De qué crecimiento económico hablan

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Por Julio Benegas Vidallet

Durante la dictadura stronista se regalaron cuatro millones de hectáreas, de las mejores del nordeste paraguayo, a fazendeiros (hacendados) brasileros y otros extranjeros. Eran tierras fiscales que, según el entonces Estatuto Agrario, debían distribuirse entre familias necesitadas. En compensación, Brasil “concedió” al Paraguay el Puente de la Amistad e Itaipú.

Este inicio de la penetración plena ya es citado en el libro de Domingo Laíno, en 1977. Luego los cuadernos de Ramón Foguel (Comité de Iglesias) completarían el cuadro de propiedades y extensiones. Un artículo de Eduardo Galeano ya describía, en un reportaje, esta extensión de la llamada entonces “frontera verde”: la soja.

En los inicios la soja no era transgénica y, por lo tanto, incluía a miles de familias campesinas que la plantaban en sus excedentes como cultivo de renta. Ese es el período en el que, junto con el cultivo de algodón, se recuerda como la era dorada del campesinado, entonces, todavía, en minifundios de 10, 20 y 30 hectáreas. Aunque ya los grandes latifundios de brasileros, al principio entre ganadero y narcoganadero, se quedaban con las mayores rentas, la posibilidad de que la soja conviva con otros cultivos generó un desconocido, desde la destrucción del estado nación mestizo (1864-1870), flujo de capital en la estructura agraria.

Paralelamente, a partir de los 70, la emergencia del modelo de triangulación: traer de todo de afuera, a bajísimo arancel, y meter en mercados brasilero y argentino las mercaderías, generaba un capital antes nunca visto en la capital paraguaya y otras ciudades.

Pronto Ciudad del Este, fundada en 1965 con el nombre de Puerto Presidente Stroessner, se convierte en uno de los puntos de migración más importantes de la masa trabajadora. Es la época dorada que la gente recuerda de los tiempos del régimen. Mansiones por todos lados, del día a la noche, financieras, bancos, asociados a un modelo corporativo e identificado plenamente con el modelo de Estado que priorizaba la importación de todo tipo de mercaderías, entre ellas las consideradas ilícitas y la agroexportación.

El dólar preferencial, aquel por el cual pisó Tacumbú Horacio Cartes (por timbear con él) era su expresión macroeconómica más clara.

Pronto el algodón ya sería un calvario campesino y la soja, que estaba delimitada a Alto Parana e Itapúa, ingresó en su línea devastadora: la semilla transgénica. En los 90, recordaba el sociólogo Tomás Palau, unas 100 mil personas salían al año desahuciadas del campo y se apostaban en las orillas de las ciudades, en territorios baldíos, fiscales o considerados mal habidos.

Recién en el año 2000 se legaliza la primera variedad de soja transgénica. Pero antes, en todos los 90, ya las grandes empresas (solo Tranquilo Favero asume que tiene más de un millón de hectáreas) se hacen cargo completamente del cultivo. Máquinas y veneno, talar todo, dejar pelado todo el territorio y plantar allí la semillita transgénica, una que usa un veneno matatodo. El modelo vuelve imposible la cohabitación con la estructura agraria campesina.

Hoy ya son 3.500.000 hectáreas en la Región Oriental, con unas 20 variedades de semillas transgénicas que fueron habilitadas sin más durante los gobiernos de Federico Franco y Horacio Cartes.

Hoy, ellos, los sojeros, son “los productores”, “los que trabajan”, el resto del campesinado “es haragán que no quiere luego progresar”.

En la actualidad está en discusión un impuesto de 10 por ciento a la exportación en bruto de la soja transgénica. En Argentina y Brasil este impuesto orilla el 30 por ciento.

Los antiguos colonos brasileros, los que habían comprado 50, 100, 150 hectáreas de tierras a este lado del Paraná o han desaparecido o se han fusionado con las empresas grandes que a su vez compran venenos de la Monsanto Bayer y se comercializa, la soja, a nivel internacional por grandes transnacionales: Cargil, Bunge, ADM, Noble.

Devastación del territorio, riqueza que va a parar a la infantería de colonos brasileros, a las empresas de tractores fabricados en Brasil y a las transnacionales yanquis, europeas y chinas.

Evo Morales tiene toda la razón del mundo: nuestra riqueza se va, se va, se va. Acá, en este puntito, la pobreza y la desigualdad, la deforestación y el envenamiento avanzan.

De qué crecimiento económico hablan, de cuál y para quiénes.

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