Cuando la historia de un país se encarna en una agüela

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Por Julio Benegas Vidallet

La historia de un país se puede expresar a través de un drama, aparentemente personal, aparentemente único, aparentemente biográfico.
Hay muchas obras súper pretenciosas, aquellas que te quieren decir todo, aun en los mínimos detalles, de un tiempo, de un universo humano, de su humor y sus pesares.
Los tiempos tienen un espíritu y cuando el arte dramático encuentra ese punto, ese lugar desde donde contarte ese universo, esa contemporaneidad, ese humor y esa materialidad concreta, hecha piel y hueso en sus personajes, camina hacia escenarios de gran revelación.

Esa es la pretensión, intencional o no, de La Agüela C. Es la descripción de un mundo de polvo y viento, de hierbas, retazos y un pasado que es presente, un pasado que se arropa en el presente de desoladora soledad. La soledad de los viejos en el campo.
Desde esa soledad, nos cuenta, a través de sus retazos de tela, su pasado. Y ese pasado es nada menos y nada más que el pasado de miles de mujeres que más de cien años, desde el término de la Guerra Grande, vivieron, desde su especial condición de mujer, madre, al servicio de los “patrones” de ciudad y que terminaron, echadas del rango viriginal y casamentero, esperando al hombre que la quiera “bien”, en tanto vendía perdudillas para refrescar el estómago, menta’i para el corazón y otras hierbas para unas cuantas cosas más, “patroncita”, “patroncito”.
El texto, de Natalia Benítez (Nati Lamiga), sobre idea original de Manuel Portillo, es representado en unipersonal con gran soporte actoral y de dirección.

Manu intenta representar las distintas facetas de la agüela, la que limpiaba y servía a sus painos, la que mandaba a escribir cartas a su amado, la que, finalmente, al otro día de la muerte de Cola, su compañero, llama a Nilda, una sobrina, que nunca aparece, que llama otras personas que nunca aparecen, hasta que todo es devastadora soledad.
Unos años atrás, en Francia, en una ola de calor inaudita, miles de viejitos y viejitas murieron en la más absoluta soledad. Hoy, en el campo nuestro, de donde salen despavoridas las nuevas generaciones, quedan los agüelos, que ora cargan con los nietos y que ora lloran la partida de sus hijos.
Ese fondo presente pasado tiene una secuencia en la obra, dirigida por Ever Enciso, con asistencia de Natali Valenzuela, creíble, convincente, aunque en algunos tramos aparece una intencionalidad sensacionalista innecesaria. Cuando el drama está construido, está ambientado, está personificado, habría que darle mucha luz, mucho color, como la vida lo es. Apender a pintar con mayor integridad a nuestros personajes es un desafío para todos, para periodistas, dramaturgos y literatos.

Ahí vamos.

En tanto, Aguela es un pasado presente que interpela y nos deja desnudos en nuestras propias miserias. Ayer fue la última función, en la Manzana de la Rivera, con un público abigarrado. Esperamos, para que madure como corresponde, la reposición en algún nuevo ciclo.

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