Anticipos de “Vuela Soledad” de Julio Benegas

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Cedidos gentilmente por el autor para E´a, se anticipan aquí el inicio y un fragmento de la novela “Vuela Soledad” que verá la luz entre Navidad y Año Nuevo. “Seguimos con la idea de que se la publique con la compra anticipada, por G.40.000, de sus próximos lectores”, recordó Julio Benegas al celebrar la marcha de este sueño que verá la luz gracias a Editora Karakú. 
Los interesados en colaborar lo pueden hacer llamando al 0971266119 donde en contacto con Nélida Ramírez Benegas podrán acordar formas y tiempo.

Vuela Soledad portada 1

“Una hilera difusa de luces rojas y farolitos naranja pálido de los pancheros se dejaba ver por la persiana. La humareda había penetrado la piel, irritado los ojos y envuelto el humor en sacos de lamentos mudos.

‒–Aunque cierta seguridad encontremos en la cerveza y el cigarrillo en una mesa de bar –se dijo José. Soledad sonrió sin ganas. Una sonrisa era todo lo que se necesitaba aquella noche. Una sonrisa sin expectativas, sin nada más que pudiera quebrarse, sin enredos de perdones, de te lo prometo, de no lo volveré hacer; una sonrisa que recordara la brisa de algunos días de mayo y agosto que invade Colón por la bahía.

‒En estos tiempos adversativos una noche mala la tiene cualquiera –conjeturó José al verla sin reparo inmediato. Reina no vendría, según dejó labrado en el acta de bar de las tres de la madrugada. La policía de la 3ª la había amenazado con sacarla completamente de circulación si no aumentaba la comisión. «Yo no trabajaré más para estos vagos», había decidido entonces, entre quejas por la cuota del alquiler, el agua, la luz y el precio de la leche para los niños.

Las borracheras siempre expresan con formalidad y contundencia determinaciones repentinas. Al otro día, esos desdibujados espejos devuelven ojeras voluminosas y languidez cadavérica. Las estelares decisiones se pierden en el olvido o se deshacen en vagas ocurrencias de una cabeza que apenas puede sostenerse sobre los inodoros.

‒Reina no vendrá esta noche ‒le recordó José.

‒Así dijo, pero quién sabe ‒murmuró Soledad.

‒Ya es tarde, y es poco probable que, aunque venga, traiga la blanca.

‒Es su compañía lo que necesito, aunque no puedo negarte que una línea me vendría muy bien.

La vida era un fumatorio de ladrillo atortugado, de humo y sudor ceniciento inyectados en la piel, en el corazón, en el espíritu o en la conciencia de ese extraño ser que nos habita.

‒Cómo se nota que no me conocés, José ‒dijo ella al cruzar las piernas y acomodar los senos sobre esos muslos macetones de vellos esclarecidos por tintura. Sacó un cigarrillo de la bolsa y pidió una cerveza.

‒Qué hice yo esta vez ‒respondió José, expulsando aros ahumados de la boca.

‒Sabés que hoy es mi último día. No puedo ponerme contenta.

‒Vamos, mujer, ayer te noté muy alegre por dejar la calle y por imaginarte un futuro previsible al lado de ese socio alemán del que me hablaste toda la noche.

‒Sí, estaba alegre. No todos los días te ofrecen casamiento y sabés luego cómo somos las mujeres con esa historia. Pero sé que es mentira. Sé que extrañaré a Reina, María y Sofía. También a vos, seguramente.

José tenía miedo de que esa noche de densa humareda se desdibujara en los contornos, más oscuros, del melodrama.

‒Por qué a mí, por qué ‒se preguntó, frotando las manos. Le daba a él por pensar que el sentido trágico contemporáneo, a más de ser panfletario, correspondía a un tiempo de absoluta estupidez humana.

Soledad había venido por última vez para llevar a José a cantar hasta el amanecer en Frogus. José, casualmente, amaneció canturreando Para vivir, de Pablo Milanés. Ella quería deshacerse con Hacer el amor con otro. Pero al verlo en el bar, como siempre, al ver a las chicas en las esquinas parcamente iluminadas, como siempre, o casi siempre desde diez años atrás, se inmovilizó.

‒Esta noche también necesito consuelo, y ustedes, los hombres, como bien se sabe, son incapaces de un gesto vagamente parecido ‒lanzó Soledad, sin esfuerzo por encontrar reacción alguna en José. En José, que había convertido en insípida la religión de la vida desde que Amanda lo dejó marcando ocupado en el Hotel Rosa y mal embutido en esas calles de sueños rotos del microcentro asunceno.

‒Ja, ja, ja ‒esbozó José‒. Quién puede conseguir consuelo con este aire infectado de naturaleza muerta.

‒Y qué esperanza me puedo imaginar al lado de un tipo como él, de 63 años.

‒Ay, Soledad ‒carraspeó José‒. Ahora venís con Laura en América. Esperanza de qué, para qué. Qué te pasó entre ayer y hoy. Qué ha cambiado. Ayer te noté alegre, entusiasmada. Qué pasó contigo, nena ‒–subrayó José en clave Pomelo rock y con dejo cansado.

‒No te imaginás cómo reaccionó mamá con la noticia. Me abrazó. Hace cuánto que ella no me abraza; en realidad, no me acuerdo ‒dijo, cubriendo los senos con el chal verde y extendiendo el vestido enterizo negro hasta la mitad del muslo–. Yo también me puse muy contenta, pero ahora que lo pienso mejor, ahora que es la hora de dejar esta vida, ahora me dan ganas de mandar todo al carajo.

‒Tranqui nomás, Soledad. Hoy Reina no vendrá. No hay consuelo en este puerto gris.

Vuela_Juan de Dios

José cruzó las piernas y se metió en la boca un hilo de rulo encanecido. «Qué me costaba disfrutar nomás este muslo y estas tetas rebozantes», pensó mientras su imaginación volaba difusamente por esos primeros tiempos de retorno de España sin más méritos que una pensión precaria. Tiempos otoñales de juntar pedacitos sin esperar nada, sin miedo ya de asumir una vida de expectativas hueras, sin miedo de encontrarse con el mundo de las ambiciones mal pagadas en un cuarto húmedo de la pensión de Silvano. Ahí, a la vuelta de la Escalinata Antequera, entre mujeres que se derriten por el regalo de un libro o una invitación de helado Doctorazo y varones casi adolescentes que trafican sexo por números telefónicos escritos en las puertas de los baños de la Plaza de la Democracia.

Afuera se escuchó un crepitar de latas. A los oídos de José sonaba a chorros finitos de lluvia que se deslizaran por los techos de chapa hasta aplastarse gota a gota en el cemento. Se acomodó los anteojos en la búsqueda de alguna señal de esperanza. En el panorama difuso a través de la persiana vio a dos niños aplastando latitas de cerveza para acomodarlas en dos enormes bolsas negras. Olga, la moza, percibió la resignada decepción de José. Recordó todas las madrugadas en las que ella también se aferró a alguna señal de que Asunción le devolvía la esperanza.

‒¿Lencería fina para su amada esposa, señor escritor; lencería fina para usted, señorita a punto de merecer el casamiento? ‒Reina se reveló con peinado Ramiro, uñas postizas de motitas albinegras, pestañas remarcadas de rímel, labios liláceos, vestido de algodón floral y un tendedero de tanguitas y portasenos Delmer, «importados directamente de Buenos Aires, como bien saben ustedes».

Soledad la asaltó con un abrazo.

‒Mi amor, me comía las uñas esperándote.

‒Qué hice yo para merecer tanto honor ‒dijo Reina, tomando su lugar en la mesa de madera gruesa bañada en barniz oscuro y olvido. La presencia de su amiga le devolvió a Soledad el semblante alegre, pícaro y altivo que alumbrara el regreso anónimo de José y que lo mantuviera husmeando su intimidad.

‒Whiskola para mis amigas, Olguita ‒pidió Reina‒. Amigas, festejaremos el último día de Soledad con nosotras; vengan todas ‒les dijo a las chicas de la esquina. Jaquelin, Tatiana y Celeste se arrimaron a la mesa para brindar por la compañera que se les iba a cumplir la misión de juntar a los suyos en una casa, colgar fotos en la pared, mostrar al macho protector en las cenas familiares y rebautizar, como es debido, a sus Sami, Tamara y Jonhatan.

‒Se nos va para el mundo de la decencia y las buenas costumbres; salud, amiga, salud… ‒reivindicaba Reina, destello eufórico en un cuerpo óseo de rostro pálido y ojitos ciruela.

Olga decidió que ya era tiempo de alterar el orden impuesto en la computadora. Le sacudió vallenato.

‒Ojala se cumplan tus sueños, Soledad ‒brindó Olga con esos labios gruesos vinagre. Con esas facciones morenas endurecidas por el trabajo nocturno y el deseo mal curado de viuda. Olga expresó con sinceridad el deseo de que le fuera bien a Soledad en su nuevo mundo, aunque su ausencia significara algunos –y buenos, dijo‒ clientes menos en el bar atraídos por ese cuerpo de monturas exuberantes que lucía sin resguardo. «Ando por esos días en que todo me sabe gris y, sin embargo, disfruto de la compañía de una mujer de nalga atómica y pechos que disparan mi pobre imaginación», había escrito José en un anotador que olvidó donde lo olvidó, perdón por el fraseo arjoniano.

Vuela_Charles Da Ponte

Olga y José acostaron el cuerpo del profe en la cama de su estrecho y húmedo cuarto. Una neumonía se agazapaba sin alarde en su cuerpo. Él, tan acostumbrado al cansino andar, a los accesos de tos, a apoyarse en las paredes para levantarse de la cama y salir de la pensión de doña Arminda, sobrevivió esos días, al igual que la neumonía, sin alardes y sin más sobresaltos que los establecidos por los ojos que se marchitan, los huesos que se encogen, la grasa que se consume en el alcohol, el cigarrillo y la escasa alimentación. En los tiempos de la absoluta decadencia del cuerpo, el profe solo recordaba, con profusión de detalles, aquel día en que salió de su casa, atormentado, a gritar, en el silencio de esas luces mortecinas de la avenida Eusebio Ayala, frente a una distante iluminación de la Comisaría Séptima: «Abajo la dictadura, carajo». Casi no recordaba cómo salió de ese trance, cómo terminó en su casa, donde su madre esperaba que su hijo le llevara la pildorita, le tomara la mano, le fregara suavemente el pecho y le dijera: «Acá estoy mamá, no estás sola». Aquel muchacho que le había pedido que firmara un documento contra la dictadura en el colegio lo había seguido de lejos. Quería decirle que comprendía su situación y que esperaba seguir compartiendo con él tertulias privadas en el bar, hablando de cosas que en clase eran un imposible. A ese muchacho le encantaban esos ojos encendidos del profe cuando abordaba esa «revolución popular, ese estado nación mestizo, igualitarista, sostenido en la ocupación y explotación libres de las tierras, durante el periodo de Gaspar Rodríguez de Francia».

–Pero Francia era un dictador como Stroessner, profe.

–Mirá, muchacho, no te echo de la mesa porque eres muy joven.

–Qué tiene que ver eso.

–Nada, solo eso, eres un pendejo. Hijo de la «paz y el progreso», sin memoria, sin espíritu crítico, sin proyecto estratégico.

–Bueno, profe, no se enoje. Usted es el maestro, el iluminado; yo soy alumno, sin luz.

El profe se retiraba de la mesa del bar casi siempre incordiado, quejándose de la «ignorancia» que se había apoderado de nuestro pueblo con el régimen de «paz y progreso» de Alfredo Stroessner. En el bar hablaba tan discretamente como si hubiese micrófonos por todos lados. Cada palabra acentuaba de la manera más apagada posible. Aun sus sentencias más graves las establecía en frecuencia modulada. En ese «Abajo la dictadura, carajo» las fuerzas contrariadas se habían expresado desde sus fundamentos más profundos. El estallido del miedo, la rabia y la borrachera lo dejaron con muy pocas fuerzas para caminar. El «pendejo» lo apoyó en sus hombros y lo llevó a la casa, como se arrastra a un herido de guerra. En la casa, la madre, agonizante, esperaba esas manos en el pecho, esas manos en las suyas, para cerrar los ojos, para liberarse por fin de aquella imagen que la sometía a un trance de tormentosa revelación.

–Cháke, Solano. Oúma hikuái. Ehupi Carmen pe ha jaháma hína .

Ese día lo esperaba para despedirse y para liberarlo de limpiar las escaras en la espalda, de pasar la toalla húmeda en el pecho, en las ingles, en los muslos y retirar el pañal de tela con las heces y la orina. Al llegar a la casa, Solano, todavía extenuado, recuperó cierta lucidez. Se despidió del joven dándole las gracias. Se apoyó en la pared para entrar a la sala. Una luz de la vela, en un tazón transparente, alumbraba la mesa de trabajo del profe remarcando el libro de Tolstói, el de Luis G. Benítez y un tubito blanco, alargado, con las píldoras de la madre. Luego de unas palmadas en el rostro, recogió las píldoras, humedeció la toalla y entró en la habitación. Sintió en su madre la respiración muy afectada. El corazón y el pulmón inflaban y desinflaban el pecho con agitada aceleración. Pensó que acababa de reponerse del recuerdo de aquella tormentosa imagen que la sacaba de su silencio, de su mirada al vacío y la situaba en un escenario que la excedía completamente. Excedía su condición de madre al servicio de los hijos, excedía su moral de mujer al servicio del patriarca y excedía su destino indiscutible de mujer hacendosa y abnegada.

–Aiméma nerendápe, che sy .

La madre lo miró, girando lentamente la cabeza. Una candidez y una sonrisa inusitadas se le dibujaron en el rostro. Movió las manos, como pidiendo: «tómame, acaríciamelas». Solano apretó delicadamente una de las manos con la mano izquierda. Se sentó al lado, se cruzó las piernas y le pasó, con la mano derecha, la toallita húmeda por la frente y luego por el pecho.

–Ya estoy con vos, mamá. No estás sola –repitió, despacio, abriendo todo lo que pudo sus ojos lacrimosos. No era fácil la operación de abrir completamente los ojos después de esa erupción volcánica del ser. Después de tantos años de espera, Solano se había acostumbrado a no esperar más ese momento. En ese instante en el que las manos se estrecharon profundamente, sintió un temblor en todo el cuerpo de su madre. Las manos de ellas se sellaron a las de él. La madre cerró los ojos y las manos se abrieron. Ella dejó de aspirar el intenso olor del jazmín del patio de la casa, el jazmín de la casa vecina, el jazmín de la vereda de Simón Bolívar, a la altura de Estados Unidos, y el jazmín de esa ciudad que dormía en «paz y progreso». El profe reposó la cabeza en el pecho de su madre, inocente y huérfano.

Esa mañana en que, veinte años después, José y Olga lo llevaron a la pensión de doña Arminda, el profe ya estaba tomado por la neumonía. Ese cabeceo rápido, esa imposibilidad de tomarse toda la caña con Coca Cola, ese hilo de baba que se deslizaba de su boca formando una lagunita esponjosa en el piso y ese derrumbe sobre la mesa eran indicadores precisos de su estado. Olga y José los tomaron como se toman las cosas que no tienen remedio. Lo acomodaron en la cama, le quitaron los zapatos y las medias y ubicaron la cabeza besando la almohada.

–Uf, ya está –dijo, satisfecha, Olga. En aquel tiempo, José vivía en una pieza arriba de la pensión de doña Arminda. Para llegar debía sortear la borrachera y una escalera de tablas con rendijas cada vez más abiertas. Siempre llegaba, aunque en muchas ocasiones no recordaba cómo lo había logrado.

–Te acompaño, José –formuló Olga en esa frecuencia en que no se entiende cuándo una frase expresa una pregunta y cuándo una afirmación–. Quiero conocer tu pieza.

José sonrió.

–Bueno, pero subiré primero yo, luego vos. No quiero que la escalera se venga abajo.

–Sos un hijo de puta, José –respondió mientras lo seguía a unos metros para no coincidir con José en el mismo tablado de la escalera.

Al llegar a la habitación, José se desabrochó la camisa floreada y el pantalón oscuro y se descalzó en la cama, dejando en evidencia sus párpados cada vez más hinchados, las mejillas cada vez más abultadas, la nariz cada vez más gorda y unos pliegues fláccidos en el brazo. Olga apagó la luz y cerró la puerta. No era mucho lo que tenía para ver en esa pieza con una cama de plaza y media, un ropero viejo y una mesita de luz descolorida, con dos petacas vacías de Aristócrata, un cenicero repleto y un libro de Cortázar boca abajo, partido en dos. La parrilla de la cama, desvencijada, quejumbrosa, aguantó los juegos amatorios entre ceniza y sudor. El profe, en la pieza de abajo, se deshacía en sofocones, sin sondas ni tubos de oxígenos, sin necesidad de ver a tantos ancianos como él en Urgencias del Instituto de Previsión Social. No hubo parientes urgidos, con cara de desesperación, ni fulanos pagando deudas con la culpa ni zutanos imaginándose la decadencia y el final de su propia vida. Una muerte austera y solitaria, al igual que la mayor parte de su vida. Unas horas más tarde, doña Arminda, luego de golpear en vano la puerta con el desayuno en la mano, lo encontró boca abajo en el piso. Había llegado al umbral de la puerta en un último esfuerzo de meter algo de aire a los pulmones. En el tejado de la pensión, un gato negro caminaba ostentoso, indiferente al encierro y a la opresión en esa atmósfera inflamada de naturaleza muerta.

Textos de Julio Benegas

Diseño de portada de Andrewken PL.

Ilustraciones de Juan de Dios Valdez y Charles Da Ponte

Charles, su lectura

El dibujante Charles Da Ponte contó así el proceso de su ilustración: “Luego de leer el capítulo titulado ‘el profe Solano’ la primera impresión que tuve fue la de apilamiento. Como de varios cuerpos encimados. Y tiempos encimados. Cuerpos tendidos y apilados con la tosquedad y vulnerabilidad propias de la carne. Varios cuerpos, aunque el personaje se llamara Solano. Y he aquí que miré y vi como un árbol seco, y partes como de juguete roto entre las que crecían espinas, y un puño en alto, y piedra (sordo como una tapia, oí, pero también lo duro, lo persistente, lo mineral, lo seco), y flores que crecen en lugares inapropiados, o lugares inapropiados que devienen flores y languidecen mientras los amantes, vigorosos, no piden clemencia ni disculpas. Y vi a la vida gozando un piso arriba de la muerte la cual se asentaba en basamentos hechos de otros huesos; y había clavos, clavos de sufrimiento ¿Cuántos? ¿Cuántos más?¿Es eso un lazo de horca? Sí, y una aureola que santifica y mata, y un perro atrapado por la perrera, una correa en torno al cuello, una amenaza y una promesa -a la vez- que pende entre el asesinato y el suicidio (porque uno se suicida en las decisiones también). Y había algo más por ser visto. Algo como una trama que entretejía los cuerpos y los tiempos y que fungía de cama y de cárcel, según se la mirara, como soporte y como reja. Cuando parpadeé el papel en blanco todavía estaba allí”.

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