“La alegría no era solo brasileña”, anticipo de la 4a y especial edición de “La Masacre de Curuguaty”

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El libro se presenta este 28/12 a partir de las 20 en la Casa del Pueblo, sede del Partido Revolucionario Febrerista (PRF) sita en Manduvirá 552.

Aquí un anticipo cedido por el autor.

Por Julio Benegas Vidallet
Ese día 26 de julio de 2018, Margarita Durán y Guillermina Kannonikoff hicieron lo de siempre: juntarse a la mañana muy temprano con las familias de los procesados en la ya legendaria carpa de la resistencia, subir las escaleras y los ascensores del Poder Judicial para hacer guardia y reclamar la resolución. A ese tiempo, de tanto recorrer y recorrer pasillos, abrir secretarías de juzgados, urgir que alguien se haga cargo del expediente, Guillermina quería que salga la resolución, cualquiera sea ya el resultado. Por lo menos para tener las manos liberadas y llevar el caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Pero también era sabido que había esperanzas.
«¿Por qué no, por qué no?», murmuraban Margarita y Guillermina comiéndose las uñas, dándose fuerzas para resistir cualquier decisión. Por aquellos días, ahondaba la crisis entre el presidente Horacio Cartes y el reciente presidente electo Mario Abdo Benítez, del mismo Partido Colorado. Ambos habían ido de la mano y abrazados a las elecciones, pero en los primeros días luego del 22 de abril empezaron las mordeduras. No funcionaban los gabinetes de transición. Mario Abdo Benítez —hijo de Mario Abdo Benítez, exsecretario privado del dictador Alfredo Stroessner— intentaba armar su propio equipo de gobierno sin participación de los muy allegados a Horacio Cartes. El grupo Cartes, en cinco años, había acumulado más de diez medios de comunicación y otras tantas empresas. En el equipo de Mario A. Benítez, Juan Ernesto Villamayor figuraba como próximo ministro del Interior. En el documental Desmontando Curuguaty (2015) del Servicio Paz y Justicia Paraguay, el propio Villamayor había aparecido cuestionando el proceso judicial.
Esos juegos de poder dentro de un mismo régimen político no indicaban gran cosa para la causa Curuguaty. Nadie se imaginaba una anulación del juicio y la liberación de todos los procesados.

Guillermina y Margarita no se iban a mover ese día de su guardia, en el noveno piso del Poder Judicial. A esas horas, alrededor de las 14.30, los pasillos de este edificio estaban despoblados y silenciosos. Solo ellas y algunos periodistas rondaban a la espera de algo incierto.
«De acá no me muevo, hoy tiene que salir, hoy tiene que salir», se repetía a sí misma y a los demás Guillermina Kannonikoff.
En ese trance, una periodista de Abc Color les alertó que el magistrado Emiliano Rolón había salido de su despacho. Se dirigieron a los tumbos por las escaleras a tratar de ubicarlo en el estacionamiento. Ya en la calle Dr. Félix Paiva, a una cuadra del Poder Judicial, lo interceptaron los periodistas. Cuando llegaron, con el corazón en la mano, Emiliano Rolón acababa de confirmar que todos los procesados de Curuguaty quedaban en libertad. Guillermina y Margarita no lo podían creer. Se abrazaron y lloraron. Mujeres de papeles, de documentos, de archivos y laberintos burocráticos, las dos mujeres volvieron frenéticamente al noveno piso para ver y tocar la resolución. Al llegar a la Secretaría General, la secretaria sonrió y les mostró, como sacándose una piedra de encima, la copia de la resolución de 71 páginas. En la última página, se encontraba lo que ellas querían confirmar. En uno de sus puntos centrales, el quinto, decía: «Absolver de reproche y pena a los acusados Rubén Villalba, Luis Olmedo Paredes, Arnaldo Quintana, Néstor Castro Benítez, Lucía Agüero, María Fani Olmedo Paredes, Dolores López Peralta, Felipe Benítez Balmori, Adalberto Castro Benítez, Juan Carlos Tillería y Alcides Ramón Ramírez Paniagua». Y en el punto 6: «Ordenar la inmediata libertad de Rubén Villalba, Luis Olmedo, Arnaldo Quintana y Néstor Castro».
«Es cierto, Margarita, es cierto», dijo entre sollozos Guillermina.
Ambas mujeres no cabían en sí. Lloraron una y otra vez «a moco tendido, como criaturas», recuerdan hoy. La mejor forma de expresar tamaña alegría fue inundar WhatsApp con la copia de la resolución, primero a los procesados, luego a los familiares más directos, y después a tantas otras personas que se habían jugado por el caso más emblemático de la lucha por la tierra en las últimas décadas.

LMC-4ta(1)En la prisión
El 26 de julio de 2018, Luis Olmedo, condenado a 22 años de prisión, durmió una siesta luego de la visita de sus familiares. Durmió pensando en la liga de fútbol de los internos de Tacumbú, en todos los papeleos de la inscripción, las tarjetas rojas y la administración de los fondos. Desde que lo metieron en Tacumbú él se dedicó a la organización de una liga de más de 30 equipos. Jugaban todos los días. Adentro, rápidamente se hizo amigo de los internos. Durmió pensando también en sus bolígrafos tallados que, con el apoyo de organizaciones paraguayas y chilenas, eran enviados a Chile. Luis es blanco, alto, de ojos vivaces. Aquella siesta durmió profundamente. Es que se levantaba como se levantaba en el campo, con el alba, lo que desde la cárcel se convirtió en algo así como una neblina con hebras de plata filtrando por las rendijas. Dormía en la base de la litera. Arriba, su compañero de causa, Arnaldo Quintana —bueno para el fútbol, para los ñe’enga, el kachiãi y el arriero porte— no dormía. Revisaba el celular cuando, de pronto, le llegó la información: «Liberan a presos de Curuguaty». Saltó de la cama sin apoyar los pies en el entramado, y el golpe estruendoso en el suelo despertó violentamente a Luis Olmedo.
—¡Jajelivera, che hermano, jajelivera! —le dijo llorando a Luis y lo abrazó.
Luis enmudeció. No podía entender ni creer nada. «Apyta, ama’ẽ hese. ‘Mba’e piko kóa opensa’, ha’e che jupe» , confiesa. Arnaldo saltaba de alegría. Los internos lo abrazaron. «Ha’ekuérama katu ovy’ave orehegúi» , recuerda Arnaldo. Les mostraba a todos el mensaje de Guillermina Kannonikoff: la resolución que anulaba el infame juicio que los condenó a 35, 20, 18 y 10 años de prisión a Rubén Villalba, Luis Olmedo, Néstor Castro y Arnaldo Quintana, así como para los demás que estaban libres porque ya habían cumplido sus condenas. Se juntaron con Néstor Castro, que estaba en el rancho (la cocina), terminando la limpieza. Se abrazaron. El jolgorio en el pabellón de la Pastoral Cristiana, donde estaban con un centenar de detenidos, estalló.
La sorpresa fue extraordinaria también para Rubén Villalba. La recibió en su piecita, donde, con ayuda de amigos, se había inventado un bolicho de dientes de ajos, algunas verduras y algo de yerba. Vivió ese momento como una cumbre de la gloria, pero una ansiedad le carcomía sin consideración. Esta vez, otra vez, él no sería liberado porque tenía la condena a siete años de prisión por el caso Pindó. Pensó que tal vez, en ese enredo judicial, podrían olvidarse de su caso y, aunque sea por unos días, disfrutar con sus compañeros la libertad. Pero no. Al establecerse la máxima pena para él en el caso Curuguaty no se preocupó de apelar aquella sentencia. Faltaba un poco más de un año para completar esa condena. La posibilidad de pedir libertad ambulatoria era real, cercana. En ese estado de euforia contenida, de ansiedad atravesada por la esperanza, recibió el abrazo de otros presos. Los pasillos del penal, que a esas horas todavía filtraban algún que otro haz de luz dorada, eran un murmullo general. El viento frío se colaba por todas partes. Rubén Villalba se quedaba nuevamente sin sus compañeros de Curuguaty. La ansiedad le iba corroyendo hasta que, finalmente, el 13 de septiembre, por fin, traspasó las celdas, los pasillos y los barrotes de la cárcel de Tacumbú: le habían otorgado la libertad ambulatoria por el caso Pindó. Ese mismo día, en el local del Partido Comunista Paraguayo (PCP), del cual Rubén es militante, le tenían preparada una bienvenida. Él se abrazaba con todos, abrazaba a las criaturas, jugaba con ellas, la gente se tomaba fotos con él. El secretario general del Partido, Najeeb Amado se acordó de Luis Casabianca , el único abogado que se animó a firmar un habeas corpus en un momento en que se necesitaba generar atención en torno de la segunda huelga de hambre de Rubén en la cárcel. Se acordó de que, durante todo ese tiempo, sus camaradas no dejaron de visitar ni una semana a los presos políticos. Pa’i Oliva dijo: «Hemos vencido», y lo repitió una y otra vez. De su boca casi salió un «podemos, carajo», pero en lugar del exabrupto le salió una sonrisa plena, amable, que acariciaba la ternura de un bebé durmiendo en la cuna. Los jóvenes lo miraban, encantados, como se mira a un abuelito que narra epopeyas de la guerra del Chaco, o como se mira a las abuelas que cuentan relatos de póras en los senderos del bosque, en los pajonales y en las plantaciones.
Rubén esperaba su turno frotándose las piernas. Cada vez le costaba más atajar las lágrimas. Sentía que debía decir un mensaje claro de esperanza y de lucha. Najeeb Amado, con el micrófono aún, decía que no pensaban que «una crisis de la oligarquía paraguaya —entre el grupo Cartes y una buena parte de las demás corporaciones— más la permanente movilización, nacional e internacional, terminaría decantando, entre otras cosas, por el lado de la liberación plena de todos los procesados por la masacre de Curuguaty». Afuera, marcaba presencia una de esas lluvias que prometían extenderse por toda la semana; sobre Brasil casi España, a la hora de salida del trabajo, mucha gente intentaba sostenerse parada a la espera del colectivo que la llevara a casa. Adentro, Rubén Villalba no cabía en sí.
«Añe’ẽsetereíma» , dijo de sopetón, y sin esperar que lo presenten ni que lo convoquen, saltó del asiento, abrió las manos, agradeció el acompañamiento y, con el puño izquierdo levantado, emitió las líneas de un programa de lucha: «Tierra, justicia y libertad. Educación, salud y vivienda».

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