La agonía de la intimidad

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La red es un gran confesionario. Miles de millones de confesos acuden diariamente a ella. Desprovistos de temor y vergüenza, cuentan a Google, Facebook, Whatsapp o PornHub sus intimidades.

 

Por Arístides Ortiz Duarte

El antidepresivo que necesitamos comprar. El material sintético más adecuado con el que debe estar hecho un consolador. Porqué nos visitan esos recurrentes deseos incestuosos con nuestras madres. Las alocadas ansias de poder. El tipo de vaquero que queremos. La foto en el baño mientras nos cepillamos. El plan para asesinar a la expareja. El vídeo en la cama con los senos descubiertos. Y un sinfín de revelaciones a la red. La intimidad convertida en espectáculo.

Puesta la mesa, el trabajo lo realizan los algoritmos de las grandes plataformas de comunicación. Unos robots con manuales de instrucción precisos para peinar todas esas confesiones, clasificarlas, segmentarlas y venderlas como perfiles de consumidores al mercado. A la vista están los miles de millones de dólares de Mark Zuckerberg (Facebook, Whatsapp) , Jeff  Bezos (Amazon) y Larry Page (Google) anotados en la lista de los hiperricos de la revista Forbes.

La llamativo de estos tiempos de “libertad” en la red es cómo obsequiamos nuestra intimidad con la gentileza de los bobalicones. ¿Porqué entregamos con tanto desapego nuestras alegrías y tristezas, nuestras mórbidas obsesiones y ansiedades, nuestras locuras y sabidurías a una red impersonal y fría?

No cabe duda de que, para muchos, una de las razones es la confianza que nos genera la máquina. También la ignorancia: no sabemos que al poner en la balanza lo que damos y lo que las plataformas nos dan, el segundo se dispara hacia arriba. También las necesidades de comunicación y trabajo son muy reales.

Ilustración: Charis Tsevis. Fuente: revista Anfibia

Ilustración: Charis Tsevis. Fuente: revista Anfibia

Hay, sin embargo, una explicación más profunda. Como dijo el filósofo polaco Zygmunt Bauman: “El miedo a la soledad y la exclusión es la amenaza que Facebook y Google cuelgan sobre nuestras cabezas”. La prueba de que el individualismo esquizoide que padecemos es una ilusión: seguimos siendo tan dependientes, tan gregarios, como nuestros ancestros que bajaron del árbol hace millones de años.

O ese otro miedo tan humano que fuimos construyendo en la medida en que el capitalismo fue desintegrando el sentido de comunidad: ser nadie, que el ego no sea el centro del Universo. Un narcisismo enfermo, el nuestro, que necesita desesperadamente mirarse en el espejo de la red para existir.

Huyendo despavoridos de nuestro silencio, de nuestro estar con nosotros mismos, nos precipitamos en los brazos de la ridiculez llenando nuestras cuentas en las redes sociales de fotos obscenas, empujados por un morboso exhibicionismo. Una hiperexposición que busca con patetismo un poco de amor y atención del otro de la mano de Facebook o Instagram.

Una hipervisibilidad –la nuestra en la red– que permite al nuevo Ojo de Poder que todo lo ve dominarnos sin resistencia. Un panóptico. No ya el del recinto disciplinario y coercitivo de Michel Foucault, sino uno más sutil. Un poder seductor  que hace creer a sus dominados que son libres. Esos dominados que se autoexplotan, que se someten a sí mismos.

Y el que se resiste a dar sus datos más de lo conveniente a los robots, ese cae en la sospecha, tal como afirma el filósofo coreano Byun Chul Han. “…En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia afuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto…”, dice lúcidamente el coreano.

Es, la nuestra, una sociedad de la transparencia en donde el reticente será acosado por la ideología de la hiperexposición para que ofrezca toda su vida al mercado.

La era de la red, la última etapa del capitalismo nuestro de cada día, amenaza de muerte al templo imprescindible donde surgen la creatividad, la genialidad, el reposo del espíritu con uno mismo, con los demás y con el mundo. Ese templo silencioso, quieto y lento donde podemos ocultarnos del Poder, donde puede abrirse paso el pensamiento profundo, la concentración, las imágenes estratégicas para vivir con lucidez. Ese espacio divino, la intimidad, que pierde su cualidad si es invadido por las webcams, los celulares y las tablets.

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