El universo punzante de “Vuela Soledad”

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Por Enzo Fernández Domínguez

Terminé de leer Vuela Soledad de Julio César Benegas Vidallet y no me contuve las ganas de escribir al respecto.

Al terminar de leer esta obra, sentí una profunda e incontenible necesidad de escribir una confesión sobre lo que experimenté al leerla. Una confesión, sincera, de un lector apasionado.

“Ya no existen lectores en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales”, dijo Borges en La supersticiosa ética del lector, texto de los años 30. Y a sus palabras me remito para reivindicar el papel de lectores inocentes, que cuando abrimos un libro lo hacemos para ver con qué nos sorprenderá el autor, que acariciamos sus hojas esperando que ellas nos cobijen guiándonos a través de la propia imaginación, y que más allá de estudiar el estilo, nos sentimos tocados por la sencillez de lo contemporáneo y cercano.

Julio, con su prosa auténtica, nos pinta el paisaje que solemos ignorar mientras nos dejamos entretener por la cotidianidad. Nos interpela sobremanera al mostrarnos un submundo que se pretende ocultar entre los telones de la indiferencia. Nos muestra que la civilización, a medida que avanza vanagloriándose del progreso, vomita desterrados que van a parar en las esquinas marginales de la urbanidad. Nos muestra que somos lo que hacemos con lo que hicieron con nosotros. Así, su mirada profundamente sensible nos invita a plantearnos la nueva crisis civilizatoria.

Les invito a conocer a Soledad, y a sus hijos, Tami y Jonathan; les invito a conocer a Reina, mujer que fue arrancada de sus padres bajo promesas de bonanza y, sin embargo, conoció el oprobio; les invito a conocer a Silvano, el puto de mierda que violó un pacto de sangre; les invito a conocer a José y Francisco, los gallegos que quedaron varados en medio de un mundo tan distinto, un mundo en donde “todo está por hacerse”; les invito a conocer a Amanda, hija rebelde del capitalismo industrial, que hizo de la libertad su amante incondicional, aun en los momentos más difíciles; les invito a conocer al Profe, que no quería ser “abuelo”, que, entre cada trago de Aristócrata y Coca Cola, veía difuminadas las esperanzas de un porvenir, y que acostumbraba a soportar las contradicciones como parte de su rutina indolente. Y también a otros personajes que, con sus acciones, dibujan el universo punzante que Julio nos presenta.

La filosofía nos blinda de afirmar la existencia de verdades absolutas, pero yo pienso que reivindicar la belleza de la literatura es una excepción.

Me suscribo plenamente a las palabras de Montserrat Álvarez: “Tristes, cómicos, felices, condenados, perdidos, trágicos, Julio, y usted, y yo, y todos los que alguna vez cruzamos las calles de una ciudad bella y horrible como el universo, conspiramos cada día sin saberlo para que este libro fuera escrito”.

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