«Descansar en Paz», una novela en dos ciudades

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En abril pasado se presento en el salón auditorio del Centro Cultural de la República “El Cabildo” la novela “Descansar en Paz” de Martín Baintrub, cuyas acciones transcurren en Buenos Aires y Asunción.
El autor, que es tataranieto del gran botánico connacional Teodoro Rojas, visitó en la ocasión por primera vez en su vida nuestro país para difundir el libro que narra la historia de un hombre que “tiene ante sí la oportunidad de desaparecer arrojando un maletín a los restos todavía llenos de polvo, humo y gritos de dolor del edificio volado por una bomba de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires”, reseñó la prensa.

“Nunca soñaste con dejar todo y empezar de nuevo”, propone el subtítulo de la tapa señalando la posibilidad que se le presenta a un protagonista perseguido por acreedores nada amistosos. Esto lo lleva a buscar refugio y una nueva identidad en el Paraguay.
«En mi infancia era común escuchar anécdotas y costumbres paraguayas que me ayudaron a construir el clima de los años de la novela que transcurren en este país», contó sobre cómo construyó su Asunción imaginaria.
“Yo creo que la literatura es circular porque la vida es circular. Una vez publicada la novela descubrí que en la AMIA había habido una víctima 86 que simuló su muerte y huyó a Paraguay”, cuenta el autor. “En la lista original de víctimas estaba Patricio Irala. Su mujer llegó a cobrar una indemnización. Luego fue encontrado vivo aquí en Paraguay”, contó.
El evento de presentación fue organizado por Comuna Cultural Comunitaria y la Librería de la Paz, la más importante distribuidora de libros del nordeste argentino que está cumpliendo 30 años de vigencia.

Aquí el primer capítulo de la obra cedido gentilmente por el autor.

DESCANSAR EN PAZ

Por Martín Baintrub

Capítulo 1

Pagar, vas a pagar, le dijo Pablo.
Los bancos no tienen sentimientos, pero dirimen las diferencias en Tribunales. Son capaces de quedarse con todo sin importarles si en eso va la felicidad o la supervivencia de una familia, pero no matan. El problema con los usureros es que la mayor parte de la operatoria la realizan en negro, por lo tanto, sus posibilidades de recurrir a la Justicia son acotadas y pasados ciertos límites prefieren la contundencia del apriete. Primero siempre son charlas en buen tono, firme pero cordial: te vencieron unos documentos que no renovaste, varios de los cheques que me trajiste hace tres semanas vinieron rechazados, cubrímelos mañana sin falta o, en el mejor de los casos, al menos pagá los intereses y vamos viendo lo del capital.
Después van subiendo de tono. ¿Vos te creés que es joda? Yo tengo que responder por la plata que te presto. La que te doy a vos es la que me prestó otro.
La respuesta del que debe es siempre parecida: esperame unos días, tengo cosas para cobrar, yo siempre te cumplí, estoy pasando un mal momento, pero ya va a pasar.
Bueno, pero dejame un cheque y no desaparezcas. En cada reunión la gente implora. Cobrame menos tasa, me estás matando. No te la puedo bajar, si querés plata más barata andá al banco y vas a ver la patada en el culo que te van a pegar. Fijate qué podés vender, no tenés porqué andar en una 4×4, cambiala por un Duna ´90. Pero esta tasa es un robo. Yo no te fui a ofrecer plata, vos viniste a rogarme que te prestara. Si era cara no la hubieses pedido. Te espero hasta el viernes, traeme algo y de ahora en más vení a verme todas las semanas con efectivo. Pagar vas a pagar.
En su momento Sergio se la jugó, logró embarcar a alguna gente en el proyecto. Ya no se fabricaban en el país motores de limpia parabrisas y todos los autos necesitan al menos dos, muchos tres. La industria automotriz estaba en expansión y para hacer esos motorcitos no hacía falta tecnología de punta ni grandes inversiones, eran simples. Parecía que sí, pero no, no funcionó. El gobierno un día abrió las importaciones y resultó mucho más barato traerlos de China que hacerlos localmente. No sólo los motores se volvieron importados, cada vez más marcas empezaron a traer sus autos de Brasil gracias a las ventajas del MERCOSUR.
Sergio hizo una apuesta fuerte, de haber salido bien todos hubiesen multiplicado su dinero, pero podía fallar y falló. Los mismos que en su momento se empujaban para entrar ahora pugnaban por salir y lo hacían responsable de los daños ocasionados.
La sensación de derrota no era lo importante, o al menos no lo era todo, lo grave era lo que el fracaso traería aparejado: perder el bienestar adquirido, tener que explicárselo a sus hijos, pero sobre todo afrontar los reclamos de los inversores y prestamistas de una deuda impagable. Los papeles, o mejor dicho la falta de papeles, limitaban de algún modo su responsabilidad. Pero se sabe, nadie abandona mucho dinero sin dar batalla.
Los banqueros son banqueros, asumen riesgos, ganan, pierden, pero los conflictos los resuelven con abogados. Sin embargo, los bancos ya hacía mucho que habían dejado de prestarle: era muy poco lo que debía al sistema financiero formal. El grueso de los compromisos era con las cooperativas de crédito, las cuevas, eufemismos que se usan para denominar a un sistema usurario que presta dinero a tasas que normalmente duplican las de los bancos. Cambian cheques o dan crédito con garantías poco confiables, no hacen muchas preguntas. Son al mismo tiempo una solución y un problema.
Sergio siempre se lamentó por haber tenido que recurrir a las cuevas, pero a esa altura ¿quién le hubiese prestado dinero?
Ya había pasado por todas esas y hacía varios días que su secretaria rechazaba las llamadas de los prestamistas, de todos los prestamistas a los que les debía.
Esa tarde llegaron a la fábrica dos tipos y preguntaron por él. Ordenó que no los dejaran pasar, aunque dijeron que venían de parte de Pablo y él sabía muy bien de qué Pablo se trataba. Eran dos hombres fornidos y de pocas palabras, empujaron al vigilador y entraron. Mañana a las diez te espera en su oficina, mejor que vayas.
Cuando el negocio parecía funcionar todos querían participar; eran otros tiempos, así asoció a su cuñado como mero inversor sin funciones ejecutivas. Un padre de la escuela de su hija, cuando escuchó lo que pagaba por el crédito, le ofreció prestarle a una tasa algo menor que las cooperativas, que, por supuesto era muchísimo más de la que podía conseguir en un banco, colocando el dinero en un plazo fijo. De generoso nada. Sergio aceptó pensando que se ahorraría unos pesos y que al mismo tiempo le haría un favor al tipo. Pensó que, si no podía cumplir, un padre de la escuela sería menos rígido que las mesas de dinero. Grave error.
Sergio, somos familia, le imploró su cuñado por enésima vez. Macho, invertiste en un negocio de riesgo, salió mal y perdiste. Es lo único que tenemos. Si salimos adelante vas a cobrar y si no, olvidate, es así. No te digo que me devuelvas todo ya, pero tírame algo. Un banco suizo te pagaba el uno por ciento, pero era seguro, te mató la codicia. Escucháme, te presté los ahorros de toda la vida, dejáme salir. ¿Querés salir? Agarrá la mercadería y tratá de venderla, eso es algo útil que podés hacer para cobrar. Es que los productos chinos valen mucho menos, los tuyos son invendibles. Los nuestros. Si, los nuestros quise decir. Bien, ahora vas entendiendo el problema.

En Pesaj ya no pudieron juntar a la familia, su cuñado prácticamente no le hablaba, apenas lo mínimo y siempre para reclamarle algo de plata. Quizás por estas cosas el judaísmo creó dos noches de festejo, tanto en la pascua como en año nuevo. Sabiduría. Ellos se juntaron con sus suegros para el primer seder y el hermano de Estela, su mujer, fue la segunda noche, pero el guefilte fish les quedó atragantado a todos. La suegra le recriminó a Sergio que por su culpa la familia estaba dividida.
También dejó de llevar a los chicos al colegio. Víctor, el papá devenido en prestamista, les había dicho a los otros padres que era un estafador, un ladrón. ¿No ves cómo vive y no me paga? Tampoco pagaba la cuota de la escuela privada de Belgrano y prefería no cruzarse con la secretaria.
Fue la euforia o el instinto de supervivencia lo que lo llevó a pelear con uñas y dientes, a regatear los precios con los proveedores, a bicicletear los pagos, a vender por debajo del costo para tratar de hacer girar la rueda. Después vinieron los cheques voladores, que se estrellaban contra el suelo cuando se quedaban sin combustible.
Su espíritu guerrero había dejado paso a la depresión, estaba agotado de tanto esfuerzo inútil; engordó, tenía unas ojeras violáceas que le ponían a su rostro el sello inconfundible del fracaso.
Con Estela también estaba todo mal. A ella le daba vergüenza que le reclamaran la cuota en la escuela y las expensas en el edificio. Cuando tuvo que vender el segundo auto y empezar a viajar en colectivo o taxi lo hizo sin protestar, eso fue al principio, pero a medida que crecían los reclamos de los acreedores empezaron las quejas, el llanto, la desvalorización. Él trataba de tranquilizarla.
Es una crisis, ya vamos a salir, aguantá un poco, la fábrica nos dio mucho y ahora tenemos que poner algo nosotros. Mi hermano… Tu hermano es un inútil que nunca trabajó y quería seguir viviendo sin laburar. No invirtió para ayudarnos, sino porque pensó que así podría disponer de plata y de todo el día para seguir jugando al tenis, tomando café con otros vagos y garchándose a las amigas de su mujer, mientras yo me rompía el lomo. A mi me das lástima vos, los chicos, pero ese estúpido no me importa. Es mi hermano, mi mamá me llama todos los días, está preocupada, quiere juntar a todos los nietos y Ale no quiere llevar a sus hijos si están los nuestros. Cuando lo vea lo voy a cagar a trompadas, no tiene por qué mezclar a los chicos.
Estela estaba linda, los años le habían sentado bien, pero ya ni recordaba la última vez que se habían acostado, no tenía cabeza para eso. La paja lo relajaba cuando no podía dormir y el Rivotril no hacía efecto, pero un polvo requería más esfuerzo del que podía hacer en ese momento.

Decidió ir a ver a Pablo, no le podía mandar dos matones a la fábrica, tenía que entender. Llegó temprano a la cooperativa que quedaba en pleno Once, pidió hablar con él y lo hicieron esperar un buen rato. El ablande, le decían.
Las oficinas eran amplias y confortables, ambientadas con un gusto sobrio y neutro, a excepción del despacho del dueño, donde utilizaron muebles de diseño y algunos cuadros. Nada tenía demasiado encanto. Se destacaban las puertas blindadas, las cámaras y una fauna de hombres de seguridad que se encargaban de custodiar las oficinas y transportar el dinero a los bancos y otras cuevas colegas. Al final la recepcionista lo hizo pasar.
Pablo, te vine a ver porque ahora no te puedo pagar, pero vos sabés que no soy un estafador. Necesito tiempo, voy a tratar de vender mercadería para ir cumpliéndote. Pero si paro la rueda, si dejo de producir, no te voy a poder pagar nunca porque la plata no la tengo. Si cierro, las indemnizaciones se van a comer lo poco que queda, bancame, necesito efectivo para materia prima. ¿Me estás pidiendo que te preste más? ¿Vos me estás jodiendo? Vendé tu departamento, la camioneta, la casa del country. Vos sabés que eso no arreglaría el problema. No te estoy pidiendo más plata, solamente que me des un poco más de tiempo, que no me asfixies. Vendé algo, al menos sería un buen gesto de tu parte, mostraría que estás dispuesto a hacer un esfuerzo. Me estoy rompiendo el alma todos los miserables días de mi vida, pero si necesitas otro gesto, la casa del country te la doy ya. No quiero la casa, quiero la plata que vale la casa. No se puede vender, no hay mercado, las expensas son muy caras y no la quiere nadie. El departamento de Belgrano vale buen dinero. Es bien de familia, no me lo pueden sacar, es lo último que voy a vender. Si querés otra cosa, es tuya, las máquinas, mercadería, la camioneta. Más no tengo. Tenés tu vida, la de tu mujer y la de los chicos. No me amenaces. No te amenazo, sólo te lo explico: no podés no pagar y listo. No funciona así. Yo no soy ningún boludo, vos sabés que soy amigo de mucha gente del gobierno, tu cueva opera totalmente en negro, si nos pasa algo tu negocio va a volar por el aire, vas a usar más tiempo en atender jueces e inspectores de la DGI, que en trabajar. Así te volviste rico, pero tu fábrica de billetes se puede desintegrar si te hacés el guapo. Yo no soy un ladrón; me fue mal, si salgo adelante te pago y si me fundo, perdiste, como van a perder muchos otros y, sobre todo, yo.
Sergio había sido fuerte, y aún abrumado, quería seguir mostrándose fuerte. Estaba convencido de que si lo veían vencido sería peor.
Sonó el teléfono y Pablo atendió. Otro deudor que no podía pagar. Los mismos aprietes. Seguramente las mismas excusas.
Sergio muchas veces había pensado en comprar un revólver y pegarle un tiro a cada uno de sus acreedores, o al menos a los principales. No le gustaría ir preso, pero quizás podría emboscarlos en la calle y hacer que pareciera un asalto o un ajuste de cuentas; no tenía por qué ser obvio que él fuese el culpable. Debía haber varios que querrían matarlos para no tener que pagar, por resentimiento o simplemente para robarles, dado que todos manejaban mucho dinero en efectivo. Podría armarse una buena coartada. Quizás una, pero no varias. Pero él no era un asesino y ellos eran muchos.
Se imaginó como un justiciero, un asesino serial de usureros, y sonrió antes de abandonar la idea.
Pablo cortó el teléfono visiblemente ofuscado, lo miró fijo a los ojos y le dijo: todas las semanas tenés que cubrir los cheques que vayan venciendo. Yo hablo en serio. Ahora, andate, tenés suerte de que no te haga sacar a trompadas por los doce monos que cuidan la plata. Pero no jodas, ya te lo dije, pagar vas a pagar, de una forma o de otra. Te lo firmo.

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