Carta abierta de un kurepíguayo

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Por Leandro Alba


Escribo con bronca. Trato, ahora, a la medianoche, de concentrarme en mis vacaciones. De no pensar. Trato de no encender la tele. Trato de no ver a esa corte infranqueable, iluminada, que ha nacido con la verdad revelada: los profetas del odio reconvertidos en panelistas. Periodismo que supo ser vanguardia hace más de dos siglos y con pretensiones de objetividad tan altas como las salariales, que han logrado adaptarse y evolucionar en su ecosistema: su santidad prime time. Un ejército trasnochado que hoy se despierta y muestra los dientes y juega y lleva y trae y aplaude, aplaude mucho y muy fuerte, las ventajas de un nacionalismo tan pobre como malinterpretado. Un nacionalismo que no resiste el menor análisis, que todavía se acomoda las prendas después de bajar, hace una generación, de los barcos.
“Inmigrantes: deberán pagar salud y educación”, se lee en los graphs. Y trato, a la medianoche, de concentrarme en mis vacaciones. De no pensar. Pero es difícil. Porque el teléfono suena. Es mi vieja. Mi vieja que está preocupada. La voz apagada, quebrada por momentos. Tan quebrada como el día en que me dijo que iba a cerrar el negocio, hace casi un año. No se vende, me dijo. Vamos a cerrar, mitaí. Y sí, fue así. No exageró ni un poquito. Hacía tiempo que yo no iba por el negocio. Y miramos de arriba para abajo. Sumamos, multiplicamos, con sus dedos, con los míos. Y no había caso. Nada, che. Los números no cambian de color por más que los mires con bronca o con amor, viste. Son rojos y son rojos. Punto. Rojos y fríos, si me permitís. Entonces, salí y compré un par de fibrones, porque no alcanzaba ni para eso, ¿me entendés? Uno negro. Y a escribir por todos lados, liquidación por cierre, dos por uno, sin cambio. Sin cambio. Y así de rápido y así de brusco, mi vieja se despertó de aquel sueño que cabía en un local cuatro por cuatro en Haedo. Algunas prendas las hacía ella. Al lugar lo habíamos bautizado con las iniciales de nuestros nombres. Igual, esos detalles mucho no le importan a la gente de AFIP, Rentas, Edenor y eso. Tampoco creo que haya sido esa indiferencia la que hizo agonizar el negocio. Así murió, ahogado por las cuentas. Pero, por fortuna, después, nos inundaron, todavía más, con los Made in China. Re top, gordo, te lo mandan a tu casa.
Me dice que esto la hace sentir mal. Casi tan mal como cuando llegó, hace muchos años. La verdad, no sé cuántos. Alguna vez me habrá contado, pero perdí la cuenta. La que no perdió la cuenta, seguro, es ella. Quién se puede olvidar del día en que todo comenzó a ser distinto. Quién se puede olvidar del día en que dejamos de ser para empezar a ser. El día que tuvo que taparse la boca, para no hacer ningún sonido que se escapara del ortodoxo castellano porque el guaraní es mala palabra, viste.
Me dice que ella paga los impuestos como todos. Que todavía está pagando los del negocio, por más que cerró hace cuántos meses. Que por qué se tiene que bancar, ahora, que la traten de esa forma. Porque a ella no, a ella no le condona la deuda nadie. Porque bajar de un barco hoy es más top, como papá Franco. Pero no, ella bajó, hace muchos años, del Crucero del Norte.
Quiero escribir. Quiero encontrar una forma para contar. Una válvula de escape. Mientras me hago un mate. Voy a usar la computadora del lobby, pienso. Cuando llego al teclado, el agua está fría. Cuánto quisiera comprarme uno de esos termos lindos y buenos y cristianos y occidentales y nacionalistas y de gente bien. Esos marca Stanley.
Trato, a la medianoche, de concentrarme en mis vacaciones. De no pensar. Pero es difícil. Porque el teléfono suena. Es mi hermano. Mi hermano que está preocupado. La voz apagada, quebrada por momentos. Tan quebrada como el día en que me dijo que no se animaba a decirle a mamá lo que había pasado. Nada grave, pienso hoy. Se había agarrado a las manos con un pibe de barrio. Pero lo que más nos jodía, a mí y a él, no era que se había trompeado con un gordito que por ser el dueño de la pelota lo quería dejar afuera del potrero, porque él sí era bueno, porque cuando él agarraba la pelota lo dejaba pintado al gordo. Y entonces el gordo gritaba y gritaba, paraguayo puto, andate a tu país. A mi hermano, que nació allá como mi vieja, eso no le jodía. No le jodía porque nosotros siempre fuimos un poquito de acá y otro poquito de allá, estaba curtido. Porque cuando llegaron, hace muchos años, mi vieja le explicó cómo iba a ser y cómo eran algunos nenes, porque los padres. Y él le preguntó por qué eran así. Y ella le dijo que él no había hecho nada, que son así porque no conocen el gusto tibio a la chipa recién salida de horno, el perfume dulce a la guayaba madura, el dolor de tener que irse, porque no queda otra. Porque por más que llueva la caña de azúcar, la realidad es amarga. Y hay que hacer un bolso. Entonces, él sabía cómo moverse.
El tema es que el gordito lo tenía de punto. Pero eso a mi hermano no le jodía. Lo que le jodía es que la única mano que le metió el gordito fue en la nariz. Y así le estropeó su primera camiseta de River. Una que le había hecho mi mamá, con una remera blanca y un pedazo de tela roja cruzada. Hermosa. Es más original que la original, decía mi hermano para repeler los gastes. Un grande, el tipo.
Quiero escribir. Quiero encontrar una forma para contar. Una válvula de escape. Mientras me hago un mate. Y garabateo las primeras palabras en el lobby pienso en aquella prenda, más original que la original, y pienso en las bondades de otras, como esa marca que hace prendas tan lindas y buenas y cristianas y occidentales y nacionalistas y de gente bien. Esa marca Awada.
Trato, a la medianoche, de concentrarme en mis vacaciones. De no pensar. Pero es difícil. Porque el teléfono suena. Suena y suena. Es mi viejo que está preocupado. La voz apagada, quebrada por momentos. Tan quebrada como el día en que me dijo que mi prima se volvía. Tenía nueve años ella. Y todavía no había alcanzado a sacarle la tierra colorada del bolso y ya se quería volver. Se quería volver, se quería volver y se quería volver. No había caso. Allá la cosa estaba difícil, entonces mis tíos se vinieron con la piba. Difícil. El primer día, ellos se fueron a hacer papeles y papeles y papeles (la pesadilla inmigrante también se llama burocracia). La fue a buscar mi vieja. Unos días después empezó la escuela. Y ahí arrancó el drama. No había un día que no llorara. Paraguaya hija de puta, por lo que fuera, eh. Cualquier tema era una excusa, volvete a tu país. Y se volvió. Se volvieron. Tenían el bolso con la tierra colorada de cuando llegaron. Y ella, el guardapolvo blanco, blanco. Casi sin usar.
Quiero escribir. Quiero encontrar una forma para contar. Una válvula de escape. Mientras me hago un mate. Y garabateo las primeras palabras en el lobby pienso en aquella carta que le llegó hace unos días a mi viejo. Esa carta que llegó por esa empresa que tiene un servicio tan rápido, tan bueno y cristiano y occidental y nacionalista y de gente bien. Un telegrama de Correo Argentino. Uno tan breve y conciso, que se resume en cuatro letras: chau.
Trato, a la medianoche, de concentrarme en mis vacaciones. De no pensar. Pero es difícil. Porque el teléfono suena. Suena y suena. Y la cabeza suena y suena. Entonces pienso en alguna forma, en un texto, corto o no tanto, ¿por qué es una virtud la brevedad? (me pregunto si existe la literatura fast food). Una forma donde pueda contar la bronca, una válvula de escape. Y pienso, mientras tomo un mate, que están en todos lados. Ellos, y vos y yo sabemos que cuando digo ellos no tengo que explicar quiénes son ellos. Porque acá, vos y yo sabemos que hay grises. Están ellos y estamos nosotros. Punto. Y nosotros somos los que no podemos dormir. Los que no podemos dormir porque tenemos que pedir dedos prestados para contar los números rojos. Rojos como el color de la tinta con el que escribo los apuntes de este texto, antes de llegar al lobby. Rojos, tus números rojos, como la tarjeta que te explota, esa que agarras a cada rato, en el súper, en la farmacia, en banco. Rojo como la sangre en la camiseta, más original que la original. Rojo como la tierra. Esa de la que muchos se tuvieron que ir. Esa a la que muchos (ellos) quieren que vuelvan. Rojos como la sangre. La sangre. La de ellos (la sangre azul no existe, hay que superarlo). Y la de nosotros. Porque no somos tan distintos. No somos distintos.
Eso pensé, hace tantísimos años atrás, cuando miraba el partido desde el arco. Yo era chico, me acuerdo. Por eso mandaban siempre debajo de los tres palos. Y desde ahí, alejado, al sur del área, podía ver las cosas con más claridad. Me acuerdo que el gordito lo tenía de punto. Y mi hermano lo primero que hizo cuando arrancó el partido fue clavarle un caño al gordi. Se le fue al humo. La primera mano fue del dueño de la pelota, como la segunda. Ojo que el otro cobró también. Rojo, los dos. El mismo rojo, pienso ahora. De los dos lados. Rojo. Rojo como el auto del que se bajó el gordo, hace unos años cuando entró a la iglesia. Y adentro estábamos la novia, las familias, mi hermano y yo. Mi hermano tenía la risa con la que desbordan los padrinos, pero los nervios le habían vuelto la cara tan blanca como el vestido de la novia. Blanca, como el día en que el gordito llegó con la mamá a casa. Y tocó el timbre y la mamá le dijo que pidiera disculpas. Y se disculpó. Y con mi hermano las aceptamos. Entonces, mamá peló una guayaba y un mango y después hizo cocido quemado y puso chipa caliente en la mesa. Y se quedó. Y nos dimos cuenta que no éramos tan distintos. Que nos gustaba lo mismo. Y no se fue más el gordo. Y ahora tampoco se va más el gordo. Menos cuando hay vino tinto los domingos.
Quiero escribir. Quiero encontrar una forma para contar. Una válvula de escape. Mientras me hago un mate. Y garabateo las primeras palabras en el lobby, acá, en el Sur. En Villa La Angustura. En un hotel paquete, bien. En un lugar que no podría haber pagado. Un lugar donde me invitaron. A unos pocos kilómetros donde vacaciona el Presidente. Donde estuvo hace unos días. Qué pena no haber venido antes, pienso. Qué pena no haberlo cruzado. ¿Se imaginan? ¿Se imaginan unos segundos frente al CEO del país? Yo no. Al decir verdad, sólo le preguntaría qué hubiese pasado si su padre, al bajar del barco, leía en los diarios “Inmigrantes: deberán pagar salud y educación”. Tal vez, pienso, hoy no existiría ni el Correo, ni Awada, ni hubiera existido Manliba. La lista sigue, pero es tarde y el sueño empieza a ganarme. Tal vez es eso. Tal vez, es la historia del gordito que no quiere que le hagan caños en su cancha. Tal vez, no quieren un Correo que no sea de ellos, ni una marca Awada que luzca bordados mayas, incas, quechuas, guaraníes. Que el buen gusto, el gusto nuestro, no sería el de Awada, claro. O que la mugre la junten otros, como lo hicieron ellos en su momento. Porque, en una de esas, hay gente que puede darle servicios al estado sin antes llenarlos con agua antes de enterrar los desechos y después cobrar por peso. Un chanchullo. Otro. Los dueños de la pelota son así, viste.
Pero quiero escribir. Quiero encontrar la forma antes de que salga el sol, porque ya está. Ya me olvidé de las vacaciones. Porque mientras se enfría el agua en mi termo barato, pienso en cómo nos hacen pelear por las migas los que se comen la torta entera, mientras ellos te venden el mate, te venden la ropa, te venden el boleto de transporte para ir al trabajo donde ellos son los jefes y después te envían el telegrama que, además, lo hacen llegar por sus empresas.
Veo a los panelistas. Dicen que el sistema de salud nuestro está colapsado. Dicen nuestro, pero a juzgar por sus formas no creo que se atiendan en los hospitales públicos, de todas formas se lo concedemos, es un punto ciego que le permitimos a la ficción que ellos interpretan. Dicen que los bolis (dicen bolis) y los paraguas (paraguas, dicen) vienen al país para tener a sus críos (críos dicen). Y que después se van. Que los argentinos quedan desplazados en los hospitales públicos, porque los bolis y los paraguas se quedan con todos los turnos. Se refieren a los turnos médicos como si se tratara de lebacs que hay que acaparar y acaparar. Me pregunto cuántas gasas y jeringas y botellitas de alcohol y guantes se podrían haber comprado con los 70 millones de pesos que le condonaron al Correo.
Ahora, cambian de tema. Los panelistas hablan de Bariloche. “Mapuches acampan para pedir por sus tierras”, leo mientras intento escribir. Quiero encontrar una forma para contar. Una válvula de escape. Mientras me hago un mate. Y garabateo las primeras palabras en el lobby, acá, en el Sur. En Villa La Angustura. En un hotel paquete, bien. En un lugar que no podría haber pagado. Un lugar donde me invitaron. Y pienso que son 80 kilómetros. Que 80 kilómetros me separan de los mapuches, de sus reclamos. Que no estoy tan lejos. Que no somos tan distintos. Que me olvidé de las vacaciones, que voy a pasar el día allá pienso, mientras empiezo a entender lo que quiero decir y cómo lo voy a decir y escribo esta carta abierta.

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