo alucinatorio, la actuación y las somatizaciones24. En el primero, con la alucinación negativa que emerge de las etapas anteriores al recuerdo y al lenguaje. En el segundo, con la actuación en remplazo del recuerdo, sin referencia a la representación, que lleva a la descarga (acting o enacción, compulsión a la repetición, etc.). En el tercero, con las dolencias psicosomáticas signadas por la depresión esencial, desorganización progresiva, desmentalización, pensamiento operatorio e irregular actividad mental, en referencia a la teoría de Pierre Marty.

Raúl Tebaldi, psicoanalista argentino, ahonda en esa regresión preedípica cuando explica que “Freud nos lleva más allá de las identificaciones secundarias, donde asienta otro poder, aquel del objeto capaz de permanecer ajeno a las leyes culturales, y mucho más apto para ser responsabilizado de las manifestaciones destructivas del ‘más allá’. En El yo y el ello, aparece la cita de capital importancia en la cual Freud atribuye el origen del ideal del yo, a la identificación inicial, prehistórica, con los progenitores, en la época en la cual no era posible la diferencia sexual. Es para él la identificación primera, directa y la de mayor valencia”25. Relaciona también el autor dicho proceso con el concepto “ligazón-madre originaria” de Freud en la obra de este “Sobre la sexualidad femenina”26. Valga el juego de palabras, cuando decimos que este “desmadre”, o desborde, de la instancia secundaria hace hundirse a la psiquis hasta la “roca madre” como último soporte; hasta la instancia primaria, en la primera identificación, antes del recuerdo y el lenguaje, o lo que es lo mismo, previa a la simbolización.

El proceso de desintegración del sujeto, con desbordes y regresión hacia “lo originario”, trae consigo la disminución, o la pérdida notable, de la capacidad de simbolización; proceso que ya era avizorado varias décadas atrás, en los comienzos de la posmodernidad, por varios investigadores. Entre éstos, estaba Nasim Yampey, psicoanalista paraguayo, quien sostenía en su libro Psicoanálisis de la cultura (1981), cuanto sigue: “Actualmente el problema de la identidad, sea en el sujeto o en los pueblos, suscita mucho interés ya que las condiciones contemporáneas han puesto a prueba la coherencia e integridad tanto de los individuos como de las sociedades. Estas condiciones sociales conflictivas destacan el grado de equilibrio psíquico de la persona individual o colectiva que ha de enfrentar y resolver sus necesidades básicas de gratificación y seguridad27.

Y agrega seguidamente el mismo autor que “E. Erikson afirma que el estudio de la identidad en nuestra época es tan estratégico como fue en tiempos de Freud el de la sexualidad, y O. Fenichel sostiene que los pacientes de nuestros días, más que de las manifestaciones neuróticas, sufren de una restricción del yo debida a sus defensas, esto es, conforman caracteropatías. Por su parte, W. Fairbairn considera que la salud mental depende de la preservación y el desenvolvimiento total de la persona; piensa que lo importante no es la gratificación instintiva ni el control de las pulsiones, ni siquiera la coordinación y conciliación de estructuras psíquicas independientes, sino la preservación de la integridad psíquica, o su recuperación si ella ha sido perdida”28.

Más adelante, sostiene que “el fomento del individualismo y la suma de represión impuesta por los sistemas vigentes han exacerbado el malestar social y los problemas individuales, creando situaciones agudas de inestabilidad e inseguridad y la compulsión a actuaciones destructivas”29. Y explica Yampey que “Mitscherlich pone de relieve las variables actuales de la cultura. En nuestra sociedad comienzan a predominar –dice– las vivencias de extrañamiento emocional entre las personas debido a los contactos superficiales y rápidamente cambiantes que caracterizan hoy las relaciones humanas. Los individuos portadores de códigos de conducta diferentes se ven obligados a efectuar rápidas adaptaciones a normas solo semejantes en apariencia, lo que origina inseguridad y angustia”30.

En conclusión

Hoy más que nunca el psicoanálisis está comprometido, involucrado y forma parte de la responsabilidad social que ineludiblemente tiene todo saber científico. Cuando Freud recibió la propuesta de Einstein, bajo el patrocinio de la Liga de las Naciones, asumió dicho compromiso sin retaceos. Y Freud sostiene en El malestar en la cultura que la instancia del superyó está abierta a la evolución cultural, a la educación, a la comprensión del comportamiento humano en comunidad. Dice al respecto: “Entrevén ustedes qué importante ayuda para comprender la conducta social de los seres humanos (p. ej., la de la juventud desamparada), y acaso indicaciones prácticas para la educación, se obtienen de la consideración del superyó”31. Y agrega luego: “La humanidad nunca vive por completo en el presente; en las ideologías del superyó perviven el pasado, la tradición de la raza y del pueblo, que sólo poco a poco ceden a los influjos del presente, a los nuevos cambios; y en tanto ese pasado opera a través del superyó, desempeña en la vida humana un papel poderoso, independiente de las relaciones económicas”32.

Lidiar con la complejidad humana, tanto en la clínica como en la educación, lleva a reflexionar más profundamente sobre los planteamientos de Freud, quien en los últimos años de su vida se ocupó con mayor énfasis de las cuestiones de la cultura.

La “modificación cultural” que propugna Freud en la carta a Einstein será posible desde una “cosmovisión científica”33 mediante la educación en las ciencias y las artes, que incluya la ética y la filosofía, apoyada desde luego en una alfabetización masiva. A partir de ello se puede sustentar un sentido de la vida distinto, humanista, y hoy en día también ecologista. Desde esta óptica del creador del psicoanálisis, tiene significación un nuevo gran relato de la humanidad, y al mismo tiempo la continuidad de una épica de la vida humana, pero superadora del “viejo ideal heroico”34 con el cual se justificaban las guerras de conquista, el sometimiento de pueblos enteros a la esclavitud y a la religión y la cultura del vencedor. Una nueva épica existencial para la sociedad y el individuo es posible, fundada en el Eros y la identificación, pero también en la ética, la filosofía, las ciencias y las artes.

Entonces, el “viejo ideal heroico” tendrá que ir cediendo paulatinamente a la nueva épica de la vida humana, en la cual el ello, o la thymós griega de Homero, Sócrates y Platón, es modificado por la cultura con la capacidad de trasformar la realidad, no de destruirla, haciendo honor a la esclarecida y pertinente traducción de Derrida del término heideggeriano “destruktion” como deconstrucción, por cuanto que no se buscaría la reducción metafísica a la nada, sino por el contrario, liberar e impulsar la creatividad y la sabiduría humanas, con las cuales las pulsiones de vida y de muerte se integran en un nivel superior, acorde a la ansiada y utópica evolución ética, pero sin abandonar el espíritu concebido por Morin del “homo sapiens-demens”, aunque ya sin guerras, para el bien de la humanidad y la naturaleza.

Ante todo, el hombre no puede verse reducido a su aspecto técnico de homo faber, ni a su aspecto racionalístico de homo sapiens. Hay que ver en él también el mito, la fiesta, la danza, el canto, el éxtasis, el amor, la muerte, la desmesura, la guerra… No deben despreciarse la afectividad, el desorden, la neurosis, la aleatoriedad. El auténtico hombre se halla en la dialéctica sapiens-demens…”. Edgar Morin. El paradigma perdido: el pasado olvidado.

Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos, con tal que otros queden fuera para manifestarles la agresión”. Sigmund Freud. El malestar en la cultura. OC, AE. Vol. 21. Pág. 111.

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro” («Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit»). Tito M. Plauto (comediógrafo latino, 251-184 AC), Asinaria, II, iv, 88.

El hombre es un lobo para el hombre” (“Homo homini lupus est”). Thomas Hobbes (1588-1679), El ciudadano.

El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Y ahora cabe esperar que el otro de los dos «poderes celestiales», el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?”

Sigmund Freud. El malestar en la cultura. OC, AE. Vol. 21. Pág. 140.

*Ponencia en el III encuentro Interregional de Psicoanílisis de Adultos de la Federación de Psicoanálisis de América Latina (FEPAL), “Clínica de los desbordes” que se desarrolló entre el 4 y 5 de mayo de 2018 en el Gran Hotel del Paraguay.

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1 El malestar en la cultura. Sigmund Freud. Obras Completas, Amorrortu Editores. Vol. 21. Págs. 57-140.

2 ¿Por qué la guerra? (Einstein y Freud) (1933 [1932]). S. Freud. OC. AE. Vol. 22. Pág. 183.

3 Íbidem. Págs. 189 y 190.

4 Ídem. Pág. 195.

5 35° conferencia. En torno de una cosmovisión. Nuevas Conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932]). S. Freud. OC, AE. Vol. 22. pág. 148.

6 La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Jean-François Lyotard. Red Editorial Iberoamericana S.A. Argentina, 1991.

7 Íbidem. Pág. 4.

8 El fin de la historia y el último hombre. Francis Fukuyama. Editorial Planeta. Argentina, 1992.

9Homero utiliza fundamentalmente las palabras psyché y thymós para referirse al alma. Thymós es el alma entendida como fuerza vital, como aquello que vivifica el cuerpo, pero que desaparece tras la muerte de éste. Lo único que parece sobrevivir a la destrucción del cuerpo es la psyché entendida como sombra, imagen, espíritu o fantasma de la persona que tras la muerte del cuerpo habita en el mundo de las sombras, el Hades. Cuando Ulises en sueños baja al Hades y se encuentra con la psyché de sus amigos muertos en Troya, los ve tristes, apagados, sin apenas actividad, y eso porque les falta la thymós o fuerza vital”. http://www.e-torredebabel.com/Historia-de-la-filosofia/Filosofiagriega/Presocraticos/Alma.htm

10 El fin de la historia y el último hombre. Francis Fukuyama. Editorial Planeta. Argentina, 1992. Pág. 309.

11 El Mundo. Diario español, del 11 de abril de 2012.

12 Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos. Giorgio Agamben. Valencia 1998.

13 El malestar en la cultura. Sigmund Freud. Obras Completas, Amorrortu Editores. Vol. 21. Pág. 94.

14 La relación paciente-terapeuta. Joan Coderch. Herder Editorial. Barcelona, 2012. Pág. 44.

15 Íbidem. Págs. 44 y 45.

16 Estudios sobre la histeria (Breuer y Freud) (1893-95) [IV. Sobre la psicoterapia de la histeria (Freud)]. S. Freud. OC. AE. Vol. 2. Pág. 309

17 Samuel Arbiser. Psiquis y cultura. Revista Psicoanálisis APdeBA – Vol. XXV – Nº 1 – 2003.

18 Íbidem. Pág. 202.

19 El malestar en la cultura. S. Freud. OC, AE. Vol. 21. Pág. 137.

20 Samuel Arbiser. Psiquis y cultura. Revista Psicoanálisis APdeBA – Vol. XXV – Nº 1 – 2003. Pág. 201.

21 Íbidem. Pág. 202.

22 La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. Piera Aulagnier. Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1ª ed. 1977. – 7ª reimp. 2007. Págs. 17 y 18.

23 “¿tenemos derecho a suponer la supervivencia de lo originario junto a lo posterior, devenido desde él? Sin duda ninguna; un hecho así no es extraño al ámbito anímico ni a otros.” … “en el ámbito del alma es frecuente la conservación de lo primitivo junto a lo que ha nacido de él por trasformación”. El malestar en la cultura. S. Freud. OC, AE. Vol. 21. Pág. 69.

24 Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo. André Green. Amorrortu Editores. 2005. Buenos Aires. Págs. 216/224.

25 Más allá del superyó. Raúl Tebaldi. XXVI Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis. FEPAL. Lima, Perú. Octubre 2006.

26 Sobre la sexualidad femenina. S. Freud. OC, AE. Vol. 21. Pág. 228.

27 Psicoanálisis de la cultura. Nasim Yampey. Ed. Paidós. Buenos Aires. 1981. Pág. 111.

28 Íbidem. Pág. 111.

29 Ídem. Pág. 112.

30 Ídem. Pág. 117.

31 31° conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica. Nuevas Conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932]). S. Freud. OC, AE. Vol. 22. Pág. 62.

32 Íbidem. Pág. 63.

33 35° conferencia. En torno de una cosmovisión. Nuevas Conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932]). S. Freud. OC, AE. Vol. 22. Pág. 146.

34 ¿Por qué la guerra? (Einstein y Freud) (1933 [1932]). S. Freud. OC. AE. Vol. 22. Pág. 196.

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