Un circo mediocre llamado “Renuncio al Seguro Vip” (1ra. Función)

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Por Juan Ibáñez

La palabra “Fariseo” proviene del antiguo hebreo y significa “separado”. Los fariseos, popularmente conocidos por sus intervenciones en la época de Jesús, aunque se sabe que datan de mucho antes, eran un grupo de personas que se creían supra-humanos y en la mayoría de las veces evitaban mezclarse con el pueblo “pecador”. Ellos pensaban que agradaban a su Dios (y a parte del pueblo) con sus actos de segregación producto de un actuar supuestamente diferente a la mayoría de las personas, que según ellos distaban de lo que establecían las leyes divinas. En realidad, solo estaban presentes e insertos en el pueblo para mostrar su supuesta pureza ante todos y para juzgar los actos de los demás. Sus manifestaciones externas se contraponían con sus verdaderas manifestaciones intrínsecas, debido a que su propósito se limitaba a mostrarse ante la comunidad como los justos, rectos y libres de pecados.

Los separados del pueblo no están lejos de parecerse a los parlamentarios que en las últimas semanas hicieron gala de su sangre espartana y han manifestado en actos heroicos un renunciamiento al mal llamado Seguro Vip. Entonces, valga la analogía.

Estos parlamentarios también están separados del pueblo trabajador y conocen poco de la historia de lucha de los trabajadores, a quienes tienen un desprecio, en especial al servidor público.

Volviendo al tema en cuestión, con este supuesto renunciamiento, pretenden mostrar a la sagrada “ciudadanía” (que no pasan de 500 personas asuncenas acomodadas con poco o nada de conocimiento de políticas públicas) su consecuente actuar como honorables, éticos y moralistas parlamentarios. No obstante, también ellos saben que no todos se compran el ticket de entrada a  su circo mediocre, por lo que no sorprenderá que sigan armando mejores funciones para un público mayor en el futuro. Pero ahora es necesario argumentar por qué es un mal circo este acto de renunciamiento.

En primer lugar, el mal llamado seguro vip, ni es “seguro” ni es “vip”, por lo que llamarlo así solo contribuye a mitificar la idea del seguro de salud como “elitista” solo con fines populistas. Un servicio de salud prestado en el sector público o privado no podría ser llamado vip, analizando desde la perspectiva del bienestar humano, ya que el acceso al servicio de salud debe ser universal, y debe estar garantizado en una cobertura plena. En ese sentido, una política de salud pública (ausente hoy día) no puede basarse en estándares diferenciados según la cara y disponibilidad económica del cliente, es decir, vip, mediano, básico. Si es un servicio de salud, debe ser la mejor y la de mayor cobertura, tal como lo establece la Constitución Nacional.

Dadas estas premisas, al no haber oferta disponible ni en calidad ni en cobertura en el sector público que pueda garantizar este derecho, el pueblo trabajador tras años de lucha y conquistas ha logrado incluir este servicio en sus condiciones de trabajo. Por ende, es un contrasentido que este servicio conquistado por el pueblo trabajador organizado (y expandido a otros sectores, incluso los parlamentarios), sea despreciado por los “representantes del pueblo”.

Si bien, hay que abrir un amplio debate y establecer reformas en el sistema de salud paraguayo, es bueno puntualizar  que el “renunciamiento” al mal llamado seguro vip no es el inicio ideal, es una falacia, sin contenido y propuestas de solución. Este acto solo representa el más vil y despreciado reflejo de populismo mediocre que nos pueden presentar en esta primera función estos parlamentarios.

En segundo lugar, ellos no son juan pueblo, o como bien lo dijo un parlamentario no son “el común” y no solo porque ejercen la representación de todas las personas paraguayas en el Congreso sino porque además perciben mayores ingresos que la mayoría del pueblo trabajador. Entonces, el renunciamiento es casi inelástico a su estado de bienestar y la utilidad que reciben ejerciendo el cargo permanece constante. Incluso, varios de los parlamentarios ya contaban con seguros de salud en el sector privado antes de ser electos, por ende, jamás se toparían con los trabajadores del sector público en las largas filas de IPS o los hospitales del Ministerio de Salud. En conclusión no les afecta en lo más mínimo.

En tercer lugar, su renunciamiento no hace a la calidad del gasto público, en términos técnicos, no impacta en mejorar la calidad del mismo ya que el contrato se mantiene vigente y por lo general se establecen grandes rangos de beneficiarios en los contratos con las prestadoras privadas de servicios de Salud. Aunque esto no fuera así, el dinero no ejecutado queda en el mismo rubro presupuestario. Bajo el supuesto que todos los parlamentarios renuncien a dicho seguro, el monto destinado no representa ni el 0,0001% del presupuesto del Ministerio de Salud o del I.P.S., es más, ni siquiera serviría para financiar 6 meses la unidad mínima de salud actualmente vigente en el sector público. Su acto de renunciamiento no es un ideal de pobreza, sino que es un modo de evitar contaminación con el mundo exterior para salvaguardar la pureza de sus actos, tal como lo hacían los fariseos. Su actuar es hipócrita y finge una moral, cuyo propósito es posicionarse ante la opinión publica (¿?),  los medios de desinformación y los 500 asuncenos que se pasan tuiteando 12 horas al día, no pasa de ese hecho.

La primera función de este mediocre circo culmina con la presentación de un proyecto de ley cadavérico, sin fundamento técnico y hasta irresponsable, tratándose de un tema sensible como lo es la salud de miles de personas. En el proyecto pretenden pasar a todos los servidores públicos al sistema de seguro del I.P.S. que se encuentra actualmente colapsado y del cual solo los parlamentarios en el sueño de los dioses vislumbraron al hospital central de IPS atendiendo a más de 1.156.000 personas adicionales (289.000 funcionarios permanentes multiplicados por 4 familiares) provenientes del sector público. A este número habría que añadir el personal contratado en el sector público. Este simple cálculo (inexistente en el proyecto de ley) hace ver lo ridículo de la iniciativa. A esto habría que añadir el hecho de que el Estado no aporta un guaraní por el trabajador público permanente o contratado, como si lo hace el patrón en el sector privado.

Es necesario poner en claro algunas verdades tergiversadas malintencionadamente por varios parlamentarios con estos últimos actos registrados. Uno de los puntos es que el pueblo trabajador ya sea del sector público y/o privado (así como los desempleados) precisa y demanda de servicios de salud de calidad y calidez que hoy el Estado no es capaz de garantizar a través de sus instituciones. Si está bien o mal que lo haga a través de prestadoras privadas es una discusión amplia, de la cual el servidor público no rehúye y está dispuesto a colaborar técnicamente en el debate.

En segundo término es de destacar que el pueblo trabajador es consciente de las necesidades de cambio en el sistema de salud paraguayo, sistema por demás fragmentado, prebendarío y de paupérrima calidad, siendo la clase trabajadora la que estuvo históricamente en la vanguardia en cuanto a las propuestas y esfuerzos para la consecución de reformas que mejoren el sistema, pero que no han sido atendidas a lo largo de sus años de servicio y lucha. También es consciente de que la salud en el sector privado se ha convertido en un negocio jugoso y rentable, incluso en algunos casos a costa de la vida de muchos compatriotas. Es necesario ponerse de acuerdo como sociedad sobre qué modelo de salud necesitamos para asegurar la universalidad y la atención con calidad y calidez.

Es oportuno traer a colación el oficio de tantos personales de salud de alta formación técnica que son verdaderos héroes en la función pública y hacen malabares para atender al prójimo sin remuneración adecuada, sin insumos ni medios, cuya opinión nunca fueron verdaderamente escuchadas, y que terminaron apagando los incendios de un Servicio de Salud Pública que hace agua por todos lados. Ellos, junto a los demás trabajadores, siempre mantuvieron y mantienen una actitud abierta para el debate, intercambio de propuestas y análisis de alternativas viables y responsables para garantizar la cobertura y la calidad en la atención de salud de todos los paraguayos. Al personal público de blanco y los que trabajan en I.P.S no se les puede asignar más responsabilidades que ya tienen en estas mismas lamentables condiciones infrahumanas en la que se desenvuelven.

Del punto anterior se deriva el siguiente argumento filosófico que sostienen algunos parlamentarios: del dinero que hoy se destina al “seguro vip”, financiaremos obras para albergar a los trabajadores del sector público que ingresen al sistema de IPS (que también es un seguro privado! Vaya reforma!). Con esto cierran el telón, sin antes explicar cómo el proyecto hará frente a la brecha temporal entre la ejecución de las inversiones y la demanda actual de servicios de salud que requieren los trabajadores del sector público, teniendo en cuenta el principio de  rendimientos decrecientes en la economía. Lo otro, el proyecto cadavérico no contempla un estudio de factibilidad o de requerimientos mínimos para albergar a la masa trabajadora que pasará de un sistema de seguro a otro. En síntesis, solo se propone más precariedad y no se asegura al trabajador permanecer al menos en las mismas condiciones en las que hoy se encuentra (derechos adquiridos).

Finalmente, ante esta exposición escénica de muy mal gusto, de pobrísimo tecnicismo y mucho populismo, se puede destacar a favor de los trabajadores algo relevante. Es el hecho de que no ha tenido la avidez de incorporar a la clase trabajadora desde sus inicios, pretexto propicio para reavivar a la organización sindical en general y posicionar a los trabajadores del sector publico unidos en una sola trinchera como la historia en sus más ardientes momentos lo ha sabido encontrar, para conseguir mejores conquistas que vayan en beneficio de los mismos. Por consiguiente, tendrá la oportunidad de aprovechar que este circo mediocre culmine con una mejora general para arriba y no una igualación hacia abajo, como acostumbran proponer los enemigos del pueblo. De su fuerza dependerá la victoria.

*Economista, trabajador del Ministerio de Hacienda.

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