Confesión, un cuento de Sebastian Ocampos

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Sebastian Ocampos recrea una historia durante el régimen dictatorial de Alfredo Stroessner. “Espontaneidad” es el primer libro publicado por el autor. El dibujante Charles DaPonte realizó una ilustración especial para esta narración.

 

Confesión

A mi padre lo detuvieron, interrogaron y torturaron durante trece semanas para que confesara su traición al gobierno. Estuvo en juego su carrera, existencia y punto de vista, su lado del cristal. Habría un antes y un después tras eso. Corrían los últimos años de la década de los 80. El rumor del golpe de Estado tomaba fuerza en cada arista de los espacios de poder, sobre todo en las instituciones policiales y militares. Mi padre, un policía con cuatro lustros de servicio, así como otros uniformados y civiles, fue llevado a la Comisaría 1ª. En su caso, al igual que el resto, bastó la mención de su nombre por parte de un pyrague para incluirlo en la lista de culpables. Según él, en la primera tarde y noche, sólo le preguntaron acerca de sus actividades. Recibió un trato especial por ser un policía interrogado por sus camaradas —algunos de los cuales eran amigos de él—, pues cuando se trataba de uno de ellos había cierto beneficio de duda. Pero el privilegio acababa en un día. A la noche siguiente cambiaron de cuestionario y él, por fin, supo cuál era el objetivo de su estadía en ese sitio. Le preguntaron: «¿Por qué traiciona al gobierno encubriendo a su vecino?», «¿Qué hace ese señor en su domicilio?», «¿Con quiénes se reúne ahí?» Nada sabía acerca de las preguntas repetidas hasta el cansancio y, por tanto, respondía con la verdad o el silencio, lo que sacaba de quicio a sus interrogadores. Tras la sesión de preguntas y respuestas, lo llevaron casi a rastras por un pasillo oscuro parecido a un túnel. Al final, llegaron a un baño amplio, donde le quitaron la ropa, burlándose de sus partes íntimas. Después lo metieron en una especie de tina que desbordaba agua. Mientras uno retenía sus piernas, otro lo zambullía, presionando su cabeza hasta el fondo. Él, con las manos atadas a la espalda, temblaba y se sentía desvanecer a cada milésima de segundo. Su vuelta a la realidad era lenta e intolerable. Cuando repitieron por tercera vez la escena del ahogamiento momentáneo y perpetuo, conociendo el proceso, él les rogó que lo mataran. Ellos, en cambio, le volvieron a decir que sólo debía delatar a su vecino. Y mi padre, como policía del régimen, sabía que apenas aceptara la acusación falsa, irían a arrestarlo de inmediato y, de seguro, a desaparecerlo. Se negó a mandar al frente a alguien sólo para salvarse de momento. A causa de su silencio hubo más interrogatorios con torturas de todo tipo. Sobrevivió a la gota de agua cayéndole eternamente en el rostro, a las agujas incrustadas debajo de las uñas, al calabozo infernal de dos por dos metros, sin baño, etc. Debido a su resistencia inaudita, los policías recurrieron al último recurso del Manual. Tomaron a mi padre, desnudo, moribundo, miserable, deshumanizado; lo arrastraron y pusieron de pie contra la pared, con las manos y los pies sujetos con piolas a los pilares de un salón en penumbra, y le acercaron las puntas descubiertas de unos cables a la entrepierna. No aguantó, y la vida casi se le fue en un grito visceral. Perdió el conocimiento. Su cuerpo macilento carecía de fuerzas para resistir ese tipo de embates eléctricos. Al verlo semimuerto, los presentes se preocuparon pensando que se habían pasado de la raya. Intentaron, en vano, hacerlo reaccionar. Luego lo llevaron al Hospital de Policía. Sabían que serían reprochados: tenían órdenes estrictas de no matarlo. A sus familiares y amigos se les había comunicado que estaba preso por una inconducta en su función de oficial. No debía fallecer. En el hospital logró recuperarse de a poco, aunque no del todo, pues para su desgracia quedó estéril.

Yo, en esos meses, apenas tenía siete años. Y desconocí la realidad durante muchísimo tiempo. Mamá me había dicho con total naturalidad que papá había viajado a otro país. Ella y su familia veían como deshonra que él, un policía respetado en la sociedad, fuese encarcelado. Entonces prefirieron mentir sobre su paradero. Y sólo cuando estuvo a punto de salir del hospital fuimos a verlo. En ningún momento se me explicó por qué estaba ahí. Simplemente me llevaron un rato para saludarlo. Mi relación con él, que de por sí no era estrecha, se había enfriado por completo, quizá por su ausencia de meses. En esa visita, por ejemplo, ni siquiera recuerdo haberle preguntado de qué estaba recuperándose. Es muy probable que no lo haya hecho. De seguro, sólo le pasé la mano y aguardé callado y sentado en una esquina que regresáramos a casa.

Al dársele de alta, la Policía lo consideró lisiado y, en vista a sus muchos años de servicio, lo jubiló, viéndose sin más opciones que mantenerse en casa durante el día entero. Con casi nadie hablaba. Vivía encerrado en su habitación o el estudio, ensimismado. Leía mucho. Yo no sabía sobre qué. No se me permitía entrar en esos espacios similares a claustros. La biblioteca que cubría una pared del estudio era de su uso exclusivo. Él sólo me veía durante los almuerzos, en el comedor, cuando intercambiábamos palabras habituales acerca de mis estudios y quehaceres. A lo mucho, me tocaba el hombro o, muy de tanto en tanto, la cabeza. Nunca hicimos un esfuerzo por tener una relación de padre e hijo, de conocimiento mutuo. En la casa, cada uno se dedicaba a sus cuestiones, con la excepción de mamá, que le preparaba sus cosas a diario y toleraba su presencia e indiferencia. Como ven, así de simples y rutinarios eran nuestros días en el hogar familiar.

Tras el golpe de Estado, para sorpresa de todos, recibió la visita de mucha gente: políticos, periodistas, militantes de derechos humanos, etc. Su historia fue publicada como la de un policía torturado por estar en desacuerdo con las medidas represoras del régimen dictatorial. Su nombre tomó cierto prestigio en la sociedad y, en consecuencia, yo presté atención a cada una de las entrevistas. Él contaba una y otra vez las torturas sufridas, casi con las mismas palabras y los mismos gestos y tonos, hasta que se hartó de repetirlas, argumentando que su  historia de vida no se resumía sólo a esos trágicos momentos. Entonces, volviéndose a encerrar en sí mismo y en el estudio, se puso a escribir su autobiografía.

Pasaron los años, uno tras otro, lentos, repetidos, y su labor de escritor continuaba, deshaciéndose al menos una vez cada tres meses de un cúmulo de hojas escritas y tachadas a ambos lados. Decía, apenas sacaba la basura de papeles triturados, que había recordado algo nuevo y debía reescribir todo, pero la verdad es que nunca fue bueno escribiendo. Sólo importaba lo que debía decir, no cómo lo decía, le indicó en una ocasión uno de sus pocos amigos, desanimándolo por completo. Al final, nos comunicó que no podía acabarlo, sin permitir a nadie la lectura de ni una palabra del escrito.

En fechas patrias recibía condecoraciones de distintas organizaciones, a cuyos actos jamás asistía. No mostraba interés alguno en esos homenajes y se excusaba diciendo que habían muchas otras personas merecedoras de los reconocimientos. Se le otorgó, además, un subsidio importante, así como a las demás víctimas de la dictadura. Al principio, se negó a recibirlo, pero mi madre no dudó en pedirle, exigirle e incluso rogarle que lo aceptara. En esos días hubo discusiones interminables de día y noche sobre la necesidad de dinero que había en casa. Ella ubicó la balanza a su favor cuando le echó en cara que su jubilación era una miseria, una humillación a él y nuestra familia. Él, ante esa realidad innegable, esa lógica de hierro, revió muy a su pesar su posición de proveedor y le dijo que tenía razón.

Hace casi un par de años, cuando lo encontramos en la cama, con la mirada en la nada y una sonrisa de alivio, supimos que había aguardado ese instante. La gente, apenas se enteró de su partida, volvió a homenajearlo. Mamá —que se mostraba acongojada— y yo —que no sabía cómo sentirme— fuimos felicitados una y otra vez por lo que él había hecho y sufrido.

Con su ausencia, al poco tiempo debimos pensar qué hacer con sus cosas. Yo me interesé por la biblioteca, aunque mis gustos literarios no coincidían con los textos de historia y política que dominaban los estantes polvorientos. Hurgando entre los cajones del escritorio encontré el manuscrito de su autobiografía. Lo miré de pasada y vi que en la última página decía «Fin». ¿Estaba terminada? La curiosidad se apoderó de mí. Me acomodé en su sillón y la leí. La tituló: Confieso. Es un Neruda minimalista, pensé. Su dedicatoria fue inimaginable: «A mi hijo, Enmanuel, quien sabrá qué hacer con mi verdad». Incrédulo, la volví a leer. Avancé. La primera línea decía: «Las torturas sufridas durante trece semanas seguidas me dejaron complemente estéril, como hombre y persona». Su reflexión sobre esos cambios radicales en su vida, a la par del relato de su infancia campesina, adolescencia citadina y juventud y adultez sumisas, llenaron las cientos de páginas hasta llegar al punto final.

Con la autobiografía en mano comprendí, palabra tras palabra, párrafo tras párrafo, hoja por hoja, a mi padre, lejano hasta entonces. Con su vida ante mis ojos desvendados, finalmente supe leer su silencio de años. Recordé la relación mantenida antes de que su existencia fuera cambiada. Reviví los viajes al campo, las pescas sin pescados, los juegos diurnos, las lecturas nocturnas. Vi, asombrado y condolido, la metamorfosis de un oficial orgulloso de la institución policial a un hombre estéril de lengua aprisionada tras la acusación de traición y las torturas.

Apenas llegué al final tuve la necesidad imperiosa de hablar con mamá. Debía corroborar la historia. Ella, al principio, se negó, pero cuando le leí unos párrafos de la autobiografía, confesó y confirmó, a su manera, la verdad escrita. Y antes de que le cuestionara se puso a la defensiva, diciendo que no tenían opción, que no podían haber dicho que nunca fueron opositores de la dictadura, que si lo decían de seguro lo hubieran enjuiciado, como a los otros policías, sus camaradas, quienes terminaron en la cárcel o el exilio. Él no traicionó al gobierno; ¡el gobierno lo traicionó a él!, me gritó. Él, de policía, pensaba que hacía lo correcto. Y si le debía castigar por cumplir su trabajo, ya se le castigó de más. Por eso era mejor olvidarnos y seguir adelante. Tu papá quería confesar todo, publicar su libro, pero yo le dije que eso solamente nos perjudicaría, que no debía pensar sólo en él, sino en vos y en mí, sobre todo en vos. ¿Entendés? La escuché sin saber qué decir ni hacer al respecto. Y no lo supe durante cierto tiempo, pues sabía que, apenas se difundiera la verdad, ambos sufriríamos las consecuencias.

Luego de la recepción de toda la información heredada de golpe, me quedaba la cuestión de qué hacer con la autobiografía: ¿privarla de la luz pública o dejarla, por fin, confesarse? Decidí, como Edipo, cuya tragedia fue analizada una y otra vez por mi padre en su obra, hacerle frente a la situación, solo, no dañándome los ojos, sino abriéndolos y aceptando la inevitable sombra arrastrada del pasado. Por esta razón, señoras, señores, aguardé que mi madre sobrepasara el límite de la vida y se uniera a su esposo, para convertir Confieso, tanto con sus errores como con sus horrores, en el libro ahora presentado y puesto a disposición de todos, sabiendo que sólo de esta manera el autor podría absolverse a sí mismo, aunque ni yo ni la historia tengamos la capacidad de hacerlo.

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