De amores de niñez y el refuerzo escolar

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«Hola compas, me pone muy contento comunicarles que acabo de cerrar la redacción de Las memorias de Fran. Ahora pasé a revisión del equipo que me encargó la tarea y a revisión periodística. La idea es publicar el libro el 4 de octubre y presentarlo en la Terminal de Ómnibus de Asunción (TOA), donde el compa Francisco Estigarribia trabajó de niño y se organizó hasta consolidar un movimiento social rico en experiencias y aportes. Les dejo con una partecita», adelantó el periodista y escritor Julio Benegas Vidallet.

Por Julio Benegas Vidallet

Es un 12 de setiembre gris. La noche asuncena y metropolitana fue tomada, a ratos, por una llovizna penetrante. En la boca del bloque B del Mercado de Abasto dos nenas ofrecen choclo a los automovilistas. El antiguo comedor y centro de refuerzo de Calle Escuela ya no ocupa la entrada del bloque. Ahora, había sido, ese lugar por donde tantos niños y niñas trabajadores pasaron, era parte de un modernísimo proyecto interinstitucional. Un edificio con amplios salones, de aire más oficinesco y burocrático, alberga el comedor y el lugar de refuerzo escolar. El golpe a la entrada es fuerte. Detrás de un cerco de hierro, un guardia de seguridad, aunque sin arma visible, atiende como se atiende en los bancos, en las financieras y un sinfín de tiendas de la ciudad. Adentro, en de las salas amplias, con mesas largas de metal, y bancos largos, a sus sesenta años, Rita Nùñez ayuda a los niños en sus tareas escolares. Aun en ese impersonal aire de modernidad, se la siente tan convencida como cuando atendía a Fran y otros chicos de su generación, más de 20 años atrás. Maestra de niños y niñas trabajadores, conoció a Fran de chiquitito, a ese Fran “juguetón, alegre y la sonrisa pegada al rostro”.
-Ah, ha iñakahata -, suelta con una media risa socarrona. Fran, antes de ser lustrabotas, limpiaba vidrios-, cuenta al recordar a ese niño “petisito, gordito, akahatasito”.
Por la puerta de vidrio interna aparece Purita Zayas (Pura Limpia Concepción Zayas), la compañera de Fran por tres años en la coordinación de la CONNAT’s.
-Ah, Francisco, suspira y se sienta a tomar un terere en la ronda de conversaciones con Rita. En la otra mesa, dos chicos europeos, colaboradores de Calle Escuela, apoyan en sus tareas a dos niños. Rita trae un café con leche y unas roscas para compartir.
-Francisco era un chico que creció sí en la calle, pero estaba muy contenido por Ña tere y sus hermanos. Ña Tere era de esas gallinas cluecas que andaban con todos sus hijos detrás- recrea Rita.
Francisco fue a la escuela 29 de Setiembre de Ñemby. En ese tiempo Rita estaba en el comedor y en el espacio de refuerzo escolar de la Terminal de Ómnibus. Fue a visitar varias veces la escuela de Francisco para ver cómo eran tratados los chicos y cómo estaban académicamente. Al principio, Fran, académicamente, no estaba muy bien, pero esa contención familiar hizo que asistiera a los refuerzos escolares y que pudiera, entonces, avanzar. A Rita le brillan los ojos al recordar que ese chico gordito, siempre hetia’e , mientras que muchos venían “decaídos, desganados, con algunas tristezas en el alma”.
-A mí también me costaba mucho estar al día con la cuestión académica-, suelta Purita. No era fácil, che akane’imi vaeckue avei, ja , suelta, risueña, esta mujer que hoy tiene 32 años y que, ya cientista social, se dedica a acompañar ahora a niñas y niños trabajadores de calle. Fran y Purita encabezaron tres grandes marchas contra las redadas de niños y niñas trabajadores. Estas marchas ubicaron a esta niñez organizada como un movimiento social.
-No fue fácil que nos reconocieran. Nos decían que estábamos ideologizados por los adultos. Siempre éramos los niños manipulados-, recuerda Purita.
Cuando en la primera marcha contra las redadas, en el 2003, en Mcal. López, vieron esa hilera gigantesca de niños y adolescentes de varios lugares de trabajo del país, Purita y Fran se abrazaron, estallaron. Lo habían logrado. Habían, a su corta edad, convocado a cientos de niños organizados para defender el trabajo, en fin, sus vidas.
De las movilizaciones volvían a sus bases, a sus grupos de trabajadores, informaban, evaluaban, y retomaban fuerzas. Por eso esos ataques de las autoridades o de algunos medios de prensa, si bien les golpeaba en un principio, eran incapaces de romper la mística en la defensa de sus derechos. Purita, vendedora de choclo, era del grupo Mba’aapo Pora del Mercado de Abasto, y Francisco de la CONALTOA, en la Terminal.
Rita la mira atentamente a Purita y asiente. “Así eran estos chicos, ja”, dispara medio orgullosa de haber participado en “algo” para que crezcan, terminen sus estudios y vayan a la universidad.
-Y ahora, cómo están las cosas
Uy, las dos parecen suspirar hondo.
-A veces nos preguntamos para qué hacemos lo que hacemos, sobre todo cada vez que aparecen nenas embarazadas. ¿Vale la pena tanta atención, tanta advertencia?-, reflexiona, medio apenada, Rita. Los padres parece que no dimensionan y se repite el círculo. Con el embarazo termina el colegio, terminan las proyecciones y se repite nomás todo, a cargar de nuevo a los hijos, a volver a las calles, a seguir reproduciendo imposibilidades. Entendemos que esto se debe a un montón de factores sociales y económicos, pero nos duele cada vez que una adolescente nos llega con la información. Ay, che Dio, a los 15 todo estalla.
Purita asiente con la cabeza lo dicho por Rita. Se toma un tiempo y agrega:
-Antes era todo muy distinto. Yo tuve un celular básico, muy básico, recién a los 18 años. Ahora a los 12 años ya tenés un mega teléfono. Lo que más nos preocupa es qué se hace con el tiempo libre, a qué se lo dedica. Están encima del aparatito, les saludás y te miran extrañados, parecen completamente abstraídos en ese mundo, aislados de las demás personas.
En tiempos de niñez de Francisco jugaban tuka’e , a las escondidas, pateaban pelotas. Los chicos siempre trataban de encontrarse, no aislarse.
-Éramos todos muy cabezudos, ja, ja, ja- aporta Orlando Maidana, uno de los chicos rebeldes de la CONnat’s.
Por alguna razón, Orlando (Chovano), hermano menor de Peque y parte del clan Maidana, que también crecieron en patota como los hermanos de Fran, no quería entrar en la organización de lustrabotas de La Terminal.
-No, che nahasei-, repetía y repetía, mientras seguía lustrando zapatos sin ser parte de la organización de lustrabotas, la CONALTOA. Hasta que un día, Francisco, ya adolescente, musculoso, macetón, le dijo: “Ndereikeiramo organizacio pe ndeikatuvéima rembahapo ko’ape” . Y lo agarró del torso y lo llevó a la reunión.
De ese tiempo, Orlando quedó prendado, como muchos chicos menores, a Francisco, ya sea para organizar encuentros, charlas, jugar fútbol, vóley o lo que fuera. Francisco andaba en patota. Mientras que en los torneos de fútbol muchos equipos, en tanto pasaban de ronda, iban cambiando jugadores, en busca de los mejores, la patota de Francisco se mantenía unida hasta “la muerte”.
-Sí, Fran lo hacía todo con la misma intensidad. Jugaba al fútbol con la misma pasión con la que liderada una manifestación-, recuerda Fabián Peralta. Fabián, trabajador social, con ese porte de antiguo pivot de fútbol de salón, y Fran se conocieron ya de adulto, en la Secretaría Nacional de la Niñez, pero al verlos juntos jugar al fútbol, participar de asambleas y otras actividades, era como si se hubieran conocido toda la vida.
-Es que Fran era así, envolvente, desprejuiciado. Sumaba, articulaba. A mí me ayudó mucho a sacarme muchos prejuicios en mi relación con la gente. Saludaba a todos con la misma energía, con la misma amabilidad- agrega Mariene Rodríguez, que lo conoció ya en la facultad de Trabajo Social y desde ese tiempo ya no se distanciarían hasta, literalmente, la muerte.
Pero volvamos al Centro de Atención Integral a Niños, Niñas y Adolescentes del Mercado de Abasto que fuera inaugurado por el intendente de Asunción, Mario Ferreiro, a principio de este año. En ese lugar funciona ahora el comedor y el refuerzo escolar (además de un dispensario, atención de primera infancia y consultas médicas), de Calle Escuela.

Allí están Rita y Purita conversando ya como viejas amigas. Recordando a Fran como se recuerda a un ser entrañable, y que, como tal, convoca a la risa, a la crispación de los ojos y hasta carcajadas. En Purita también a la risa socarrona, esa que guarda anécdotas memorables del compañero, algunas, tal vez, confidenciales.
En ese ambiente ya más relajado, Rita suelta una especie de confidencia.
-Aaah, Francisco, chiquito, gordito y juguetón, tenía un gran amor. Se sentaban juntos, se tocaban las manos, se miraban encantados. Yo era una especie de Tomasita. La niña ya de adolescente le llamaba “suegra” a Ña Tere. Pero no hacían nada más que mirarse, tomarse de las manos y de repente se aislaban y conversaban largo rato. Fue su novia por mucho tiempo.
-Todos tenemos amores de niños.
-Y sí-, suelta Purita. Es más, muchas veces era la principal razón por la que íbamos a los refuerzos escolares y a las reuniones de organización.

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