De ciclos y voces emergentes: José Cabrera, la reina paraguaya

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Fractura, suplemento literario de la argentina Agencia Paco Urondo (APU), reflexiona sobre la importancia de los ciclos literarios para el encuentro con poetas, escritores y el descubrimiento de nuevas voces.

Por Claudia Sobico

Un ciclo literario es un evento que transcurre en una librería o bar donde, quienes lo desean, pueden acercarse a escuchar a poetas o narradores invitados a leer uno de sus textos. Es un espacio necesario para el encuentro, para poder escuchar a los escritores que admiramos y también para conocer voces aun inéditas.

Estos eventos tienen la particularidad de juntar a los consagrados con los desconocidos. A los lectores que  leen tímidos y titubean o exudan vergüenza con los que se muestran seguros de sí y su texto. A algunos lectores que logran mediana atención y un silencio bastante respetuoso con aquellos que, publicados o inéditos, ciertas noches, abren la boca y despliegan una magia cual trovadores que envuelven el lugar con su voz. Por esos momentos es imprescindible que, a pesar de la crisis que está atravesando nuestro país, no se sigan cerrando bares de Buenos Aires, como Nivangio, el mítico Mordisquito, el Bardo, Gorlami y Espiche, entre otros, que tantas veces nos albergaron en la tarea. Porque  además es difícil publicar para los que recién se inician especialmente y también es difícil actualmente para los lectores poder afrontar el precio de los libros.

El ciclo literario Literapunk está coordinado por Ever Roman, Diego Brixton y Martín Mendez. Se lleva a cabo en el Salón Pueyrredón, el segundo miércoles de cada mes desde hace más de cinco años. En cada lectura hay escritores invitados y otros que, sin necesidad de una invitación previa y un flyer que los anuncie, suben al escenario al final de la jornada a lo que denominan “micrófono abierto”. Algunos de los presentes salen eyectados porque suelen subir escritores muy jóvenes, con poemas que desbordan entusiasmo e inexperiencia. Pero otros nos quedamos a escuchar, a ver qué pasa, quién sube, qué lee, cómo lo lee y por qué. Así, en ese “open mic”, una noche de 2017 conocí a la reina paraguaya, la hechicera: José Cabrera.

La poesía de Cabrera inunda el salón de manera extravagante. Nos somete a una agonía que enrarece el aire por el humor triste que destila y las carcajadas ácidas que provoca. La poesía de Cabrera es obscena, profusa, política e íntima. Su poética de resistencia no se queda con las ganas, lo dice todo, va desde el amor, la muerte, la historia del pueblo paraguayo, el campo, el exilio, el alcohol, la belleza y el infierno de la familia hasta la violación. Yo lo escucho atenta, me recuerda a la efusión expresiva de Manuel Puig y a la desfachatez de la Storni. No me animo a saludarlo, ya es tarde y me vencen el tinto y el cansancio del día. Lo busco en Facebook y me entero de su costado teatral. Entiendo más, toda él es poesía escénica.

Este año Cabrera ganó la beca del Fondo Nacional de las Artes por Artes Escénicas y se montará un espectáculo basado en uno de sus relatos “Amenazo Pyhare” donde narra la epopeya de un drag-queen paraguayo en su proceso de destierro. ¡Qué alegría y qué ganas de verla!

Aquí su poesía:

Pater

Padre me miró a los ojos.

Muchos son los llamados y pocos los elegidos,

yo monaguillo,

liturgia diaria

diferenciar a la perfección tiempo pascual de adviento.

Las ropas acomodadas por color

calendario santo.

Rojo solemne,

Verde ordinario,

morado cuaresmal,

Rosa  Gaudate,

Negro difunto,

Blanco eucarístico.

El cíngulo en una percha,

las sotanas todas por tamaño,

lavadas a mano

jabón de coco.

Doce años y Sacristán,

oficina repleta de ancianas

lunes de renovación de misas perpetuas.

 

Padre me miró a los ojos

doce años,

lustrar el bronce de los candelabros,

limpiar la alfombra del sagrario,

dar de comer a los 14 gatos,

renovar flores podridas,

contar hostias,

cambiar manteles,

remover  el cebo de todas las baldosas,

vestir al padre con su alba a la hora exacta de la misa,

quemar carbón para el incensario,

Dios presente,

escena sagrada.

Oficio divino,

doce años

pelo negro,

lacio,

suave, en forma de casco,

ojos negros penetrantes,

piel tersa,

porcelana fría de los altares,

arcilla húmeda en la cama del Padre.

 

Crotos y helechos,

la humedad pinta sus muros,

una plantita nace entre-ladrillos,

mamá en camisón da de comer a los perros,

domingo de tarde,

hay una luz escondida entre las ramas del pomelo,

musgo que se derrama desde el cantero más alto,

donde habita la Santa Rita y la Azalea amigas de toda la vida.

 

Humo que viene del vecino,

la yerba, el azúcar y el carbón se están casando.

La luna aparece en plena siesta,

blanca como una bolsa de hule en el cielo.

Llueven jazmines en la ventana.

La casa me mira y me toma de rehén de su soledad eterna,

de los abuelos que arrastran sus pies,

las fiestas que se apagaron,

los animales que nos domesticaron durante décadas,

las conversaciones bajo el parral,

tatakua que no se apaga nunca,

el piso de cerámica cubierto por infinitas capas de moho.

Dios quiera que mi casa no se convierta nunca en una oficina, un supermercado.

 

Sobre el Paraguayo.

Me dice -fumate este, no es lo mejor, es un paraguayo.

Entonces me tomé por aludido y lo miré como si estuviese mirando a Mitre o a Sarmiento.

Entonces mezclé todo y recordé que él no sabía cómo me sentía cada vez que me decían:

-Ah, sos paraguayo, veni pintame la casa un día.

Entonces me entró miedo

fumarme mi propia susceptibilidad

Recordé que no soy nacionalista,

territorio como paradigma,

no límite.

tomo tereré y aparece un país.

Entonces fumé y dije:

-No es paraguayo. No hay una hamaca a la vera de un río,

no escucho la risa de mis amigos en guaraní,

ni se siente el sabor a tierra roja en el humo.

 

Me abrí al toque.

Caminé,

me descalcé

subí al subte en patas.

Y no entendió nada.

Me preguntó al día siguiente: “si la flashee mal”.

Le dije -no vas a entender.

José Cabrera (según José Cabrera): Migrante paraguayo en Buenos Aires, 28 años, aunque parece 20. Es actor, director de teatro, estudiante de la carrera de Dirección Escénica en la UNA (Universidad Nacional de las Artes), asunceno, hijo de madre cuentista clandestina y padre periodista contestatario, anti-performer, o sea actor con formación de largos años en la escuela de teatro, lector apasionado de la literatura clásica y antigua, flirteador de símbolos y místicas escondidos en manuscritos. Habla , entiende y escribe en guaraní, vive en Villa Pueyrredón, cocina sopa paraguaya y le gusta Buenos Aires porque se siente siempre un desconocido. En sus años porteños intentó por mucho tiempo explicar que en Paraguay también hay escritores, actores, artistas, bibliotecarios, editores y no solo gente de servicio doméstico.

Vulgar y silvestre es el nombre de su blog de producción teatral, literaria y artística:

https://vulgarysilvestre.wordpress.com/?fbclid=IwAR3YrMKI2QiO-z6fOfP3CL2RWhWZe5MI66WWvMisvNtSTDdEzBVwvqB54po

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