Dictadura stronista: No me contaron, lo viví…

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Por Paz Ortiz*

Me llamo Paz Ortiz. Soy hija de padres perseguidos durante la dictadura. Mi papá tuvo que esconderse para no ser detenido, torturado, desaparecido y muy posiblemente asesinado. De hecho, en una ocasión se salvó por un pelo, ya que al poco tiempo de salir de una de las casas en las que estuvo escondido, cayó la policía y asesinaron a todos los compañeros con los que había estado.

Cuando empezaron a buscar a mi papá, secuestraron a mi mamá, quien estaba embarazada de mí. En su detención, golpearon a mi hermano hasta hacerlo caer al piso. En ese entonces él tenía dos años y lo único que buscaba era aferrarse a su mamá en un momento de miedo y violencia extrema. Mi madre, durante su detención arbitraria, sufrió torturas, lo cual implica que yo viví con ella esas torturas ya desde antes de nacer. Es más, ella estuvo a punto de perder el embarazo a causa de esa tortura (¡¡y eso que quienes defienden el stronismo dicen defender la vida y la familia!!).

Más adelante, “soltaron” a mi mamá, pero la mantuvieron como rehén en su propia casa, con agentes policiales de la dictadura que permanecían constantemente en la casa, por si mi padre volvía. Es más, aún luego de terminar esa suerte de prisión domiciliaria, el control de la policía continuó implacable por los dos años que seguimos viviendo en el país. Es así que los primeros años de mi vida transcurrieron en medio de un constante miedo.

Para poder estar juntos y vivos, alejados de tanto horror, no había otra salida: el exilio. Fuimos primero a la Argentina, pero “gracias” a la Operación Cóndor, Argentina tampoco era segura, así que tuvimos que ir a México. Sin embargo, el miedo nos siguió. Las marcas de lo que vivieron mis padres los acompañaron y, sin quererlo, nos las fueron transmitiendo a mi hermano y a mí. Hasta hace unos años, para mí, el vivir con permanente miedo era cosa normal, era casi como respirar… y el peligro era como el aire, una presencia constante en mi vida. Antes, el ver policías o militares me producía un terror extremo. Incluso hasta el día de hoy su presencia me produce nervios. Y esto a mis 41 años de edad… ¡luego de años de terapia!

El exilio no estuvo marcado solo por el miedo, sino también por lo que implica el estar excluido… de tu tierra, de tus raíces, de tu familia… y vivir en un lugar donde, si bien nos trataron con mucho afecto y cariño, siempre fuimos “los extranjeros”. Esto implica que prácticamente no tuve patria: no me sentía del todo paraguaya (una tierra que en mi entendimiento de niña nos había excluido) y tampoco era del todo mexicana. Podría parecer poca cosa, pero implicó un vacío importante a la hora de construir mi identidad y establecer lazos con otras personas.

La vuelta a Paraguay no fue más fácil para mí. Volvimos al país cuando yo estaba a tres meses de cumplir quince años. A esa edad, dejar todo… mis amigos, compañeros de curso, mi colegio, mi ciudad, en fin, toda la vida que conocía… fue simplemente desgarrador. Especialmente porque venía al lugar que para mí representaba el horror y esto me llenaba de miedo. Además, durante lo poco que llevaba de existencia, nos habían enseñado a guardar silencio, a no hablar, a no reconocer varios detalles de nuestra vida en torno a Paraguay. El callar, la ausencia de palabra, el silencio se convertía en ruido tenaz que en su eco representaba seguridad. El silencio era eso: seguridad, protección, porque hablar y dar ciertos detalles, ciertos nombres, podía ponernos en peligro. Por todo esto, no sabía cómo confiar en la gente de este mi país, razón por la cual se me hizo muy, pero muy difícil relacionarme, establecer y mantener amistades y relaciones duraderas.

Esto es solo una parte de lo que sufrimos durante ese sistema espantoso. Las marcas de la dictadura son imborrables en mi vida. Creo que ninguna persona debería sufrir el horror que sufrió mi familia y tantas otras a manos de ese régimen abominable, al cual no le importó desplegar su furia en niños, embarazadas y cuanta persona se les pusiera en frente. Por eso estoy en contra de cualquier tipo de reivindicación de esa época de horror y grito con todas mis fuerzas: ¡¡¡DICTADURA NUNCA, PERO NUNCA MÁS!!!

Me decidí a escribir esto, a partir de un escrito de otra persona que invitaba a que las víctimas de la dictadura comenten sus historias y las hagan circular, teniendo en cuenta la situación actual. Estas son cosas que no me gusta recordar aunque tampoco puedo olvidarlas y, frente al actual rebrote del stronismo, siento que no puedo quedarme callada y les insto a otras víctimas de la dictadura a compartir sus historias y hacer oír sus voces de repudio. Particularmente en este país, es importante mantener viva la memoria: las nuevas generaciones deben saber la verdad. Y, como dice Mario Benedetti en el poema “Ese gran simulacro” que comparto completo abajo, la única verdad es que no hay olvido.

* Psicóloga, Máster en Estudios de Infancia y Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes

Ese gran simulacro

Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros

en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir/arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro

el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda

en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede/ aunque quiera/ olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinaran por el olvido
como si fuese El Camino de Santiago

el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite/
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.

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